
Monte Artxanda
El monte al que Bilbao lleva siglo y medio subiendo a pasar el día
Si alguien me pide un solo sitio para entender Bilbao de un vistazo, siempre digo lo mismo: sube a Artxanda. Desde sus unos 250 metros de altura se ve la ciudad entera encajada en su valle, con la ría dibujando curvas entre el Casco Viejo, el Ensanche y el Guggenheim, y el Pagasarri cerrando el horizonte justo enfrente. Es la postal clásica de la villa, y sigue siendo la mejor.
Pero Artxanda es bastante más que un mirador. Este monte ha sido merendero de txakolí, casino de la belle époque, frente de guerra, pista de hielo, salón de bodas y, de nombre al menos, parque de atracciones. Cada generación de bilbaínos ha tenido su propio Artxanda, y ahora mismo está naciendo otro, con jardines nuevos, paseos y parques.
En este artículo te cuento qué ver arriba, la historia que hay detrás de cada rincón y cómo subir. Parte de lo que sigue lo he aprendido preparando la visita guiada que hago como voluntario de Open Bilbao, así que va con más detalle del que suele traer una guía al uso.
El mirador de Artxanda, Bilbao de un vistazo¶
Lo primero que busca todo el mundo al salir del funicular es la barandilla roja con las letras de Bilbao. Se instaló en 2018 y fue el primer símbolo de la reactivación del monte, antes incluso de que se reformaran los jardines. Hoy es uno de los puntos más fotografiados de la ciudad.
Desde aquí se entiende por qué llamamos a Bilbao el Botxo. La ciudad está metida en un valle estrecho, rodeada de montes, y la ría atraviesa ese hueco antes de abrirse hacia el mar. A un lado quedan el Casco Viejo y el Arenal; hacia el centro, el Ensanche de Abando con la Torre Iberdrola como referencia; después el Guggenheim, inconfundible; y al fondo, la ría siguiendo hacia Deusto y Zorrotzaurre.
Lo que se ve es también un resumen de cómo ha cambiado Bilbao en un siglo. Cuando se inauguró el funicular, desde aquí se veían muelles, astilleros y chimeneas, y muchos días ni eso: durante décadas la ciudad apenas se distinguía bajo una nube espesa de contaminación. Estas mismas laderas se llenaron de chabolas en los años cincuenta, cuando Bilbao pasó de 238.000 a 348.000 habitantes en solo diez años, y para realojar a aquellas familias se construyó el barrio de Otxarkoaga. Hoy la vista es de museos, paseos, puentes y antiguos suelos industriales convertidos en barrios nuevos.
De los txakolís al Gran Casino¶
Artxanda ya era un lugar de ocio mucho antes de que existiera el funicular. Desde el siglo XIX, los bilbaínos subían a pie para alejarse del humo de la ciudad, respirar aire limpio y pasar el día comiendo y bebiendo en los txakolís, los caseríos donde se servía txakolí y comida. Esa costumbre de subir a comer es, en el fondo, la que sigue viva hoy.
El gran cambio llegó el 7 de octubre de 1915, cuando se inauguró el funicular de Artxanda. Lo construyó la empresa suiza Von Roll y el primer día transportó a más de 2.800 personas. Junto a la estación superior todavía se conserva un enorme engranaje de la maquinaria original, que merece una foto.
Ese mismo día abrió sus puertas el Gran Casino de Artxanda, un edificio de plena belle époque con salones acristalados, comedores, escalinatas y salas de baile, pensado para la burguesía que subía a pasar la jornada. Dentro llegaron a celebrarse hasta desafíos de esgrima. Y aquel año se estrenó también una pista de patinaje sobre ruedas, que trajo a Bilbao un deporte casi desconocido; todavía hoy hay una pista junto a la estación.
La última defensa de Bilbao en la Guerra Civil¶
Aquella primera época dorada terminó de la peor manera. No era la primera vez que se combatía en este monte: en 1836, durante la Primera Guerra Carlista, el fuerte de Banderas fue el último reducto de los carlistas que sitiaban Bilbao, y su toma el día de Navidad, en la batalla de Luchana, liberó la villa. Pero lo que pasó un siglo después dejó una huella mucho más profunda.
En 1936 el Gobierno Vasco empezó a construir el Cinturón de Hierro, una línea defensiva de unos 80 kilómetros que atravesaba 33 municipios y en cuyas obras trabajaron más de 14.000 personas. El sistema tenía un problema grave: el ingeniero Alejandro Goicoechea, que había participado en su diseño, se pasó al otro bando en febrero de 1937 llevándose planos e información. El 12 de junio las tropas sublevadas rompieron el Cinturón por Gaztelumendi, y Artxanda se convirtió en la última línea de defensa de la ciudad.
Entre el 13 y el 19 de junio de 1937 se combatió duramente en todo este cordal. El casino acabó convertido en posición militar y reducido a escombros, y el bombardeo del día 18 dañó también las vías y la estación superior del funicular. El 19 de junio las tropas franquistas entraron en Bilbao. Aquella resistencia permitió ganar un tiempo precioso para evacuar la ciudad. El funicular volvió a funcionar en 1938; el casino no reabrió nunca.
En los jardines, frente a la fuente, está el monumento que lo recuerda. Se llama Aterpe 1936, aunque casi todo el mundo lo conoce como La Huella. Es obra de Juan José Novella, se colocó en 2006 y está dedicado a los gudaris y milicianos que defendieron Bilbao; cada año se celebra aquí un homenaje. De este punto parte el Itinerario de la Memoria, un recorrido de unos dos kilómetros hasta la ermita de San Roke, y muy cerca, bajando hacia el restaurante Ballano, se puede visitar una trinchera del Cinturón de Hierro excavada en 2016 y restaurada en 2022, a la que se llega por una pasarela de madera accesible.
Nogaro y el parque de atracciones, el Artxanda de los setenta¶
Los que ya tenemos una edad recordamos otro Artxanda, el de los años setenta y ochenta. Su símbolo es Nogaro, el edificio que queda en una esquina de los jardines. Se inauguró en noviembre de 1973 como pista de patinaje sobre hielo, la única de Bilbao, bajo una cúpula de aire futurista que ya no existe. Llegó a tener su propio equipo de hockey, el Nogaro Bilbao, que jugó en la liga nacional en la temporada 1974-75 y abrió la gran época del hockey bilbaíno: el Casco Viejo, que tomó el relevo, ganó seis Ligas y dos Copas.
Los problemas económicos pudieron con todo y la pista cerró en 1985. Después el edificio fue restaurante, durante muchos años el Abaroa Euskal Sena, hasta que cerró en 2016. Su historia se parece a la de tantos restaurantes de Artxanda que fueron el escenario de las bodas y comuniones de medio Bilbao y que fueron cerrando uno tras otro. El Ayuntamiento compró Nogaro en 2021 y ha planteado para él un proyecto que mezcla cultura y hostelería, con la escuela de circo Zirkozaurre como posible inquilina. Tendría su gracia: el sitio donde Bilbao aprendió a patinar podría ser el sitio donde aprenda a volar en trapecio.
Y luego está el malentendido de siempre. El famoso Parque de Atracciones de Artxanda no estaba aquí, sino bastante más lejos, pasado el alto de Santo Domingo, en el monte Ganguren, ya cerca de Galdakao. Abrió en 1974, ocupaba unas diez hectáreas y costó más de 500 millones de pesetas. Tenía noria, montaña rusa, autos de choque, karts, un pequeño zoo y un auditorio para 5.000 personas por el que pasaron Alaska, Tequila, Miguel Ríos o Gloria Gaynor.
Las pirámides rojas de su entrada llegaron a ser un emblema, pero el parque nunca alcanzó los visitantes previstos: se esperaba un millón al año y no llegó a los 450.000. El clima, los accesos y el precio no ayudaron, y cerró en 1990. Estuvo décadas abandonado, hasta que sus instalaciones se demolieron en 2018.
El Artxanda de hoy: jardines, paseos y el Parque del Encuentro¶
El monte vive ahora otra transformación, la del Plan de Activación de Artxanda. La idea no es recuperar el Artxanda del casino o del parque de atracciones, sino crear uno adaptado a este siglo, con naturaleza, deporte, educación y sitios donde encontrarse, y con menos coches. El Ayuntamiento lleva invertidos unos 15 millones de euros, y aunque el proceso va más lento de lo previsto, cada vez sube más gente.
Lo primero fueron los jardines del mirador, renovados por completo en 2020 con una inversión de casi 1,5 millones: un paseo perimetral, caminos que confluyen en la fuente y una pérgola vegetal con más de sesenta arcos. En 2023 llegó el Paseo Mirador, que convirtió seis kilómetros de carretera entre Enekuri y Santo Domingo en un recorrido peatonal con miradores, y ese mismo año se abrieron las pasarelas de madera que suben en zigzag desde Elorrieta por los montes Cabras y Banderas, casi tres kilómetros desde la ría hasta la cima.
La pieza más importante es el Parque del Encuentro, de casi ocho hectáreas, cuya primera fase se inauguró en noviembre de 2024 con una gran zona infantil, juegos inclusivos, rocódromo y redes para trepar. Si subes con niños, es parada obligada. Y hay un Artxanda que se usa todos los días sin hacer ruido: el polideportivo municipal, con su piscina exterior, que en verano es uno de los grandes planes del monte, o la escuela Montessori instalada en lo que fue el restaurante La Parrilla.
Quedan cosas por llegar. Se prepara un parque de aventura con tirolinas y recorridos entre árboles, previsto ahora para la primavera de 2027; el histórico restaurante Antón, cerrado desde 2023, reabrirá como Fangaloka Bilbao, con cervecera, terrazas y actividades; y la segunda fase del Parque del Encuentro, con estanque, invernadero y jardín botánico, no llegará antes de 2027.
San Roke y otros rincones que casi nadie conoce¶
Si tienes tiempo y ganas de caminar, sigue la cresta hasta la ermita de San Roke. Está en una atalaya natural asomada al valle del Txorierri, en el límite entre Bilbao y Sondika, y es de los lugares más desconocidos de la zona. Antiguamente los vecinos de Sondika y de Begoña se reunían aquí para pedir que las sequías y las tormentas respetaran sus cosechas, y cada 16 de agosto se sigue celebrando una romería. Las vistas, hacia el lado contrario al de Bilbao, compensan el paseo.
Las antenas que se ven desde la ciudad también tienen su historia. Ya en 1912 el Ejército instaló en el fuerte de Santo Domingo la primera estación radiotelegráfica de Bizkaia, con una antena de 60 metros capaz de comunicarse a 600 kilómetros, y Artxanda sigue siendo hoy un importante centro emisor de televisión.
El monte guarda además historias mucho más antiguas y otras muy de andar por casa. En la zona se han localizado dos dólmenes de hacia el 2500 antes de Cristo, y por el monte Avril pasaba la calzada de los zamudianos, que unía Bilbao con Bermeo y hoy forma parte del Camino de Santiago de la costa. Cerca del hospital de Santa Marina estuvieron los sanatorios antituberculosos, tan aislados por miedo al contagio que los goles del Athletic llegaban desde San Mamés por paloma mensajera. Y en la explanada de Berriz se sacaron el carné de conducir varias generaciones de bilbaínos.
Cómo subir a Artxanda¶
La forma clásica, y la que recomiendo, es el funicular. La estación inferior está en la plaza del Funicular, junto a la calle Castaños, a un paseo corto del Ayuntamiento y de la pasarela Zubizuri. El trayecto dura unos tres minutos, hay salidas cada cuarto de hora y funciona desde primera hora de la mañana hasta las diez de la noche, con horario ampliado en verano. El billete ocasional ronda los 2,50 euros, o 4,30 la ida y vuelta, y con tarjeta Barik sale mucho más barato. Conviene comprobar tarifas y horarios en la web oficial antes de ir, porque cambian.
Para quien prefiera subir andando, hoy hay opciones mucho mejores que hace unos años. Las pasarelas de madera desde Elorrieta permiten llegar desde la ría hasta la cima por un recorrido muy agradable, y el Paseo Mirador recorre todo el cordal entre Enekuri y Santo Domingo. Una buena combinación es subir en funicular y bajar caminando.
También se puede subir en coche por la carretera de Artxanda, desde Enekuri o desde Santo Domingo, aunque el plan del monte va precisamente en la dirección de reducir el tráfico, y hay líneas de autobús que llegan hasta la zona del polideportivo. Con el funicular a tres minutos del centro, yo no me complicaría.
Dónde comer y consejos para la visita¶
Subir a Artxanda a comer es una tradición con siglo y medio de historia, y aunque muchos de los restaurantes de siempre han ido cerrando, todavía quedan clásicos como el Txakoli Simón, famoso por sus txuletas. Los fines de semana conviene reservar, porque medio Bilbao tiene la misma idea.
Mi consejo es elegir bien el día y la hora. Con cielo despejado la vista es espectacular, y al atardecer, cuando la ciudad empieza a encenderse, el mirador está en su mejor momento. Calcula al menos un par de horas para pasear por los jardines, acercarte a La Huella y al Parque del Encuentro y, si te animas, llegar hasta San Roke.