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El mosaico ubicado frente al frontón del CLub Deportivo Bilbao

Bilbao

CLub Deportivo Bilbao

Tres edificios y más de un siglo de deporte en el Ensanche

Hay edificios que se dejan ver mejor de noche, y el Club Deportivo Bilbao es uno de ellos. En el número 28 de la Alameda Rekalde, a medio camino entre la plaza Moyúa y el Guggenheim, cinco cajas de vidrio se asoman a la acera en zigzag. Cuando cae la luz, la fachada se vuelve transparente y deja a la vista gimnasios encendidos y siluetas en movimiento. Es un escaparate en el que lo expuesto es, sencillamente, el deporte.

Lo curioso es que esa piel tan contemporánea envuelve un edificio de 1968, que a su vez sustituyó a un palacio art déco de 1931. Y todo ello pertenece a una sociedad cuyo origen se remonta a 1894. «El Depor», como se le llama en la ciudad, es una de las instituciones más antiguas de Bilbao, y por sus piscinas, gimnasios y frontones ha pasado buena parte de la historia deportiva de la villa.

Un club con raíces en el siglo XIX

La fecha que suele citarse como fundacional es 1912. Ese año se unieron la Sociedad Gimnástica Zamacois, la Federación Atlética Vizcaína y la sociedad Educación Física para crear un único club social y deportivo, con unos 365 socios en sus primeras listas. Nacía así el Club Deportivo de Bilbao con el nombre que ha llegado hasta hoy.

El hilo, sin embargo, arranca antes. La Gimnástica Zamacois funcionaba desde 1894, y es esa la fecha que el propio club toma como punto de partida: en 2019 celebró su 125 aniversario y en 2024 el 130. Eso lo sitúa entre las entidades deportivas más veteranas de España, a pocos años del Gimnàstic de Tarragona (1886) o del Recreativo de Huelva (1889). Del ambiente de aquel gimnasio Zamacois salieron también algunos de los jóvenes que por las mismas fechas pusieron en marcha el Athletic Club, lo que da una idea de hasta qué punto el deporte bilbaíno nació en cuatro calles.

Desde entonces el Deportivo ha sido la puerta de entrada de muchas disciplinas en la ciudad. Gimnasia, atletismo, natación, baloncesto, esgrima, halterofilia, boxeo, montaña, esquí y, por supuesto, pelota han tenido aquí sección propia. A ellas se suman otras menos previsibles, como el ajedrez, el hockey, el remo, el rugby, el piragüismo o el waterpolo. Pocas instituciones locales pueden presumir de un catálogo tan largo.

El palacio art déco de Pedro Ispizua

El 5 de abril de 1931 el club estrenó sede en la Alameda de Recalde, en el mismo solar que ocupa hoy. El proyecto era de Pedro Ispizua, arquitecto bermeano que por entonces trabajaba para el Ayuntamiento de Bilbao y que dejó en la ciudad obras tan reconocibles como el Mercado de la Ribera, el kiosco del Arenal o el grupo escolar Luis Briñas. El Deportivo fue uno de sus diseños más vistosos y una de las mejores muestras de art déco que tuvo Bilbao.

Aquel edificio de tres plantas reunía gimnasios, una piscina amplia, salas de esgrima y boxeo, instalaciones para remeros y varios frontones. La estructura era de hormigón armado, revestida con estucos y aplacados que imitaban piedra y mármol. Dos torres remataban la fachada y de ellas salían sendos focos de luz que barrían el cielo, un recurso tomado del cine Callao de Madrid. Para una ciudad que aún se alumbraba con discreción, debía de ser todo un espectáculo.

La decoración escultórica corrió a cargo de Joaquín Lucarini. Los relieves mostraban figuras masculinas practicando pelota a mano, pala, carrera y alpinismo, con cuerpos tensos y rostros impasibles, muy del gusto de la época. A ambos lados de la entrada, dos estatuas representaban a la Caja de Ahorros Vizcaína y a la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao, las entidades que habían prestado el dinero para levantar el edificio.

Los frontones, además, hacían doble turno. Cuando no había partido servían de sala de cine, de ring para veladas de boxeo o de pista de circo, de modo que el Deportivo funcionaba tanto de club como de gran sala de espectáculos del Ensanche.

Recreación con inteligencia artificial del primer edificio del Club Deportivo Bilbao, obra de Pedro Ispizua
Recreación del desaparecido edificio art déco de Pedro Ispizua, inaugurado en 1931

De la ruina al edificio de Luis Pueyo

El esplendor duró poco. El edificio fue ocupado durante la guerra y la posguerra, sus instalaciones salieron muy maltratadas y el club arrastró durante años la deuda con las cajas, que a finales de los cincuenta acabaron reclamándola en el juzgado. En junio de 1965 un informe de la arquitectura municipal fue tajante: el techo y los pilares de la piscina necesitaban una renovación completa, más de la mitad de las armaduras de la cubierta estaban al aire y oxidadas, y el hormigón tenía una resistencia muy baja. La parte principal se declaró en ruina y el 13 de septiembre de ese año el Deportivo cerró sus puertas.

Los socios ya habían debatido qué hacer. Una parte quería vender el solar, inmejorable, y construir en las afueras; otra defendía quedarse. Ganó la segunda opción, y visto desde hoy fue un acierto, porque pocas ciudades conservan un club con piscinas y frontones a cinco minutos de la plaza Elíptica. No salió gratis: cada socio tuvo que aportar una cuota extraordinaria para las obras y varios centenares se dieron de baja antes que pagarla.

El encargo recayó en Luis Pueyo (1921-1991), arquitecto formado en las aulas del colegio Santiago Apóstol de Bilbao y hombre de la casa. Pueyo fundó la sección de vela del club, proyectó su refugio de montaña y firmó, entre otras obras, el frontón Ezkurdi de Durango, las piscinas del Puerto Viejo de Algorta y la ampliación de San Mamés para el Mundial de 1982. También es suyo el refugio de Cabaña Verónica, en Picos de Europa, armado con piezas de un portaaviones desguazado en Santurtzi.

La obra duró dos años y once meses. El nuevo Deportivo reabrió el domingo 18 de agosto de 1968, en plena Semana Grande, con una misa en el frontón y una semana de festejos que incluyó simultáneas de ajedrez, torneos de natación y esgrima y un festival de circo. La inauguración oficial llegó el 13 de diciembre, con Juan Antonio Samaranch, entonces delegado nacional de Deportes, como invitado. El presupuesto, eso sí, se había disparado de unos 39 a más de 57 millones de pesetas.

Un polideportivo en vertical en pleno Ensanche

Lo que Pueyo resolvió en 1968 es, en esencia, un polideportivo apilado. En 4.500 metros cuadrados encajó lo que en cualquier otro lugar ocuparía una manzana entera, y lo hizo repartiendo los usos por alturas con una lógica muy clara: el agua abajo, la vida social en medio y la pelota arriba. El sótano se reservó para las dos piscinas de 25 metros, las salas de halterofilia, la sauna, los masajes, los vestuarios y la enfermería. En la primera planta quedaron la conserjería, el bar social, la cafetería, la peluquería y el acceso al frontón grande, una cancha de 52,50 metros de largo que es la pieza más conocida del edificio. La segunda se pensó como planta noble, con un salón con biblioteca, sala de ajedrez y una sala de proyecciones y conferencias de un centenar de butacas, separadas por una gran puerta corredera que permite unir los espacios cuando hace falta.

A partir de ahí manda el ejercicio. La tercera planta acogió el gimnasio principal, la sala de esgrima y las salas de juntas y comisiones. La cuarta, el club juvenil con su bar, la sala de juegos y las oficinas. Y en la quinta, bajo la cubierta, dos frontones más, un trinquete y un solárium. Los usos concretos han ido cambiando con los años, pero el esquema general sigue siendo el que explica el edificio.

La fachada de cristal de 2003: cinco cajas en zigzag

A los 34 años de su inauguración, el edificio de Pueyo funcionaba bien por dentro pero había envejecido por fuera. El club convocó un concurso para renovar la fachada y lo ganó el estudio bilbaíno GAZ arquitectos, cuyos socios trabajan hoy por separado. La obra se ejecutó entre 2002 y 2003 con dos objetivos: mejorar la calidad constructiva del cerramiento y dar a la sede una imagen reconocible en una de las calles de entrada al centro.

La solución consiste en cinco cajas de vidrio, una por planta, giradas alternativamente respecto al plano original de la fachada. Cada caja sobresale al máximo por un extremo y casi nada por el otro, y la siguiente lo hace al revés, de modo que el conjunto dibuja un zigzag. El gesto tiene una explicación normativa. La ordenanza limitaba los cuerpos volados a la mitad de la longitud de fachada, y los arquitectos exprimieron esa regla repartiendo el vuelo en diagonal en lugar de concentrarlo en un mirador convencional.

Las cajas no son un adorno. Prolongan los salones y gimnasios de cada planta y se pueden pisar, de manera que quien camina por el interior de un lado a otro va viendo cambiar la perspectiva de la calle. De día el protagonista es el socio que mira hacia fuera. De noche el efecto se invierte y es el paseante quien ve a los deportistas en acción. Pocas fachadas de Bilbao cuentan con tanta claridad lo que pasa detrás.

Sol, luz y letras: los detalles que no se ven a primera vista

Una fachada entera de vidrio en un gimnasio plantea un problema evidente, que es el calor. El proyecto lo resolvió con un acristalamiento de cámara y tratamiento de baja emisividad cuyos valores de transmisión y reflexión cambian según la altura. Las plantas bajas, que reciben menos sol, dejan pasar la luz con generosidad. Las altas, más expuestas, la filtran con mayor rigor para que las salas no se conviertan en un invernadero.

El vidrio lleva además una serigrafía de puntos hecha con pintura cerámica. De cerca produce un efecto de velo que matiza la visión; de lejos desaparece y la fachada vuelve a parecer transparente. Ese punteado sirve también para difundir la iluminación artificial, que se planteó como una línea de luz en el canto de cada forjado, blanca y con filtros de color, pensada para subrayar el borde de las cajas cuando oscurece.

Queda el rótulo. El nombre del club recorre la fachada con letras de gran tamaño que no se detienen en el plano frontal, sino que doblan hacia los laterales de las cajas. Es una decisión pequeña pero muy efectiva, porque obliga a leer el edificio en tres dimensiones y convierte los extremos volados, los puntos más singulares del proyecto, en el soporte de la identidad del club.

El frontón del Deportivo, de catedral de la pala al regreso de la pelota profesional

Si hay un espacio que define al club para quien no es socio, es su frontón. La cancha ya era una plaza de primer orden en el edificio de 1931, donde se llegaron a disputar finales del Manomanista con 2.500 espectadores en las gradas. Con la reconstrucción de 1968 se rehízo con 52,50 metros de largo y pasó a ser, durante más de cuatro décadas, el gran escenario de la pala profesional. No es exagerado decir que varias generaciones de bilbaínos aprendieron a ver pelota aquí.

En 2011 la pala profesional se trasladó al frontón Bizkaia de Miribilla y la cancha de la Alameda Rekalde quedó fuera de los circuitos durante años. No cerró, pero perdió su papel de plaza. La situación ha cambiado en los últimos tiempos. El club recuperó su festival navideño de pala, la mano profesional regresó en 2023 con un partido del Cuatro y Medio y en 2026 el frontón ha acogido ya varias jornadas del Campeonato de Parejas.

El aforo actual ronda los 700 espectadores y la junta directiva ha planteado ampliarlo hasta el millar. Para el visitante esto tiene una lectura práctica: los festivales de pelota son, hoy por hoy, la manera más sencilla de conocer el interior del Deportivo sin ser socio. Y ver un partido en un frontón metido en el corazón del Ensanche, entre oficinas y portales señoriales, tiene bastante más encanto que hacerlo en un pabellón de las afueras.

El frontón del Club Deportivo Bilbao
El frontón del Club Deportivo Bilbao, de 52,50 metros de largo

Circo, montaña y vida social: mucho más que un gimnasio

El Deportivo nunca fue solo un lugar donde sudar. Desde el principio funcionó como sociedad, con biblioteca, salones, conferencias y proyecciones, y con secciones que hacían su vida lejos de la Alameda Rekalde. La de montaña, por ejemplo, llegó a tener refugio propio, y la de vela dispuso de dos veleros y una base flotante en el Abra.

El episodio más singular es el del Circo Amateur. En 1931, el mismo año en que se estrenó la sede, nació en el club una compañía de circo formada por aficionados de la casa, cuyas funciones se hicieron muy populares en Bilbao. El vínculo duró décadas: en la semana de reapertura de 1968 todavía se programó un festival circense dedicado a los establecimientos benéficos de la ciudad. Y la historia sigue dando que hablar, porque en 2022 la compañía vasca Malas Compañías la llevó a escena en «Zirkus», un espectáculo que la reivindica como un capítulo poco conocido del circo vasco. Esa implicación con la ciudad le valió al club reconocimientos como la Cruz de Beneficencia, concedida en 1936, o la Copa Stadium de 1946, el premio nacional que distingue a las entidades que más hacen por fomentar el deporte. No está mal para una sociedad que empezó en un gimnasio.

Cómo ver el Club Deportivo Bilbao y qué visitar alrededor

El club está en la Alameda Rekalde, 28, en el tramo que baja de la plaza Moyúa hacia la ría. La parada de metro más cercana es Moyua, a unos tres minutos a pie, y desde el Guggenheim se llega subiendo la misma calle en poco más de cinco. No hace falta planificar nada: la fachada se contempla desde la acera de enfrente y es de esas paradas que encajan en cualquier paseo por el Ensanche. El mejor momento es el anochecer, y mejor aún en otoño o invierno, cuando oscurece pronto y el club está en plena actividad. De día el vidrio refleja el cielo y los edificios vecinos y el zigzag se aprecia como volumen. Con las luces encendidas aparece la otra lectura, la de las cajas como vitrinas. Conviene mirarla también en escorzo, desde unos metros calle arriba o calle abajo, porque es ahí donde se entiende el juego de vuelos alternos.

El interior es otra cuestión. Se trata de un recinto deportivo privado y el acceso está reservado a los socios, de modo que las opciones para el visitante son dos. La primera, los festivales de pelota abiertos al público, que se anuncian en la web y las redes del club. La segunda, el festival de arquitectura Open Bilbao, que tiene el edificio fichado en su catálogo; merece la pena revisar el programa de cada edición por si figura entre las visitas.

Ya en la zona, la parada se combina sin esfuerzo con otras. Pared con pared, en el número 30, está la Sala Rekalde, uno de los espacios de arte contemporáneo más interesantes de la ciudad y de entrada gratuita. Calle abajo esperan el Guggenheim y la Alameda Mazarredo, y calle arriba la plaza Moyúa con el hotel Carlton y el palacio Chávarri. En apenas un kilómetro se recorre un siglo largo de arquitectura bilbaína, y el Deportivo, con sus tres vidas en el mismo solar, es probablemente quien mejor lo resume.