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La fachada del edificio verde de la Cámara de Comercio de Bilbao

Bilbao

La Cámara de Comercio de Bilbao

La casa de la pradera

En Bilbao hay edificios que tienen nombre oficial y nombre de la calle. El de la Cámara de Comercio, en la Alameda de Recalde esquina con Licenciado Poza, es de los segundos. Su nombre real no lo dice casi nadie: aquí se le llama la casa de la pradera, y lleva así más de cuarenta años. Basta verlo una vez para entender por qué. En medio de un Ensanche de piedra gris, arenisca y miradores, alguien decidió en los años setenta levantar un edificio de vidrio con una enorme medianera pintada de verde intenso.

Quien creció en esta ciudad lo ha tenido siempre ahí, como un accidente cromático en el paisaje. Y sin embargo, detrás de esa fachada hay una historia bastante más interesante de lo que parece: una institución que buscaba su primera sede en propiedad, un concurso restringido, cinco arquitectos jóvenes, una crisis económica que estuvo a punto de tumbar el proyecto y una fecha de estreno que ningún español olvidará.

Por qué se le llama la casa de la pradera

El apodo viene, como casi todo lo bueno de esta ciudad, de la socarronería bilbaína, y no tiene nada de irrespetuoso. Se debe a dos cosas: al color elegido, un verde intenso, y a la intervención sobre la medianera, cuyo diseño se atribuye a uno de los arquitectos del proyecto, Carlos Lázaro. Aquella fue, además, la primera intervención sobre una medianera que se hizo en Bilbao, algo que hoy nos parece normal pero que entonces era una novedad absoluta.

Hay quien lo llama también la casa verde, pero la casa de la pradera es el apelativo que ha cuajado, con su punto de guiño a la serie de televisión que veíamos entonces. El verde ha ido necesitando repasos con el tiempo, como es lógico, pero el emblema se ha mantenido y sigue siendo la referencia visual de esa esquina.

Antes aquí hubo un colegio y una iglesia

El solar tiene su propia historia. Durante décadas lo ocupó el Colegio Santiago Apóstol, de los Hermanos de La Salle, junto con la iglesia de San Juan Bautista de La Salle y un teatro. Era uno de los centros de enseñanza mejor situados del Bilbao de los setenta, justo en el punto que comunica el Centro con Indautxu, y precisamente esa posición privilegiada acabó siendo la razón de su desaparición.

A finales de aquella década, la ciudad empezaba a cuestionar la conveniencia de mantener grandes funciones educativas en pleno Ensanche, y los terrenos cambiaron de destino. La Cámara compró la parte del conjunto ocupada por la iglesia y el teatro, una parcela de unos 1.230 metros cuadrados en la esquina de Licenciado Poza con la Alameda de Recalde, propiedad de la sociedad ONDATEGUI, S.A., cuyas acciones acabó adquiriendo la propia institución.

La decisión: un pleno de diciembre de 1976

El punto de partida fue un pleno celebrado el 13 de diciembre de 1976. La Cámara llevaba desde los años veinte instalada en el edificio Carlton, y aspiraba desde hacía mucho a tener una sede en propiedad, con espacio suficiente para atender a las empresas y, sobre todo, con un auditorio capaz de acoger asambleas y congresos.

Las cifras que se manejaron en aquella sesión dan idea de la envergadura: 250 millones de pesetas por el terreno, pagaderos en dos plazos, y una inversión total prevista de 600 millones. La operación se planteó desde el principio con una lógica muy pragmática: la Cámara construiría el edificio entero y vendería o alquilaría las partes que no necesitara para compensar los gastos. En el acta quedaron incluso las intervenciones de los vocales, uno pidiendo más espacio para la actividad cultural de la institución y otro reclamando más plazas de parking porque así sería más fácil vender las oficinas sobrantes. Muy bilbaíno todo.

De aquella sesión salió también la decisión clave: el edificio lo construiría la propia Cámara, previo concurso restringido de arquitectos.

Cinco arquitectos y un edificio pensado para chocar

El concurso lo ganó un equipo de cinco: Juan Carlos Smith, Félix Iñiguez de Onzoño, Carlos Lázaro, Vicente Mensua y Ángel Pérez, arropados por la ingeniería de servicios SERCOA, nombre con el que se conoce popularmente al equipo. El proyecto es de 1977.

La ambición estaba clara desde el principio. No se trataba solo de construir unas oficinas, sino de crear una pieza singular capaz de romper la monotonía urbana de Bilbao e introducir una imagen moderna y reconocible. Lo que hoy llamaríamos un edificio choque: una construcción que buscaba llamar la atención, generar debate y no pasar desapercibida. En palabras de la época, el nuevo edificio quería manifestarse en pleno centro como un respiro alegre frente a la monotonía de las grises calles bilbaínas.

Conviene recordar el contexto para valorarlo bien. Estamos a finales de los setenta, con la crisis industrial mordiendo, la ría hecha un desastre y una ciudad que aún tardaría veinte años en reinventarse. Que en ese momento una institución tan seria como la Cámara apostara por el vidrio, el color y una forma expresiva tiene bastante mérito. El arquitecto Carlos Lázaro lo ha recordado así: eran conscientes de que se insertaban en el Ensanche, pero querían que el edificio fuera fiel a su época y la reflejara.

La crisis que cambió el edificio por dentro

La historia no fue un camino de rosas. Apenas iniciadas las obras, en octubre de 1977, ya se informaba de que las circunstancias habían cambiado a peor. Las ventas de oficinas iban muy retrasadas por la crisis económica y hubo que encadenar créditos: primero 250 millones de pesetas y después otros 150 para poder terminar.

El desajuste financiero acabó alterando el propio edificio. La idea de que la Cámara ocupara el inmueble entero tuvo que abandonarse, y de ahí surgió la propuesta de instalar en dos plantas los estudios de RTVE y las Juntas Generales. La readaptación obligó incluso a derribar parte de lo ya construido, trabajo que hicieron los propios arquitectos del proyecto ganador.

De aquel ajuste sale mi anécdota favorita del edificio: el actual plató de televisión fue en origen el gran salón de actos diseñado para el torreón. Y la mesa en abanico que todavía se conserva en una de las salas de la Cámara se diseñó para el espacio que en aquellas últimas plantas iban a ocupar los directivos. El edificio que hoy vemos es, en buena medida, el resultado de lo que la crisis obligó a cambiar sobre la marcha.

Un estreno con fecha imposible de olvidar

Las obras terminaron con cierto retraso y la Cámara estrenó su nuevo edificio en 1981. La fecha en que se empezó a trabajar en él fue el 23 de febrero de 1981, el día del intento de golpe de Estado. Difícil encontrar una jornada más cargada para una mudanza. Cuesta imaginar aquella primera mañana de trabajo en un edificio recién estrenado, con la radio encendida y el país en vilo.

Fuera como fuese, la institución conseguía por fin su primer domicilio en propiedad, y los autores del proyecto se ganaron una merecida fama de haber hecho una aportación vanguardista a la arquitectura local.

Qué mirar cuando pases por delante

El elemento más comentado siempre ha sido el gran hueco de la entrada principal, uno de los hallazgos del edificio y que delata el influjo de la arquitectura de aquellos años, con James Stirling como referencia más citada. Merece la pena pararse a mirarlo desde la acera de enfrente para entender la escala.

La fachada de vidrio corrió a cargo de la empresa Umaran, con cristalería de Villosa y estructura de Maxbe. Otro detalle curioso es el sistema de evacuación: además de la escalera exterior de urgencias, se ideó un sistema de mangueras que descendía desde el último piso hasta el suelo, algo bastante insólito para la época. Y un error reconocido por sus propios autores, hoy casi incomprensible: el edificio se proyectó sin aire acondicionado.

Hay un detalle simpático de la obra que me parece muy de su tiempo: la valla protectora durante la construcción se decoró con imágenes de cuadros propiedad de la Cámara, entre ellos dibujos de Aranoa. Hacer de una valla de obra una exposición callejera en 1978 tampoco era lo habitual.

El mascarón de proa que ya no está

Si miras fotos antiguas del edificio verás delante de la entrada una escultura de hierro que hoy no está. Se trata de Mascarón de proa II, de Néstor Basterretxea, una pieza de unos cuatro metros y medio de altura y tres toneladas y media de peso, realizada por encargo para conmemorar el centenario de la Cámara y inaugurada el 26 de junio de 1986.

La obra evoca un mascarón de proa en movimiento, o quizá una grúa, con esa severidad plástica y ese constructivismo tan reconocibles del artista de Bermeo. Se retiró de la entrada en abril de 2012 y fue cedida al Ayuntamiento para restaurarla y reubicarla. Desde 2017 se puede ver en el parterre del paseo del Campo Volantín, frente a los números 17 y 18, junto a otras piezas de artistas vascos como la Variante ovoide de Oteiza. Tiene sentido que acabara junto a la ría: una escultura que habla de historia marítima y comercial está mejor allí que en una esquina del Ensanche, aunque a los que la recordamos en su sitio original nos siga faltando algo en esa entrada.

Qué hay hoy dentro del edificio

El inmueble entero es propiedad de la Cámara y tiene seis plantas sobre rasante y cuatro de aparcamiento bajo tierra, que usan empleados, empresas y vecinos de la zona. Cuenta con tres entradas: la de la Alameda de Recalde conduce a las oficinas centrales, la de Licenciado Poza da acceso a la Universidad de la Cámara y a la Escuela de Idiomas, y la puerta intermedia lleva a las plantas alquiladas.

La institución ocupa las tres primeras plantas con sus oficinas y aulas de formación. La cuarta está alquilada a la Diputación Foral de Bizkaia, la quinta a empresas, sobre todo consultoras, y la sexta a RTVE, que tiene allí la radio y el plató de Telenorte. Es decir, que cada vez que ves el informativo territorial estás viendo el interior de la casa de la pradera.

Camarabilbao, heredera del Consulado de 1511

Aunque aquí interesa más el edificio que la institución, conviene situarla. La Cámara de Comercio de Bilbao, que hoy se presenta simplemente como Camarabilbao, se fundó el 28 de mayo de 1886 y fue la primera cámara de comercio constituida en el Estado, apenas mes y medio después del decreto que las hizo posibles. En 2026 cumple, por tanto, 140 años.

Su linaje es más largo todavía, porque se considera heredera del Consulado de Bilbao, creado en 1511, aquella institución cuyas ordenanzas llegaron a funcionar como código mercantil en buena parte de América Latina. Hoy es una corporación de derecho público y gestión privada que representa los intereses del comercio, la industria, los servicios y el sector marítimo de Bizkaia, presta servicios a las empresas y actúa como órgano consultivo de las administraciones. Sus órganos de gobierno son el Pleno, el Comité Ejecutivo y la Presidencia, y los cargos no están retribuidos.

Cómo verlo y qué hay alrededor

El edificio no es visitable de manera habitual, porque es una sede de trabajo, aunque en ocasiones abre sus puertas en citas como Open House Bilbao, el festival que permite entrar en inmuebles normalmente cerrados al público. Si tienes ocasión, aprovecha: el interior guarda esa historia de plantas readaptadas y salones convertidos en platós.

Mientras tanto, lo mejor es verlo desde fuera con calma. Mi recomendación es situarse en el cruce de Licenciado Poza con la Alameda de Recalde, donde se aprecia de golpe el contraste entre el vidrio verde y las fachadas de piedra del Ensanche. Desde ahí, Indautxu y la calle Poza quedan a un paso para tomar algo, y bajando por la Alameda de Recalde se llega en pocos minutos a la Sala Rekalde, en el número 30, otro caso de edificio bilbaíno que ha sabido reinventarse. Dos maneras muy distintas de entender la arquitectura, separadas por apenas quinientos metros.