
El muelle de La Naja
El balcón de Bilbao sobre la ría
Hay sitios de Bilbao por los que se pasa a diario sin saber que tienen nombre. Al final del puente del Arenal, del lado de Abando, justo donde uno gira hacia la estación o hacia la calle Bailén, queda una pequeña plaza con barandilla asomada a la ría. Se llama plaza de las Mujeres 25 de Noviembre, aunque para los bilbaínos esto ha sido siempre, sencillamente, La Naja, y casi todo el mundo la cruza con prisa, camino de un tren o del Casco Viejo. El muelle que le da nombre queda justo debajo, a ras de agua, cerrado con verjas.
Merece pararse, por dos razones. La primera es la vista, que es una de las mejores lecciones de historia urbana que se pueden recibir sin moverse del sitio. La segunda está debajo de los pies: esa plaza es en realidad el tejado de una estación de tren que lleva dormida desde 1999. Entre una cosa y otra, en este palmo de terreno caben un convento, un rastro, un rascacielos y un par de proyectos que nunca se hicieron.
La Naja, las monjas y un nombre con dudas¶
La Naja es el nombre que recibe desde antiguo este tramo de la margen izquierda, frente al Arriaga, desde mucho antes de que hubiera ensanche o estaciones. Sobre el origen de la palabra hay una explicación que se repite, aunque no la he visto documentada más que en un sitio: vendría de Martín Sáez de la Naja, un regidor y vecino rico del siglo XVI que hacía negocio atendiendo a los mercaderes que llegaban de Bretaña, de Flandes y de Inglaterra. Sea o no exacta, encaja con lo que fue el lugar durante siglos, una orilla de trabajo frente a la villa.
El muelle tiene además un segundo nombre, el de las Siervas de Jesús, y ese sí está claro de dónde sale. La congregación, fundada por la vitoriana María Josefa del Corazón de Jesús para cuidar enfermos, se instaló en La Naja en 1871. En 1892 Joaquín Rucoba, el autor del Ayuntamiento y del teatro Arriaga, les proyectó una residencia al borde de la ría, que en 1977 fue sustituida por el edificio actual, obra de los hermanos Galdós. Dentro, cuentan, se conserva una réplica de la iglesia del convento original.
No es un detalle menor en la historia de la ciudad. Aquellas monjas enfermeras trabajaron en el Bilbao más hacinado e insalubre, el de las epidemias de finales del XIX y principios del XX, cuando la gripe de 1918 llegó a contagiar a cuatro de cada diez bilbaínos. La iglesia nueva de Miribilla lleva hoy el nombre de su fundadora.
Cuando esto era un puerto¶
Para entender por qué a este sitio se le llama muelle hay que recordar que Bilbao fue, hasta hace nada, un puerto de río. Los barcos subían hasta aquí y amarraban a los dos lados, en el Arenal y en la Ribera por una orilla y en La Naja, Ripa y Marzana por la otra. La ría no era un paseo, era el lugar de trabajo de la ciudad, y como todos los lugares de trabajo tenía sus peligros.
Los papeles del siglo XVIII lo cuentan con una crudeza que hoy sorprende. En 1785 el Ayuntamiento se decía preocupado por «los muchos que anualmente se ahogan en la Ría», a menudo marineros extranjeros, y ese año murieron diez personas en solo dos meses. El corregidor llegó a prohibir que nadie se quedara a dormir de noche en los muelles, y la villa montó un sistema de socorro completo, con recompensas para quien diera el aviso y un toque especial de campanas. La ría se dividió en dos tramos. Del de arriba se encargaba el campanero de la iglesia de San Antón. Del de abajo, que empezaba precisamente aquí, en el convento de la Concepción de La Naja, y llegaba hasta el Campo Volantín, el de San Nicolás.
Es un dato que sitúa bien el lugar. Dos siglos antes de que hubiera estaciones, La Naja ya era una frontera: el punto donde terminaba la ría de la villa vieja y empezaba la que bajaba hacia el mar.
Tres estaciones en un palmo de terreno¶
El siglo XIX cambió los barcos por los trenes, y La Naja pasó de ser un muelle a ser una puerta. No hay otro rincón de Bilbao donde se hayan amontonado tantas estaciones en tan poco sitio. Primero llegó la de Abando, a mediados de siglo, cabecera del ferrocarril de Tudela y hoy estación principal de la ciudad. Después, a finales de siglo, la de La Naja, término del tren de Portugalete. Y con el cambio de siglo, la de La Concordia, la del ferrocarril de Santander, que Severino Achúcarro vistió con esa fachada modernista de hierro y cerámica que mira al Arenal.
Las tres están prácticamente una encima de otra, escalonadas en la ladera, y la de La Naja es la de más abajo, a ras de ría. La proyectó el ingeniero Pablo de Alzola y se inauguró el 19 de marzo de 1888. Tenía entonces un pequeño edificio de viajeros en superficie, con una torrecilla en el tejado, al que los bilbaínos bautizaron enseguida como «la capillita». Por ahí se bajaba a los andenes y por ahí entraron y salieron durante un siglo los trabajadores de la margen izquierda, los que venían de Sestao, de Barakaldo o de Portugalete a la capital.
Achúcarro tuvo además una idea que todavía se puede comprobar. Colocó el andén de La Concordia en alto, con una galería abierta hacia la ría, para que lo primero que viera el viajero al llegar a Bilbao fuera la ciudad antigua. Desde la plaza la relación funciona en los dos sentidos: se ve la estación, y enfrente, asomando sobre los tejados del Casco Viejo, la aguja de la catedral de Santiago, cuya fachada neogótica es del mismo arquitecto.
El rascacielos, los soportales y el rastro¶
La capillita no sobrevivió a la guerra. En junio de 1937 se volaron todos los puentes de la ría, el del Arenal entre ellos, y la zona quedó muy dañada. Cuando en los años cuarenta se reconstruyó el puente, se aprovechó para rehacer también este extremo, y el encargo recayó en Manuel Galíndez, el arquitecto de La Equitativa, La Aurora o la Naviera Aznar. Se le pedía un edificio de oficinas y viviendas que rematara la calle Bailén de cara a la ría, y él le dio la vuelta al planteamiento: en lugar de un bloque largo y bajo, levantó una torre.
Así nació el rascacielos de Bailén, terminado en 1946, el primer edificio de Bilbao que pasó de los cuarenta metros. Galíndez redibujó de paso la estación, que quedó enterrada, con su fachada abierta hacia el agua, y que se mete literalmente debajo de la torre: unas grandes vigas salvan los andenes sin apoyos y cargan con el peso de todo lo que hay encima. La plaza por la que hoy caminamos es la cubierta plana de esa estación.
A un lado de la torre, bajo las casas de Bailén, corre la galería de soportales que tanto llama la atención desde el Arriaga o desde la Ribera, con su aire monumental y sus fachadas de colores encima. Quien se acerque a recorrerla se encontrará una verja. Es propiedad privada de las comunidades de vecinos, que la usan de garaje y trastero, y lleva cerrada al paso desde el 30 de noviembre de 1999. Antes fue otra cosa: allí se ponía cada domingo el rastro de Bilbao, que llegó a tener más de trescientos puestos y ocupaba incluso la plataforma de la estación sobre la ría, hasta que en junio de 1989 se lo llevaron a Uribitarte. Y hasta salió en el cine, en la persecución de coches de Cómo levantar 1.000 kilos, una película de 1991.
La Naja ha sido también terreno de proyectos imposibles. A finales del XIX Alberto de Palacio, el autor del Puente Colgante, propuso construir aquí mismo un edificio gigantesco encima de la ría, apoyado en las dos orillas, entre el puente del Arenal y el desaparecido puente de los Fueros. Iba a ser el primer gran centro comercial de la ciudad. No pasó del papel, y viendo el sitio cuesta decidir si fue una lástima o una suerte.
Una estación dormida bajo la plaza¶
El tren de La Naja dejó de salir el 3 de marzo de 1999. Aquella noche partió el último convoy hacia Santurtzi, y al día siguiente las cercanías de la margen izquierda empezaron a llegar a Abando por un trazado nuevo. La estación, que había aguantado la guerra y las inundaciones de 1983, se quedó de un día para otro sin trenes y sin gente. Las vías se levantaron, y por donde corrían hacia Abandoibarra va hoy el paseo de la ría.
Desde entonces lleva más de un cuarto de siglo esperando. En 2013 Adif la sacó a subasta y la compró un fondo de inversión. Se habló de convertirla en sala de conciertos, incluso en discoteca, y en 2014 se abrió dos semanas para acoger un foro de arquitectura, con una instalación ligera montada sobre los andenes. El Ayuntamiento cambió después las normas para permitir comercios o un único local de hostelería, y lo más cerca que ha estado de volver a la vida fue un gimnasio que iba a abrir en 2020 y que se quedó por el camino. En el verano de 2025 el propio Ayuntamiento reconocía que no había ningún proyecto sobre la mesa, y confiaba en que el proyecto de la alta velocidad en Abando anime a alguien a dar el paso.
Hay en esos planes una condición que es quizá lo más interesante de todo, más que el uso que acabe teniendo. Quien abra la estación tendrá que dar continuidad al borde de la ría a la altura del agua, uniendo el muelle de Ripa con el de las Siervas de Jesús, que hoy no se comunican. La solución ya está decidida: reabrir el túnel por el que entraban los trenes y convertirlo en paso para peatones, de modo que se pueda caminar junto al agua por donde ahora no hay paso. Es una pieza de un plan mayor, el de un paseo continuo de más de cinco kilómetros por la margen izquierda, de San Antón a Zorrotza. Si algún día llega, La Naja dejará de ser un balcón para ser también un paseo.
Qué se ve desde la barandilla¶
Conviene aclarar una cosa antes de ir: al muelle propiamente dicho no se puede bajar. Está cerrado al público con verjas, igual que la estación y los soportales. Lo que sí está abierto, y a todas horas, es la plaza de las Mujeres, construida justo encima del muelle, y es desde ella desde donde se disfruta de la vista.
Basta con apoyarse en la barandilla y mirar despacio, porque desde aquí se abarcan de una vez las dos ciudades que es Bilbao. Enfrente, al otro lado del agua, la villa antigua: el Arenal con sus árboles, el teatro Arriaga, los tejados del Casco Viejo y la aguja de Santiago. A la espalda, la ciudad que saltó la ría a finales del XIX para ocupar la vega de Abando, con sus estaciones, sus bancos y su ensanche. Y en medio, haciendo de bisagra, el puente y la ría, que fueron el eje de la Bilbao comercial durante cinco siglos y de la industrial después.
Luego conviene darse la vuelta. Detrás queda la fachada de La Concordia, que desde aquí se ve entera, y a su lado el rascacielos de Bailén, que solo se aprecia bien levantando la cabeza. Río arriba, hacia La Merced, asoman los soportales. Y si uno se fija en el suelo y recuerda que debajo hay andenes, vigas y una fachada que da al agua, la plaza deja de ser un simple ensanchamiento de la acera.
Llegar no tiene misterio, porque es uno de los puntos mejor comunicados de la ciudad: está en el extremo del puente del Arenal, con el metro, el tranvía y las cercanías de Abando a dos pasos y los trenes de La Concordia literalmente encima. Es un sitio de paso, y seguramente lo seguirá siendo. Pero la próxima vez que se cruce el puente con prisa vale la pena concederle dos minutos, que es lo que se tarda en entender desde dónde ha crecido Bilbao.