
RABE, el estudio de BeAr en Bilbao
El estudio de arquitectura que BeAr levantó en un almacén olvidado de Bilbao
Los despachos de arquitectura suelen ser sitios discretos: un piso con un rótulo pequeño, unas mesas con ordenadores y maquetas en las estanterías. RABE es otra cosa. Es el estudio que los arquitectos de BeAr se hicieron a sí mismos en un almacén de Uribarri que llevaba más de treinta y cinco años cerrado, y es a la vez su lugar de trabajo, una sala de exposiciones y un sitio donde se discute y se cena en torno a la arquitectura.
La primera vez que me fijé en él todavía estaban rematando la reforma: pasé por delante y lo que me llamó la atención, ya entonces, fue la mesa. Por dentro lo conocí en Open Bilbao 2025. No es un espacio grande ni espectacular en el sentido habitual de la palabra: son ciento cincuenta metros cuadrados en dos plantas. Lo que tiene es una idea muy clara, llevada hasta el final con muy poco dinero.
Un almacén olvidado en la travesía de Tiboli¶
RABE está en el número 17 de la travesía de Tiboli, en Uribarri, una de esas calles de barrio por las que rara vez pasa nadie que no viva allí. El local había sido un almacén de materiales de construcción, con unas pequeñas oficinas en la planta de arriba, y cuando el negocio cerró se quedó tal cual, con sus armarios, sus mamparas y su papel pintado, durante más de treinta y cinco años.
Lo normal en un caso así es vaciar, limpiar y empezar de cero. BeAr hizo lo contrario. En su propia explicación del proyecto dicen que RABE es «una apuesta por lo olvidado», y que el abandono no se entendió como un problema que corregir sino como un valor, «un sustrato cargado de tiempo, usos pasados y posibilidades latentes». El estudio, dicen, nació en septiembre de 2023 «tras su invasión por parte de su nueva vegetación», una frase que se entiende al entrar: al fondo del local, ocupando toda su altura, han montado un jardín que recibe la luz de los tragaluces del patio del edificio que tiene encima. La fecha tiene además su pequeña historia, porque abrieron in extremis para poder enseñarlo en el Open Bilbao de aquel año.
BeAr, dos arquitectos bilbaínos¶
Detrás del proyecto están Ane Arce e Iñigo Berasategui, bilbaínos los dos, de 1989 y 1988, formados en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra, donde ahora dan clase. Fundaron BeAr en 2017, pasaron tres años integrados en otro estudio y retomaron su firma en 2021. Hoy trabajan con un equipo de media docena de personas y son uno de los nombres que más suenan de la arquitectura vasca joven: ganaron el premio Peña Ganchegui en 2019 y han sido seleccionados varias veces en las convocatorias de Arquia Próxima.
Su obra está repartida por pueblos de Bizkaia y tiene un aire común: encargos modestos, materiales corrientes y una cierta gana de jugar. Suyos son el Museo de la Música Folk Vasca de Artea, para el que diseñaron unas tejas junto a un ceramista, la casa Nahinuena en Gorliz o la plaza y el parque deportivo de Mallabia. Ellos lo explican diciendo que entienden su trabajo «desde la experimentación, apostando por una construcción que juega con las ideas».
RABE es eso mismo aplicado a su propia casa. El nombre, por cierto, tiene las mismas cuatro letras que BeAr puestas en otro orden. Y el subtítulo que le pusieron, «espacio para la arquitectura», deja claro que no querían solo una oficina: querían que alrededor de su trabajo diario pasaran más cosas.
Abajo, una mesa de más de veinte metros¶
El proyecto se apoya en una decisión: no igualar las dos plantas, que eran muy distintas, sino exagerar la diferencia. La de abajo era el almacén y se ha dejado como almacén, con toda su crudeza. En ese espacio desnudo se ha hecho una sola cosa, pero muy grande: una mesa de hierro de más de veinte metros de largo que lo recorre de punta a punta y lo parte en dos.
Es una pieza rara, a medio camino entre el mueble y la construcción. El hierro está zaponado, es decir, protegido con un barniz transparente que lo deja con su color y sus marcas, sin pintarlo. Y no se apoya en patas sino en lo que el propio almacén podría haber tenido por los rincones: peanas, muretes y unas escaleras hechas de bloque. Los arquitectos insisten en que no es un objeto para mirar. Dicen que invita a subirse a ella, a bajar, a rodearla y a recorrerla, y que su tamaño desproporcionado borra la frontera entre la arquitectura y el mobiliario.
Y no es una forma de hablar. Pasar por encima de la mesa es la única manera de llegar de un lado al otro de la oficina, y así lo hicimos el día de la visita. Estaba ordenada, con varias maquetas de sus proyectos colocadas a modo de exposición, y es, con diferencia, lo más reconocible del lugar. Es también lo que permite que el sitio sirva para todo sin dividirlo en habitaciones: es a la vez el soporte del trabajo, de las exposiciones y de los encuentros. Así, la vida diaria del estudio y los usos abiertos al público conviven en el mismo espacio sin que haga falta cerrar ninguna puerta.
Arriba, moqueta roja y oficinas de otra época¶
La planta superior es el reverso exacto, y una sorpresa que no te esperas después de ver la de abajo. Si abajo manda el hierro y lo que queda a la vista, arriba todo es más recogido, casi doméstico. Allí estaban las oficinas del antiguo negocio, y lo que se hizo fue conservarlas e intensificarlas: los armarios, las mamparas y los empapelados que habían pasado tres décadas y media a oscuras se restauraron en lugar de tirarse.
La pieza que lo une todo es el suelo. Una moqueta nueva, de color rojizo, recorre la planta entera y hace de base común sobre la que se apoyan esos restos de otra época. El color se usó con mucho cuidado, y no para tapar el paso del tiempo sino, en palabras del estudio, para subrayarlo y hacerlo legible. El resultado es un lugar entre vintage y acogedor, incluso con un puntito claustrofóbico, en el que el mobiliario antiguo encaja muy bien con las paredes revestidas de madera. Tiene además una ventana que se asoma al jardín del fondo, y en él se trabaja a diario.
Esa alternancia es lo que da sentido al conjunto. Abajo, lo abierto, lo colectivo y lo público. Arriba, lo íntimo y lo concentrado. Son dos mundos en ciento cincuenta metros, y ninguno de los dos intenta parecerse al otro.
Un estudio que abre la puerta¶
Lo que distingue a RABE de un despacho bien diseñado es que funciona de verdad como lugar público. BeAr lo planteó como un espacio híbrido de trabajo, exposición, debate y disfrute, con la arquitectura entendida como algo cultural y colectivo, y lo ha ido llenando de contenido. Allí se han montado exposiciones, entre ellas una dedicada a las discotecas de la costa guipuzcoana, se ha trabajado en otra sobre las utopías realizables y se organizan cenas que sientan a la misma mesa a arquitectos y artistas.
Tampoco lo dan por terminado. En la descripción del proyecto insisten en que RABE no es un espacio cerrado, sino una estructura abierta que «se autodefinirá cada año» según el uso y la intensidad de quienes lo habitan. Es una forma de decir que lo que se ve hoy puede no ser lo que haya dentro de dos años, y que eso forma parte del plan.
Para verlo hay que estar atento a esas ocasiones. No es un museo ni tiene horario de visitas: es un estudio en el que hay gente trabajando. La vía más sencilla son sus propias exposiciones y actos, y las jornadas de Open Bilbao, donde en 2025 se pudo entrar en grupos pequeños y también con una visita guiada por los propios arquitectos. Si se tiene la oportunidad, merece la pena: es una hora escasa, en un local de barrio, que enseña más sobre cómo se puede reutilizar un edificio que muchas obras de mucho más presupuesto.