
Noche Blanca Bilbao 2026 Gau Zuria
19 y 20 de junio de 2026
Una vez al año Bilbao sale a pasear de noche sin más excusa que mirar. Es la Noche Blanca, Gau Zuria en euskera: dos noches de junio en las que la ciudad celebra su cumpleaños llenando de instalaciones de luz el paseo de la ría, los parques y unas cuantas fachadas.
La edición de 2026 fue el viernes 19 y el sábado 20 de junio, con cerca de una treintena de propuestas repartidas entre el Ayuntamiento y el parque de Doña Casilda. Yo hice el recorrido a pie y a contracorriente del programa, empezando por el parque y terminando en el Ayuntamiento, y llegué a ver dieciocho.
Las cuento aquí en el orden en que me las fui encontrando. Y adelanto la conclusión, porque no quiero engañar a nadie: fue un paseo agradable, pero la edición me pareció de las más flojas de los últimos años.
Qué es la Noche Blanca de Bilbao¶
Gau Zuria se celebra en torno al 15 de junio, la fecha en que Diego López de Haro fundó la villa en 1300. La de 2026 conmemoraba el 726.º aniversario, y la fórmula es la de siempre: arte, luz, música y tecnología en el espacio público, gratis y sin entradas.
El programa de este año reunía veintinueve propuestas. La mayoría eran instalaciones fijas, pero también había piezas itinerantes, música coral en el Euskalduna, danza urbana y alguna propuesta más cerca del circo que de la luz. Todo empezaba hacia las siete y media de la tarde, aunque las instalaciones luminosas, como es lógico en junio, no lucen de verdad hasta que oscurece, y aquí eso ocurre tarde.
El mapa dibujaba un recorrido muy claro: del Ayuntamiento a Azkuna Zentroa siguiendo la ría por Uribitarte, la Campa de los Ingleses y Abandoibarra, con el parque de Doña Casilda como remate. Es, en buena medida, el Bilbao nuevo, el que ha crecido donde antes hubo muelles y astilleros.
Del parque de Doña Casilda al Euskalduna¶
Empecé por el final del programa, en el parque de Doña Casilda. Junto a la fuente del Niño del Pez estaba Farbalà, de Xevi Bayona: una masa ligera, como un volante de tela, que se mueve con el viento y va cambiando de forma y de color.

El parque reunía tres piezas más a poca distancia. Herrixka era una ciudad en miniatura que no duerme, con cada ventana encendida como una historia; en la pérgola estaba Maite zaitut, que en euskera significa «te quiero»; y Billevesées eran unas figuras de colores que invitaban a sentarse a charlar.



Saliendo hacia la ría, sobre el estanque del Euskalduna flotaban las Ur-loreak, flores de agua casi translúcidas de día que por la noche se encienden en tonos dorados y rosados. Sobre el papel suena bien; en la práctica, en un estanque tan inmenso quedaban tremendamente pobres. Y en el muelle Ramón de la Sota, Fabrik rendía homenaje a la industria pesada con una instalación interactiva pensada para familias. En esta orilla, que fue astillero, el tema venía a cuento, pero repetía exactamente el mismo concepto del año pasado.


Abandoibarra: un arrecife, pájaros y una nube verde¶
En el Itsasmuseum, Arrecife llenaba el entorno del museo de corales, algas y esponjas de colores, con luz y sonido. Un poco más allá, bajo el puente de Deusto, Let's draw proponía un mapping interactivo en el que el público dibujaba con el móvil sobre un gran lienzo compartido.


La zona universitaria tenía las piezas más tranquilas. Un jardin en plus plantaba sobre un parterre del parque República de Abando un jardín de colores que, según sus autores, proclama la primavera eterna y ahuyenta la melancolía. En Bizkaia Aretoa colgaban las flores de Antesis, que se abren y se cierran suspendidas en el aire. Era muy bonita, pero le faltaba ambientación: algo de música, alguna decoración en las paredes o en el suelo que la arropase. Y en la trasera del edificio CRAI, Txoritokia reunía pájaros que habían encontrado allí semillas y cobijo.



De vuelta en el parque esperaba la pieza que más me sorprendió y más me gustó de toda la noche: Bulla, de Lola Solanilla. Son 3.500 pequeñas esferas colocadas a distintas alturas que forman una nube luminiscente de un verde intenso.

De la Campa de los Ingleses al Ayuntamiento¶
En la Campa de los Ingleses, junto al Guggenheim, estaba Elysian Arcs, de Atelier Sisu: unos grandes arcos iridiscentes que transforman el espacio según les da la luz. Por allí me crucé también con Buru Argiak, las lámparas que andan, una propuesta itinerante que repetía tal cual la idea del año pasado.


El paseo de Uribitarte hacía de pasillo final, con dos piezas de Juan Fuentes. Kinetic alineaba dieciocho ilusiones ópticas de aire sesentero, círculos que parecen girar hacia fuera; Neuron, inspirada en las conexiones del cerebro, reaccionaba con luz cuando alguien se acercaba. Las dos se quedaban en mecanismos de movimiento muy simples. Un poco más adelante, Lazuluminés levantaba torres teñidas de azul cuyo pedestal servía de asiento, un merendero efímero a la orilla del agua.



Terminé delante del Ayuntamiento. Aireratzea convertía el edificio en un puerto espacial del que despegaba una nave, con láser, video-mapping e intervención en directo.

Una edición bonita, pero sin efecto wow¶
Dicho todo esto, toca ser sincero: la de 2026 me pareció una de las ediciones de menor nivel de los últimos años. Había muchas instalaciones bonitas, de las que se miran con gusto y se fotografían bien, pero pocas que fueran algo más que eso. La excepción más clara fue Bulla.
Casi todo era de pequeño formato, y en más de un caso con aire de barato, como hecho con poco presupuesto. Hubo ideas repetidas de un año para otro, piezas que se quedaban cortas para el sitio que ocupaban y otras a las que les faltaba un último empujón de ambientación. Nada que ver con las grandes instalaciones de otros años, aquellas que te paraban en seco al doblar una esquina. Ese efecto, el de quedarse con la boca abierta, este año apenas lo encontré.
No es un drama. La Noche Blanca sigue siendo un plan estupendo y gratuito, y pasear la ría de noche con la ciudad en la calle ya compensa. Pero quien haya venido otros años notará la diferencia, y quien venga por primera vez hará bien en no juzgar el festival solo por esta edición.
Consejos para la próxima Noche Blanca¶
Es un paseo largo pero llano, casi todo junto a la ría, y se hace bien a pie. Yo lo hice del parque al Ayuntamiento y repetiría el sentido: Doña Casilda se disfruta con las últimas luces de la tarde, y las fachadas piden noche cerrada, que en junio no llega hasta pasadas las diez.
Hay dos noches, y merece la pena usarlas: una para la ría y otra para lo que queda más lejos, como Azkuna Zentroa. Yo me dejé varias cosas sin ver, entre ellas la iluminación del Zubizuri y los láseres de Azkuna Zentroa, y con dos noches habría llegado.
Y un aviso: suele haber mucha gente, sobre todo delante del Ayuntamiento y en los puntos interactivos. Forma parte de la gracia. La Noche Blanca es de los pocos días del año en que medio Bilbao pasea en la misma dirección.