
La Gran Vía de Bilbao
La calle que vertebra el Ensanche
Si tuviera que explicarle Bilbao a alguien con una sola calle, elegiría la Gran Vía. No por bonita, que lo es a ratos, ni por comercial, que lo es siempre, sino porque en su kilómetro y medio en línea recta está dibujada la decisión más importante que tomó la villa en el siglo XIX: saltar la ría y hacerse ciudad.
La Gran Vía de Don Diego López de Haro, que es su nombre completo, nació en 1876 como el eje del Ensanche, la columna a la que se cose toda la cuadrícula de Abando. Antes que una calle de tiendas fue una raya sobre un plano, trazada por dos ingenieros y un arquitecto sobre una vega de huertas y caseríos.
Una villa que no cabía en sí misma¶
Desde su fundación en 1300 y hasta bien entrado el siglo XIX, Bilbao fue poco más que las Siete Calles y algunos arrabales. La expansión hacia el norte, tímida, culminó con la Plaza Nueva a mediados de siglo, y ahí se acabó el sitio: la villa estaba encajada entre la ría y los montes, hacinada e insalubre, justo cuando el hierro empezaba a traer gente y dinero.
La solución estaba a la vista, al otro lado del agua. La vega de Abando, en la margen izquierda, era el único terreno cercano lo bastante grande y llano para una ciudad nueva. El problema es que no era Bilbao, sino otra anteiglesia, y hubo que anexionarse parte de ella: la toma de posesión fue en abril de 1870.
Antes hubo dos intentos fallidos. En 1801 Silvestre Pérez dibujó el Puerto de la Paz, una ciudad nueva promovida por el Señorío que ignoraba a la villa hasta el punto de no prever ni un puente hacia ella. En 1862 el ingeniero Amado Lázaro propuso un ensanche inspirado en el que Cerdá acababa de trazar para Barcelona, con manzanas y calles de dimensiones generosas. Demasiado generosas, al parecer: se tachó de desmesurado y tampoco salió adelante.
El plan de 1876: dos ingenieros, un arquitecto y una cuadrícula¶
El proyecto definitivo lo firmaron tres técnicos que trabajaban entonces en Bilbao. Pablo de Alzola, ingeniero, autor del puente de hierro de San Francisco y más tarde alcalde de la villa y presidente de la Diputación. Ernesto Hoffmeyer, también ingeniero, que trabajó en la traída de aguas y diseñó el nuevo puente de San Antón y el de La Merced. Y Severino de Achúcarro, el arquitecto, de quien ya he hablado a propósito del Palacio San Nicolás y del palacio Bidarte.
Lo tenían pensado desde tres años antes, pero la guerra carlista lo dejó en un cajón; el Ministerio de Fomento lo aprobó por fin el 30 de mayo de 1876. Era más modesto que el de Lázaro, unas 150 hectáreas, y por eso mismo más realizable. La base seguía siendo la retícula a la manera de Cerdá, con manzanas regulares y esquinas recortadas.
Ese recorte, el chaflán, parece un detalle menor y es de lo mejor del plan. Abre la vista en los cruces, crea pequeñas plazuelas cuando se agranda y regala a cada arquitecto una esquina con la que lucirse. Buena parte de la personalidad de las calles del Ensanche está ahí, en cómo cada edificio resuelve su chaflán.
Una recta para ordenarlo todo¶
Sobre esa cuadrícula hacía falta un eje, y ese eje es la Gran Vía. Se trazó para unir el punto más cercano a la ciudad vieja, el puente del Arenal, con el más alejado, el asilo de San Mamés y la zona portuaria de Olabeaga. Mil seiscientos metros en línea recta que al principio se pensaron con veintiséis de anchura y acabaron en treinta. De hecho, su primer nombre fue Gran Vía de San Mamés; el homenaje a Diego López de Haro, el fundador de la villa, vino después.
En el centro del trazado se colocó una plaza elíptica de 140 por 110 metros, y de ella salen dos diagonales, Ercilla y Elcano, que rompen la monotonía de la retícula y producen manzanas de formas distintas. Un bulevar transversal, la alameda de Recalde, hacía de segundo eje. Los terrenos bajos junto a la ría se consideraron residuales y se dejaron para industria y puerto: es lo que hoy conocemos como Abandoibarra, que ha tardado más de un siglo en dejar de ser la trastienda.
Todo esto es fácil de comprobar sobre el terreno. Desde la Elíptica se ven las calles abrirse en abanico, y en cualquier cruce de la Gran Vía basta mirar a los lados para entender la cuadrícula. Pocas ciudades dejan leer su plano con tanta claridad desde la acera.
Primer tramo: la calle del dinero y de las instituciones¶
La Gran Vía arranca en la plaza Circular, con la estatua de Diego López de Haro en el centro y la estación de Abando a un lado. Lo primero que conviene saber es que el Ensanche tardó mucho en llenarse: hubo expropiaciones difíciles, edificios que estorbaban y especulación, y con el cambio de siglo, veinticinco años después de aprobado el plan, no se había construido ni la mitad.
Lo que sí se consolidó pronto fue este primer tramo, hasta la Elíptica, y lo hizo con una vocación muy clara: bancos, compañías de seguros e instituciones. Las entidades nacidas en el Casco Viejo fueron cruzando la ría una tras otra para ponerse en primera línea, y la Diputación levantó aquí su palacio, inaugurado en 1900, que sigue siendo el edificio más solemne de la calle. Le hacen compañía la sede del Banco de España y, ya más cerca de nuestros días, los grandes almacenes.
Es también el tramo donde mejor se aprecia la mezcla de épocas. Conviven edificios eclécticos de comienzos del siglo XX con otros de la segunda mitad, como la torre de 88 metros que el Banco de Vizcaya levantó junto a la plaza Circular. No es una calle homogénea, y ahí está parte de su gracia.
La plaza Elíptica, el centro del tablero¶
Oficialmente se llama plaza de Federico Moyúa, pero en Bilbao es la Elíptica, por la forma que le dieron los autores del plan. Es el centro geométrico del Ensanche y funciona como una rótula: en ella se cruzan la Gran Vía, la alameda de Recalde y las dos diagonales.
A su alrededor se reúnen algunos de los edificios más reconocibles de la ciudad: el palacio Chávarri, con sus ventanas todas distintas, y el hotel Carlton, cuyo vestíbulo cubierto por una vidriera ya mencioné al hablar de los lucernarios del Palacio San Nicolás. En el centro, jardines y una fuente; en los bordes, las bocas del metro de Norman Foster, que los bilbaínos bautizamos enseguida como fosteritos.
El paseo de Open Bilbao terminaba aquí, y no por casualidad. La Elíptica marca la frontera entre dos Gran Vías: la que queda detrás, institucional y financiera, y la que sigue, más doméstica.
Segundo tramo: la Gran Vía de las casas¶
Pasada la plaza, la calle cambia de carácter. Este tramo, hacia San Mamés, no se acometió de verdad hasta el segundo tercio del siglo XX, y lo que se construyó fueron sobre todo viviendas: las casas de la burguesía que había hecho dinero con el mineral de hierro y la industria que vino con él.
Hay excepciones tempranas y notables, como el edificio Sota, en el número 45, un gran conjunto regionalista de hacia 1920. A partir de ahí la arquitectura va rejuveneciendo a medida que se camina hacia el oeste: es el Segundo Ensanche, el que se prolongó hasta mediados de siglo con Indautxu como referencia.
La recta termina en la plaza del Sagrado Corazón, con su monumento en lo alto de un gran pedestal. Más allá quedan San Mamés y la ría, que eran el destino original del eje. Vista desde aquí, hacia atrás, la Gran Vía enseña lo que es: una línea tirada con regla desde la ciudad vieja hasta donde entonces se acababa el mundo.
Del coche al paseo¶
Durante buena parte del siglo XX la Gran Vía fue, sobre todo, una calle para pasar en coche. Eso ha cambiado. El tramo entre las alamedas de Urquijo y Mazarredo y la Elíptica se semipeatonalizó primero, y en 2021 el Ayuntamiento anunció que haría lo mismo con el arranque de la calle, desde la plaza Circular, con las obras previstas para 2022 y el paso reservado al transporte público y a las bicicletas.
El resultado es que el primer tramo se camina hoy de otra manera, con aceras anchas, tilos y sitio para pararse a mirar hacia arriba, que es lo que pide esta calle. Los escaparates están a la altura de los ojos, pero la arquitectura empieza en el primer piso.
Cómo recorrer la Gran Vía¶
Lo natural es hacerla entera y en el sentido en que se pensó, de la plaza Circular al Sagrado Corazón. Es un kilómetro y medio llano: media hora sin paradas y el doble si se mira con calma. Tiene estaciones de metro en Abando y Moyua, y queda a un paso del Casco Viejo por el puente del Arenal.
Mi consejo es fijarse en tres cosas: los chaflanes, que son donde los arquitectos se la jugaban; las calles que se abren a los lados, que explican la cuadrícula; y el cambio de ambiente al cruzar la Elíptica. Y desviarse sin miedo, porque casi todo lo interesante del Ensanche está a una o dos manzanas del eje.