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Torre Bolueta de Bilbao vista en contrapicado hacia el cielo

Bilbao

La Torre Bolueta de Bilbao

El rascacielos passivhaus de Bilbao que fue récord del mundo

Quien entra en Bilbao por el este, siguiendo el Nervión, se la encuentra antes que cualquier otra cosa: una torre negra y delgada, sin balcones ni persianas, que parece hecha de una sola pieza. Es Torre Bolueta, y durante un tiempo tuvo un título que nadie esperaría de un bloque de vivienda protegida en un barrio obrero: el de edificio passivhaus más alto del mundo.

Es también uno de los edificios más discutidos de la ciudad, porque el récord vino acompañado de un problema que sus vecinos arrastran desde el primer verano. Las dos cosas son ciertas a la vez, y creo que la torre no se entiende si se cuenta solo una. Así que empiezo por el principio, que en Bolueta es siempre el hierro.

Donde estuvo la primera siderurgia de Bilbao

Mucho antes de Altos Hornos, de la margen izquierda y de todo lo que asociamos con el Bilbao industrial, hubo una fábrica en este recodo del río. La sociedad Santa Ana de Bolueta se constituyó en 1841, y en 1848 encendió aquí el primer alto horno de Bizkaia, todavía de carbón vegetal. Se suele decir que la siderurgia moderna vizcaína nació en Bolueta, y no es una exageración. La fábrica siguió trabajando el hierro en el mismo sitio durante más de siglo y medio.

Cuando la actividad se marchó quedaron casi ocho hectáreas de suelo industrial pegadas al agua, a diez minutos del centro y con una estación de metro en la puerta. El plan para convertirlas en barrio salió de un concurso de 2004: un abanico de torres altas y esbeltas abiertas hacia el río, con un paseo fluvial a sus pies y unas 1.100 viviendas, más de la mitad protegidas. Luego llegó la crisis, y todo fue mucho más despacio de lo previsto.

El río, por cierto, se encargó de recordar dónde se estaba construyendo. En febrero de 2015, con las obras del barrio en marcha y el terreno rebajado, una crecida inundó el solar de las futuras torres. No pasó de susto, pero es de esas imágenes que en Bilbao no hace falta explicar.

Una torre negra de 88 metros

La primera torre en levantarse fue la que promovió Visesa, la sociedad pública de vivienda del Gobierno vasco, con proyecto del estudio VArquitectos. Las obras duraron de julio de 2015 a marzo de 2018, y los primeros vecinos entraron a finales de ese año. Mide 88 metros, 98 si se cuenta la antena, repartidos en 28 plantas, aunque la última es solo cubierta. Dentro hay 171 viviendas protegidas, 108 en propiedad y 63 de alquiler social, la mayoría de tres habitaciones. No es un detalle menor: uno de los rascacielos más singulares que se han hecho en Bilbao en estos años no es de oficinas ni de lujo. Es de VPO.

Lo que la hace reconocible es la piel. Toda la fachada está resuelta con una única pieza repetida casi tres mil veces: una bandeja de aluminio de cuatro metros de alto por ochenta centímetros de ancho, colocada con una ligera inclinación que va alternando a un lado y a otro. El resultado es una superficie rugosa, como de escamas, que según le dé la luz pasa del negro mate a un brillo casi metálico. Las ventanas, altas y estrechas, se desplazan de una planta a otra y acaban perdiéndose en el dibujo, de modo que de lejos cuesta saber dónde termina un piso y dónde empieza el siguiente.

El color tampoco es un capricho. Los arquitectos lo explican como un guiño a lo que hubo aquí: el negro de esta torre es el del carbón que alimentó la fábrica, y el marrón previsto para su vecina, el del acero recién salido del horno. Una de las autoras, Silvia Mingarro, hablaba de «las lascas de carbón y mineral» de Santa Ana de Bolueta, y de que las franjas verticales buscan romper «la sensación de inmensidad de las paredes».

Qué es una casa pasiva y por qué fue récord

Passivhaus es un estándar alemán de construcción, seguramente el más exigente que existe en ahorro de energía, y la idea de fondo se entiende con un termo: si el recipiente no deja escapar el calor, casi no hace falta calentar lo que hay dentro. Para conseguirlo se actúa sobre cinco frentes a la vez. Mucho aislamiento por fuera, que aquí es una capa continua de lana de roca bajo las escamas de aluminio. Ningún punto por donde el frío se cuele a través de la estructura. Un sellado casi hermético de juntas y marcos. Ventanas de triple vidrio. Y una ventilación mecánica que renueva el aire sin abrir las ventanas.

Esa última es la pieza clave, y está escondida en el techo del balcón de cada vivienda. Es un recuperador de calor: saca el aire viciado, mete aire limpio y, sin mezclarlos, hace que uno le ceda su temperatura al otro. Según contaba el jefe de obra, se puede expulsar aire a 20 grados y, aunque fuera esté a cero, volver a meterlo a 18, todo con el consumo de una bombilla. El resultado es una demanda de calefacción un 75 % menor que la de un piso corriente. Antes de que entrara a vivir nadie, en lo peor del invierno, el interior de la torre no bajó de 17 grados.

Lo curioso es que nada de esto estaba en el proyecto original. El plan del barrio contaba con una central de energía común que nunca llegó a hacerse, y los arquitectos tuvieron que buscar otra manera de cumplir lo que se exigía. La encontraron en el passivhaus, y la resolvieron con obra de la de siempre, ladrillo y yeso, sin tecnología cara. El certificado llegó el 9 de marzo de 2018, en Múnich, y con él el récord: hasta entonces el edificio pasivo más alto del mundo era una residencia de estudiantes de Nueva York, de 82 metros. Durante aquel año pasaron por Bolueta cientos de arquitectos y técnicos a ver cómo se había hecho.

La otra cara del récord: el calor

El primer invierno fue lo prometido. Los vecinos contaban que apenas habían encendido la calefacción. El problema apareció con la primavera, y era justo el contrario: el termo que tan bien guardaba el calor en enero seguía guardándolo en julio. Desde entonces, según las mediciones de los propios vecinos, en los meses cálidos muchas viviendas no bajan de 25 grados y algunas han superado los 30. «Esto parece un invernadero», resumía uno de ellos.

Las causas que señalan son varias y se suman. La torre no tiene persianas, porque se suponía que el sistema bastaba para que el sol no recalentara los pisos, y la orientación es al suroeste. Los estores interiores, cuentan, llegan a ponerse a 60 grados. Y el recuperador, que de noche debería meter aire fresco, lo toma del tendedero, un balcón cerrado que acumula calor, así que a menudo ni se activa. La solución que se les dio fue un curso para aprender a ventilar: ventanas abiertas de noche y todo cerrado y a oscuras de día. Con los trenes pasando al lado y los mosquitos del río, no es precisamente lo que uno entiende por confort.

La respuesta oficial tampoco ayudó a calmar los ánimos. En 2020 el consejero de Vivienda atribuyó el calor a la orientación, al uso de las casas y al cambio climático, y descartó que hubiera un defecto de construcción. Visesa ha monitorizado viviendas, ha encargado estudios y defiende que la calidad del aire es óptima y que un passivhaus, en un clima como el nuestro, puede calentarse de más en ciertas épocas. Los vecinos piden cosas bastante concretas: sombra en las ventanas, con contraventanas o persianas, y que el aire se tome de la fachada y no del tendedero. Después de siete años de reuniones sin acuerdo, la comunidad votó llevar a Visesa a los tribunales.

No voy a repartir culpas, pero hay un titular de aquellos reportajes que lo resume bien: unas viviendas pensadas para el norte de Europa. El estándar nació en Alemania para no pasar frío, y aquí, más al sur, mirando al suroeste y sin una persiana, el reto era otro. Torre Bolueta es las dos cosas a la vez, un edificio admirable por lo que intentó y un aviso de que un sello no garantiza que se viva bien dentro.

Cómo acercarse a verla

Torre Bolueta es un edificio de viviendas, así que no se visita por dentro: se mira desde la calle, que es además donde mejor se entiende. Llegar es muy fácil. La estación de Bolueta, de las líneas 1 y 2 del metro, queda a un paso, y allí tiene también su final el tranvía, que viene siguiendo la ría desde el centro.

Merece la pena verla a dos distancias. De cerca, al pie, para fijarse en las escamas de aluminio, en cómo cambia la inclinación de una a otra y en cómo las ventanas se van desplazando planta a planta. Y de lejos, desde la otra orilla o desde las laderas de Txurdinaga y Miraflores, para ver la silueta entera recortada sobre el valle. Si hay sol, mejor a última hora de la tarde, cuando la luz baja le saca brillo al negro.

El paseo tiene además algo de visita al Bilbao que viene. Alrededor de la torre está creciendo un barrio entero donde hace nada había naves industriales, con más torres en marcha y la orilla recuperada para caminar. Quien quiera completar la mañana puede bajar andando hacia Atxuri siguiendo el río, que es una de las maneras más agradables y menos conocidas de entrar en el Casco Viejo.