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Fotografía de la zona de exposiciones de la Sala Rekalde en Bilbao

Bilbao

Sala Rekalde

Historia, edificio y guía para visitarla

Hay lugares que uno ha visto cambiar tantas veces que casi se le olvida mirarlos de verdad. La Sala Rekalde es uno de ellos. Durante más de tres décadas fue una puerta discreta en la Alameda de Recalde, un sitio al que se entraba casi por costumbre para ver qué se estaba cociendo en el arte contemporáneo vasco e internacional. Desde principios de 2025 esa puerta ya no es la principal: ahora se entra por la calle Iparraguirre, y el cambio, que parece un simple detalle logístico, dice mucho de cómo ha evolucionado Bilbao.

Volví hace poco y salí con la sensación de haber redescubierto un espacio que creía conocer. Por eso quiero contar aquí no solo qué es la Sala Rekalde y cómo visitarla, sino también la historia del edificio que la alberga, que es bastante más curiosa de lo que su fachada sobria deja intuir.

Qué es la Sala Rekalde y por qué merece una visita

La Sala Rekalde es un espacio expositivo de la Diputación Foral de Bizkaia dedicado a la difusión, el conocimiento y la reflexión sobre las prácticas artísticas contemporáneas. Abrió sus puertas en la primavera de 1991 y fue el primer centro de iniciativa institucional en Euskadi dedicado en exclusiva al arte moderno y contemporáneo. Conviene situarse: en aquel momento el Guggenheim no era más que una posibilidad que podía quedarse en nada.

Desde entonces su programación ha combinado exposiciones de artistas locales e internacionales con presentaciones de obra, debates, proyecciones, conferencias y publicaciones. La idea que la sostiene es la de un lugar de encuentro, un sitio donde discutir qué significa hoy la creación artística, cómo se presenta y cómo dialoga con públicos muy distintos. Tras la reforma de 2025, ese planteamiento se ha reforzado con un programa educativo que se ha convertido en el eje de la sala.

Para el viajero hay además un argumento difícil de rebatir: la entrada es gratuita. En una ciudad donde las grandes pinacotecas tienen su precio, poder asomarse a una exposición de calidad sin pagar nada y sin colas es un pequeño lujo que no siempre se aprovecha.

Un edificio de oficinas que acabó siendo sala de arte

Para entender la Sala Rekalde hay que empezar por el inmueble que la acoge, el número 30 de la Alameda de Recalde. No nació como museo ni como centro cultural, sino como edificio de oficinas para Delclaux y Cía., la conocida firma vidriera bilbaína. El solar, marcadamente rectangular, atraviesa la manzana entera desde la Alameda de Recalde hasta la calle Iparraguirre, y esa doble fachada será clave en toda esta historia.

El historiador del arte Javier González de Durana, que dirigió la sala en sus primeros años, dedicó al edificio un libro publicado por la Diputación en 1992, Rekalde, 30. La tipología de edificios para oficinas en Bilbao. En él establece un paralelismo que me encanta: si las oficinas palaciegas que los Médici levantaron en Florencia acabaron convertidas en la Galería Uffizi, estas dependencias empresariales bilbaínas también transformaron su planta baja en una sala de exposiciones. El propio autor admite que la comparación es exagerada, pero sirve para subrayar algo poco habitual: mientras abundan los pisos convertidos en despachos, cuesta encontrar oficinas que hayan pasado a cumplir otra función.

En su entorno inmediato se levantaban piezas importantes de la arquitectura bilbaína de entreguerras, como el inmueble de Tomás Bilbao en la esquina con Colón de Larreátegui o el antiguo Club Deportivo de Pedro Ispizua, considerado la obra más depurada del art déco vasco y que, lamentablemente, fue derribado en los años sesenta.

Tres fases y dos arquitectos con el mismo nombre

Lo más sorprendente del edificio Delclaux es que tardó veinte años en completarse. La primera fase se levantó entre 1933 y 1935 según proyecto del arquitecto Emiliano Amann Amann. En plena crisis de la construcción, el promotor se conformó con una planta baja y tres pisos, más una pequeña vivienda para el conserje, cuando las ordenanzas municipales permitían llegar a siete alturas. La estructura se preparó para crecer en el futuro, y en diciembre de 1938 el mismo arquitecto dibujó los planos del recrecido, pero aquella ampliación no llegó a ejecutarse.

Entre 1943 y 1945 se construyó la parte que da a Iparraguirre, ocupando por fin todo el solar, aunque solo con planta baja y parte del primer piso. También aquí se previó una estructura capaz de soportar cuatro plantas más que nunca se levantaron, y por eso ese tramo de la calle se ve todavía hoy como un gran hueco entre medianeras.

El remate llegó entre 1951 y 1953 de la mano de Emiliano Amann Puente, hijo del anterior, que añadió las tres plantas superiores. No siguió el leve sabor déco que había imaginado su padre, sino un lenguaje más clasicista, muy propio de la posguerra. González de Durana se plantea en su libro a quién debe atribuirse realmente el edificio y concluye que la mayor responsabilidad recae en el hijo, que fue quien le dio el aspecto exterior que conocemos.

La fachada de la Alameda de Recalde, una lección de historia

Merece la pena plantarse unos minutos frente a la fachada de la Alameda antes o después de la visita. El revestimiento es de sillería de arenisca clara, con paños de mármol negro en los antepechos del cuerpo central, y la decoración es sobria, casi inexistente en la mitad inferior. Lo que sí llama la atención son las dos cornisas, que funcionan como testigos de las distintas etapas de construcción, y el friso con triglifos y metopas que recorre el edificio de lado a lado.

Cuando uno conoce la historia de las tres fases, la fachada se lee de otra manera. Donde antes solo veía un edificio de oficinas más de la zona, ahora distingo el cuerpo original de los años treinta y el recrecido de los cincuenta, perfectamente integrados pero con matices diferentes. Es uno de esos pequeños ejercicios de observación que hacen que pasear por el Ensanche bilbaíno sea tan agradecido.

De garaje a sala de exposiciones: el Rekalde de Juan Ariño

Cuando la Diputación adquirió el inmueble para instalar varios de sus departamentos, la planta baja estaba ocupada por un parking, una tienda de suministros de automóvil y la sala de calderas. En la segunda mitad de los años ochenta empezó a utilizarse de manera ocasional para exposiciones temporales, en un espacio desnudo y sin ningún acondicionamiento. Aquellas muestras convencieron a la institución de que el lugar era ideal para dedicarlo de forma permanente al arte contemporáneo: amplio, accesible, céntrico y de titularidad pública.

El encargo de adaptarlo recayó en 1989 en Juan Ariño, arquitecto madrileño especializado en diseño museográfico y montajes expositivos. Su solución colocó la sala en la parte más ancha de la planta, en el centro de la parcela, y separó las entradas de las oficinas forales y del espacio expositivo a uno y otro lado de la fachada. Entre ambas dejó un escaparate de unos 60 metros cuadrados con tres grandes ventanales, pensado como gancho visual para atraer a los paseantes y que a veces sirvió también para mostrar trabajos de artistas jóvenes.

Quien entrara entonces recordará el vestíbulo de travertino y madera en tonos ocres, cálido y elegante, que además hacía de colchón acústico: a apenas veinte metros del tráfico de la Alameda, en la sala reinaba un silencio absoluto. El espacio expositivo era un rectángulo organizado a partir de quince pilares en cinco filas de tres, con una geometría casi matemática que permitía reorganizarlo con muros móviles. A Ariño se le atribuye una frase que resume bien aquel proyecto: nada hay más revolucionario que el refinamiento.

Una conexión inesperada con el Guggenheim

Hay una anécdota que me parece de las más jugosas de toda esta historia. Juan Ariño era el diseñador habitual de Carmen Giménez, conservadora del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, que en los años ochenta había comisariado exposiciones en Bilbao para el Museo de Bellas Artes y para el Banco de Bilbao. Cuando la Diputación buscó a alguien para acondicionar la sala, fue ella quien recomendó a Ariño.

Y fue también Carmen Giménez quien, a finales de 1990, puso en contacto a Thomas Krens con las instituciones vascas. Es decir, mientras se acondicionaba la Sala Rekalde se estaba tejiendo, sin que casi nadie lo supiera, el hilo que acabaría llevando el Guggenheim a la ría. En 1989 la calle Iparraguirre era una tranquila vía de barrio que terminaba en ruinas industriales y pabellones portuarios, y nadie imaginaba que allí se levantaría un museo capaz de cambiar la imagen de la ciudad.

Las exposiciones que marcaron época

La sala se inauguró con una muestra de pintores vascos en la que figuraban nombres como Gustavo de Maeztu, José Antonio Sistiaga y Agustín Ibarrola, y en la que también participó Juan Carlos Eguillor. Dos años después, en 1993, llegó una de sus exposiciones más recordadas: una selección de la colección Guggenheim de Nueva York con obras de Picasso, Matisse, Braque y Chagall. Visto con perspectiva, aquello fue un auténtico preludio del museo de Gehry, que abriría en 1997.

A lo largo de estos años, la Sala Rekalde ha mantenido una línea de investigación sobre la producción contemporánea de dentro y fuera de nuestras fronteras. En un momento en que otros territorios vascos han visto desaparecer espacios de referencia surgidos en la misma época, como Arteleku en Gipuzkoa o la Sala Amarika en Álava, que Rekalde siga en pie y se renueve tiene un valor que va más allá de lo arquitectónico.

La reforma de 2003 y los tiempos líquidos

Hacia 2003, con otra dirección al frente, el arquitecto Paul Basáñez y el escultor Ibon Basáñez remodelaron por completo los espacios de acceso. Eliminaron tabiques, falsos techos y revestimientos para crear un ámbito único de 340 metros cuadrados con los pilares y el techo a la vista. Buscaban una imagen más abierta, austera y versátil, en la línea de lo que otros centros europeos estaban haciendo por aquellos años.

El refinamiento de Ariño desapareció para dar paso a un espacio más informal, donde cualquier acción podía suceder en cualquier lugar. La sala expositiva propiamente dicha no se tocó. Es interesante comprobar cómo cada época ha proyectado sobre este edificio su propia manera de entender el arte y su relación con el público.

2025, la nueva entrada por Iparraguirre

Tras nueve meses cerrada por obras, la Sala Rekalde reabrió al público el 28 de enero de 2025 con una transformación firmada por Xortu Arquitectura Íntegra. El gran cambio es el acceso: lo que hasta entonces era la rampa de entrada de vehículos de servicio, en el número 21 de la calle Iparraguirre, se ha convertido en la puerta principal. La entrada de la Alameda de Recalde, que dio nombre a la sala, se mantiene solo para usos puntuales.

Las razones de la mudanza tienen que ver con el mapa cultural de la ciudad. Iparraguirre es hoy el eje que conecta el Guggenheim, el Museo de Bellas Artes, Azkuna Zentroa y la sala Uribitarte40 de BilbaoArte, en lo que la directora de la sala, Alicia Fernández, ha bautizado como el bulevar del arte bilbaíno. Rekalde queda justo en el centro de ese triángulo, en una posición privilegiada para atraer a parte del público que circula entre los grandes museos.

La renovación ha sido integral: paredes, suelo de resina epoxi, baños, climatización e iluminación LED modulable. El pasillo de entrada, que durante las primeras horas de la mañana sigue utilizándose para la carga y descarga de obras, también puede acoger propuestas artísticas, y deja vislumbrar al fondo la antigua puerta de la Alameda. Junto a ese acceso histórico se ha habilitado una sala multiusos para charlas y presentaciones.

Cómo es hoy la sala por dentro

El espacio expositivo principal tiene una superficie de 700 metros cuadrados, a los que se suma la Sala Barriek, un espacio complementario de 60 metros cuadrados. El perímetro alcanza los 124 metros lineales, ampliables mediante paneles, y la altura es de 3,20 metros. El área destinada a actividades suma otros 250 metros cuadrados. En total, las instalaciones superan los 1.000 metros cuadrados.

Domina el blanco, pero la distribución, con paredes móviles, cambia con cada exposición, así que la sala nunca se ve igual de una visita a otra. Los pilares siguen marcando el ritmo del espacio, como en tiempos de Ariño, y la luz modulable permite adaptarse a propuestas muy diferentes. En la recepción, el mobiliario modular USM Haller instalado por ICAZA aporta un toque de diseño que se integra sin robar protagonismo a las obras.

Lo que sí puedo decir es que la sensación general es la de un espacio que ha ganado en luz y en claridad, y que por fin mira hacia donde se mueve hoy el público cultural de Bilbao. Entrar por Iparraguirre y ver al fondo la vieja puerta de la Alameda es como recorrer en unos metros los más de treinta años de historia de la sala.

Información práctica para visitar la Sala Rekalde

La entrada principal está en la calle Iparraguirre, 21, aunque la dirección postal histórica sigue siendo Alameda de Recalde, 30. Se llega fácilmente a pie desde cualquier punto del centro, y las estaciones de metro de Eliptikoa e Indautxu, así como el tranvía, quedan a un paseo corto.

La sala abre de martes a sábado de 11:00 a 15:00 y de 16:30 a 20:00, y los domingos y festivos de 11:00 a 15:00. Los lunes permanece cerrada. La entrada es gratuita, igual que la mayoría de las actividades, aunque algunos talleres y visitas comentadas requieren inscripción previa. Conviene consultar la web oficial antes de ir, porque entre exposición y exposición puede haber días de montaje.

Hay algunas normas que conviene conocer para evitar sorpresas. No se permite entrar con objetos voluminosos o punzantes como paraguas o maletas, algo a tener en cuenta en una ciudad donde el paraguas es casi un complemento más. Tampoco se puede comer, beber ni fumar, y solo pueden acceder perros guía. Si vas con niños, lo lógico es tenerlos cerca y aprovechar los talleres en familia que la sala organiza muchos fines de semana.

Qué ver cerca: el bulevar del arte de Bilbao

La gran ventaja de la nueva ubicación es que la Sala Rekalde encaja de maravilla en un recorrido cultural por el centro. Bajando por Iparraguirre hacia la ría se llega en pocos minutos al Guggenheim, y desde allí el Museo de Bellas Artes y el parque de Doña Casilda quedan a un paso. En sentido contrario, Azkuna Zentroa, la antigua Alhóndiga reconvertida por Philippe Starck, está también muy cerca, y junto a la ría la sala Uribitarte40 completa la oferta de arte contemporáneo.

Mi consejo es combinar la visita con un paseo por el Ensanche mirando hacia arriba. El propio libro de González de Durana es una invitación a descubrir los edificios de oficinas que construyeron la imagen empresarial de Bilbao durante el siglo XX, de la Gran Vía a la Plaza Elíptica. Y si la exposición te deja con ganas de más, siempre queda tiempo para un pintxo y un vino en alguno de los bares de la zona, que en esta ciudad el arte y la barra nunca han estado reñidos.