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La fachada de Alkar Contemporary que tuiliza materiales metálicos que recuerdas los cerramientos de los antiguos garajes

Bilbao

Alkar Contemporary

La colección privada que ha convertido un garaje de Bilbao en museo

Bilbao tiene la costumbre de reciclarse. Unos altos hornos se convirtieron en un paseo junto a la ría, una alhóndiga de vinos en centro cultural y un edificio de oficinas en sala de exposiciones. Desde junio de 2026 hay que añadir un capítulo más a esa lista: un antiguo taller mecánico y garaje del Ensanche que ahora alberga una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes del Estado.

Se llama Alkar Contemporary, está en la Alameda de Mazarredo, 33, y es de esos sitios que uno ha pasado por delante mil veces sin saber qué escondía. Quien recuerde ese tramo de Mazarredo sabrá de lo que hablo: un portón de garaje sin ninguna gracia en una calle por la que pasa media ciudad. Hoy, tras esa misma fachada, hay 1.300 metros cuadrados repartidos en tres plantas y obras de Anselm Kiefer, Louise Bourgeois o Richard Serra.

Qué es Alkar Contemporary y qué no es

Conviene aclararlo desde el principio, porque genera confusión. Alkar Contemporary no es una galería y no es exactamente un museo. Es una colección corporativa privada que ha decidido abrir al público una sede propia para mostrar sus fondos. Aquí no se vende arte, solo se enseña. Tampoco se entra cuando uno quiere: el acceso se organiza mediante visitas guiadas con reserva previa, en grupos reducidos.

La institución se define como un espacio de pensamiento y experiencia directa con las obras, y pone la mediación en el centro. La idea es que el visitante no solo vea las piezas, sino que entienda cómo se ha construido la colección: qué criterios la articulan, qué vínculos hay con los artistas y qué conversaciones se han sostenido en el tiempo. Es un planteamiento deliberadamente distinto al de los grandes museos, donde uno entra, recorre y sale sin hablar con nadie.

Sus responsables también han declarado su intención de apoyar a artistas locales, emergentes y de media carrera, favoreciendo su visibilidad internacional. No desde una lógica identitaria, insisten, sino desde la convicción de que las preguntas que atraviesan la práctica contemporánea son compartidas y dialogan más allá de cualquier frontera.

Yolanda Zugaza y Fernando Arriola, más de treinta años coleccionando

Detrás del proyecto están Yolanda Zugaza y Fernando Arriola, abogados economistas y socios fundadores del Grupo Adakar. Su historia como coleccionistas tiene algo de novela de aprendizaje. La primera obra la compraron en 1992: un cuadro de Ignacio García Ergüin de la serie Nueva Orleans, con un trompetista de jazz. Cuentan que entonces les pareció una inversión enorme para su economía y que la adquirieron con bastante temor.

Durante ocho o diez años se mantuvieron en el ámbito local, comprando lo que iban viendo en exposiciones. El punto de inflexión llegó en el año 2000, cuando acudieron a ARCO y se quedaron impresionados por la cantidad de artistas que desconocían. A partir de ahí vinieron Basilea, Miami y hasta seis o siete ferias al año. La regla siempre fue la misma: comprar lo que les gustaba, apoyándose en las recomendaciones de galeristas, artistas y comisarios.

En 2025 la Fundación ARCO les concedió el Premio A al Coleccionismo, y la colección ha prestado obra a instituciones como el Museo Reina Sofía, el Centre Pompidou, el Barbican Centre o el propio Guggenheim Bilbao. Hay una anécdota que ilustra bien la paradoja de este tipo de fondos privados: cuando el Guggenheim organizó su exposición sobre Alice Neel, trajo obras de medio mundo sin saber que uno de sus cuadros estaba a apenas quince kilómetros, en Amorebieta. Esa frase resume el porqué de la nueva sede: una colección que existía pero que apenas era accesible fuera de los circuitos especializados.

Una colección de más de 550 obras y 280 artistas

El fondo reúne actualmente más de 550 obras de unos 280 artistas, con pintura, escultura, fotografía, instalación y vídeo. Su evolución tiene tres capas bien visibles. Primero, el arraigo local, con nombres como Ignacio García Ergüin, Txomin Badiola o Eduardo Chillida. Después, la ampliación al ámbito estatal, con Miquel Barceló, Luis Gordillo o Antonio Saura. Y finalmente el salto internacional, con figuras como Georg Baselitz, John Baldessari, Louise Bourgeois, Anselm Kiefer, Richard Serra, Olafur Eliasson, Tracey Emin, Christian Boltanski o Francis Alÿs.

Junto a ellos conviven artistas de media carrera como Kader Attia, Julien Creuzet, Carolina Caycedo, Donna Huanca o Alvaro Barrington, y voces emergentes como Mónica Mays, Sahatsa Jauregi o Evgeny Antufiev. El planteamiento es colocar a locales e internacionales en un mismo plano, sin jerarquías ni secciones separadas, algo que se agradece y que da lecturas inesperadas.

De taller mecánico a museo: el proyecto de estudioHerreros

La transformación del local lleva la firma de estudioHerreros, el estudio de Juan Herreros y Jens Richter, conocido entre otras cosas por el Museo Munch de Oslo. El encargo no era sencillo: adaptar las tres primeras plantas de un edificio residencial del Ensanche, ocupadas por un taller mecánico y un garaje, para convertirlas en salas de exposición.

La intervención parte de retirar todo lo superfluo. A partir de ahí, fracciona las plantas en salas para multiplicar la cantidad de pared disponible, que es lo que de verdad necesita una colección, elimina algún forjado para ganar altura y organiza el recorrido con dos escaleras de nueva factura. El resultado son diecisiete salas repartidas en tres niveles, a las que se suman oficinas, recepción, un pequeño anfiteatro para encuentros y proyecciones, una biblioteca concebida como lugar de trabajo y mediación, y un archivo de obras en tránsito.

La estrategia de fondo me parece inteligente: máxima neutralidad en paredes y suelos de las salas, y todo el diseño expresivo concentrado en las circulaciones y en las dependencias complementarias. Es decir, que las obras mandan y la arquitectura se luce donde no molesta.

Los detalles de la reforma en los que merece la pena fijarse

En el sótano, la materialidad es pétrea: zapatas emergentes de hormigón armado, trasdosados de paneles de cemento y lavabos de terrazo hidráulico. En las plantas superiores, en cambio, aparecen dispositivos montados en seco con aire industrial, hechos de tubulares y pletinas, tableros de contrachapado y planchas galvanizadas. Con ellos se construyen umbrales, mamparas, estanterías, pasarelas, mobiliario y unas escaleras que recuerdan a silos metálicos.

Los techos son otro acierto. En lugar de taparlos, se ha dejado a la vista la factura desordenada de las vigas de hormigón de la estructura original, que funcionan como una huella que data el edificio. Y luego está la fachada, que es lo primero que llama la atención desde la calle: hacia Mazarredo recurre al lenguaje de las carrocerías de los grandes vehículos, con un característico color verde y una cerrajería muy precisa que resuelve portones, puertas y ventanas. Hacia el patio de manzana, en cambio, se recuperan las claraboyas y el pavés translúcido, un guiño a la tradición local y a la sencillez vernácula de esos lugares invisibles de la ciudad.

Me gusta especialmente esa decisión de no borrar el pasado del local. El garaje sigue estando ahí, en las vigas, en la escala de los portones, en esa fachada de chapa verde. Es un museo que no disimula de dónde viene.

On Being Human, la exposición inaugural

La primera muestra se titula On Being Human y reúne 53 obras de artistas vascos, estatales e internacionales. Su hilo conductor es la condición humana, y la recorren cuestiones como la memoria, el cuerpo, la identidad, la fragilidad o la belleza. El planteamiento es más el de abrir preguntas que el de cerrar respuestas.

Entre las piezas destacadas hay un impresionante Kiefer que los coleccionistas adquirieron al museo Hermitage, además de obras de Baselitz, Barbara Kruger, Alice Neel, Pello Irazu, Juan Muñoz, Thomas Schütte, Kader Attia o Christian Boltanski. Las esculturas de June Crespo ocupan un papel protagonista, fruto de una relación de admiración que los coleccionistas mantienen con ella desde el principio de su trayectoria. La exposición se podrá ver hasta junio de 2027, y con el tiempo el espacio irá acogiendo distintas selecciones de la colección.

Cómo visitar Alkar Contemporary: entradas, horarios y reservas

Aquí está la parte que conviene planificar con calma, porque no es un sitio al que se entre sobre la marcha. El acceso se realiza exclusivamente mediante visitas guiadas con reserva previa, que se gestionan a través de la web alkarcontemporary.com. Las visitas se organizan los martes por la mañana y los jueves por la tarde, y se ofrecen en euskera, castellano e inglés.

La entrada general cuesta 10 euros, con tarifa reducida de 5 euros para estudiantes y mayores de 65 años, y acceso gratuito para menores de 18. El importe se destina íntegramente a financiar el programa de mediación y las propias visitas guiadas. Antes de organizar nada, conviene mirar la web, porque en un proyecto tan reciente los horarios y las condiciones pueden ir cambiando.

Un apunte honesto: el formato todavía está rodándose. El recorrido es siempre guiado y no se puede circular libremente por las salas ni acercarse a las obras al margen del grupo, algo que a más de un visitante le ha resultado rígido. Es probable que esa rigidez se vaya relajando con los meses, pero conviene saberlo antes de ir para no llevarse una sorpresa. A cambio, el grupo reducido y la conversación con quien guía dan una profundidad que pocas visitas de museo ofrecen.

Alkar en el mapa cultural de Bilbao

La ubicación no podría ser mejor. Estando en Mazarredo 33, Alkar Contemporary queda a un paseo corto del Guggenheim, del Museo de Bellas Artes, de Azkuna Zentroa y de la Sala Rekalde, que desde su reforma ha trasladado su entrada a la calle Iparraguirre para acercarse precisamente a este eje. La parada de tranvía del Guggenheim y la estación de metro Eliptikoa quedan cerca, y unos metros más allá, en Mazarredo 22, está el edificio Museoalde con su terraza mirador sobre la ría.

Lo interesante es que Alkar aporta algo que faltaba: la mirada del coleccionismo privado, con sus filias, sus manías y su libertad para comprar lo que le da la gana sin rendir cuentas a un patronato. Eso se nota en el recorrido, y es justo lo que lo hace complementario de las grandes instituciones. Si vas a pasar unos días en Bilbao y te interesa el arte contemporáneo, reserva la visita con tiempo, porque las plazas son limitadas y el boca a boca ya está funcionando.