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El edificio MuseoAlde visto desde el puente de la Salve, mostrando su diferencia de cota entre la calle Mazarredo y la ria de Bilbao

Bilbao

Edificio Museoalde y hotel Vincci Consulado de Bilbao

El velero frente al Guggenheim

Hay edificios que se entienden mejor desde el agua o, al menos, desde la orilla de enfrente. Museoalde es uno de ellos. Si uno camina por el paseo de Uribitarte en dirección al Guggenheim, llega un momento en que aparece delante una proa blanca, afilada, con terrazas que caen en cascada como si fueran las velas de un barco a punto de zarpar. Es la imagen que eligieron sus autores y la que ha acabado dándole el apodo por el que muchos lo conocen: el velero de Abandoibarra.

En sus plantas bajas se aloja el hotel Vincci Consulado de Bilbao, y en las superiores, un puñado de viviendas con algunas de las mejores vistas de la ciudad. Pero detrás de su silueta hay también una historia que se remonta al siglo XVI y que explica muy bien qué ha sido Bilbao a lo largo de los siglos: una villa de comerciantes que miraba al mar.

Dónde está el edificio Museoalde

Museoalde se levanta en la Alameda de Mazarredo, 22, justo en la confluencia entre el final del paseo de Uribitarte y el comienzo de la avenida de Abandoibarra. Es un punto de bisagra entre dos Bilbaos: por detrás queda el Ensanche decimonónico, con sus manzanas ordenadas y sus fachadas de piedra, y por delante, la ría y el Bilbao de la transformación que empezó con el Guggenheim.

Su posición es de las que un arquitecto sueña. Tiene enfrente el museo de Gehry, a un lado las torres Isozaki Atea y la pasarela Zubizuri, y al otro el puente de La Salve. Pocos solares de la ciudad concentran tanta carga simbólica, y eso explica en buena medida la ambición del proyecto.

Lo que había antes en este solar

Antes de que llegara el velero, aquí se alzaba el antiguo edificio del IFAS, el Instituto Foral de Asistencia Social. Era un inmueble sin demasiado atractivo que, en sus últimos años, llegó a servir de refugio para personas sin hogar en las noches más frías del invierno. Su demolición dejó libre una parcela privilegiada que durante un tiempo fue una especie de hueco pendiente en el frente de ría.

Es curioso cómo cambia la percepción de un lugar. Quien paseara por aquí hace veinte años recordará una esquina anodina, casi de paso. Hoy es uno de los rincones más fotografiados de Bilbao, y buena parte de esa transformación se debe a la silueta de este edificio.

Un velero amarrado frente al Guggenheim

El proyecto lleva la firma de Agvar Arquitectos y Axis Arquitectura y Urbanismo, y fue construido por Jaureguizar y Eslora. Las obras terminaron en diciembre de 2018. La idea de partida es muy clara: un edificio que parece haber llegado navegando ría arriba para quedar amarrado en Abandoibarra, con una silueta que se abre en dos puntas y en la que se adivinan las líneas de la proa y de la vela.

Esa metáfora náutica no es gratuita. Bilbao ha sido durante siglos un puerto, y la ría, antes de convertirse en paseo, fue un corredor de barcos, astilleros y muelles. El edificio hace un guiño a ese pasado sin caer en la nostalgia, con un lenguaje contemporáneo de líneas limpias y fachadas claras que dialoga, de lejos, con el titanio del Guggenheim.

Lo más llamativo, a mi juicio, son las terrazas escalonadas. Arrancan desde el edificio colindante del Ensanche y van ganando altura, protegidas del viento, como si el Ensanche trepara hacia el cielo. Desde la ría, esa sucesión de terrazas es lo que da al conjunto su aire de vela hinchada. Vistas desde dentro, son una atalaya privilegiada sobre la curva de la ría.

Hotel abajo, viviendas arriba

Museoalde es un edificio de uso mixto. Tiene catorce alturas sobre rasante y otras cuatro plantas subterráneas destinadas a garaje. De las catorce, cinco corresponden al hotel Vincci Consulado de Bilbao, que ocupa las plantas más cercanas a la ría, y nueve están destinadas a viviendas.

Una galería de servicio separa ambos mundos, de forma que el hotel y la parte residencial funcionan de manera independiente. Las viviendas son 38 y se comercializaron en régimen de cooperativa. Se caracterizan por sus espacios amplios, sus grandes terrazas y unas vistas exteriores que en esta ciudad cotizan muy alto. Convivir con un hotel de cuatro estrellas en los pisos de abajo y con el Guggenheim enfrente no es precisamente un mal plan.

Arquitectura sostenible con medidas pasivas

Más allá de su forma, Museoalde se presentó como un ejemplo de construcción sostenible, con una eficiencia energética cercana a los parámetros de las casas pasivas. El ahorro se consigue combinando medidas pasivas, que reducen la demanda de energía, con medidas activas, que disminuyen el consumo.

Entre las primeras destaca el refuerzo del aislamiento, con espesores medios de unos 10 centímetros en fachadas y 14 en cubierta, y la adaptación de huecos y vidrios a la orientación de cada fachada. Se han empleado carpinterías de altas prestaciones y vidrios bajo emisivos cuya polarización reduce la entrada de luz en los meses de calor y la favorece en invierno. La fachada ventilada, con acabados cerámicos y pétreos sobre estructura metálica, crea además cámaras de aire que mejoran el aislamiento térmico, y los paneles de material refractario amortiguan la entrada de calor en verano y de frío en invierno.

Entre las medidas activas figuran los ascensores con recuperadores de energía, que se recargan con el propio uso, y los paneles solares que generan electricidad para las zonas comunes. La estructura es de hormigón armado y el edificio cuida también el aislamiento acústico, algo nada menor cuando se vive en uno de los puntos más transitados de la ciudad.

De dónde viene el nombre: el Consulado de Bilbao

El nombre del hotel no es casual y, para mí, es lo más interesante de toda esta historia. Hace referencia al Consulado de Bilbao, cuyo nombre completo era Universidad de Mercaderes, Consulado del Mar y Casa de Contratación. El 22 de junio de 1511, la reina Juana firmó la carta que daba respaldo a esta institución, que en realidad venía a confirmar una realidad anterior: desde hacía siglos, los mercaderes vascos mantenían relaciones y ligas comerciales con puertos como los ingleses.

El Consulado se encargó durante más de tres siglos de los asuntos comerciales de la villa y fue decisivo para convertir Bilbao en uno de los puertos más importantes del Atlántico Norte. Sus célebres Ordenanzas alcanzaron tal prestigio que acabaron funcionando como código mercantil en diecinueve países iberoamericanos y en Filipinas. Su existencia terminó en 1829, cuando el nuevo Código de Comercio la dejó sin sentido.

Hay un detalle que me encanta: durante buena parte de su historia, una institución tan poderosa no tuvo en Bilbao una sede exclusiva. Compartía edificio con el Ayuntamiento junto a la iglesia de San Antón, mientras que, paradójicamente, sí tenía casa de contratación propia en Brujas. Que hoy un hotel frente al Guggenheim recupere su nombre tiene algo de justicia poética. El espíritu emprendedor de aquellos comerciantes, que más tarde fundarían bancos, navieras, aseguradoras y altos hornos, sigue vivo, aunque ahora navegue por otros cauces, como el turismo.

El hotel Vincci Consulado de Bilbao por dentro

La cadena Vincci inauguró el hotel en febrero de 2019. Es un cuatro estrellas con 93 habitaciones, seis de ellas suites, salones de reuniones, el restaurante Kondutxo y una gran terraza mirador. El diseño interior recoge la inspiración náutica del edificio, con toques de madera natural que le dan calidez.

La planta baja concentra el acceso principal, la recepción, las zonas de estar, el lounge bar y la salida a la terraza. Las habitaciones se reparten en los pisos superiores alrededor de un gran atrio central de mucha altura, que funciona como espacio de comunicación entre ellas y es uno de los elementos más espectaculares del interior. Las habitaciones con vistas a la ría, y en especial las de esquina, que miran a la vez a la ría y al Guggenheim, son las más codiciadas.

El atrio central del hotel Vincci Consulado de Bilbao, en el edificio Museoalde

La terraza mirador, un plan aunque no te alojes

Si hay un motivo para acercarse al Vincci Consulado sin necesidad de dormir en él, es su terraza. Tiene más de 600 metros cuadrados y está orientada hacia la ría, con el Guggenheim y el puente de La Salve como telón de fondo. El restaurante Kondutxo y la terraza están abiertos también al público general, y proponen una cocina que mezcla la tradición vasca con toques actuales, además de cócteles y picoteo.

Mi recomendación es ir a última hora de la tarde, cuando la luz empieza a bajar y el titanio del museo cambia de color. En Aste Nagusia, con los fuegos artificiales sobre la ría, la terraza se convierte en uno de los palcos más cotizados de la ciudad. Conviene consultar horarios y reservar si se va en fechas señaladas, porque no es ningún secreto.

Merece la pena alojarse en el Vincci Consulado

Para quien visita Bilbao por primera vez, la ubicación es difícil de mejorar. Estás literalmente frente al Guggenheim, a un paseo del Museo de Bellas Artes, del parque de Doña Casilda y de la Gran Vía, y a unos veinte minutos a pie del Casco Viejo siguiendo la ría. La parada de tranvía Guggenheim queda a un paso, lo que facilita moverse sin coche.

Es un hotel que encaja bien tanto con el viajero de negocios como con quien busca una escapada urbana con un punto de capricho. No es la opción más económica de la ciudad, pero dormir con la ría bajo la ventana y desayunar mirando el museo es de esas experiencias que justifican darse un pequeño homenaje. Eso sí, si eres de los que buscan el ambiente de pintxos y bullicio, tendrás que caminar un poco hasta el Casco Viejo o Indautxu.

Qué ver alrededor del edificio Museoalde

El entorno de Museoalde es, probablemente, el mejor escaparate del Bilbao contemporáneo. El Guggenheim y su Puppy están al otro lado de la calle, y siguiendo el paseo de Abandoibarra se llega a la Biblioteca de la Universidad de Deusto de Rafael Moneo, a la Torre Iberdrola de César Pelli y al Palacio Euskalduna. En sentido contrario, la pasarela Zubizuri de Calatrava y las torres Isozaki Atea cierran la perspectiva sobre la ría.

Mi consejo es recorrer este tramo de ría a pie, sin prisa, y detenerse de vez en cuando a mirar hacia atrás. Desde la orilla de Deusto o desde lo alto del puente de La Salve, Museoalde enseña su mejor perfil, el de un velero que parece haber encontrado por fin su amarre en una ciudad que nunca ha dejado de mirar al mar.