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Fachada de las escuelas de Ollerías, futura Casa de las Mujeres de Bilbao, en la calle Atxuri

Bilbao

La Casa de las Mujeres de Bilbao

Las muchas vidas de las escuelas de Ollerías

En el número 45 de la calle Atxuri, donde el barrio empieza a trepar por la ladera, hay un edificio que no se parece a nada de lo que tiene alrededor. Tiene un torreón en la esquina, aleros muy marcados, entramados de ladrillo y madera y tejados de teja curva, y parece más un caserón de montaña que un equipamiento municipal. En el barrio se le ha llamado siempre las escuelas de Ollerías.

Dentro de un año, si se cumplen los plazos, será la Casa de las Mujeres de Bilbao, y las obras para convertirlo ya han empezado. Pero antes de hablar de lo que va a ser merece la pena contar lo que ha sido, porque pocas construcciones de la villa han cambiado tantas veces de oficio sin cambiar de cara.

Atxuri y las Ollerías

Atxuri es la continuación natural del Casco Viejo río arriba, pasada la iglesia de San Antón: una calle larga pegada a la ría y, detrás, un barrio que sube en cuesta hacia Begoña y Santutxu. Las Ollerías son precisamente esas cuestas. El nombre, que se conserva en las calles Ollerías Altas y Ollerías Bajas, recuerda a los alfares que hubo aquí, fuera de la villa, donde se cocían las ollas y los cacharros de barro.

Ha sido siempre un barrio popular, de gente trabajadora, y a principios del siglo XX un barrio con muchas necesidades y poco sitio. Las primeras escuelas de Ollerías se abrieron en 1899, y en los años veinte el Ayuntamiento levantó aquí dos edificios casi a la vez: las escuelas de Atxuri, que siguen siendo colegio, y este de la esquina, que no nació exactamente para lo que luego fue.

Pedro Ispizua, arquitecto municipal

Los dos son obra del mismo hombre. Pedro Ispizua había nacido en Bermeo en 1895, hijo de un ebanista, y entró como arquitecto municipal de Bilbao en 1920, recién titulado, a las órdenes de Ricardo Bastida. Algunas biografías cuentan que antes había pasado por la Sagrada Familia de Gaudí. Estuvo en el cargo hasta 1937, y en esos diecisiete años dibujó buena parte del Bilbao que hoy damos por hecho: el mercado de la Ribera, el quiosco del Arenal, el Club Deportivo, las escuelas de Atxuri y las de Briñas.

Lo interesante de Ispizua es que no se quedó quieto en un estilo. Empezó en el regionalismo, con edificios que miran al caserío y a la casa montañesa, pasó por el art déco del Club Deportivo y acabó en el racionalismo limpio de Briñas, ya en 1933. El edificio de Ollerías, proyectado en 1922, es de lo primero que hizo para el Ayuntamiento, y los estudiosos de su obra ven en él un ensayo de lo que poco después repetiría, más en grande, en las escuelas de Atxuri.

Un caserón de montaña en una esquina difícil

El solar no ayudaba: un triángulo en plena ladera. Ispizua lo resolvió con una planta en forma de L, dos naves sencillas que abrazan un patio, y puso todo el énfasis en la esquina, que es lo que se ve al llegar. Ahí levantó un cuerpo más alto, casi un palacete de montaña, rematado por un torreón. El resto son volúmenes de distintas alturas que se van sumando sin buscar la simetría, como si el edificio hubiera crecido por partes.

El estilo tiene nombre, regionalismo montañés, y era la moda de aquellos años para los edificios públicos del norte: en lugar de columnas y frontones, aleros, entramados y tejados inclinados que recordaran a la arquitectura popular. Aquí están todos los ingredientes. Los paños de ladrillo cruzados por maderos, que dibujan la fachada y le dan color. Los aleros, muy expresivos. Las cubiertas de madera con teja curva. Los especialistas lo describen como un ejemplo valioso del «valor escenográfico» de ese lenguaje, y un conjunto «gracioso y equilibrado», y la verdad es que la palabra escenográfico le va bien: es un edificio pensado para ser visto desde la calle.

Por eso está protegido. Cualquier obra que se haga en él tiene que respetar lo que se ve desde fuera, y ese es justamente el punto de partida de la reforma que ahora empieza.

Lavadero, albergue, escuela y servicios sociales

Lo más curioso de las escuelas de Ollerías es que no se proyectaron como escuelas. El encargo de 1922 era un lavadero público con albergue nocturno, dos servicios muy de la época en un barrio obrero. Durante los años veinte el edificio sirvió para eso y para alguna cosa más, porque también fue la sala de ensayos de la Banda Municipal, y en algún momento funcionó como hospital militar de reposo.

Las aulas llegaron en 1931, y ahí empezó la etapa que le dio el nombre. Las escuelas de Ollerías estuvieron abiertas hasta 1986, más de medio siglo, lo suficiente para que varias generaciones del barrio aprendieran a leer entre esas paredes y para que nadie recordara ya el lavadero.

Cuando se fueron los niños el edificio siguió siendo municipal y siguió teniendo un uso social. Durante décadas ha trabajado en él Bidegintza, una cooperativa que atiende a menores y familias en situación de riesgo, no solo de Atxuri sino de todo el distrito, del Casco Viejo a Miribilla. Son unas trescientas personas, y en el barrio se la considera bastante más que una oficina: es el único recurso comunitario que tienen. Visto así, el edificio lleva cien años haciendo lo mismo con distintos nombres, que es ocuparse de la gente del barrio que más lo necesita.

La Casa de las Mujeres

Una casa de las mujeres es un equipamiento público dedicado a la igualdad: un lugar donde las asociaciones tienen sitio para reunirse, donde se dan talleres y asesoramiento y donde se trabaja contra la violencia machista. Existen en muchos municipios vascos, y en Bilbao era una reclamación del movimiento feminista desde hacía años. El Ayuntamiento anunció en junio de 2024 que la suya estaría aquí, en las viejas escuelas de Ollerías.

La reforma tiene que conciliar dos cosas que no siempre se llevan bien: dejar intacto lo que el edificio es por fuera y ponerlo al día por dentro. Se instalarán tres ascensores para hacerlo accesible, se recuperarán tramos de la escalera original y se cambiarán las ventanas para que deje de perder calor. Las cuatro alturas, de la planta inferior a la primera, se repartirán entre talleres, salas de reuniones, despachos de atención personal, un espacio de trabajo compartido, biblioteca, zonas para niños y para personas mayores y una sala grande para exposiciones y charlas.

El camino hasta aquí no ha sido rápido. La obra se adjudicó en otoño de 2025, pero no pudo empezar mientras no se encontrara otro sitio en el barrio para el servicio de Bidegintza, y varias asociaciones de Atxuri salieron a la calle para pedir que no se perdiera. Los trabajos arrancaron por fin en septiembre de 2026, con un plazo de catorce meses, de modo que la apertura queda para finales de 2027. Qué se hará exactamente dentro lo está definiendo una comisión del Consejo de las Mujeres de la villa.

Sea cual sea el contenido final, la reforma asegura algo que no es poco: que un edificio de hace un siglo siga abierto y en uso. Los edificios públicos antiguos se conservan cuando se utilizan, y este tiene ya la costumbre de reinventarse cada cierto tiempo.

Cómo acercarse a verlo

Mientras duren las obras el edificio solo puede verse por fuera, que es de todos modos como mejor se aprecia. Está en el número 45 de la calle Atxuri, a un paseo corto desde el Casco Viejo: basta con seguir la Ribera, dejar atrás el mercado y la iglesia de San Antón y continuar río arriba. El tranvía tiene parada en Atxuri, junto a la vieja estación.

Conviene mirarlo desde la esquina, que es para donde está compuesto, y fijarse en el torreón, en los aleros y en el dibujo de la madera sobre el ladrillo. Y luego, ya que se está allí, vale la pena hacer la comparación que proponían los estudiosos: acercarse a las escuelas de Atxuri, hoy colegio Maestro García Rivero, para ver al mismo arquitecto repitiendo la jugada a mayor escala, y volver hacia el centro pasando por el mercado de la Ribera, que es también suyo y ya de otro estilo. En menos de un kilómetro se recorren diez años de la carrera de Pedro Ispizua, y de paso se entiende un poco mejor quién le puso la cara a este lado de Bilbao.