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Estatua de un hombre con vestimenta tradicional junto a una pared de piedra.

Destinos · Albania

El bektashismo en Albania

El islam que permite el vino y venera a los santos

Lectura de 10 minutos

Hay religiones que resultan difíciles de clasificar. El bektashismo es una de ellas. Es islam, pero no exige el rezo cinco veces al día mirando a la Meca. Es sufismo, pero con elementos que los místicos islámicos más ortodoxos considerarían heréticos. Permite el consumo de alcohol. No obliga a las mujeres a llevar velo. Rezamos en un lugar común, hombres y mujeres juntos. Venera a santos con orígenes míticos que mataron dragones. Y tiene en Albania, un país de mayoría musulmana en los Balcanes, su sede mundial. Para quien llega a este país y visita un tekke en la montaña, o asiste a una ceremonia en uno de los centenares de santuarios distribuidos por todo el territorio, el bektashismo es la clave que explica muchas de las cosas que hacen a Albania diferente de cualquier otro país islámico del mundo.

Qué es el bektashismo: orígenes y doctrina

La orden bektashi fue fundada en el siglo XIII en Anatolia por Haji Bektash Veli, un místico de origen iraní nacido en Nishapur que, según la tradición, llegó a la región de Capadocia como misionero sufí y estableció allí su comunidad espiritual. Está enterrado en lo que hoy es la ciudad turca de Hacibektaş, en la provincia de Nevşehir, que durante siglos fue el centro mundial de la orden.

El bektashismo es técnicamente una orden sufí, lo que significa que es una de las corrientes del misticismo islámico que busca la conexión directa con lo divino a través de la experiencia espiritual interior antes que a través del cumplimiento estricto de la ley religiosa externa. Pero el bektashismo va más allá del sufismo convencional: incorpora elementos del chiísmo —la reverencia a Alí, primo y yerno del Profeta, y a los doce imanes—, elementos de la tradición cristiana —incluyendo algo parecido a la confesión anual de pecados ante el guía espiritual, o baba, y una comida ritual comunitaria llamada muhabbet—, y elementos de las tradiciones populares de los pueblos que evangelizó.

La doctrina bektashi se resume en el concepto de las cuatro puertas: la Sharia (la ley religiosa), la Tariqa (el camino espiritual), la Marifa (el conocimiento verdadero) y la Haqiqa (la verdad). Pero si hay que condensar el espíritu bektashi en una sola frase, es la máxima moral que guía a sus seguidores: "Sé dueño de tus manos, de tu lengua y de tus lomos", que equivale a no robar, no mentir, y no cometer adulterio. Ética clara, sin complicaciones teológicas innecesarias.

Los bektashis no consideran obligatorias muchas de las prácticas externas del islam sunní: el rezo ritual cinco veces al día, el ayuno del Ramadán y la prohibición del alcohol son interpretados de forma alegórica o simplemente no se aplican. Esto los ha hecho objeto de suspicacia —y en algunos períodos de persecución activa— por parte de las corrientes más ortodoxas del islam, que los han acusado de heterodoxia cuando no de herejía.

Los jenízaros y la expansión a los Balcanes

La llegada del bektashismo a Albania tiene una historia propia que explica mucho de lo que vino después. Los jenízaros —la élite militar del Imperio Otomano, reclutada entre niños cristianos de las poblaciones sometidas mediante el sistema de devşirme— adoptaron a Haji Bektash Veli como su patrón espiritual y se consideraban a sí mismos "hijos de Haci Bektash". Muchos albaneses fueron reclutados como jenízaros —el propio Skanderbeg fue uno de ellos, aunque de más alto rango—, y cuando algunos regresaban a sus tierras de origen o cuando la influencia otomana se extendía por el territorio, llevaban consigo esta forma particular de islam.

La paradoja histórica es notable: el bektashismo llegó a Albania a través del mismo aparato imperial que había conquistado el territorio. Pero su naturaleza sincretista y tolerante —su capacidad de absorber elementos de las tradiciones locales, de no exigir una ruptura radical con las prácticas anteriores, de presentar el islam de una forma que no resultaba radicalmente ajena a quienes venían del mundo cristiano ortodoxo— lo convirtió en el vehículo más efectivo de islamización en Albania. No fue el islam de la conquista brutal sino el islam del derviche viajero, el del santo que mata dragones y recibe a todos en su tekke, lo que penetró más profundamente en la cultura albanesa.

El bektashismo y el nacionalismo albanés: una alianza decisiva

En el siglo XIX, cuando el Imperio Otomano se debilitaba y los movimientos nacionales se despertaban por todo el sudeste europeo, el bektashismo jugó un papel político que sus fundadores no podían haber imaginado. Muchos de los intelectuales y líderes que impulsaron el Rilindja Kombëtare —el renacimiento nacional albanés— eran bektashis. La familia Frashëri, que dominó el pensamiento nacionalista albanés del período, era bektashi: el poeta nacional Naim Frashëri, que escribió los poemas que cantaban las gestas de Skanderbeg y la identidad albanesa, era bektashi. Su hermano Sami Frashëri, lingüista y pensador político, también. Ismail Kemal, el político que declaró la independencia de Albania en 1912 en Vlorë, era bektashi.

Esta confluencia entre bektashismo y nacionalismo no es casual. La doctrina bektashi, con su énfasis en la identidad espiritual por encima de la afiliación religiosa formal y su rechazo de las fronteras estrictas entre comunidades de fe, encajaba perfectamente con la idea que los intelectuales albaneses necesitaban para construir una nación: la de que "la religión del albanés es Albania", que la identidad nacional trascendía las divisiones entre musulmanes, ortodoxos y católicos. El bektashismo, que ya era en sí mismo una síntesis de tradiciones diversas, era el mejor argumento vivo de que esa identidad transreligiosa era posible.

Atatürk y el exilio albanés: cuando la sede mundial llegó a Tirana

En 1925, el presidente turco Mustafá Kemal Atatürk, en el marco de su programa de laicización radical de la nueva república turca, prohibió todas las órdenes sufíes. Los tekkes fueron cerrados, los babas y derviches expulsados de sus santuarios. El bektashismo, que tenía su sede mundial en Hacibektaş, en Anatolia, se encontró de repente sin hogar institucional.

La respuesta de la orden fue buscar refugio donde la tradición bektashi era más fuerte y el gobierno más favorable. Con el apoyo del rey albanés Zog I, la sede mundial del bektashismo se trasladó a Tirana, primero en Korça en 1930 y luego definitivamente en la capital en 1931. La decisión fue ratificada en el Segundo Congreso Bektashi, celebrado en Gjirokastra en 1924, y ejecutada a lo largo de los años siguientes.

Desde entonces, Tirana es el centro espiritual de los bektashis del mundo entero, una comunidad que se estima en unos siete millones de seguidores dispersos principalmente por Albania, Kosovo, Macedonia del Norte, la diáspora albanesa en Europa y América, y residualmente en Turquía, donde el movimiento se ha revitalizado en décadas recientes.

El comunismo y la persecución: cuando todos eran enemigos por igual

La llegada al poder de Enver Hoxha en 1944 fue el golpe más duro que el bektashismo había sufrido desde las persecuciones otomanas. La campaña de ateísmo de Estado que culminó en 1967 —cuando Albania fue declarada el primer país oficialmente ateo del mundo— trató a bektashis, musulmanes sunníes, ortodoxos y católicos con idéntica brutalidad. Los tekkes fueron cerrados o destruidos. Los babas y derviches fueron enviados a campos de trabajo, encarcelados o ejecutados. La práctica religiosa pasó a ser un delito.

Y sin embargo, el bektashismo sobrevivió. En parte gracias a sus comunidades en el exilio; en parte gracias a familias albanesas que mantuvieron la tradición en privado con el riesgo que eso implicaba; en parte, también, gracias a la naturaleza misma de la doctrina bektashi, que pone el énfasis en la experiencia espiritual interior antes que en las formas externas. Una fe que no requiere templo ni jerarquía visible para practicarse es más difícil de destruir que una que depende de instituciones concretas.

El bektashismo hoy: el "Vaticano musulmán" y sus contradicciones

Tras la caída del comunismo en 1991, la libertad religiosa se restauró y el bektashismo resurgió con vigor. La sede mundial en Tirana fue reconstruida y modernizada: el complejo actual —conocido como Kryegjyshata Botërore Bektashiane— ocupa seis hectáreas en la capital albanesa, con jardines de olivos y cipreses, la residencia del líder mundial de la orden —el dedebaba Haji Edmond Brahimaj, conocido como Baba Mondi—, varios tekkes y un museo en el que se exhiben desde los cuatro libros sagrados de la orden —el Corán, la Torá, el Evangelio y los Salmos— hasta los atuendos de derviches y babas de diferentes épocas. El tekke grande, inaugurado en 2015, está coronado por una cúpula de treinta metros.

En septiembre de 2024, el primer ministro Edi Rama anunció en la Asamblea General de las Naciones Unidas un proyecto que ha generado tanto atención como controversia: la creación del Estado Soberano de la Orden Bektashi, un enclave de unas diez hectáreas en Tirana que funcionaría de forma similar al Vaticano dentro de Italia. El objetivo declarado es dar a la orden un estatus internacional que le permita promover sus valores de tolerancia y diálogo interreligioso con representación diplomática propia.

Las reacciones han sido diversas. Quienes apoyan la iniciativa la presentan como una manifestación del compromiso de Albania con la coexistencia religiosa, un gesto de visibilidad para una tradición espiritual que representa algo genuinamente diferente en el mundo islámico. Los críticos señalan que los bektashis son una minoría —entre el tres y el cinco por ciento de la población albanesa según diferentes estimaciones— y que crear un microestado para ellos en una ciudad laica como Tirana tiene más de operación de imagen que de necesidad real.

Por qué el bektashismo explica Albania

Visitar un tekke bektashi en Albania —el de Sari Saltik sobre Kruja, el de Dollme dentro del castillo, el de Frashër en el sur, la sede mundial en Tirana— no es solo una experiencia religiosa. Es una puerta de entrada a algo que no tiene equivalente fácil en ningún otro lugar del mundo: una forma de vivir la espiritualidad que ha absorbido durante siglos lo mejor de todas las tradiciones que han pasado por este territorio —el misticismo islámico, la veneración cristiana de los santos, el paganismo popular de los pueblos ilirios— sin cerrarse a ninguna.

Cuando los albaneses dicen que "la religión del albanés es Albania", están diciendo algo que el bektashismo encarna mejor que ningún otro credo: que la identidad de un pueblo puede ser más grande y más duradera que cualquiera de las formas religiosas que han transitado por su historia. El tekke en la cima de la montaña, con su cueva y su fuente sagrada y sus vistas sobre el Adriático, existe desde antes de que el islam llegara formalmente a Albania. Y sigue existiendo. Eso dice mucho sobre la capacidad de este pequeño país de los Balcanes para absorber sin disolverse, para cambiar sin dejar de ser el mismo.