Saltar al contenido
Restos arqueológicos junto a edificios modernos de Durrës.

Destinos · Albania · Durrës

El anfiteatro romano de Durrës

Gladiadores, santos y vecinos en el edificio más grande de los Balcanes

Lectura de 10 minutos

Hay ruinas arqueológicas que se visitan sabiendo exactamente lo que vas a ver. Y hay otras que te sorprenden porque lo que encontrarás difícilmente lo habrías imaginado: no es solo el edificio en sí, sino la acumulación de historias que tiene encima, literalmente. El anfiteatro romano de Durrës pertenece a la segunda categoría. Es el más grande de toda la península balcánica, construido para veinte mil espectadores. Fue escenario de combates de gladiadores durante tres siglos. Luego albergó una capilla cristiana con mosaicos extraordinarios. Luego fue una cantera de materiales de construcción. Luego quedó sepultado bajo la ciudad otomana y fue olvidado durante más de un milenio. Y cuando en 1966 fue redescubierto por accidente, había bloques de apartamentos construidos encima de sus gradas que todavía hoy están habitados. Esa historia es tan improbable y tan fascinante que merece un artículo propio.

El anfiteatro más grande de los Balcanes

El anfiteatro fue construido a principios del siglo II d.C. —probablemente durante el reinado del emperador Trajano, aunque algunas fuentes lo atribuyen a Adriano—, en el momento de mayor prosperidad de Dyrrachium como ciudad romana. Era la época en que la Vía Egnatia convertía el puerto en uno de los más transitados del Adriático, en que la ciudad tenía el rango de colonia romana y la infraestructura que eso conllevaba: termas, foro, acueducto, templos. Y anfiteatro.

Con un eje mayor de 132 metros —otras fuentes hablan de 136 metros—, una capacidad de veinte mil espectadores y las gradas más altas elevándose veinte metros sobre la arena, era una construcción de primer orden incluso para los estándares romanos. No estamos hablando del Coliseo de Roma —que tiene un eje mayor de 188 metros y podía albergar a cincuenta mil personas—, pero sí de un edificio que habría resultado imponente en cualquier ciudad del Imperio. En Dyrrachium, ciudad importante pero periférica, era una declaración de poder y de ambición que hablaba claramente de la posición que la ciudad ocupaba en el sistema romano.

El diseño seguía el esquema estándar de los anfiteatros romanos: una elipse con la arena en el centro, las gradas circulares elevándose en torno a ella, y debajo de las gradas un sistema de galerías y túneles que servían para la logística del espectáculo —la circulación de gladiadores, animales, equipos— y para los servicios del público. Este subsuelo es lo que mejor se conserva hoy, y es también donde se esconden los hallazgos más sorprendentes.

Tres siglos de espectáculos y violencia organizada

Durante aproximadamente tres siglos, el anfiteatro de Durrës funcionó para el propósito que lo había creado: los espectáculos de gladiadores y los juegos públicos que constituían el entretenimiento de masas en el mundo romano. Veinte mil personas —en una ciudad que en su momento álgido tendría algo más de eso— acudían a ver combates que combinaban el atletismo, la violencia y el teatro en una fórmula que el Imperio había perfeccionado como instrumento de control social tanto como de diversión.

En las galerías subterráneas, durante las excavaciones realizadas a partir de 1966, los arqueólogos encontraron algo que añade una dimensión más oscura aún a ese pasado: cuarenta esqueletos con la nuca rota, dispuestos en uno de los pasillos de acceso a la arena. La interpretación más probable —aunque no la única posible— es que se trata de gladiadores muertos en combate o de condenados ejecutados, depositados allí con una indiferencia que dice mucho sobre el valor que el sistema romano otorgaba a ciertas vidas. Esos cuarenta hombres sin nombre son el testimonio más íntimo y más turbador del uso original del edificio.

El terremoto de 345 y el fin de los juegos

En el año 345 d.C., un terremoto de considerable intensidad sacudió la región y causó daños importantes en el anfiteatro. Fue el principio del fin de su uso como espacio de espectáculos. El Imperio Romano estaba en ese momento en plena transformación religiosa —el Edicto de Milán de 313 había legalizado el cristianismo, y el proceso de conversión del poder imperial estaba en marcha—, y los espectáculos de gladiadores, que el pensamiento cristiano consideraba moralmente repugnantes, comenzaban a declinar. La combinación del daño sísmico y el cambio cultural fue suficiente para que el anfiteatro dejara de usarse para su función original.

Lo que ocurrió a continuación es el primer capítulo de la transformación más extraordinaria de este edificio.

La capilla cristiana: santos pintados entre las ruinas de los gladiadores

A finales del siglo IV —apenas décadas después del terremoto que lo había dañado—, alguien decidió construir una capilla cristiana dentro de las galerías subterráneas del anfiteatro. No fuera, no cerca: dentro, aprovechando la estructura de los túneles de los gladiadores como espacio de culto.

La capilla fue dedicada a San Astio —también escrito Asti—, el primer obispo y mártir de Durrës, ejecutado por los romanos en una fecha no precisamente datada de los primeros siglos del cristianismo. La ironía histórica de este gesto es difícil de ignorar: en el mismo espacio donde el sistema romano había organizado la muerte como espectáculo durante tres siglos, los cristianos —cuya persecución había sido parte de ese espectáculo— construyeron un lugar de memoria y culto dedicado a uno de sus propios mártires.

La capilla fue decorada inicialmente con frescos en las paredes, pintados en la segunda mitad del siglo IV. En el siglo VI, una segunda fase constructiva añadió mosaicos extraordinarios que cubrían el suelo y partes de los muros. Estos mosaicos representan figuras de santos con un nivel de detalle y calidad que habría resultado llamativo en cualquier contexto, pero que resulta especialmente sorprendente dado que estaban instalados en un anfiteatro en ruinas. Los mosaicos y los restos de frescos sobrevivieron bajo tierra durante más de mil años, y hoy son uno de los hallazgos arqueológicos más valiosos de toda Albania.

En el siglo XIII se construyó una segunda capilla de época medieval dentro del mismo recinto, lo que añade otra capa más a la acumulación de historias del edificio.

La cantera, el olvido otomano y el redescubrimiento accidental

A partir del siglo VII, cuando la capilla fue abandonada definitivamente, el anfiteatro inició su larga decadencia. Los habitantes de Durrës hicieron con él lo que los habitantes de todas las épocas han hecho con las ruinas disponibles: usarlo como cantera. Los asientos de piedra labrada, los bloques de mampostería, los elementos arquitectónicos fueron extraídos sistemáticamente para construir edificios nuevos en los alrededores. Es por eso que hoy solo es visible la subestructura de mortero del graderío —los asientos propiamente dichos desaparecieron hace siglos, reciclados en otras construcciones.

Con el dominio otomano a partir del siglo XVI, el anfiteatro quedó completamente sepultado bajo el crecimiento de la ciudad. Las construcciones otomanas se levantaron directamente sobre él, sin saber —o sin que importara— lo que había debajo. Generaciones de habitantes de Durrës vivieron sobre el anfiteatro más grande de los Balcanes sin tener la menor idea de que estaba ahí.

El redescubrimiento llegó en 1966 de la forma más prosaica posible: unos trabajadores realizando obras de construcción en el barrio histórico se toparon con las primeras piedras del graderío y llamaron a los arqueólogos. Las excavaciones que comenzaron ese año revelaron la escala del edificio enterrado, la presencia de las galerías subterráneas, los cuarenta esqueletos, y —lo más impresionante— la capilla paleocristiana con sus mosaicos en un estado de conservación sorprendente.

El problema que nadie sabe cómo resolver

El redescubrimiento del anfiteatro planteó inmediatamente un problema que cuarenta años después sigue sin resolverse completamente: hay gente viviendo encima. Los bloques de apartamentos construidos durante el período otomano y luego durante el comunismo se levantaban sobre el área del anfiteatro. Excavar completamente el edificio habría requerido demoler viviendas habitadas, lo que evidentemente no era ni es una opción simple.

La solución adoptada fue excavar lo que se podía sin demoler lo que había encima, y conservar las partes que permanecen bajo los edificios para el futuro. Esta solución de compromiso explica el aspecto actual del anfiteatro: parcialmente excavado, parcialmente visible, parcialmente todavía bajo tierra y bajo edificios. La perspectiva desde las calles elevadas que lo rodean —con los bloques de apartamentos asomando por encima de los muros romanos— es una de las imágenes más características de Durrës, y también una de las más elocuentes sobre la complejidad de gestionar el patrimonio arqueológico en ciudades vivas.

Los trabajos de excavación y conservación han sido intermitentes a lo largo de las décadas. A partir de 2004, la Universidad de Parma colaboró con las autoridades albanesas en un proyecto de restauración que devolvió el yacimiento a un estado más presentable y seguro para los visitantes. Paralelamente, el desarrollo urbano acelerado de Durrës en las últimas décadas ha generado un problema adicional que las autoridades reconocen con dificultad: los mosaicos romanos y otros restos arqueológicos que aparecen durante las obras de construcción privada son con frecuencia ocultados o destruidos para no paralizar los trabajos. La ciudad sigue sentada sobre un patrimonio que todavía no ha terminado de emerger.

Cómo es la visita hoy

Acceder al anfiteatro es posible por las entradas habilitadas en las calles que lo rodean, cuando está abierto —el lunes suele ser el día de cierre. El recorrido permite dos experiencias distintas que se complementan bien.

Desde arriba, caminando por las calles elevadas que bordean el yacimiento, se obtiene la perspectiva panorámica: la forma elíptica del edificio, la escala del graderío, la superposición de los bloques de apartamentos modernos sobre las piedras romanas. Es aquí donde se entiende físicamente qué significa que el anfiteatro haya quedado integrado en el tejido urbano.

Desde abajo, descendiendo por las escaleras al nivel de las galerías subterráneas, se accede a lo más valioso del yacimiento: los túneles de los gladiadores, los restos de la capilla paleocristiana con sus mosaicos del siglo VI —protegidos por una cubierta de cristal que los resguarda mientras permite verlos—, y la atmósfera particular de un espacio que ha sido sucesivamente arena de combates, lugar de culto, cementerio y finalmente objeto arqueológico.

Los paneles informativos disponibles en el yacimiento explican bien la secuencia histórica, aunque su estado de mantenimiento es variable. Los mosaicos de la capilla hablan por sí solos: su presencia en ese contexto —santos paleocristianos pintados en las galerías donde circulaban los gladiadores— es una de esas yuxtaposiciones que ningún libro de historia podría inventar.

Un edificio que resume la historia de Occidente

El anfiteatro de Durrës no es el más grande del mundo romano ni el mejor conservado. Tampoco es el más conocido ni el que más visita recibe en ninguna guía convencional de viajes. Pero tiene algo que muy pocos edificios del mundo pueden ofrecer: la capacidad de mostrar en un solo espacio, en capas físicamente superpuestas, el arco completo de la historia de la civilización occidental durante más de dos mil años.

Los cimientos griegos bajo la colina. El anfiteatro romano del siglo II. Los cuarenta esqueletos de los gladiadores. La capilla cristiana del siglo IV con sus mosaicos del VI. Las construcciones medievales sobre las ruinas. El olvido otomano. Los bloques de apartamentos del comunismo. Y debajo de todo, todavía, los mosaicos que nadie ha excavado todavía esperando que alguien encuentre la forma de sacarlos a la luz sin derribar la ciudad que los cubre.

Todo eso en un edificio de 132 metros en una ciudad portuaria del Adriático que la mayoría de los viajeros asocia con playas de verano. Es uno de los secretos mejor guardados de Albania, y merece mucho más atención de la que habitualmente recibe.