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Berat vs. Gjirokastra: las dos joyas UNESCO de Albania cara a cara
¿Cuál visitar si solo tienes tiempo para una?
Albania tiene solo dos ciudades reconocidas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: Berat y Gjirokastra. Las dos comparten declaración, herencia otomana y la capacidad de dejar sin palabras a quien las visita por primera vez. Pero son ciudades profundamente distintas en carácter, atmósfera y lo que ofrecen al viajero. Si estás planificando un viaje por Albania y te preguntas cuál visitar —o si merece la pena hacer el esfuerzo de ver las dos—, este artículo intenta responder esa pregunta con honestidad.
Dos ciudades, una misma declaración UNESCO¶
La UNESCO inscribió a Gjirokastra en su lista en 2005 y amplió la declaración para incluir también a Berat en 2008, reconociendo ambas como "ejemplos excepcionales de carácter arquitectónico típico del período otomano" que "dan testimonio de la riqueza y diversidad del patrimonio urbano de la región". La formulación oficial es casi idéntica para las dos, lo que puede llevar a pensar que son intercambiables. No lo son.
Berat recibió la declaración tres años después de Gjirokastra, pero su historia documentada es más antigua: sus orígenes griegos se remontan al siglo IV a.C., mientras que la primera mención escrita de Gjirokastra es medieval, del siglo XIV. Ambas cayeron bajo dominio otomano en 1417, y fue precisamente ese período el que modeló la imagen que ha llegado hasta nosotros. Pero el modo en que el Imperio Otomano se expresó en una y otra ciudad es llamativamente diferente.
La primera diferencia que se nota: piedra frente a madera y cal¶
La distinción más inmediata, la que el ojo registra antes que cualquier dato histórico, es el material. Gjirokastra es la "ciudad de piedra": sus casas, calles y tejados están construidos con una piedra caliza gris que brilla cuando llueve y que envuelve a la ciudad en una severidad fría y solemne. Berat, en cambio, es la "ciudad de las mil ventanas": casas blancas encaladas con pisos superiores de madera, fachadas luminosas, ventanas oscuras multiplicándose por las laderas.
Esta diferencia de materiales no es casual. Gjirokastra está situada en el valle del río Drinos, rodeada por la cadena montañosa de Mali i Gjerë, cuyos picos superan los 1.800 metros. Es una ciudad de montaña en el sentido estricto del término: el terreno es abrupto, la piedra es el material disponible, y la arquitectura responde a ese entorno con una solidez que casi parece defensiva. Las casas-torre características de Gjirokastra, llamadas kullas, tienen paredes de piedra de más de medio metro de grosor, concebidas originalmente como residencias fortificadas de mercaderes y terratenientes. Se contabilizan alrededor de 600 en la ciudad, muchas restauradas tras décadas de abandono.
Berat, situada en la llanura central albanesa junto al río Osum, tiene un clima algo más suave y un carácter visual más abierto y mediterráneo. Sus casas de encalado blanco y grandes ventanas de madera hablan de una ciudad que mira hacia fuera, que deja entrar la luz, que exhibe su arquitectura en lugar de protegerse tras ella.
Dos castillos, dos personalidades¶
Ambas ciudades tienen su castillo en lo alto de una colina dominando el conjunto urbano, y en las dos el castillo es el punto de partida obligatorio de cualquier visita. Pero la experiencia de uno y otro es sustancialmente distinta.
El castillo de Berat —la Kalaja— tiene sus orígenes en el siglo IV a.C. y la mayor parte de sus murallas visibles son de época bizantina. Lo que lo hace único en Europa es que sigue siendo un barrio habitado: dentro de sus más de 2.500 metros de perímetro viven familias que cuelgan la ropa en balcones medievales, niños que juegan en callejuelas del siglo XIII, y ancianos que han pasado toda su vida entre las mismas piedras que construyeron los bizantinos. La atmósfera es doméstica, íntima, viva.
El castillo de Gjirokastra es más imponente visualmente, uno de los más grandes de los Balcanes. Sus orígenes también son muy antiguos —algunas fuentes hablan del siglo III, otras del VI—, pero lo que domina la visita es su carácter museístico. Dentro de las murallas hay un avión de combate americano F-86 Sabre capturado durante la Guerra Fría —el símbolo quizás más fotográfico y extraño del castillo—, el Museo de las Armas con una colección de artillería histórica, y diversas exposiciones sobre la historia albanesa. Es un castillo espectacular para recorrer e imaginar, pero no un castillo donde la gente viva. Esa diferencia de atmósfera lo cambia todo.
Las vistas desde ambos castillos son extraordinarias, aunque de distinta naturaleza. Desde el de Berat se domina un paisaje más suave, con el río Osum y los dos barrios históricos escalando las laderas a ambos lados. Desde el de Gjirokastra la perspectiva es más dramática: montañas que se apilan en el horizonte, el casco antiguo colgado literalmente sobre el abismo, y la sensación física de estar en un lugar que se construyó pensando ante todo en resistir.
El barrio histórico: paseo frente a escalada¶
Pasear por los barrios históricos de Berat y Gjirokastra es hacer ejercicio en los dos casos, pero de diferente intensidad. Berat tiene pendiente, sí, pero sus calles empedradas son recorribles con comodidad y el conjunto se puede explorar sin agotarse en exceso. La vida de los barrios de Mangalem y Gorica discurre con una naturalidad que invita a detenerse, sentarse en una terraza, observar.
Gjirokastra justifica su otro apodo, "la ciudad de los mil escalones". Sus calles de piedra caliza tienen tramos de pendiente vertiginosa que ponen a prueba las rodillas y el aliento. Subir desde el bazar hasta el castillo es una ascensión que conviene tomarse con calma y que en verano, con el calor del sur albanés, puede ser agotadora. El calzado es crítico: la piedra caliza mojada es extremadamente resbaladiza.
Sin embargo, ese esfuerzo tiene su recompensa. Las calles de Gjirokastra tienen una fotogenia diferente a la de Berat: más dramática, más contrastada, con las fachadas de piedra oscura recortadas contra el cielo y los tejados de losa creando perspectivas que parecen pintadas. El bazar otomano de Gjirokastra, construido originalmente en el siglo XVII y reconstruido en el XIX tras un incendio, es uno de los espacios más fotogénicos de toda Albania: calles cubiertas, fachadas medievales, la mezquita octogonal del siglo XVIII —la única que sobrevivió a la campaña de destrucción comunista, y que lo hizo porque fue reconvertida en escuela de circo— y el cruce de cinco calles en el centro del bazar que es posiblemente la imagen más icónica de la ciudad.
Un detalle que lo dice todo: los personajes que nacieron aquí¶
Gjirokastra tiene dos hijos ilustres que hablan de ella mejor que cualquier descripción arquitectónica. El primero es Ismail Kadaré, el escritor albanés más importante del siglo XX, ganador del Man Booker International Prize y candidato perenne al Nobel de Literatura. Sus novelas —especialmente "El general del ejército muerto" y "El palacio de los sueños"— están profundamente marcadas por la atmósfera de esta ciudad donde creció. Su casa natal, construida en 1799, se puede visitar como museo.
El segundo hijo ilustre de Gjirokastra es Enver Hoxha, el dictador comunista que gobernó Albania con mano de hierro desde 1944 hasta su muerte en 1985. Una ironía de la historia hace que Gjirokastra sea una de las ciudades albanesas mejor conservadas precisamente porque el dictador era de aquí: le dio el estatus de "ciudad museo" y protegió su patrimonio con una atención que no dispensó al resto del país. La casa de Hoxha, reconvertida en Museo Etnográfico, es hoy otro de los puntos de visita de la ciudad. Que el museo de un dictador sea parte indispensable de la visita a una ciudad patrimonio de la humanidad es, en sí mismo, una lección de historia balcánica.
Berat no tiene figuras históricas tan conocidas internacionalmente, aunque sí el maestro Onufri, cuya influencia en el arte iconográfico de los Balcanes fue enorme. Pero lo que define a Berat no es ningún individuo sino la convivencia: la ciudad como símbolo de que culturas y religiones distintas pueden compartir espacio sin aniquilarse mutuamente.
El componente comunista: el búnker como atracción turística¶
Ambas ciudades guardan huellas del período comunista, pero Gjirokastra ofrece una de las experiencias más singulares relacionadas con esa etapa: el Túnel de la Guerra Fría, un búnker subterráneo construido en secreto a principios de los años setenta con 800 metros de longitud y 59 habitaciones. Fue diseñado para albergar al gobierno albanés en caso de ataque nuclear, y solo puede visitarse con guía en inglés, lo que añade un elemento narrativo que amplifica su impacto.
La visita al túnel es una de esas experiencias que resultan difíciles de describir: los pasillos estrechos y húmedos, las salas para ministerios, los dormitorios, la sala de descontaminación, los generadores. Todo en su estado prácticamente original, apenas tocado desde que fue abandonado en 1990. Es la Albania de Hoxha en estado puro, sin filtros ni interpretación académica.
Berat no tiene un equivalente tan espectacular, aunque los búnkeres de hormigón característicos del paisaje albanés también aparecen en sus alrededores. Su relación con el comunismo es más visible en el contraste entre el casco histórico y los bloques de viviendas soviéticos que lo rodean, y en las iglesias y mezquitas que fueron cerradas, reconvertidas o destruidas durante el período de Albania como estado oficialmente ateo.
Dónde alojarse y cuánto tiempo dedicar¶
Desde el punto de vista logístico, las dos ciudades son perfectamente visitables como excursión de un día desde Tirana, aunque en los dos casos la visita gana mucho con una pernoctación.
Berat está a aproximadamente dos horas de Tirana en autobús o coche, y sus barrios históricos son suficientemente compactos para recorrerse bien en una jornada intensa. Con dos días se puede explorar con calma, incluyendo los museos, las iglesias secundarias del castillo, y disfrutar de la ciudad por la noche cuando las mil ventanas se iluminan.
Gjirokastra está más lejos: a unas tres horas de Tirana, pero a solo una hora de Saranda y la Riviera albanesa. Quien viaje por el sur del país la incluirá de forma natural en su ruta. Una jornada completa es el mínimo para hacer justicia a la ciudad; dos días permiten explorar también los alrededores, incluyendo el yacimiento arqueológico de Butrinto, otro Patrimonio de la Humanidad a unos setenta kilómetros.
¿Cuál elegir si solo se puede visitar una?¶
La respuesta honesta es que depende de qué tipo de viajero eres y qué buscas en un casco histórico.
Si lo que te atrae es la arquitectura como escenario de vida cotidiana, la convivencia de culturas como experiencia tangible, y una ciudad que se siente habitada y viva en cada rincón, Berat te va a emocionar más. Es más accesible físicamente, más luminosa, más íntima. El castillo habitado es una experiencia que no tiene equivalente fácil en Europa.
Si prefieres la grandiosidad, el dramatismo visual, la historia con aristas más oscuras —la dictadura, la Guerra Fría, los personajes históricos contradictorios—, y no te importa sudar en las subidas, Gjirokastra te va a impresionar de otra manera. Tiene algo más austero y contundente que Berat, una belleza que no se regala sino que hay que ganársela.
Pero la verdad es que Albania es pequeña y las dos ciudades son perfectamente combinables en cualquier itinerario razonable. Visitarlas en el mismo viaje no es un lujo: es la única manera de entender la riqueza de lo que el patrimonio otomano albanés tiene para ofrecer. Son complementarias en lugar de competidoras, y juntas cuentan una historia de Albania que ninguna de las dos podría contar sola.