Saltar al contenido
Calle peatonal empedrada del centro histórico de Berat.

Destinos · Albania · Gjirokastra

Ali Pashá de Ioánina: el señor albanés que sedujo a Byron y construyó Gjirokastra

El Napoleón del Oriente que transformó la ciudad de piedra

Lectura de 8 minutos

Hay figuras históricas que resultan demasiado novelescas para ser ciertas. Ali Pashá de Ioánina es una de ellas: gobernador del sur de Albania y del norte de Grecia a caballo entre los siglos XVIII y XIX, semiindependiente del sultán al que decía servir, conocido en toda Europa como "el Napoleón del Oriente" o "el Musulmán Barba Azul", retratado y entrevistado por Lord Byron durante el Grand Tour griego del poeta, y finalmente asesinado por órdenes del mismo poder al que había jurado lealtad cuando esa lealtad se volvió demasiado cara de tolerar. Su huella en Gjirokastra es visible hoy en cada torre, en cada piedra del acueducto que mandó construir, en la misma fisonomía de una ciudad que bajo su mandato vivió uno de sus períodos de mayor prosperidad.

Los orígenes: un albanés que supo leer el poder otomano

Ali Pashá nació hacia 1740 en Tepelena, una pequeña ciudad del sur de Albania a unos cincuenta kilómetros de Gjirokastra. Su familia pertenecía a la clase de los notables locales —musulmanes, albaneses, con el tipo de influencia regional que el sistema otomano permitía a las élites periféricas mientras no amenazaran al centro—, pero su infancia estuvo marcada por la violencia y la inestabilidad. Su padre murió siendo él niño, y la familia sufrió confiscaciones y humillaciones a manos de clanes rivales. Ali aprendió pronto que en el sur de los Balcanes del siglo XVIII, la única garantía de seguridad era el poder propio.

Comenzó su ascenso aliándose con los turcos cuando le convenía, combatiéndolos cuando no, y consolidando su influencia mediante una combinación de matrimonios estratégicos, alianzas tribales, y una crueldad selectiva que sus contemporáneos describían con mezcla de horror y admiración. Para 1788 era ya Pashá de Ioánina —la actual ciudad griega de Ioánnina—, y desde allí fue extendiendo su autoridad sobre un territorio que llegó a abarcar gran parte del sur de Albania y el norte de Grecia. A principios del siglo XIX controlaba uno de los dominios más extensos de los Balcanes, con una autonomía de facto que hacía de él un príncipe más que un gobernador provincial.

El señor de Gjirokastra: obras, acueductos y poder visual

Gjirokastra entró bajo el control de Ali Pashá en 1811, cuando fue incorporada a su Pashalik de Ioánina. Para la ciudad, esto significó un período de inversión y transformación que dejó huellas físicas que perduran hasta hoy.

La obra más ambiciosa que Ali Pashá ordenó en Gjirokastra fue un acueducto de diez kilómetros que traía agua desde las montañas del Mali i Gjerë hasta el castillo de la ciudad. Era una obra de ingeniería civil imponente para la época: una infraestructura que resolvía el problema perenne de abastecimiento de agua de una fortaleza en alto, pero que también era una demostración de poder. Un gobernador que puede mover el agua por diez kilómetros de montaña es un gobernador que puede movilizar los recursos y la mano de obra necesarios para hacerlo. Los vestigios del acueducto siguen siendo visibles bajo las murallas del castillo.

Ordenó también la ampliación de las murallas del castillo, la construcción de nuevas torres —entre ellas la torre del reloj que hoy es uno de los elementos más característicos de la silueta del Kalaja— y el refuerzo de las estructuras interiores. Bajo su mandato, la fortaleza de Gjirokastra alcanzó la forma que en gran parte mantiene hoy, con más de seiscientos metros de longitud de murallas y una capacidad defensiva que hacía de ella uno de los puntos más inexpugnables del sur balcánico.

Pero la influencia de Ali Pashá en Gjirokastra no fue solo militar y arquitectónica. Su gobierno trajo también una relativa estabilidad y prosperidad económica a la región. Los mercaderes que construyeron las grandes kullas del casco histórico de Gjirokastra lo hicieron en gran parte durante este período y el inmediatamente anterior, amparados por un orden que, aunque brutal con sus enemigos, garantizaba la seguridad de los que trabajaban dentro de su sistema.

El encuentro con Byron: cuando Oriente sedujo al Romanticismo

En octubre de 1809, el joven Lord Byron —veintiún años, aristócrata inglés en el Grand Tour mediterráneo que completaría su formación, futuro símbolo del Romanticismo europeo— visitó Ioánina y fue recibido en audiencia por Ali Pashá. El encuentro produjo uno de los retratos literarios más vívidos que existe de este personaje histórico.

Byron quedó fascinado. En las cartas que escribió a su madre durante el viaje describió a Ali Pashá como un hombre de aspecto venerable —barba blanca, maneras corteses, ojos vivos— que le ofreció frutas y dulces con la hospitalidad de un anfitrión impecable mientras sus espías monitorizaban cada conversación. El poeta encontró en Ali Pashá la encarnación del poder oriental que el Romanticismo europeo mitificaba: exótico, absoluto, cultivado en sus maneras aunque sin reparos morales en sus métodos, capaz de pasar del refinamiento a la crueldad sin solución de continuidad.

Esta ambigüedad moral fascinó a Byron tanto como perturbó a los viajeros menos inclinados al romanticismo. Ali Pashá podía ordenar la ejecución de un prisionero y recitar poesía en la misma tarde. Mantenía un harén que los contemporáneos describían como lujosísimo. Se rodeaba de artistas, músicos y poetas mientras sus ejércitos aterrorizaban a las poblaciones que no se sometían a su autoridad. Era, en resumen, exactamente el tipo de figura que el siglo XIX europeo necesitaba para proyectar sus fantasías sobre el Oriente.

Byron lo inmortalizó en Childe Harold's Pilgrimage (1812), el poema narrativo que lo lanzó a la fama y que incluye una descripción del palacio de Ali Pashá en Ioánina que se convirtió en referencia para toda una generación de viajeros románticos. Gracias a Byron, Ali Pashá se convirtió en figura conocida en toda Europa occidental, en el tipo de déspota ilustrado —u oscurecido, según el punto de vista— que el imaginario romántico requería.

El final: demasiado poderoso para sobrevivir

El mismo poder que Ali Pashá había acumulado durante décadas fue la causa de su caída. Desde Constantinopla, el sultán Mahmud II —empeñado en centralizar el Imperio y eliminar los poderes autónomos que lo fragmentaban— decidió que la autonomía de facto del Pashalik de Ioánina era incompatible con sus reformas. En 1820, el sultán declaró a Ali Pashá rebelde y envió un ejército a reducirlo.

La campaña militar duró dos años. Ali Pashá se atrincheró en Ioánina con sus fuerzas, resistió durante meses, y negoció repetidamente intentando encontrar algún acuerdo que le salvara la vida. No lo encontró. En enero de 1822, con casi ochenta años y después de resistir todo lo que pudo, fue asesinado en el monasterio de San Panteleimon, en una isla del lago de Ioánina donde se había refugiado. Su cabeza fue enviada a Constantinopla como prueba de la victoria del sultán.

Con su muerte terminó el período de mayor autonomía que el sur albanés había conocido dentro del Imperio Otomano. Gjirokastra volvió al control directo de Constantinopla como capital del Sanjak de Ergiri, y los grandes días de su esplendor bajo el Pashalik quedaron en la memoria colectiva como un tiempo de poder y prosperidad irrepetible.

El legado en Gjirokastra: qué queda de Ali Pashá

Visitar Gjirokastra hoy sin conocer la figura de Ali Pashá es visitar una ciudad a medias. Muchos de los elementos que le dan su carácter específico —la torre del reloj del castillo, los vestigios del acueducto, las murallas reforzadas, la propia configuración del recinto del castillo— son obra de su período o fueron impulsados por la prosperidad que su gobierno trajo a la región.

La paradoja de Ali Pashá es que fue a la vez albanés y turco, local y colonizador, mecenas y déspota, figura que los albaneses reivindican como parte de su historia y que al mismo tiempo representa la perpetuación del dominio otomano. Esa ambigüedad es típica de los Balcanes, donde pocas figuras históricas caben cómodamente en categorías simples de héroe o villano.

Byron, que tenía buen ojo para las complejidades morales, lo entendió desde el primer momento. En su descripción del encuentro en Ioánina, el poeta no juzga: observa, con esa mezcla de admiración y distancia irónica que caracteriza lo mejor del Romanticismo. Tal vez esa sea la actitud más honesta ante una figura como Ali Pashá: la del viajero que mira las piedras que ordenó construir, los arcos del acueducto que todavía resisten, la torre del reloj que sigue marcando las horas sobre el castillo de Gjirokastra, y se pregunta qué clase de hombre puede dejar una huella tan duradera en la piedra y en la historia.

Visitar el castillo de Gjirokastra es, entre otras cosas, un paseo por el legado material de ese hombre. Vale la pena hacerlo sabiendo quién fue.