
Destinos · Albania · Gjirokastra
Qué ver en Gjirokastra: los imprescindibles de la ciudad de piedra
Guía de los lugares que no deberían faltar en ninguna visita
Gjirokastra no es una ciudad que se rinda fácilmente. Sus calles empedradas suben con una pendiente que pone a prueba las piernas, sus rincones más interesantes no siempre están señalizados, y algunos de sus monumentos requieren un mínimo de contexto histórico para revelar su verdadero peso. Pero quien acepta el desafío y se toma el tiempo de recorrerla con calma descubre una de las ciudades más singulares de los Balcanes: una acumulación de historia, contradicciones y belleza dura que resulta difícil de olvidar. Esta guía recorre los lugares que no deberían faltar en ninguna visita.
El castillo Kalaja: imponente, narrativo e imprevisto¶
El castillo de Gjirokastra —Kalaja e Gjirokastrës en albanés— es el punto de partida obligatorio de cualquier visita y probablemente el más espectacular de los 158 castillos que tiene Albania. Se alza en la cima de la colina sobre la ciudad, visible desde cualquier punto del casco histórico, y su silueta de torres y murallas de piedra caliza es la imagen más reconocible de Gjirokastra.
Su historia constructiva arranca en el siglo XII, aunque las primeras defensas en esta colina son más antiguas. Las murallas robustas que vemos hoy pertenecen principalmente a los siglos XIII y XIV, con ampliaciones importantes realizadas en el XIX por Ali Pashá de Ioánina —que añadió nuevas estructuras internas y la torre del reloj— y reformas posteriores ya en el siglo XX bajo el rey Zog I.
El recorrido por el interior ofrece varias capas de historia superpuestas que convierten la visita en algo más que el paseo por una fortaleza medieval. El Museo de Armamento exhibe una colección de artillería que abarca desde el período otomano hasta la Segunda Guerra Mundial, incluyendo piezas de las ocupaciones italiana y alemana. Las antiguas prisiones políticas del régimen comunista conservan la placa que recuerda a los presos asesinados entre 1944 y 1970. Y en el patio principal, exhibido con una mezcla de orgullo y extrañeza que resulta difícil de descifrar, hay un avión de combate estadounidense F-86 Sabre capturado durante la Guerra Fría — el artefacto más fotogénico y más desconcertante del castillo, que Hoxha utilizó como prueba de las intenciones imperialistas de Occidente.
Las vistas desde las murallas y desde el gran mirador son extraordinarias: la ciudad histórica con sus tejados de pizarra gris, el valle del río Drinos al fondo, y las cadenas montañosas del Mali i Gjerë cerrando el horizonte. En días despejados, la perspectiva tiene algo de apocalipsis tranquilo. El acceso al castillo se realiza desde la zona baja de la ciudad a través de la Rruga e Kalasë, una calle que sube bordeando la colina atravesando arcos de piedra.
El bazar otomano: el corazón de piedra de la ciudad¶
Inmediatamente debajo del castillo, el Bazar de Gjirokastra —Pazari i Vjetër— es el espacio más dinámico y fotogénico de la ciudad baja. Sus orígenes se remontan al siglo XVII, cuando el comerciante Memi Pasha promovió su construcción como centro de intercambio de la ciudad. Un incendio lo destruyó en el siglo XIX y fue reconstruido, aunque un segundo incendio en 1997 —durante el caos postcomunista— volvió a dañarlo. El bazar que se ve hoy es el resultado de esas sucesivas reconstrucciones, pero mantiene su trazado y su atmósfera originales.
El punto más fotografiado del bazar es el cruce de las cinco calles en su centro: cinco callejuelas empedradas que convergen en un mismo punto creando una perspectiva de fachadas medievales y tejados de pizarra que tiene algo de escena teatral. Es una de las imágenes más icónicas de toda Albania, y la luz de la tarde —cuando el sol bajo ilumina las piedras desde un ángulo casi horizontal— la convierte en una postal perfecta.
El bazar sigue siendo un lugar de comercio y de vida cotidiana. Hay tiendas de artesanía —marroquinería, tapices, carpintería—, cafés con terrazas en fila india en las estrechas aceras, y puestos de vendedores mayores que complementan su economía con bordados y objetos artesanales. La gastronomía local tiene aquí su mejor escaparate: el plato más típico de Gjirokastra es el qifqi, una bola de arroz al horno con huevo, menta fresca y especias, que conviene buscar en alguno de los pequeños restaurantes que rodean el bazar.
La Mezquita del Bazar: la superviviente del estado ateo¶
En el corazón del bazar se encuentra la Mezquita Memi Bey —conocida popularmente como Mezquita del Bazar—, una construcción octogonal de 1727 que tiene la distinción de ser la única mezquita de Gjirokastra que sobrevivió a la campaña de destrucción del régimen comunista. Y la razón de su supervivencia es tan absurda que resulta memorable: durante el período en que Albania fue declarado el primer estado oficialmente ateo del mundo, la mezquita fue reconvertida en escuela de circo.
La elección no fue aleatoria. El edificio tenía las dimensiones y la disposición adecuadas para los ensayos acrobáticos que necesitaba la escuela, y su transformación en uso laico la protegió de la demolición que sufrieron otras mezquitas e iglesias de la ciudad. Cuando cayó el comunismo en 1991, fue devuelta a su función religiosa. Entrar en ella hoy, sabiendo lo que sobrevivió y cómo lo sobrevivió, tiene una carga irónica y emotiva que ningún libro de arquitectura puede transmitir.
Las kullas: las casas-torre que definen Gjirokastra¶
Si hay un elemento arquitectónico que define Gjirokastra más que ningún otro son las kullas — las casas-torre otomanas que se cuentan en torno a seiscientas en el casco histórico, muchas de ellas restauradas tras años de abandono. La kulla es más que una casa: es una fortaleza doméstica, una declaración de estatus social, y el producto de una sociedad donde la seguridad personal dependía en última instancia de la solidez de tus propias paredes.
Construidas originalmente por mercaderes y terratenientes, las kullas tienen paredes de piedra de más de medio metro de grosor, ventanas pequeñas en los pisos inferiores —diseñadas para dificultar el ataque desde fuera—, y pisos superiores con habitaciones más espaciosas y luminosas donde se desarrollaba la vida cotidiana. Sus tejados de piedra caliza plana —esa pizarra gris que brilla como plata cuando llueve— son el elemento más característico de la silueta de Gjirokastra.
Algunas kullas están abiertas al público como museos o alojamientos. Las más visitadas son la Casa Skenduli, del año 1705 y considerada una de las más antiguas y mejor conservadas de la ciudad, y la Casa Zekate, del siglo XVIII, que destaca tanto por su arquitectura como por las vistas que ofrece sobre el valle desde su posición elevada. Ambas permiten entender desde dentro la lógica espacial de este tipo de construcción: la distribución entre pisos de invierno y de verano, las habitaciones de recepción de huéspedes separadas de los espacios domésticos, la decoración interior con motivos florales pintados sobre el yeso.
El túnel de la Guerra Fría: cincuenta años de paranoia bajo tierra¶
Una de las experiencias más singulares que ofrece Gjirokastra no está a la vista sino bajo tierra: el Túnel de la Guerra Fría, un búnker subterráneo construido en secreto a principios de los años setenta con ochocientos metros de longitud y cincuenta y nueve habitaciones. Fue diseñado para albergar al gobierno albanés, a los altos mandos militares y a los equipos de comunicaciones en caso de ataque nuclear, y es la versión a gran escala de los más de ciento setenta mil búnkeres individuales que Enver Hoxha ordenó construir por todo el territorio albanés durante su régimen.
La visita solo puede realizarse con guía en inglés, lo que añade un componente narrativo que amplifica considerablemente el impacto. El recorrido por los pasillos estrechos y húmedos, las salas ministeriales, los dormitorios de emergencia, la sala de descontaminación y los generadores dura unos veinte minutos, pero la sensación que deja —la escala física de la paranoia de un régimen, la inversión de recursos que eso implicó en un país que era el más pobre de Europa— permanece mucho más tiempo. El búnker se conserva en un estado prácticamente original: cuando cayó el comunismo en 1991 fue abandonado, y aunque gran parte del mobiliario fue saqueado en aquellos años de caos, la estructura y la mayoría de los equipos permanecen tal y como los dejaron.
Las casas museo de Kadaré y Hoxha: dos hijos ilustres y opuestos¶
Gjirokastra tiene la peculiaridad histórica de haber sido ciudad natal de los dos albaneses más influyentes del siglo XX, que representan polos morales absolutamente opuestos. Visitar sus casas natales, situadas a escasa distancia la una de la otra en el casco histórico, es una experiencia cargada de resonancias.
La casa natal de Ismail Kadaré, construida en 1799, es hoy un museo dedicado al mayor escritor albanés del siglo XX. Kadaré nació aquí en 1936, vivió en esta casa durante su infancia y juventud, y convirtió Gjirokastra en el escenario de su obra más autobiográfica, Crónica de la ciudad de piedra. El museo reproduce algunos de los espacios de la casa con mobiliario de época y materiales sobre la vida y la obra del escritor. Visitar la habitación donde creció el niño que vería la guerra pasar por su ventana y lo convertiría en literatura tiene algo de peregrinaje literario que merece la pena hacer aunque se conozca poco la obra de Kadaré.
La casa natal de Enver Hoxha tiene una historia más complicada. El edificio original fue volado con explosivos por un grupo anónimo en 1997, durante el caos postcomunista. El que existe hoy fue reconstruido y habilitado como Museo Etnográfico, que recoge objetos y documentos sobre la vida tradicional albanesa con apenas referencias al dictador que nació entre esas paredes. Es un museo que dice mucho por lo que oculta: la incomodidad con la que Albania sigue gestionando la memoria del hombre que la gobernó durante cuarenta años está presente en cada sala.
Las vistas y la fotografía: cuándo y desde dónde¶
Gjirokastra es una ciudad fotogéfica de forma casi agresiva, pero hay momentos y posiciones que la elevan a otra categoría. Los tejados de pizarra gris funcionan mejor con cielo nublado o luz difusa, que elimina los brillos duros y resalta la textura de la piedra. Con sol fuerte del mediodía, el efecto plateado que da nombre a la ciudad se pierde; con lluvia ligera o con la luz de la tarde, los tejados adquieren esa luminosidad que fascinó a los griegos que la nombraron.
El mirador del castillo es el punto de vista más alto y más completo, pero tiene la limitación de que requiere el desplazamiento hasta arriba. Mucho menos conocido y muy efectivo es el punto de vista que se obtiene desde algunas terrazas de los cafés del bazar, que permiten captar la superposición de tejados y fachadas con el castillo al fondo. El cruce de las cinco calles del bazar tiene su mejor luz a primera hora de la mañana, cuando el sol entra en ángulo bajo por alguna de las callejuelas y crea efectos de claroscuro difíciles de reproducir en otros momentos del día.
Consejos prácticos para la visita¶
Gjirokastra requiere calzado serio. Las calles de piedra caliza son irregulares y la pendiente es pronunciada en toda la parte alta de la ciudad; con lluvia o humedad, la piedra se vuelve resbaladiza de un modo que puede resultar peligroso. Es el consejo práctico más importante, y también el que más a menudo se ignora.
El castillo está abierto todos los días —de 9 a 18 horas en verano, de 9 a 16 en invierno— y la entrada tiene un coste reducido. El túnel de la Guerra Fría requiere comprar la entrada en la oficina de turismo de la ciudad y solo se visita con guía. La Casa Skenduli tiene una entrada de unos dos euros y la Casa Kadaré algo más, alrededor de cinco. El bazar y la mezquita son de acceso libre.
Una jornada completa es el mínimo razonable para hacer justicia a Gjirokastra. Quien pueda quedarse a dormir —y hay opciones de alojamiento dentro del propio casco histórico, incluyendo algunas kullas reconvertidas en pequeños hoteles o apartamentos— tendrá la oportunidad de ver la ciudad a primera hora de la mañana, antes de que lleguen los grupos, con una luz y una calma que ninguna excursión de un día puede ofrecer. Gjirokastra a las siete de la mañana, con los tejados húmedos por el rocío y las calles desiertas, es otra ciudad completamente distinta.