
Qué hacer en Andorra si no esquías
Andorra se vende como destino de esquí, y esa etiqueta desanima a mucha gente que daría por hecho que en invierno no hay nada más. La realidad es la contraria: el principado funciona perfectamente sin pisar una pista, y buena parte de lo mejor que tiene —las aguas termales, el románico, los miradores, la montaña a pie— no depende de saber esquiar ni de que haya nieve.
Hay dos maneras de llegar a esta pregunta. Una es no esquiar, sencillamente, y preguntarse si merece la pena subir a un país que aparece siempre asociado a Grandvalira. La otra es viajar con alguien que sí esquía y necesitar plan propio para los días que esa persona pase en la nieve. Las dos tienen la misma respuesta: sobra con qué llenar dos, tres o cuatro días sin acercarse a un remonte.
Conviene entender por qué Andorra da esa impresión equivocada. El esquí es su motor económico visible junto con el comercio, y toda la comunicación turística gira en torno a esos dos ejes. Pero el país tiene mil años de historia institucional propia, uno de los conjuntos románicos más interesantes del Pirineo, un valle glaciar reconocido por la UNESCO y el mayor complejo termal del sur de Europa. Nada de eso necesita esquís.
El plan que funciona en cualquier época: las aguas termales¶
Si hay una actividad que justifica por sí sola subir a Andorra sin esquiar, es Caldea. El complejo está en Escaldes-Engordany, a diez minutos andando del centro de la capital, y aprovecha unas aguas termales que brotan del subsuelo a sesenta y ocho grados y se atemperan hasta los treinta y seis. Son seis mil metros cuadrados de superficie acuática repartidos en más de treinta espacios entre lagunas, saunas, hammam y baños indorromanos.
Lo que la mayoría recuerda al salir es el jacuzzi exterior, y en invierno la escena mejora todavía más: agua caliente al aire libre, vapor subiendo y nieve cayendo alrededor. Es, con diferencia, el mejor sustituto de una jornada de esquí para quien no esquía, y conviene reservar por internet, elegir bien la franja horaria y saber qué incluye y qué no la entrada básica, todo detallado en la guía de Caldea.
Las aguas termales de Escaldes llevan siglos en uso y explican el nombre de la parroquia. Es una de esas cosas que uno agradece saber mientras está dentro del agua.
El patrimonio: mil años de historia en muy pocos kilómetros¶
Este es el bloque que más sorprende a quien llega con la idea del país de las tiendas. En un radio de veinte kilómetros hay un conjunto románico de primer nivel, y visitarlo entero cabe holgadamente en un día.
La pieza más antigua es Santa Coloma, en el extremo sur de la capital, con un campanario circular de planta lombarda que no tiene equivalente en el resto de los Pirineos. Subiendo por el valle este está Sant Joan de Caselles, en Canillo, construida entre los siglos XI y XII y probablemente la joya del románico andorrano, con su ábside semicircular y sus pinturas murales. En el valle noroeste, Sant Martí de la Cortinada y Sant Corneli i Sant Cebrià, en Ordino, completan el circuito.
A eso hay que sumar la Casa de la Vall, la casa fuerte de 1580 que fue sede del parlamento andorrano hasta 2011, con visita guiada de media hora y reserva previa obligatoria; y la Casa d'Areny-Plandolit en Ordino, la única casa señorial del país que ha llegado intacta hasta hoy, con el mobiliario y la ambientación del siglo XIX conservados.
El santuario de Meritxell, en Canillo, cierra el capítulo de otra manera: el edificio original ardió en 1972 y Ricardo Bofill levantó al lado un conjunto contemporáneo sin tocar las ruinas. Ver los dos juntos cuenta la historia reciente del país mejor que cualquier explicación.
Los museos: más de los que parece para un país tan pequeño¶
Andorra tiene una red de museos pequeños pero bien montados que resuelven perfectamente una mañana de lluvia o una tarde de invierno.
El más conocido es el Museo Carmen Thyssen Andorra, en la Avinguda Carlemany de Escaldes, abierto desde 2017 y nutrido de la colección Carmen Thyssen-Bornemisza, con pintura de los siglos XIX y XX y exposiciones temporales que van rotando. Cierra domingos por la tarde y lunes, así que conviene mirar el horario.
Junto a él hay un puñado de museos etnográficos que explican cómo era la vida en estos valles antes del turismo: la Casa Rull en Sispony, la Casa Cristo en Encamp —una vivienda humilde del siglo XIX conservada con todos sus detalles cotidianos—, la Farga Rossell en La Massana, una de las últimas fraguas activas del país, y el Museo del Tabaco en Sant Julià de Lòria, instalado en una antigua fábrica y bastante más interesante de lo que su nombre sugiere, porque cuenta la economía andorrana anterior al comercio moderno.
Ninguno pide más de una hora, y varios entran en un pase conjunto que abarata la visita si se piensan encadenar.
Los miradores y las carreteras panorámicas¶
Aquí está una de las mejores bazas del país para quien viaja en coche y no quiere esfuerzo físico. El mirador del Roc del Quer, sobre Canillo, es una pasarela metálica de veinte metros de los que doce quedan suspendidos en el aire, con parte del suelo de cristal y una escultura de un hombre sentado en el extremo. La caída es de varios cientos de metros y la vista abarca medio principado. Es gratuito.
Cerca, también en Canillo, está el puente tibetano, uno de los más largos de Europa, al que se llega por un sendero corto desde el aparcamiento. Requiere entrada, no es apto para quien tenga vértigo y lo cierran con viento fuerte, pero para el resto es la actividad más memorable que ofrece Andorra sin necesidad de equipo ni experiencia previa.
Y luego están las carreteras. Subir al Coll d'Ordino, recorrer el valle hasta El Serrat o acercarse al lago de Engolasters desde Escaldes son planes de una o dos horas que se hacen íntegramente en coche, con paradas, y que dan una idea del país mucho mejor que cualquier escaparate.
Caminar: de paseos llanos a alta montaña¶
En cuanto se sale de la temporada de nieve, Andorra se convierte en un destino de senderismo con más rutas señalizadas de las que caben en una semana. Y hay opciones para todos los niveles, no solo para montañeros.
En el extremo suave están la Ruta del Ferro en Ordino, llana y jalonada de esculturas, el paseo alrededor del lago de Engolasters, o el camino del Toll Bullidor en Canillo. Son recorridos de una o dos horas que se hacen en zapatilla.
Subiendo un escalón aparecen los lagos de Tristaina, tres lagos glaciares con una ruta circular asequible que es probablemente la mejor excursión corta del país, y el parque natural de Sorteny, célebre por su flora de alta montaña. Y en el nivel exigente están los picos de Casamanya y del Comapedrosa, el techo del principado, y sobre todo la Vall del Madriu-Perafita-Claror, un valle glaciar declarado Patrimonio de la Humanidad en 2004 que ocupa cerca de una décima parte del territorio y al que solo se accede caminando. Es la Andorra anterior al comercio y al esquí, y sigue existiendo tal cual.
Si vas en invierno y no esquías¶
Este es el escenario que más preocupa a la gente, y tiene más salida de la que parece. Las estaciones ofrecen actividades que no requieren saber esquiar: raquetas de nieve, motos de nieve, trineos tirados por perros, snow tubing y karting sobre hielo, todas contratables por horas y sin experiencia previa.
Fuera de las pistas, Naturlandia, en Sant Julià de Lòria, es un parque de naturaleza con un parque de animales donde viven osos, lobos y linces en un entorno boscoso, y con el Tobotronc, un tobogán de montaña de más de cinco kilómetros que se baja en un trineo biplaza sobre raíles y que presume de ser el más largo del mundo. Funciona todo el año y da para media jornada larga.
El Palau de Gel de Canillo, con pista de hielo, piscinas y otras instalaciones deportivas, resuelve una tarde fría. Y el patrimonio, los museos y Caldea siguen exactamente donde estaban, con la ventaja de que en invierno están mucho menos concurridos que las pistas.
Comer, que también es un plan¶
La cocina andorrana es de montaña y de invierno, y en un viaje sin esquí gana peso propio. Los platos que hay que buscar son el trinxat de col y patata con panceta, la escudella, el arroz de montaña, el civet de jabalí, las carnes a la brasa y los embutidos y quesos de las bordas.
El escenario ideal son las bordas rehabilitadas de los pueblos altos, con chimenea, raciones generosas y precios notablemente contenidos comparados con cualquier capital española. Comer bien y sin prisa en Ordino o en Canillo después de una mañana de románico es un plan completo en sí mismo, y bastante mejor que cualquier cosa que ofrezca la avenida comercial.
Y sí, también están las compras¶
No hay que ser purista con esto. El comercio es parte de lo que es Andorra y una tarde recorriendo la milla de Meritxell y Carlemany tiene su interés incluso para quien no piensa gastar. Lo que conviene es ir informado, porque la vieja fama del paraíso de precios se sostiene solo en algunas categorías y hay límites aduaneros que condicionan bastante lo que se puede bajar sin declarar. El análisis completo está en el artículo sobre si Andorra sigue siendo el paraíso de las compras.
Cómo montar el viaje sin esquiar¶
Con todo lo anterior, un viaje de dos días sin nieve se organiza solo: el primero para la capital, el patrimonio del fondo del valle y Caldea; el segundo para subir a uno de los dos valles altos, con románico, mirador y comida en una borda. Es exactamente la estructura del itinerario de dos días, y ninguna de sus paradas requiere esquiar.
Si el viaje es de tres o cuatro días, el margen extra se llena con senderismo en verano o con museos y actividades de nieve en invierno. Y si se trata de acompañar a alguien que sí esquía, la logística es fácil: las estaciones están conectadas por carretera y autobús con la capital, así que se puede dejar a esa persona en la pista por la mañana y recuperarla por la tarde sin trastocar el plan de nadie.
Al final, la impresión que queda es esta: el esquí es lo que ha hecho famoso a Andorra, pero no es lo que hace que Andorra sea interesante. Eso son las montañas, las iglesias, el agua caliente y un país diminuto que lleva mil años arreglándoselas para seguir siendo país.