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Una persona contemplando un paisaje alpino nevado en las montañas de Andorra.

Destinos · Andorra

Qué ver en Andorra en dos días

Dos días son los que de verdad necesita Andorra. El primero se lo lleva el fondo del valle: el casco antiguo de la capital, el románico de Santa Coloma y una tarde de aguas termales o de compras. El segundo es el que cambia el viaje, porque es cuando se sube a la montaña y se entiende que el país no es una avenida comercial con vistas.

Lectura de 13 minutos

Quien visita Andorra en una sola jornada se lleva una versión incompleta del principado: la urbana, la del fondo del valle, la que se recorre andando entre Andorra la Vella y Escaldes-Engordany. Es una visita perfectamente válida y está desarrollada en la guía de qué ver en Andorra en un día, pero deja fuera precisamente lo que distingue a este país de cualquier otro sitio con tiendas.

Con dos días la cosa cambia por completo. Aparece tiempo para subir a las parroquias altas, para entrar en las iglesias románicas que sostienen la identidad del país, para asomarse a un mirador colgado sobre el vacío y para comer en una borda de montaña sin mirar el reloj. La estructura que mejor funciona es sencilla: el primer día se dedica al valle y a lo urbano, y el segundo a la altura. Así no se repite paisaje ni se pierde tiempo en la carretera general, que es el gran ladrón de horas de cualquier viaje a Andorra.

Cómo repartir dos días sin repetir paisaje

La geografía andorrana es un árbol de valles. Del eje central que forman Andorra la Vella y Escaldes salen dos ramas principales: hacia el noreste, la CG-2 sube por Encamp y Canillo hasta Soldeu y el Pas de la Casa; hacia el noroeste, la CG-3 recorre La Massana y Ordino hasta El Serrat. Cada rama da para una jornada holgada y ninguna de las dos está a más de media hora larga del centro de la capital.

Lo que no funciona es intentar hacer las dos ramas en un mismo día. Sobre el mapa parecen distancias ridículas, pero son carreteras de montaña con curvas cerradas, tráfico local y, según la época, nieve o obras. Un desplazamiento de veinte kilómetros aquí puede ser cuarenta minutos, y volver de un valle para entrar en el otro significa cruzar el atasco de la capital dos veces. Es mejor elegir una rama, agotarla y dejar la otra pendiente para un tercer día o para otro viaje.

Este itinerario propone la rama de Canillo para el segundo día, porque concentra el santuario nacional, la mejor iglesia románica del país y el mirador más espectacular en muy pocos kilómetros. Al final del artículo está la alternativa por Ordino, que es igual de buena y algo más tranquila, para que puedas elegir según el tipo de día que te apetezca.

Día 1 por la mañana: el casco antiguo y el románico de Santa Coloma

La mañana del primer día es la del Barri Antic de Andorra la Vella. Son unas pocas manzanas de calles empedradas en torno al Carrer de la Vall, y su pieza central es la Casa de la Vall, una casa fuerte de 1580 que el Consell General compró en 1702 y que funcionó como sede del parlamento hasta 2011. La visita es guiada, dura alrededor de media hora y exige reserva previa por aforo limitado, así que conviene tenerla apalabrada antes de salir de casa. Dentro se ven la sala del Consell, la sala del Tribunal de Corts y una antecámara con frescos del siglo XVI.

A pocos metros están la iglesia de Sant Esteve, románica en origen y muy reformada, y la Plaça del Poble, cuya terraza sobre el edificio administrativo ofrece la mejor panorámica gratuita del valle. Con eso y un café en el casco antiguo se van dos horas largas y bien empleadas.

Lo que casi nadie mete en el primer día, y debería, es Santa Coloma. Está a tres kilómetros del centro, en el extremo sur de la capital, y alberga la iglesia más antigua del principado, con un campanario circular de planta lombarda que no tiene equivalente en el resto de los Pirineos. Es un edificio pequeño, de origen prerrománico, y visitarlo cuesta veinte minutos entre ida y vuelta en coche. Merece la pena precisamente porque rompe el tópico: aquí, a la vista de los bloques de la carretera general, hay mil años de arquitectura religiosa perfectamente conservada.

Día 1 por la tarde: aguas termales, compras o el lago de Engolasters

La tarde del primer día admite tres planes y no da para dos, así que toca elegir con honestidad.

El más popular es Caldea, en Escaldes-Engordany, a diez minutos andando del centro de la capital. Es el mayor complejo termolúdico del sur de Europa: seis mil metros cuadrados de agua a 36 grados que brota del subsuelo a 68, más de treinta espacios acuáticos entre interiores y exteriores y una pirámide de cristal de ochenta metros convertida en el símbolo moderno del país. La entrada general de la zona clásica ronda los 37 euros y el complejo abre a diario, pero conviene comprar por internet, llevar chanclas y gorro, y contar con que toalla y albornoz se alquilan aparte. Lo que se recuerda al salir es el jacuzzi exterior, con las montañas nevadas alrededor.

El segundo plan es dedicar la tarde a la milla comercial que forman la Avinguda Meritxell y la Avinguda Carlemany, con sus centros comerciales grandes y las tiendas de perfumería, electrónica y deporte que sostienen buena parte de la economía andorrana. Si vienes con una compra concreta en la cabeza, esta es la tarde que necesitas, y antes de lanzarte conviene repasar los límites aduaneros y qué compensa realmente comprar, porque el margen varía muchísimo según la categoría.

El tercero es el menos transitado y el que más agradece quien viene de ciudad. Desde Escaldes sale una carretera estrecha que sube hasta el lago de Engolasters, un embalse a 1.600 metros rodeado de pinar, con un paseo llano en torno al agua y una ermita románica preciosa, Sant Miquel d'Engolasters, con otro campanario lombardo. Está a veinte minutos en coche del centro y funciona como un anticipo perfecto de lo que viene el segundo día.

Día 2 por la mañana: Meritxell y el románico de Canillo

El segundo día empieza pronto y con el coche apuntando al noreste por la CG-2. La primera parada, a unos veinte minutos de la capital, es el santuario de Meritxell, en Canillo. Es el santuario nacional, dedicado a la patrona del país, y su interés es doble: el edificio original ardió en 1972 y la reconstrucción se encargó a Ricardo Bofill, que levantó al lado un conjunto contemporáneo de arcos y volúmenes de piedra sin tocar las ruinas de la iglesia antigua. Ver los dos edificios juntos, el románico calcinado y el moderno, cuenta la historia reciente de Andorra mejor que cualquier museo.

Siguiendo hacia Soldeu, a la salida del pueblo de Canillo, aparece Sant Joan de Caselles, construida entre los siglos XI y XII y probablemente la joya del románico andorrano. Tiene nave rectangular, ábside semicircular y campanario lombardo de tres pisos, y dentro conserva un Cristo en majestad y pinturas murales que justifican la parada por sí solos. La entrada suele ser gratuita, aunque los horarios cambian según la temporada.

El propio pueblo de Canillo, la parroquia más alta del país a más de 1.500 metros, tiene un casco antiguo pequeño de callejuelas empedradas que se recorre en media hora. Si viajas en Navidad, ahí montan un belén gigante de más de doscientas piezas que se ha convertido en tradición local.

Día 2 por la tarde: el mirador del Roc del Quer y el puente tibetano

La tarde del segundo día es la que se lleva las fotografías. Desde Canillo sale la carretera de Montaup, que sube por curvas cerradas hasta el mirador del Roc del Quer, una pasarela metálica de veinte metros de la que doce quedan suspendidos en el aire, con parte del suelo de cristal y una escultura de un hombre sentado en el extremo, con las piernas colgando sobre el vacío. La caída es de varios cientos de metros y las vistas abarcan medio principado. Es gratuito, está abierto en horario diurno y se llena a media tarde, así que llegar temprano o al final del día mejora mucho la experiencia.

A pocos kilómetros, también en Canillo, está el puente tibetano, uno de los más largos de Europa, con más de seiscientos metros de longitud y unos ciento veinte de altura sobre el barranco. Se accede por un sendero de aproximadamente un kilómetro desde el aparcamiento, requiere entrada de pago y no es un plan para quien tenga vértigo, pero para el resto es la actividad más memorable que ofrece Andorra sin necesidad de equipo ni experiencia. Conviene mirar los horarios y la meteorología del día, porque con viento fuerte lo cierran.

Si el vértigo no entra en los planes, la alternativa es cualquiera de los senderos señalizados que salen del propio Canillo, como el camino del Toll Bullidor, o simplemente bajar despacio parando en los pueblos del valle. La vuelta a la capital son treinta minutos y se llega con tiempo de sobra para cenar.

La alternativa: la Vall d'Ordino en lugar de Canillo

Si prefieres un segundo día más pausado y menos orientado a la adrenalina, cambia la CG-2 por la CG-3 y sube a Ordino, declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO y probablemente el pueblo mejor conservado del país. Su plaza mayor, rodeada de casas de piedra con tejado de pizarra, es lo más parecido a la Andorra anterior al turismo que queda en pie.

La visita imprescindible allí es la Casa d'Areny-Plandolit, la única casa señorial andorrana que ha llegado intacta hasta hoy. Construida en el siglo XVII y reformada en el XIX con el dinero del hierro, conserva el mobiliario y la ambientación de la época, y la visita guiada dura alrededor de una hora con reserva previa. La entrada es barata, y enfrente está la iglesia románica de Sant Corneli i Sant Cebrià, con tallas de madera policromada de los siglos XI y XII.

Continuando hacia el norte aparecen La Cortinada, con la iglesia de Sant Martí y el molino y aserradero de Cal Pal, y más arriba Llorts y El Serrat, aldeas diminutas donde termina el asfalto y empieza la montaña de verdad. Quien vaya en verano puede rematar el día en el parque natural de Sorteny o subir a los lagos de Tristaina, tres lagos glaciares con una ruta circular asequible que es, con diferencia, la mejor excursión corta del país.

Qué cambia si vas en invierno

De diciembre a marzo, buena parte de este itinerario sigue siendo viable pero exige más margen. La carretera hasta el Roc del Quer puede estar cerrada o requerir cadenas, los senderos de altura desaparecen bajo la nieve y los horarios de museos y monumentos se reducen. A cambio, el paisaje justifica el viaje por sí solo y el país entra en su temporada fuerte.

En esas fechas, la variante razonable consiste en sustituir la tarde del segundo día por una jornada de esquí en Grandvalira, la estación más grande de los Pirineos, cuyas puertas de acceso desde este itinerario son precisamente Canillo y Soldeu. Si no esquías, el Palau de Gel de Canillo, con su pista de hielo y sus piscinas, resuelve una tarde fría, y el santuario de Meritxell y Sant Joan de Caselles siguen abiertos. Y en cualquier caso, en invierno mejora todavía más el mejor plan de todos: meterse en el agua caliente de Caldea con la nieve cayendo fuera.

Dónde dormir y cómo organizar la logística

Dormir en Andorra la Vella o Escaldes es lo más cómodo para este plan de dos días: se tiene el casco antiguo a pie, Caldea a diez minutos andando y las dos ramas del valle a media hora de coche. Es también donde está la mayor concentración de hoteles y donde los precios bajan más fuera de temporada de esquí.

Dormir arriba, en Canillo, Encamp o el propio Ordino, tiene otro tipo de ventajas: sale más barato, se madruga con vistas y se evita el tráfico del centro. El precio a pagar es depender del coche para todo y perder la cena tranquila en la capital.

Sobre el transporte, el coche es claramente la mejor opción para este itinerario, aunque existe una red de autobuses interurbanos que conecta la capital con todas las parroquias a precios muy bajos y con frecuencias razonables. Es perfectamente posible hacer los dos días sin coche si se acepta cierta rigidez de horarios. Y conviene recordar dos cosas prácticas: que se paga en euros aunque Andorra no pertenezca a la Unión Europea, y que la tarifa de itinerancia europea no se aplica aquí, así que más vale comprobar con tu operador antes de tirar de datos.

Comer en dos días: lo que merece la pena probar

Dos días dan para cuatro comidas principales, y sería una pena gastarlas todas en la avenida comercial. La cocina andorrana es de montaña y de invierno: trinxat de col y patata con panceta, escudella, civet de jabalí, carnes a la brasa, embutidos del país y quesos de las bordas. En los pueblos de altura hay restaurantes instalados en bordas rehabilitadas, con chimenea y raciones generosas, que son exactamente lo que uno quiere después de una mañana de carretera y románico.

Los menús de mediodía siguen siendo notablemente baratos comparados con cualquier capital española, y la relación calidad-precio en las parroquias altas suele ser mejor que en el centro turístico. Reservar el fin de semana es recomendable, sobre todo en temporada de esquí, cuando los mismos restaurantes atienden a miles de esquiadores.

Lo que aun así te vas a dejar fuera

Conviene decirlo para calibrar expectativas. Con dos días no da tiempo a la Vall del Madriu-Perafita-Claror, el valle glaciar declarado Patrimonio de la Humanidad que ocupa una décima parte del país y al que solo se accede caminando. Tampoco a los picos de Casamanya o del Comapedrosa, ni al parque natural del valle de Sorteny si has elegido la rama de Canillo, ni a una jornada completa de esquí.

Eso no es un fallo de la planificación, es la escala real del principado. Andorra tiene fama de país que se ve en una mañana y en realidad es un territorio de alta montaña con más rutas señalizadas de las que caben en una semana. Dos días bastan para llevarse una idea justa y completa de lo que es: un valle profundo donde conviven un parlamento del siglo XVI, un comercio que mueve millones de visitantes al año y unas montañas de tres mil metros que están siempre al final de cada calle. Y, casi siempre, para salir con la sensación de que hay que volver con las botas puestas.