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Bilbao en 1 día: el Guggenheim, el Casco Viejo y Artxanda al atardecer

El itinerario que un bilbaíno haría con sus visitas: desde el museo que cambió la ciudad hasta los pintxos del Casco Viejo y las vistas desde el monte

Lectura de 11 minutos

Hay ciudades que se explican bien en un día y ciudades que necesitan más. Bilbao es de las primeras, no porque sea pequeña o fácil, sino porque tiene una estructura urbana que se puede recorrer a pie sin esfuerzo y una concentración de experiencias en el área central que permite ver y entender mucho en pocas horas. Lo digo como bilbaíno: la ciudad que le enseñaría a un visitante con un solo día disponible no es muy diferente a la ciudad que le enseñaría con tres. Los mismos lugares, el mismo orden lógico, el mismo ritmo.

La diferencia entre el bilbaíno y el turista no está en los sitios que se visitan sino en cómo se viven. El Guggenheim lo ve todo el mundo; lo que no todo el mundo consigue es llegar al mediodía al Casco Viejo con el hambre y la disposición adecuadas, encontrar el bar correcto, pedir el pintxo que no está en la lista de recomendaciones de ninguna guía y entender que eso —ese momento específico, ese bar específico, esa conversación al mostrador— es lo que hace a Bilbao Bilbao.

El Guggenheim: llegar a las 10 y quedarse hasta mediodía

El Guggenheim Bilbao abre a las 10:00 de la mañana. A esa hora hay que estar en la puerta, o mejor, dando una vuelta por el exterior mientras se espera.

El exterior del Guggenheim es la primera visita del día, y no una visita de paso sino una visita real. Frank Gehry diseñó un edificio que es en sí mismo una obra de arte que responde a su entorno de maneras que cambian según desde dónde se mire, a qué hora y con qué luz. El titanio de la fachada no es plateado de manera uniforme: cambia con las nubes, con el sol, con la lluvia. Las curvas que desde ciertos ángulos parecen arbitrarias tienen una lógica que solo se revela cuando se camina alrededor del edificio completo, cuando se descubre la relación que establece con el Puente de La Salve —que se integra en el edificio como parte de la composición— y con la ría que fluye a sus pies.

Mamá de Louise Bourgeois —la araña de bronce de once metros que guarda la entrada lateral— y Puppy de Jeff Koons —el perrito cubierto de flores junto a la entrada principal— son ya parte inseparable del paisaje visual de Bilbao. Los bilbaínos han acabado por quererlos con esa mezcla de orgullo y familiaridad con que se quiere a las cosas propias: son de Bilbao aunque no nacieran aquí.

Dentro del museo, la experiencia más intensa es sin duda la sala del Pez: la galería más larga del museo, diseñada específicamente para las esculturas de Richard Serra, donde las planchas de acero cortén de varios metros de altura se curvan y se doblan creando espacios que comprimen y expanden físicamente el cuerpo del visitante. No es una experiencia estética en el sentido convencional de contemplar una obra desde fuera: es una experiencia corporal en la que la escultura define el espacio en que te mueves. Caminar entre esas planchas, con el sonido sordo de los pasos en el metal y la luz entrando de arriba, es algo que en ninguna reproducción fotográfica puede transmitirse.

El programa de exposiciones temporales del Guggenheim es uno de los mejores de España. Conviene verificar qué hay antes de venir, porque las temporadas fuertes —especialmente otoño e invierno— traen exposiciones que justifican por sí solas el viaje.

La entrada cuesta alrededor de 18 euros para adultos. La visita completa, sin prisa, ocupa entre dos y tres horas. Salir a mediodía, con hambre y con el Casco Viejo a quince minutos a pie.

El Abandoibarra: el paseo que explica la ciudad

El trayecto del Guggenheim al Casco Viejo a pie por la orilla de la ría es el paseo que mejor explica Bilbao en veinte minutos. Se camina por el Abandoibarra —la zona donde estaban los astilleros, los almacenes y las instalaciones industriales de la ría, y que desde los años noventa fue transformada en el parque y el espacio público que es hoy— pasando frente al edificio del Euskalduna, el palacio de congresos en forma de barco oxidado que homenajea los últimos buques construidos en los astilleros que ocupaban ese mismo suelo. La Torre Iberdrola, el rascacielos de cristal azul de César Pelli que cierra el skyline del Abandoibarra, es el símbolo de la reconversión económica de Bilbao: de la industria pesada a los servicios, de los astilleros a las oficinas.

En el extremo del paseo, antes de llegar al Puente del Ayuntamiento, está el Parque de Doña Casilda, el jardín más querido de los bilbaínos: un parque burgués del siglo XIX con su estanque de patos, sus paseos de arena y los bancos donde los abuelos bilbaínos han pasado la mañana durante décadas. El Museo de Bellas Artes de Bilbao tiene su entrada en este parque: si el día tiene más tiempo, merece la visita por su colección de Velázquez, Goya, Zurbarán y la sección de arte vasco del siglo XIX y XX que es la más completa del mundo. Para el itinerario de un día, hay que elegir entre el Bellas Artes y el Guggenheim; en general, el Guggenheim gana para una primera visita.

El Casco Viejo: los pintxos y las Siete Calles

El Casco Viejo de Bilbao está al otro lado del puente, en la orilla derecha de la ría. Desde el Abandoibarra se llega al puente de San Antón y en menos de cinco minutos se está en las Siete Calles —las siete vías fundacionales de la villa medieval: la Somera, la Artecalle, la Tendería, el Belosticalle, la Carnicería Vieja, el Barrencalle y el Barrencalle Barrena. Llevan donde llevan desde el siglo XIV y tienen el mismo trazado que cuando Diego López de Haro fundó la villa en 1300.

Para comer pintxos en el Casco Viejo hay que tener claro un principio fundamental: alejarse de los bares que están directamente en las calles más turísticas y de la Plaza Nueva. No porque sean malos, sino porque los mejores pintxos de Bilbao no están en los bares que aparecen en todas las listas de recomendaciones. Están en los bares de toda la vida, en las calles interiores de las Siete Calles, en los locales sin decoración de diseño donde el mostrador está lleno de pintxos sin fotografías.

Dicho esto, el Mercado de la Ribera merece una parada específica. El mercado cubierto más grande de Europa cuando se inauguró en 1929 —con sus tres plantas sobre la orilla de la ría— tiene en la planta baja de pescado el Bilbao más auténtico concentrado en unos metros cuadrados: el suelo húmedo, el olor a Cantábrico, la txitxarro y el bacalao en salazón y el marmitako y la merluza a la koskera. Es la cocina vasca en su estado más elemental y más honesto.

La Plaza Nueva —el rectángulo porticado neoclásico del siglo XIX que es el corazón ceremonial del Casco Viejo— tiene las terrazas más concurridas del barrio. A mediodía y por la tarde, cuando el tiempo acompaña, es donde se concentra la vida social del barrio. Los bares de la plaza tienen pintxos orientados al turismo en los locales del perímetro exterior; los bares de los callejones adyacentes tienen mejores pintxos a mejores precios.

El txikiteo —la práctica bilbaína de recorrer los bares del Casco Viejo tomando txikitos (vasitos de vino tinto de unos 10 cl) y pintxos de bar en bar— es especialmente intenso los jueves por la tarde. No es un espectáculo para turistas: es una práctica social con sus propios códigos que los bilbaínos llevan haciendo décadas. El txikito se pide, se toma relativamente rápido, se paga al marchante sin esperar a que te lo cobren y se sigue. El vino puede cambiarse por cerveza o sidra; el ritual es el mismo.

El Puente Zubizuri: Calatrava sobre la ría

Desde el Casco Viejo, cruzar de vuelta al Ensanche por el Puente Zubizuri —el puente peatonal de arco inclinado y cubierta de cristal que Santiago Calatrava diseñó en 1997, el mismo año del Guggenheim— es una forma de cerrar el círculo visual del día. Zubizuri significa "puente blanco" en euskera, y el arco de acero blanco con su cubierta acristalada tiene esa elegancia de ingeniería que los mejores puentes de Calatrava comparten con las mejores esculturas.

El Zubizuri conecta la orilla del Casco Viejo con el barrio de Abandoibarra y el Ensanche, y desde su centro se tiene una de las mejores vistas de la ría con el Guggenheim al fondo. Es el mirador natural de media tarde, cuando la luz del norte —cuando sale, lo cual no es todos los días— cae sobre el titanio del museo y convierte el reflejo en algo que ninguna fotografía termina de capturar.

El Artxanda: Bilbao desde arriba al atardecer

El remate del día es el funicular de Artxanda. La estación inferior está en la Plaza del Funicular, a pocos minutos caminando desde el Casco Viejo o el Guggenheim. El funicular sube en tres minutos hasta el monte Artxanda, a unos 300 metros de altitud sobre el nivel de la ría, con las dos cabinas cruzándose en el punto intermedio de los raíles como hacen los funiculares de toda la vida.

Desde Artxanda se ve Bilbao como no puede verse desde ningún punto de la ciudad. El valle del Nervión con sus curvas, los barrios repartidos por las laderas a ambos lados, el Guggenheim brillando desde arriba, el Ensanche con su trama regular, el Casco Viejo apretado junto a la ría, y —cuando el cielo despeja, que no es todos los días porque esto es Bilbao y el txirimiri es parte del paisaje— el mar al fondo, entre las colinas.

El monte tiene merenderos y asadores donde los bilbaínos suben los fines de semana a comer un chuletón asado a la parrilla de carbón. La costumbre de subir a Artxanda a comer es una de esas tradiciones que definen la cultura gastronómica vasca mejor que cualquier descripción: la calidad del producto, la sencillez de la preparación y el tiempo dedicado a la mesa. Para el itinerario de un día, llegar al atardecer con algo de apetito y aprovechar el chuletón antes de bajar es una forma de terminar el día de manera que ninguna cena del Ensanche puede superar.

El funicular baja a las últimas horas de la tarde. Al volver al centro, el Ensanche tiene restaurantes, bares y el ambiente nocturno de una ciudad que no cierra temprano.

Información práctica

Guggenheim: Abre de martes a domingo de 10:00 a 20:00 (julio y agosto también los lunes). Entrada: unos 18 euros adultos. Reservar en la web oficial para evitar esperas en taquilla.

Funicular de Artxanda: Funciona de 7:15 a 22:00 en verano, con horario reducido en invierno. El billete es económico —alrededor de 1,50 euros el trayecto— y acepta la tarjeta Barik del transporte público de Bilbao.

Barik: La tarjeta del metro bilbaíno funciona también en el tranvía, el funicular de Artxanda y los autobuses de Bilbobus. Se carga en las máquinas del metro. Es la forma más económica de moverse entre el Guggenheim, el Casco Viejo y el funicular.

Pintxos: Los precios en los bares del Casco Viejo están entre 2 y 4 euros por pintxo. El txikito de vino cuesta alrededor de 1,50 euros. Una ronda completa de tres pintxos y un txikito en un bar razonable no supera los 8-10 euros por persona.

Clima: Bilbao tiene un clima oceánico que significa básicamente que puede llover en cualquier mes del año, incluido agosto. Un paraguas compacto en el bolso no es pesimismo: es la respuesta correcta al clima. Cuando el sol aparece —y aparece, aunque con menos frecuencia que en el sur— la luz sobre la ría y los verdes del monte Artxanda tienen una calidad que no se ve en ningún otro lado.

La frase justa: Un día en Bilbao es suficiente para entender por qué la ciudad tuvo el impacto que tuvo. No para conocerla: para conocerla hay que volver, y la mayoría de la gente que viene una vez vuelve.