
Bilbao en 2 días: Abandoibarra, La Alhóndiga y el Casco Viejo de noche
El segundo día que la ciudad se merece: el Mercado de la Ribera, el Azkuna Zentroa, Begoña y el funicular de Artxanda
El primer día en Bilbao tiene su itinerario claro: el Guggenheim de mañana, las Siete Calles al mediodía, el funicular de Artxanda al atardecer. Lo hemos escrito en otro artículo y ese orden tiene una lógica que los bilbaínos reconocemos como correcta. Pero hay un segundo día en Bilbao que no repite nada del primero y que, en muchos sentidos, cuenta una historia más profunda sobre la ciudad.
El primer día muestra al mundo lo que Bilbao quiso ser. El segundo día muestra lo que Bilbao ya era antes, y lo que ha sido capaz de construir desde esa base. La ría industrial, el mercado de toda la vida, la basílica en el monte, el barrio que vivía mientras los astilleros trabajaban. Es la ciudad que existía antes del Guggenheim, y que sigue existiendo con más vitalidad que nunca.
La mañana: el Mercado de la Ribera¶
El día empieza antes que el primer día. Si el Guggenheim conviene verlo a las diez, el Mercado de la Ribera conviene visitarlo cuando la actividad está en su punto, entre las nueve y las once de la mañana.
El Mercado de la Ribera es el mercado cubierto más grande de Europa cuando se inauguró en 1929 —título que mantuvo durante décadas— y el edificio que Pedro Ispizua diseñó sobre la orilla de la ría todavía impone: tres plantas de estructura en arco, con la fachada orientada al agua y la entrada principal abriendo directamente sobre el puente de San Antón. La planta baja, la del pescado, tiene los suelos de piedra húmeda y el olor al Cantábrico que no ha cambiado en un siglo. Txitxarro, besugo, merluza, bacalao en salazón, anchoas frescas en temporada. El lenguaje de los pescaderos es directo y el trato es de toda la vida.
El Mercado de la Ribera no es solo el lugar donde los bilbaínos compraban el pescado: es el lugar donde los bilbaínos han comprado siempre. La reforma de 2010 actualizó los equipamientos sin cambiar la estructura ni el carácter, y el resultado es un mercado que funciona como mercado —no como espacio gastronómico de diseño orientado al turismo— pero que también tiene, en la planta alta, una zona de puestos de pintxos y degustación que funciona bien para el que quiere un aperitivo temprano.
La Plaza Unamuno, a dos minutos a pie del mercado, es el corazón histórico del Casco Viejo: el espacio abierto donde la trama medieval se abre y respira. La estatua de Miguel de Unamuno, bilbaíno y filósofo, preside la plaza. Vale la pena sentarse unos minutos y mirar cómo funciona el barrio en la mañana.
La Alhóndiga / Azkuna Zentroa: Philippe Starck en el Ensanche¶
Desde el Casco Viejo, cruzar al Ensanche en dirección al Azkuna Zentroa —el Centro Cultural que ocupa el antiguo almacén municipal de vinos conocido como La Alhóndiga— es uno de esos trayectos a pie que en Bilbao se hacen sin pensar: diez minutos por la ría, cruzar el puente y adentrarse en la cuadrícula del Ensanche por la calle Autonomía.
El edificio original de La Alhóndiga es de 1909 —Ricardo Bastida, el mismo arquitecto que diseñó el Mercado de la Ribera— y durante décadas fue el depósito municipal donde se almacenaban el vino y el aceite que abastecían a la ciudad. Cuando dejó de ser necesario para ese uso, el Ayuntamiento convocó un concurso para convertirlo en centro cultural. Philippe Starck ganó el concurso en 2004 y el resultado, inaugurado en 2010, es una de las intervenciones de arquitectura interior más sorprendentes de España.
El exterior conserva la fachada histórica casi intacta. La sorpresa viene al entrar: el atrio interior —un espacio de cuatro plantas con la cubierta de vidrio a gran altura— está sostenido por 43 columnas de diseño único, cada una diferente. Starck encargó a diseñadores de distintas disciplinas el diseño de cada columna sin coordinarlos entre sí, y el resultado es un bestiario arquitectónico donde conviven columnas de inspiración clásica, orgánica, industrial, biomórfica, irónica. No hay dos iguales. Es uno de esos espacios que obligan a levantar la cabeza y caminar despacio.
En la planta superior hay una piscina —sí, una piscina pública accesible mediante abono o entrada de día— cuyo suelo de cristal permite ver desde el agua el atrio de las columnas de abajo. Es quizás el espacio más fotográfico de Bilbao que casi nadie conoce. El centro también tiene cine, gimnasio, espacios de coworking, una sala de exposiciones y una agenda cultural permanente. Es el edificio más activo de Bilbao en términos de usos por metro cuadrado.
El café del Azkuna Zentroa, en la planta baja del atrio, es un buen lugar para el café de media mañana. La acústica del espacio crea un rumor ambiental que lo hace inconfundible.
El Abandoibarra revisitado: el Museo Marítimo y el Euskalduna¶
Con el Guggenheim ya visitado el día anterior, el Abandoibarra —el paseo que recorre la orilla de la ría desde el museo hasta el Euskalduna— puede explorarse ahora con otro objetivo: entender la capa anterior a la transformación urbanística.
El Museo Marítimo Ría de Bilbao está instalado en los antiguos astilleros Euskalduna, en el lado de la ría, justo donde trabajaban hasta los años noventa del siglo XX los últimos constructores de barcos de la villa. El museo cuenta la historia de la ría del Nervión como eje industrial y comercial: la industria del hierro, los astilleros, los muelles de carga, el comercio atlántico. Los barcos en los diques secos exteriores —visibles desde el paseo incluso sin entrar al museo— dan escala a lo que significaba construir un buque en pleno corazón de la ciudad.
La entrada al museo permite acceder también al astillero exterior: el espacio entre los galpones industriales restaurados donde se conservan embarcaciones tradicionales de la ría, una draga histórica y los restos de infraestructura portuaria que narran la historia industrial mejor que cualquier maqueta. Para quien tenga interés en la arquitectura industrial o en la historia económica del País Vasco, es una de las visitas más sustanciales de la ciudad.
El Palacio Euskalduna está a pocos metros. El edificio que Francisco Javier Soriano y Dolores Palacios construyeron en 1999 —en forma de barco en proceso de desguace, con el acero oxidado como material dominante— es el palacio de congresos y auditorio principal de Bilbao. La decisión de diseñarlo como homenaje al último barco construido en los astilleros que ocupaban ese mismo suelo es uno de los gestos más elegantes de todo el proyecto de transformación de la ciudad: donde hubo astilleros, el último barco es un edificio. El exterior puede recorrerse libremente; si hay concierto o evento, conviene consultar la programación porque la Orquesta Sinfónica de Bilbao ofrece abonos que son una de las mejores relaciones calidad-precio de la cultura vasca.
La subida a Begoña¶
Desde el Casco Viejo, la subida a la Basílica de Begoña es el momento del día en que Bilbao muestra su topografía real. La ciudad está construida en un valle y Begoña está en el alto de ese valle, en el barrio histórico que lleva su nombre, a unos 200 metros de altitud sobre el centro.
Hay dos maneras de subir. La más conocida —y la más espectacular visualmente— es el ascensor de Begoña, que sube directamente desde el Casco Viejo por el interior de un edificio, en una cabina que asoma al exterior y permite ver la ciudad ir quedando abajo. El ascensor conecta la calle Esperanza, en el Casco Viejo, con el barrio de Begoña en menos de dos minutos y funciona desde primera hora de la mañana. La alternativa es subir por las escalinatas que suben desde el Casco Viejo, más empinadas pero más fotográficas.
La Basílica de Begoña —patrona de Vizcaya y una de las advocaciones marianas más importantes del País Vasco— es un edificio gótico del siglo XVI con intervenciones posteriores que la han ampliado y reformado. El interior tiene la penumbra y el silencio de los templos que llevan siglos siendo lugar de devoción real, no de turismo. La imagen de la Virgen de Begoña, en el altar mayor, está rodeada del tipo de exvotos y muestras de gratitud popular que dicen más de la relación de los bilbaínos con su patrona que cualquier descripción histórica.
Pero la razón principal de subir a Begoña, para quien no sea especialmente devoto, son las vistas desde el atrio de la basílica: el Casco Viejo entero a los pies, la ría describiendo su curva, el Guggenheim visible a la izquierda y el Ensanche extendiéndose hacia la derecha. Es la vista alta del Casco Viejo que el ascensor de Begoña convierte en accesible para cualquiera.
El barrio de Begoña merece también un paseo corto: es un barrio de barrio, con las panaderías y las carnicerías y los bares de toda la vida que el Casco Viejo turístico ya no tiene en la misma proporción. Los restaurantes de Begoña tienen fama de ser de los más honestos de la ciudad.
El funicular de Artxanda: las vistas definitivas¶
El funicular de Artxanda lo mencionamos en el itinerario de un día como remate de tarde. Para el segundo día, la subida puede hacerse de mañana o a media tarde, según el ritmo de la jornada. La estación inferior está en la Plaza del Funicular, a pocos minutos del Casco Viejo.
Desde Artxanda —el monte que cierra el valle de Bilbao por el norte— la ciudad se ve de una manera que no puede verse desde ningún punto inferior. El valle entero, con los barrios repartidos por las laderas, la ría describiendo sus curvas, el Ensanche con su trama regular y el Casco Viejo apretado junto al agua. En los días despejados —que en Bilbao son menos de los que se desearía, porque el txirimiri es parte del paisaje tanto como la ría— se ve el mar al fondo, entre las colinas del norte.
Lo que el funicular de Artxanda tiene que el del día anterior no tiene tiempo de revelar es el aspecto gastronómico del monte. Los merenderos de Artxanda —los asadores del monte donde los bilbaínos suben los fines de semana a comer chuletón a la brasa— son una institución local que no tiene equivalente en ninguna otra ciudad española. La tradición de subir al monte a comer un chuletón de buey asado sobre carbón de encina, con pan, pimientos de piquillo y un vino de Rioja es de las cosas que mejor explican la cultura gastronómica vasca: producto de primera calidad, preparación mínima, tiempo abundante, mesa larga.
Si el día cae en sábado o domingo, reservar en uno de los merenderos de Artxanda para el almuerzo es una de las mejores decisiones que puede tomarse en Bilbao. Si es entre semana, algunos también abren pero conviene llamar antes.
El Casco Viejo de noche¶
La noche del segundo día es el Casco Viejo. No el Casco Viejo del mediodía turístico —con los puestos de pintxos orientados a quien lleva guía— sino el Casco Viejo de noche, que es otra cosa.
A partir de las ocho y media de la tarde, cuando los visitantes de paso ya han vuelto al hotel y la ciudad empieza su tarde-noche, el Casco Viejo se transforma. Los bares que de día estaban llenos de gente con cámara se llenan de gente con txikito. Las Siete Calles, los callejones que cruzan la Artecalle y el Barrencalle, la Plaza del Arriaga frente al teatro, los bares junto al puente de San Antón. El ambiente es el de una ciudad que sabe pasárselo bien sin necesidad de que nadie lo organice.
El txikiteo nocturno —la práctica de recorrer los bares tomando txikitos y pintxos, barra por barra— es más intenso de noche que al mediodía. El txikito de noche no es el aperitivo del mediodía: es el eje de la vida social de los bilbaínos, la práctica que los lingüistas del euskera y los sociólogos del País Vasco han estudiado como uno de los rituales de cohesión social más resistentes de la cultura vasca. Se pide, se toma, se paga sin esperar cuenta y se sigue. La conversación es la parte central, no la bebida.
La Plaza Nueva de noche tiene las terrazas cubiertas por los porches y los bares del interior llenos. Pero los mejores bares de la noche no están en la Plaza Nueva: están en las calles adyacentes, en los locales sin rótulo en inglés y sin carta plastificada, donde el mostrador de madera y las fotos en la pared son la única decoración.
Una mención necesaria: el barrio de Bilbao La Vieja —al otro lado del Casco Viejo, cruzando el puente de la Merced sobre el Nervión— ha vivido una transformación en los últimos años que lo ha convertido en el barrio más interesante de Bilbao para la noche. Galerías de arte, restaurantes de cocina internacional, bares de cóctel y locales de música en directo comparten el espacio con el tejido de vecinos de toda la vida. Es el barrio que Bilbao necesitaba para no quedarse en la postal del pintxo de txangurro y el chuletón.
Información práctica¶
Mercado de la Ribera: Abre de lunes a sábado desde las 7:30. La mejor hora para la planta baja de pescado es entre las 9:00 y las 11:00. Los puestos de pintxos de la planta alta abren desde mediodía.
Azkuna Zentroa / Alhóndiga: Abre de lunes a viernes de 7:00 a 23:00, fines de semana con horario reducido según actividad. La entrada al atrio es libre. La piscina requiere abono o entrada de día (consultar precios en la web, son razonables para lo que ofrecen).
Museo Marítimo Ría de Bilbao: Abierto de martes a domingo de 10:00 a 20:00 (verano), con horario reducido en invierno. Entrada alrededor de 8 euros adultos.
Ascensor de Begoña: Funciona desde las 7:15 hasta las 22:00 aproximadamente. El billete cuesta menos de 1 euro y acepta la tarjeta Barik. Si no funciona (tiene mantenimientos ocasionales), las escaleras son la alternativa.
Funicular de Artxanda: El mismo funcionamiento del artículo de un día. Económico, frecuente, imprescindible.
Merenderos de Artxanda: Hay varios asadores en el alto. Los más tradicionales son el Asador Ikea y el Restaurante Artxanda. El chuletón de buey —no de vaca, de buey, que en Bilbao es la distinción fundamental— cuesta entre 35 y 50 euros por kilo dependiendo del peso y el restaurante. No es barato, pero es uno de los mejores chuletones de España en su contexto natural.
Bilbao La Vieja: El barrio está a cinco minutos caminando desde el Casco Viejo, cruzando por el puente de la Merced. Para quien quiera explorar Bilbao más allá del circuito turístico, es la apuesta más interesante de la noche.