
Gijón en 1 día: el Muro, Cimadevilla, La Laboral y la sidra asturiana
La ciudad más grande de Asturias sin ser su capital: el paseo marítimo, el barrio histórico en el promontorio, el edificio más monumental de España y el ritual del espicha
Gijón tiene una particularidad que conviene aclarar antes de llegar: es la ciudad más grande de Asturias —con unos 270.000 habitantes— pero no es la capital de la comunidad. Esa condición le corresponde a Oviedo, a 30 kilómetros al sur. La tensión entre ambas ciudades es una de esas rivalidades regionales que los asturianos viven con la mezcla de seriedad e ironía que caracteriza a las disputas del norte, y que tiene su expresión más cotidiana en el debate sobre cuál de las dos tiene la mejor fabada. Gijón no tiene las instituciones, pero tiene el mar, las mejores playas urbanas del norte y La Laboral, el edificio más monumental del norte de España.
Desde Bilbao, Gijón está a poco más de dos horas por la autopista. Es una excursión de un día largo perfectamente viable, aunque el descubrimiento más probable es que la ciudad merece quedarse más tiempo. Yo lo hice: fui pensando que con un fin de semana tendría suficiente y tardé tres días en estar listo para marcharme.
La mañana: el Muro de San Lorenzo¶
El primer acto del día en Gijón es caminar el Muro de San Lorenzo, el paseo marítimo que bordea la playa de San Lorenzo en sus casi tres kilómetros de longitud. La playa de San Lorenzo es, con justicia, una de las mejores playas urbanas del norte de España: larga, amplia, con acceso en toda su extensión y perfectamente integrada en la vida cotidiana de la ciudad.
El Muro —así lo llaman los gijoneses, simplemente "el Muro"— es el eje vertebrador de la ciudad hacia el mar, el equivalente gijonés del Paseo de La Concha de San Sebastián o el Paseo Nuevo de Bilbao. A diferencia de ambos, el Muro de San Lorenzo es plano, sin la topografía de sus equivalentes vascos, y eso le da un carácter más democrático: es paseo de corredores, de familias con carrito, de jubilados con periódico y de surfers que llegan con tabla bajo el brazo. El oleaje del Cantábrico llega a San Lorenzo con más energía que a La Concha, y los días de olas tiene en el agua una actividad de surf constante.
Al final del Muro, en el extremo oriental de la playa, hay una pequeña península rocosa con la Iglesia de San Pedro. El templo no es un edificio de primera fila —su arquitectura es correcta sin ser excepcional— pero su ubicación sí lo es: en lo alto de la roca, con el mar a tres lados, es el punto donde San Lorenzo termina y Gijón le vuelve la espalda al Cantábrico para orientarse hacia el interior. Desde la iglesia de San Pedro, la playa entera queda en perspectiva.
A pocos metros, en el extremo del promontorio, está el Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida: la gran escultura de acero corten que el escultor vasco instaló aquí en 1990 y que dialoga con el Cantábrico con la misma vocación de sus Peines del Viento de San Sebastián, aunque en un registro diferente. Si el Peine del Viento es múltiple y activo —las tres piezas ancladas en la roca reciben el oleaje— el Elogio del Horizonte es singular y contemplativo: una gran forma curva que enmarca el horizonte marino como un mirador escultórico. El lugar invita a sentarse, a mirar el mar, a no tener prisa. Es, quizás, el lugar más silencioso de Gijón.
Cimadevilla: el casco histórico en el promontorio¶
Cimadevilla es el barrio más antiguo de Gijón, el núcleo de la ciudad romana y medieval, y está construido sobre el promontorio que cierra la playa de San Lorenzo por el noroeste. No es un casco histórico de catedral y palacios aristocráticos —eso es Oviedo— sino un barrio pescador y marinero que ha sobrevivido al tiempo con su personalidad intacta: las calles empedradas, las casas con balcones sobre el mar, las sidrerías de toda la vida y una vida de barrio que no se ha convertido en decorado para el turismo.
La subida a Cimadevilla desde el paseo del puerto —bordeando el lado norte del promontorio, donde los veleros y las embarcaciones de recreo tienen sus amarres— va revelando la estructura del barrio: las escalinatas, los callejones que bajan hasta el mar, las terrazas con vistas sobre la bahía de Gijón hacia el oeste. El barrio tiene la densidad y la escala humana que los cascos históricos del norte conservan mejor que los del interior.
La Plaza del Marqués es el corazón del barrio: el espacio donde convergen los caminos del promontorio y donde la terraza tiene vistas a la bahía de Poniente. Desde la plaza se sube al Cerro de Santa Catalina, la cima del promontorio, que tiene un parque con paseos y, de nuevo, la obra de Chillida: el espacio escultórico del cerro tiene una instalación de Chillida de las que el artista realizó específicamente para entornos naturales.
Cimadevilla es también la zona de vida nocturna más auténtica de Gijón. Las sidrerías que sirven sidra natural asturiana, los bares con mesas en la calle en verano, los restaurantes de pescado que funcionan con la materia prima del puerto que está justo abajo. La sidra en Cimadevilla no es la sidra de chigre decorada para el turismo: es la sidra de siempre, servida en vasos altos, con el ritual del escanciar —verter la sidra desde altura para que se airee y forme espuma— que en Asturias es una práctica con sus propios códigos y su propia liturgia.
La Laboral: el edificio que impone¶
La visita de la tarde no admite discusión. La Laboral Ciudad de la Cultura —oficialmente Universidad Laboral de Gijón, aunque hoy es espacio cultural y formativo— es uno de los complejos arquitectónicos más grandes y más sorprendentes de España. Construido entre 1946 y 1956 por encargo del régimen franquista como centro de formación profesional para hijos de trabajadores, el complejo que diseñó el arquitecto Luis Moya —con la colaboración de Enrique Álvarez Sala, Pedro Rodríguez Alonso y Jorge Oteiza— tiene una escala y una ambición que todavía hoy resultan difíciles de asimilar.
Los números dan una idea: 270.000 metros cuadrados construidos, una torre de 130 metros de altura visible desde toda la ciudad y desde el mar, capacidad original para 2.000 alumnos, con dormitorios, comedores, capilla, teatro, talleres, laboratorios, estadio y todo lo necesario para que los alumnos —que procedían de toda España— vivieran, estudiaran y formaran carácter sin salir del recinto. Era, literalmente, una pequeña ciudad dentro de la ciudad.
La arquitectura es una mezcla característica de su época: herreriano, barroco, clasicismo imperial, con la torre echando el pulso visual a todos los edificios del entorno. No es una arquitectura que se deje querer fácilmente desde la distancia estética contemporánea —es imposible separar el edificio del proyecto ideológico que lo generó— pero su grandiosidad es innegable, y la visita guiada revela una complejidad de espacios y una calidad de ejecución que trascienden la ideología. Los pasillos interminables, los patios enormes de escala monástica, la capilla con sus pinturas al fresco, el teatro con capacidad para un millar de personas: cada espacio tiene la proporción y el detalle de quien quería que el edificio durara siglos.
La subida a la torre es el punto culminante de la visita. A 130 metros de altura sobre el nivel del mar, la panorámica sobre Gijón, el Cantábrico y la cordillera Cantábrica al sur es completa: la ciudad entera en perspectiva, con la playa de San Lorenzo describiendo su curva, la playa de Poniente al otro lado del promontorio de Cimadevilla, y el mar extendiéndose hasta el horizonte.
La visita guiada es imprescindible. Sin las explicaciones, el edificio puede recorrerse pero no puede entenderse. Duración de la visita completa: entre tres y cuatro horas si se toma el tiempo que merece.
El Museo del Pueblo de Asturias¶
Si el tiempo lo permite —o como alternativa a parte de La Laboral si la jornada se aprieta— el Museo del Pueblo de Asturias es uno de los museos etnográficos más completos del norte de España. Está en los jardines del Palacio de los Valdés, en el Parque de Isabel la Católica, y tiene una colección de arquitectura popular asturiana trasladada de su emplazamiento original: hórreos, paneras, una capilla, una casa de indianos reconstruida. El conjunto al aire libre da una idea muy precisa de cómo era la vida en el rural asturiano del siglo XIX y principios del XX.
El museo tiene también colecciones de aperos de labranza, trajes regionales, cerámica y útiles domésticos que, para quien tenga interés en la cultura material de Asturias, complementan perfectamente la visita a La Laboral.
La sidra asturiana y el espicha¶
Gijón y Asturias en general tienen en la sidra una bebida identitaria que trasciende la gastronomía para ser expresión cultural. La sidra natural asturiana no es el producto industrial que se vende en supermercado: es un fermentado de manzana con un nivel de acidez y una complejidad que requiere aprendizaje del paladar, y que en Asturias se produce con variedades de manzana autóctonas que no existen en ningún otro lugar.
El ritual de la sidra tiene dos elementos clave. El primero es el escanciado: servir la sidra desde altura —el escanciador levanta la botella a la altura de la cabeza y vierte en el vaso que sostiene bajo la cadera— para que el chorro de sidra se airee en la caída, forme espuma y se oxigene. El resultado en el vaso es un dedo de sidra espumosa que debe beberse de un trago antes de que se apague: el famoso "culete". La botella va pasando por toda la mesa, el escanciado va haciendo rondas y la conversación es el eje de todo.
El segundo elemento es el espicha: la fiesta tradicional asturiana de primavera que celebra la apertura de las primeras botellas de la cosecha de sidra nueva. El espicha original se hacía en las llares —los lagares— cuando se abría el primer tonel de sidra nueva, y los vecinos se reunían para probarla con bocados simples: empanada, chorizo, queso de Cabrales. Hoy los restaurantes de Asturias organizan espichas durante todo el año, con mesas largas, comida abundante y sidra hasta que se decida parar.
Para la sidra en Gijón, los chigres de Cimadevilla son la referencia: los bares de sidra tradicionales donde las botellas van y vienen y la mesa se convierte en el espacio social de la tarde. El queso de Cabrales —el azul más intenso de la gastronomía española— y el chorizo asturiano son los acompañamientos inevitables.
Información práctica¶
Cómo llegar desde Bilbao: Por autopista (A-8 hasta Oviedo, luego A-66), unas 2 horas y 15 minutos. Hay bus directo ALSA con varias frecuencias diarias desde la terminal de Bilbao; el viaje tarda algo más de 2 horas y media.
La Laboral: Las visitas guiadas salen varias veces al día. Conviene reservar en la web oficial (ciudaddelacultura.com) porque los grupos son limitados y los fines de semana se llenan. El precio es muy razonable —menos de 6 euros para adultos, con descuentos. La subida a la torre requiere reserva específica y no siempre está disponible.
Cimadevilla: Acceso libre a cualquier hora. Los bares de sidra abren desde el mediodía; el ambiente nocturno empieza a las 9 de la noche.
Playa de San Lorenzo: La mejor época para el baño es julio y agosto, cuando el agua del Cantábrico alcanza temperaturas aceptables. El resto del año la playa es perfecta para caminar pero el baño requiere temperatura mental de varón cantábrico.
Sidra: Pedir "una botella de sidra natural" en cualquier chigre de Cimadevilla es el gesto correcto. Si el escanciado parece intimidante, el camarero lo hace por ti sin que haya que pedirlo. El "culete" —el trago rápido antes de que la sidra se apague— se aprende en dos botellas.
Gastronomía: Gijón no tiene la densidad gastronómica de San Sebastián ni la cocina de vanguardia, pero tiene una materia prima excelente —especialmente el pescado y el marisco cantábrico— y una cocina tradicional honesta. El bonito del norte en temporada (julio-septiembre), la merluza del pincho y el pote asturiano (el cocido norteño, más contundente que cualquier cocido del interior) son las referencias.