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Paisaje, localidad o escena de Ibiza.

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Ibiza en dos días: la isla de los hippies y la fiesta

Dalt Vila y el atardecer en Sant Antoni el primer día. El mercado de Las Dalias, Cala Benirràs y Formentera el segundo. El dualismo de la isla que más sorprende

Lectura de 10 minutos

Ibiza es una isla con identidades múltiples que no siempre se contradicen entre sí. Hay la Ibiza de las discotecas y los yates de lujo, que existe y es real. Hay la Ibiza de Dalt Vila, la ciudadela medieval Patrimonio de la Humanidad que la mayoría de sus visitantes nocturnos nunca llegan a ver. Y hay una tercera Ibiza —la menos conocida y la que más sorprende— que nació en los años sesenta y setenta con los hippies que llegaron buscando una isla mediterránea barata y auténtica: la isla verde del norte con sus mercados de artesanía, sus calas salvajes y su cultura alternativa que lleva décadas resistiendo sin perder del todo su carácter. Dos días permiten conocer las tres.

Día 1: Ibiza ciudad y el atardecer de Sant Antoni

La mañana: Dalt Vila

La mañana del primer día pertenece a Dalt Vila, la ciudad alta amurallada que es la Ibiza histórica y la menos esperada. Las murallas renacentistas del siglo XVI —construidas por el ingeniero italiano Giovanni Battista Calvi por orden de Felipe II para defender la isla de los piratas berberiscos— forman un recinto de más de dos kilómetros que rodea completamente la colina del casco histórico. Son el ejemplo más completo de arquitectura militar renacentista del Mediterráneo occidental, y la UNESCO lo reconoció con la declaración de Patrimonio de la Humanidad en 1999.

La entrada por el Portal de ses Taules, con sus columnas romanas flanqueando el arco, da paso a la cuesta empedrada que sube por el interior del recinto. Las callejuelas de Dalt Vila tienen esa atmósfera de lugar habitado y al mismo tiempo fuera del tiempo: las casas blancas con puertas de madera pintada, los jardines privados visibles por encima de los muros, las terrazas con vistas que van ampliándose conforme se gana altura.

La Catedral de Santa María, gótica del siglo XIV sobre el solar de la antigua mezquita árabe, está en lo más alto. La explanada frente a la catedral tiene las mejores vistas de la isla: el puerto, la marina, la bahía y el Mediterráneo al fondo, con la línea de Formentera en el horizonte en días claros. La catedral merece la visita aunque solo sea por esas vistas.

El Museu Arqueológic en el interior de Dalt Vila tiene la colección fenicias y púnicas que cuenta los tres mil años de historia de la isla antes del turismo. La necrópolis del Puig des Molins, a diez minutos a pie desde las murallas, es el yacimiento arqueológico más importante de las Baleares: miles de tumbas de la Ibiza fenicias, púnica y romana que hacen entender la profundidad histórica de este lugar.

A mediodía: el puerto y la marina

Bajando desde Dalt Vila al nivel del mar, el ambiente cambia radicalmente. El puerto de Ibiza tiene la Ibiza cosmopolita: los yates en el puerto deportivo, las terrazas de la marina, la mezcla de turismo de lujo y vida local que hace del paseo marítimo uno de los más interesantes del Mediterráneo español.

El almuerzo en La Marina —el barrio entre el puerto y Dalt Vila— tiene la mezcla adecuada de autenticidad y calidad: los bares de la zona sirven pa amb oli con los productos locales, los restaurantes más serios trabajan el pescado y el marisco del Mediterráneo. Buscar mesa en las callejuelas perpendiculares al paseo marítimo, alejadas de la primera línea de precios turísticos.

La tarde: el paseo y las calas cercanas

Con la tarde disponible antes del atardecer, la playa de Talamanca —la bahía al norte del puerto, a diez minutos a pie desde la marina— es la más cómoda para quien no quiera desplazarse: aguas tranquilas, ambiente mixto de locales y turistas, servicios básicos. Para más belleza pero con coche, Ses Salines en el extremo sur tiene aguas turquesa, salinas históricas con flamencos y la singularidad de ser parque natural protegido.

El atardecer: Sant Antoni y el Café del Mar

El final del día está en Sant Antoni de Portmany, a unos veinte minutos en coche desde el centro de Ibiza. Antes de llegar al West End —el barrio de los bares de borrachera que forma parte real de la fama nocturna de la isla— hay que conocer la otra cara de Sant Antoni: el paseo marítimo con las terrazas orientadas al oeste y, sobre todo, el Café del Mar.

El Café del Mar es uno de esos lugares que merecen ser visitados aunque uno no sea fan de la música que allí se creó. Abierto desde 1980, fue aquí donde nació la música chill-out: las selecciones de José Padilla de música ambient y downtempo para acompañar la contemplación del atardecer, grabadas en compilaciones que en los años noventa se convirtieron en referencia global. El atardecer desde las terrazas del Café del Mar —con el sol bajando directamente sobre el horizonte marino— es el espectáculo diario más popular de Ibiza entre quienes no van de fiesta, y tiene una calidad real que la cantidad de turistas que lo ven no logra arruinar del todo.

Llegar antes de que baje el sol. En temporada alta hay que llegar con más antelación todavía. En mayo o septiembre, el mismo atardecer con menos gente y más tranquilidad.

Día 2: la isla verde y el norte alternativo

El segundo día es para descubrir la Ibiza que no aparece en los folletos de las discotecas: la isla del norte con sus pueblos blancos, sus mercados de artesanía, sus calas de acceso difícil y una tradición hippie que lleva décadas y que sigue siendo parte real de la cultura de la isla, no una recreación para turistas.

La mañana: Santa Eulalia y el mercado de Las Dalias

Santa Eulalia del Río es la localidad más tranquila de las tres grandes de Ibiza: sin la historia cargada de la capital ni la fama nocturna de Sant Antoni, tiene en cambio el único río de las Baleares —diminuto, pero suficiente para reclamar el título— una iglesia del siglo XVI sobre un cerro visible desde el mar, y el ambiente más familiar y relajado de la isla. Es la Ibiza que podría ser cualquier pueblo costero mediterráneo, y eso, en el contexto de la isla, es precisamente su valor.

El mercado hippy de Las Dalias, en la carretera entre Santa Eulalia y Sant Carles, es la visita obligada del segundo día. Funciona los sábados durante todo el año y los lunes de verano, con artesanos de múltiples países vendiendo joyería artesanal, ropa de tejidos naturales, objetos de madera, especias, perfumes y todo lo imaginable en el ambiente de los mercados alternativos de los años setenta que le dio su carácter a Ibiza y que sigue siendo parte viva de su cultura. Es diferente a los mercados de artesanía genéricos: el nivel de la artesanía es alto, los artesanos llevan décadas vinculados al mercado, y el ambiente tiene una coherencia estética que no es fácil encontrar.

Es un mercado de sábado. Si el segundo día cae en sábado, Las Dalias es el plan de la mañana sin discusión. Si cae en otro día, el pueblo de Sant Carles de Peralta —en cuya carretera está el mercado— tiene su propia atmósfera de pueblo ibicenco interior que merece la visita aunque el mercado esté cerrado.

A mediodía: los pueblos blancos del interior

Los desplazamientos entre Las Dalias y el norte de la isla pasan por el interior rural ibicenco: los pueblos blancos con sus iglesias defensivas agrupadas alrededor del campanario, los campos de almendros e higueras, las carreteras bordeadas de muros de piedra seca. Sant Llorenç de Balàfia y Santa Agnès de Corona son los más fotogénicos: casas cúbicas encaladas, iglesias del siglo XVIII, paisajes de almendros en flor en enero y febrero que son una de las imágenes más hermosas de la isla fuera de temporada.

El almuerzo puede hacerse en uno de los restaurantes rurales del interior —Ca n'Alfredo en Santa Eulalia tiene la cocina ibicenca más reconocida de la isla, con la bullit de peix y el sofrit pagès como platos de referencia— o en uno de los chiringuitos de las calas del norte, donde la cocina es más sencilla pero el escenario lo compensa.

La tarde: Cala Benirràs y los percusionistas del domingo

Cala Benirràs, en el norte, es famosa por dos cosas: la silueta de la roca en el centro de la cala que recuerda un dedo apuntando al cielo, y las reuniones de percusionistas que los domingos al atardecer llevan décadas convocando a una mezcla de hippies veteranos, locales y turistas que saben. La tradición de los tambores en Cala Benirràs al atardecer del domingo es una de esas cosas que en Ibiza llevan tanto tiempo que ya forman parte del paisaje cultural de la isla, sin ser exactamente un espectáculo organizado para el turismo ni ser tampoco un ritual privado al que los visitantes no sean bienvenidos.

Si el segundo día es domingo, Cala Benirràs al atardecer es el plan de la tarde. Si no es domingo, la cala sigue siendo hermosa sin los tambores: una cala de guijarros entre acantilados con aguas tranquilas y ambiente menos turístico que las calas del oeste.

Más al norte, la Cova de Can Marçà —en Port de Sant Miquel— es una cueva marina accesible por escaleras excavadas en el propio acantilado, con estalactitas y estalagmitas de más de cien mil años. La entrada tiene dramatismo antes incluso de acceder al interior: las escaleras de hierro ascienden por la pared del acantilado con el mar azul al fondo.

La opción Formentera

Si el tiempo y el presupuesto lo permiten, una tarde en Formentera —a 30 minutos en ferry desde el puerto de Ibiza— es una de las mejores cosas que se pueden hacer desde la isla. Formentera es la hermana menor y plana: sin montañas, sin núcleos urbanos de tamaño, sin vida nocturna de ningún tipo. Solo playas de arena blanca y aguas turquesa de una intensidad que rivaliza con el Caribe, bicis de alquiler para moverse entre cala y cala, y una tranquilidad que contrasta radicalmente con todo lo que Ibiza representa. El último ferry de vuelta a Ibiza suele salir a última hora de la tarde; es una excursión que cabe en la tarde del segundo día si se sale antes del mediodía.

El dualismo ibicenco

Lo más interesante de Ibiza como destino no es ninguno de sus componentes por separado —ni la vida nocturna, ni el patrimonio histórico, ni las calas, ni la cultura alternativa— sino la coexistencia de todos ellos en una isla de apenas 572 kilómetros cuadrados. La misma isla que tiene el casco histórico medieval más completo del Mediterráneo occidental tiene también las discotecas más famosas del mundo. La misma isla que tiene mercados hippies que llevan décadas tiene playas de modelo turístico masivo. Esta coexistencia no es casual ni accidental: es el resultado de una historia específica de la isla que la hace genuinamente única en el contexto del turismo español.

Dos días permiten entender ese dualismo mejor que ninguna cantidad de lectura previa. La Ibiza que se encuentra no se parece a ninguna imagen preconcebida, lo cual, en el contexto del turismo contemporáneo, es ya una virtud considerable.

Lo práctico

Ibiza tiene aeropuerto con vuelos directos desde toda España y la mayor parte de Europa en temporada. El ferry de Balearia conecta con Barcelona y Valencia en el continente.

El coche es imprescindible para conocer la isla con libertad, especialmente para el segundo día en el norte y el interior. En agosto el tráfico puede ser considerable en las carreteras de las calas más populares. En temporada media —mayo-junio, septiembre-octubre— la isla tiene la misma belleza con una décima parte del tráfico y precios sensiblemente más bajos.

El mercado de Las Dalias solo funciona los sábados todo el año y los lunes de verano. Los tambores de Cala Benirràs son los domingos al atardecer. Planificar el segundo día en función de cuál de los dos coincide con la estancia.