
Un día en Ibiza: más allá de las discotecas
Dalt Vila y sus murallas renacentistas Patrimonio de la Humanidad, el puerto, la catedral gótica y el atardecer en el Café del Mar. La isla que nadie espera encontrar
Ibiza tiene probablemente el mayor abismo entre reputación y realidad de cualquier isla española. Su nombre evoca discotecas, turismo de lujo y fiestas que duran hasta el amanecer, y todo eso existe y es perfectamente real. Pero la isla tiene también un casco histórico medieval declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, una catedral gótica del siglo XIV levantada sobre la mezquita árabe, unas murallas renacentistas del siglo XVI que son el ejemplo más completo de arquitectura militar de ese período en el Mediterráneo occidental, y uno de los atardeceres más famosos del mundo. Con un solo día, hay tiempo para conocer la Ibiza que sus visitantes nocturnos nunca llegan a ver.
La mañana: Dalt Vila, las murallas y la catedral¶
La visita empieza por arriba. Dalt Vila —la ciudad alta, en catalán ibicenco— es el casco histórico de Ibiza: una colina completamente rodeada por murallas renacentistas del siglo XVI que encierran un laberinto de callejuelas empedradas, casas blancas con puertas de madera pintada y jardines privados con buganvillas sobre los muros. La diferencia con el resto de Ibiza —el puerto, la marina, el Sant Antoni de los bares de madrugada— es tan radical que cuesta creer que se trata de la misma isla.
Las murallas son lo primero que impresiona. Fueron construidas por el ingeniero italiano Giovanni Battista Calvi por orden del rey Felipe II para defender la isla de los piratas berberiscos, y su construcción se prolongó a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI. Lo que se conserva es extraordinariamente completo: los baluartes, los fosos, los bastiones con las cañoneras orientadas hacia el mar, las rampas de acceso para los carros de artillería. La UNESCO reconoció en 1999 la excepcionalidad del conjunto como el ejemplo más completo y mejor conservado de arquitectura militar renacentista del Mediterráneo occidental. No es un título menor.
La entrada a Dalt Vila se hace por el Portal de ses Taules, el acceso principal en el flanco este de la muralla, con sus dos columnas romanas flanqueando el arco. Desde aquí la cuesta empedrada sube por el interior del recinto hasta lo más alto de la colina, donde está la catedral. El recorrido merece hacerse despacio: cada callejuela tiene su propio carácter, las vistas sobre el puerto van apareciendo entre los edificios conforme se gana altura, y las casas tienen esa atmósfera de lugar habitado y al mismo tiempo fuera del tiempo que tienen muy pocos cascos históricos del Mediterráneo.
La Catedral de Santa María, en lo más alto de la colina, es gótica del siglo XIV y fue levantada sobre la antigua mezquita mayor de la medina árabe, con una nave única y una torre campanario que fue también atalaya de vigilancia del mar. Las vistas desde la explanada de la catedral —sobre el puerto, la bahía, la marina y el Mediterráneo al fondo— son las mejores que ofrece Ibiza. En días claros se ve la línea de Formentera en el horizonte y, hacia el suroeste, la silueta inconfundible de Es Vedrà.
El Museu Arqueològic d'Eivissa i Formentera, en el interior de Dalt Vila, tiene una colección de piezas fenicias y púnicas que merece una visita si la arqueología forma parte de los intereses del viaje. Los fenicios establecieron en Ibiza —la Ebusus cartaginesa— uno de sus primeros enclaves en el Mediterráneo occidental en el siglo VII a.C., y la necrópolis del Puig des Molins —a las afueras de Dalt Vila— tiene miles de enterramientos que son el yacimiento arqueológico más importante de las Baleares. La colección del museo hace entender la profundidad histórica de una isla que la mayoría de sus visitantes conocen por razones completamente distintas.
Al mediodía: el puerto y la marina¶
Bajando desde Dalt Vila hasta el puerto, la Ibiza que aparece es completamente diferente: yates de lujo en el puerto deportivo, terrazas de restaurantes con vistas al mar, la marina con sus tiendas y sus cafeterías. Es la Ibiza cosmopolita y de dinero que forma parte tan real de la identidad de la isla como Dalt Vila.
El almuerzo en el entorno del puerto tiene opciones para todos los presupuestos: desde los restaurantes de la marina con cartas de producto local —el pescado fresco del Mediterráneo, el pulpo a la plancha, el arroz de bogavante que en Ibiza se hace con una consistencia diferente a la del levante peninsular— hasta los bares del Mercado Viejo, cerca de la entrada de Dalt Vila, donde es posible comer de pie o en taburete con un presupuesto más razonable.
El pa amb oli ibicenco —similar al mallorquín pero con ligeras variaciones locales— con atún de almadraba o con el queso de oveja ibicenco es la opción más directamente local. Los bares del barrio de La Marina, en las calles entre el puerto y Dalt Vila, son los más auténticos para este tipo de comida.
La tarde: las playas del sur o el paseo¶
Con la tarde disponible en un día de visita, la disyuntiva es entre buscar playa o seguir explorando. Si la opción es playa, las más cercanas al centro de Ibiza son las de Talamanca —una bahía tranquila al norte del puerto, a diez minutos a pie desde la marina— y la de Ses Salines, en el extremo sur de la isla, con sus aguas turquesa y sus salinas históricas. Ses Salines está a unos quince minutos en coche desde el centro y tiene la singularidad de estar dentro de una reserva natural protegida con flamencos y garzas en las lagunas de evaporación.
Si la opción es seguir con el patrimonio, la necrópolis del Puig des Molins —a diez minutos a pie desde Dalt Vila— es la visita arqueológica más importante de la isla: un yacimiento funerario con tumbas fenicias, púnicas y romanas que muestra los tres mil años de historia ininterrumpida de Ibiza como encrucijada del Mediterráneo antiguo.
El atardecer: Café del Mar¶
El cierre del día en Ibiza tiene un lugar canónico y no es necesario fingir que no lo es: el Café del Mar en el paseo marítimo de Sant Antoni de Portmany, a unos veinte minutos en coche desde el centro de Ibiza.
El Café del Mar es, genuinamente, uno de los lugares más importantes de la cultura musical de las últimas décadas. Abierto desde 1980, fue aquí donde José Padilla creó y difundió lo que se conoce como música chill-out: selecciones de música ambient y downtempo diseñadas para acompañar la contemplación del atardecer, lentas y sin ritmo bailable, que Padilla grabó en compilaciones que en los años noventa se convirtieron en una referencia global de un género musical que nació aquí, en este bar, frente a este mar.
El atardecer desde el Café del Mar —con el sol bajando sobre el horizonte marino directamente enfrente, el cielo pasando del naranja al rojo antes de apagarse— es el espectáculo diario más popular de Ibiza entre los turistas que no van de fiesta. Puede sonar a cliché, y en cierta medida lo es, pero los clichés sobre atardeceres tienen casi siempre una base real. Este en particular tiene la escala apropiada: el Mediterráneo es ancho, el horizonte es limpio, y la luz de las tardes ibicencas tiene una calidad dorada que se entiende racionalmente pero no se transmite con palabras.
En temporada alta el Café del Mar está lleno y hay que llegar antes de que el sol empiece a bajar para conseguir sitio. En temporada media —mayo, junio, septiembre— es más fácil y la experiencia es más tranquila. El precio de las consumiciones refleja la fama del local; venir a ver el atardecer sin consumir nada es también una opción que nadie prohíbe.
La Ibiza que no es la de la fama¶
Un día en Ibiza suficiente para entender que la isla tiene al menos dos versiones completamente distintas que coexisten sin interferirse demasiado. Las discotecas están en determinadas zonas y determinadas horas; el resto de la isla y el resto del día es de una tranquilidad que sorprende a quienes llegan esperando el caos.
Dalt Vila, las murallas, la catedral, el puerto, el atardecer: es un día de Ibiza completamente diferente a lo que la reputación promete, y en muchos sentidos más rico. Las discotecas pueden esperar a otra visita, o no llegar nunca. La isla sobrevive perfectamente sin ellas para quienes saben buscar.
Lo práctico¶
Ibiza capital está a unos 7 kilómetros del aeropuerto; el taxi tarda unos diez minutos y hay también autobús de línea. Dalt Vila no tiene aparcamiento dentro del recinto; hay aparcamiento público en el exterior de las murallas.
La Catedral y el Museu Arqueológic tienen entrada de pago con horario acotado —es mejor consultar antes de ir, especialmente en temporada baja cuando los horarios se reducen—. El paseo por las murallas exteriores es gratuito y puede hacerse en cualquier momento.
Sant Antoni está a unos 15 kilómetros del centro de Ibiza; el autobús de línea conecta las dos poblaciones en unos 30 minutos. El Café del Mar tiene la atmósfera más genuina fuera de los meses de julio y agosto, cuando el ambiente tiene más de show turístico que de bar de barrio con vista al mar.