
Un día en Mallorca: lo esencial de Palma
La Seu, el Palau de l'Almudaina, La Lonja, el Born y el Mercat de l'Olivar. Cómo aprovechar al máximo 24 horas en la capital mediterránea más elegante de España
Hay ciudades que merecen semanas y las hay que pueden condensarse —nunca del todo, pero sí lo suficiente— en una jornada bien planificada. Palma de Mallorca pertenece a la primera categoría, pero tiene la virtud de ser también de las segundas: su casco histórico es compacto, sus monumentos están a distancia caminable unos de otros, y la lógica del recorrido fluye con una naturalidad que pocas ciudades mediterráneas pueden igualar. Si solo hay un día, hay que ir al centro y caminar.
Lo que no va a dar tiempo es todo. Eso hay que asumirlo desde el principio. Un día en Mallorca significa un día en Palma, y Palma sola puede ocupar una semana. Lo que sigue es la selección que maximiza la experiencia en el tiempo disponible: los lugares que no se pueden dejar y los que, en caso de aprieto de agenda, pueden dejarse para una próxima vez.
La mañana: La Seu y el Palau de l'Almudaina¶
El punto de partida es obligado y no tiene alternativa razonable: la Catedral de Santa María —La Seu— vista desde el Parc de la Mar. No desde dentro, al menos de primeras. El primer encuentro con La Seu debe ser exterior, desde el estanque del parque, con la fachada sur de la catedral reflejada en el agua y el Mediterráneo al fondo. Es una de las imágenes urbanas más poderosas de España, y no solo por la escala del edificio —que es considerable, con sus 44 metros de altura en la nave central— sino por la manera en que domina el frente marítimo sin aplastarlo: la catedral y el mar parecen diseñados para coexistir.
La Seu es gótica, iniciada en 1229 por Jaime I sobre el solar de la mezquita mayor de la Madina Mayurqa, y su construcción se prolongó durante más de tres siglos. Tiene una de las vidrieras circulares —el rosetón de la fachada sur— más grandes del mundo gótico, con más de 1.200 piezas de vidrio de color. Pero su particularidad más sorprendente para un visitante que no lo sabe es el interior: entre 1902 y 1914, Antoni Gaudí fue encargado de renovar el espacio litúrgico, y lo que hizo —un baldaquino de hierro forjado con lámparas de colores sobre el altar mayor, coronas de espinas de hierro rodeando las columnas— es inconfundiblemente suyo en medio del gótico circundante. Más recientemente, el pintor mallorquín Miquel Barceló añadió una intervención cerámica de gran formato en la Capella del Santíssim que genera tanto admiración como debate. La catedral, en resumen, no es un monumento estático: es un edificio que ha seguido acumulando capas hasta el siglo XXI.
Flanqueando la catedral por el oeste está el Palau de l'Almudaina, el antiguo alcázar real cuya historia sintetiza la historia de Mallorca mejor que ningún otro edificio. Fue primero palacio de los gobernadores islámicos de la isla —el nombre viene del árabe al-mudawwana, la ciudadela—, y después palacio gótico de los reyes de la Corona de Aragón que conquistaron Mallorca en 1229. La mezcla de elementos árabes originales con la reforma gótica posterior le da un carácter mestizo que es, en muchos sentidos, el símbolo más preciso de lo que Palma es históricamente: una ciudad construida sobre capas de culturas distintas que se superponen sin borrarse del todo. El patio árabe con su fuente, las salas medievales y los jardines que miran al mar hacen de este conjunto uno de los palacios más singulares de España.
Reservar un par de horas para catedral y palacio. Después, el barrio antiguo empieza justo detrás.
A pie por el casco histórico: de los patios a La Lonja¶
El casco histórico de Palma tiene una particularidad que lo distingue de otras ciudades medievales españolas: los patios. Detrás de las fachadas modestas —a veces incluso descuidadas— de las calles del barrio de la Calatrava y los alrededores del barrio de Sant Francesc, hay palacios con patios interiores de columnas, escalinatas y jardines de buganvillas y limoneros que son los espacios más hermosos de la ciudad. Las puertas suelen estar entreabiertas y la costumbre de asomarse a mirar está culturalmente aceptada; es uno de esos pequeños placeres gratuitos que nadie menciona en las guías pero que los que han estado en Palma recuerdan.
La Basílica de Sant Francesc merece una parada: su fachada de piedra arenisca ocre, con la gran rosa gótica sobre la portada barroca del siglo XVII, abre a una plaza tranquila que es uno de los rincones más serenos del casco histórico. En su interior reposa Ramon Llull, el filósofo y teólogo mallorquín del siglo XIII que escribió en catalán, árabe y latín y que es uno de los primeros escritores en lengua vernácula de la península ibérica.
Bajando hacia el mar, el recorrido llega al entorno de Sa Llotja, la lonja de los mercaderes de Palma, construida entre 1420 y 1452 por el arquitecto Guillem Sagrera. Sus cuatro torres cilíndricas en las esquinas, las ventanas ojivales con tracería flamígera y las columnas helicoidales que sostienen las bóvedas interiores hacen de Sa Llotja la obra cumbre del gótico civil mallorquín. Funciona hoy como sala de exposiciones de acceso generalmente libre, lo que permite entrar y ver el interior sin coste. Junto a ella, el Consolat de Mar del siglo XVII —hoy Presidencia del Govern Balear— forma con Sa Llotja uno de los conjuntos más fotogénicos del frente marítimo.
Este es el barrio de La Lonja, o la Llotja en catalán, que en los últimos años se ha convertido en el barrio más animado de Palma: restaurantes, bares de vermut, tiendas de diseño y cafeterías de especialidad llenan las calles entre Sa Llotja y el Passeig des Born. Es el lugar donde comer o tomar algo a media mañana antes de seguir.
Mediodía: el Passeig del Born y el Mercat de l'Olivar¶
El Passeig des Born es el bulevar central de Palma, un paseo arbolado de unos trescientos metros que conecta el barrio de Sa Llotja con el interior del casco. Es el espacio social más representativo de la Palma moderna: a ambos lados se alinean los edificios más elegantes de la burguesía palmesana del siglo XIX —el Casal Solleric, hoy centro de arte contemporáneo; los cafés con terraza; las tiendas de diseño— y el centro del paseo, con sus bancos y su arbolado, invita a detenerse sin que eso parezca una pérdida de tiempo.
La comida hay que hacerla en el Mercat de l'Olivar, el mercado cubierto más grande de Palma, inaugurado en 1951 con la estructura de hierro y vidrio propia de los mercados de la primera mitad del siglo XX. Es el lugar donde los palmesanos hacen la compra de verdad: pescado fresco del Mediterráneo, verduras de la huerta mallorquina, embutidos de la isla —la sobrasada para untar, el bisbe para cocinar—, quesos, y en los puestos de la parte de atrás, bares de tapas y platillos donde comer de pie o sentado en taburetes altos. El pa amb oli —pan de payés untado con tomate y aceite de oliva— con sobrasada o queso Mahón es la comida más mallorquina que existe, y en el Olivar se hace bien y sin pretensiones. Las ensaimadas recién horneadas, en los puestos de la entrada, son el postre o el desayuno que no hay que perderse.
La tarde: la Fundació Miró o Santa Catalina¶
Con la tarde por delante, el día plantea un dilema que no tiene respuesta única: la Fundació Pilar i Joan Miró o el barrio de Santa Catalina. Son cosas completamente distintas y la elección depende de los intereses de cada uno.
La Fundació Miró, en el barrio de Son Abrines, conserva el taller del pintor tal y como estaba cuando murió en 1983: los pinceles, las pinturas, los lienzos a medio terminar, los botes de colores sobre las mesas. No es solo un museo con obras de Miró —que también hay, y son importantes—, sino uno de los espacios más íntimos y reveladores que ofrece Palma: la posibilidad de entender cómo trabaja un artista desde los restos materiales de su trabajo. Miró vivió y trabajó en Palma desde 1956 hasta su muerte, y este taller no es una reconstrucción sino el lugar real. Merece dos horas tranquilas.
El barrio de Santa Catalina es otra opción completamente diferente: el barrio más cool de Palma, el que en los últimos años ha concentrado las aperturas de restaurantes, bares de vino natural, cafeterías de especialidad y tiendas de moda independiente que le han dado a la ciudad un perfil cosmopolita que no tiene nada que envidiar a los barrios equivalentes de Barcelona o Madrid. El Mercat de Santa Catalina, más pequeño que el Olivar pero más atmosférico, es el punto de referencia del barrio, y las calles de alrededor —especialmente a última hora de la tarde— tienen la energía de un barrio que vive para sí mismo antes que para el turismo. Es la Palma más contemporánea.
Una opción mixta razonable: Santa Catalina para tomar algo a media tarde, y el paseo de vuelta por el frente marítimo —el Passeig Sagrera, con sus palmeras y sus vistas a la bahía— antes del final del día.
La puesta de sol: Portixol o el Parc de la Mar¶
Para cerrar el día, hay dos lugares que tienen lógica según la hora disponible. Portixol, el antiguo barrio de pescadores a veinte minutos a pie del centro histórico, tiene un paseo marítimo a ras del agua con vistas a la catedral desde el mar: La Seu iluminada al fondo, el agua del puerto en primer plano, la luz del atardecer tiñendo la piedra de dorado. Es la imagen más cinematográfica de Palma y la menos conocida por el turismo rápido.
Si el tiempo apremia, el Parc de la Mar —justo bajo la catedral, donde empezó el día— tiene esa misma imagen en sentido inverso: La Seu reflejada en el estanque, con las farolas ya encendidas y la oscuridad cayendo sobre la bahía. Es uno de esos cierres circulares que los días bien estructurados permiten.
Lo práctico¶
Palma está a unos 8 kilómetros del aeropuerto y hay autobús de línea en 25 minutos por menos de 3 euros. El casco histórico es completamente peatonal para los turistas y se recorre bien a pie; la mayoría de los monumentos descritos están a menos de 20 minutos caminando entre sí.
La Seu tiene entrada de pago (unos 10 euros con acceso al museo diocesano), el Palau de l'Almudaina también cobra entrada, y la Fundació Miró está en el barrio de Son Abrines, a unos 20 minutos a pie del Born o en taxi de cinco minutos. El Mercat de l'Olivar no tiene entrada y cierra por la tarde; el horario de la parte de restauración se extiende hasta media tarde.
La temporada ideal para hacer este recorrido con tranquilidad —sin colas en la catedral, con espacio en los restaurantes, sin la presión del turismo de agosto— es mayo-junio o septiembre-octubre. Pero Palma en enero, con el frío húmedo del Mediterráneo y las terrazas casi vacías, tiene también su propio encanto: la ciudad se deja ver como es cuando no está de cara al público.