Saltar al contenido
Paisaje, localidad o monumento de Mallorca.

Destinos · España · Baleares

Mallorca en dos días: Palma y la Serra de Tramuntana

Un fin de semana bien aprovechado: la capital balear más elegante de España y la cadena montañosa Patrimonio de la Humanidad que nadie espera encontrar en una isla mediterránea

Lectura de 10 minutos

Dos días en Mallorca permiten algo que un día solo no puede: salir de Palma. Y salir de Palma en la dirección correcta —hacia el noroeste, hacia la Serra de Tramuntana— es descubrir que la isla tiene una identidad completamente distinta a la que su fama turística sugiere. El primer día construye la base en la capital. El segundo la amplía hacia la montaña, los pueblos de artistas y los valles de naranjos que nada tienen que ver con los resorts de la bahía de Palma.

Día 1: Palma de Mallorca

La mañana: La Seu, el Palau y el barrio antiguo

Empezar desde el Parc de la Mar, el jardín bajo la catedral, antes de que la ciudad despierte del todo. La imagen de La Seu —la Catedral de Santa María— reflejada en el estanque del parque con la bahía al fondo es una de las estampas urbanas más poderosas de España, y conviene tenerla para uno solo al menos unos minutos antes de que lleguen los grupos.

La visita a la catedral merece tiempo: es gótica del siglo XIII-XVI, construida sobre la antigua mezquita mayor, con una de las vidrieras circulares más grandes del mundo gótico en la fachada sur. Pero lo inesperado está dentro: Antoni Gaudí trabajó en el interior entre 1902 y 1914, instalando el baldaquino de hierro forjado sobre el altar mayor y las coronas de espinas que rodean las columnas. La huella de Gaudí en una catedral gótica mallorquina es uno de esos hallazgos que hacen que Palma sorprenda a quienes creen que ya saben lo que van a encontrar. Más reciente aún es la intervención cerámica de Miquel Barceló en la Capella del Santíssim: un revestimiento de terracota policromada del siglo XXI conviviendo con el gótico de los siglos XIV y XV.

El Palau de l'Almudaina, flanqueando la catedral por el oeste, es el siguiente paso obligado. Fue alcázar de los reyes árabes de Mallorca antes de convertirse en palacio gótico de los reyes de Aragón tras la conquista de 1229. El patio árabe con su fuente, las salas medievales y los jardines que miran al mar componen uno de los conjuntos palatinos más singulares de la península.

Desde el palacio, el barrio antiguo se despliega hacia el norte y el este: el laberinto de calles estrechas del entorno de Sant Francesc, donde las fachadas modestas esconden patios interiores con columnas, escalinatas y jardines de buganvillas que son el secreto mejor guardado de Palma. Las puertas suelen estar entreabiertas. Asomarse es culturalmente aceptable, casi esperado.

A mediodía: La Lonja y el Born

Bajando hacia el mar, el recorrido llega a Sa Llotja, la lonja gótica de los mercaderes palmesanos construida entre 1420 y 1452 por Guillem Sagrera: columnas helicoidales, torres cilíndricas en las esquinas, ventanas con tracería flamígera. Es la obra cumbre del gótico civil mallorquín y funciona hoy como sala de exposiciones de entrada generalmente libre. El barrio de La Lonja que la rodea es el más animado de Palma para comer: terrazas, bares de vermut, cocina mallorquina actualizada.

El almuerzo: en el Mercat de l'Olivar, el gran mercado cubierto de Palma inaugurado en 1951, con sus puestos de pescado fresco, embutidos mallorquines y bares de tapas donde el pa amb oli con sobrasada es la opción más honesta y más sabrosa. Las ensaimadas en los puestos de la entrada son el postre inevitable.

El Passeig des Born, el bulevar central que conecta Sa Llotja con el interior del casco, merece un paseo tranquilo después de comer: sus edificios burgueses del siglo XIX, los cafés con terraza y la escala humana del espacio hacen de él el corazón social de Palma.

La tarde: Santa Catalina o la Fundació Miró

La tarde admite dos opciones según el estado de ánimo. El barrio de Santa Catalina —el más contemporáneo de Palma, con cafeterías de especialidad, restaurantes de nueva cocina balear y el ambiente de un barrio que vive para sí mismo— es la opción para quienes prefieren callejear y probar. La Fundació Pilar i Joan Miró, en el barrio de Son Abrines, es la opción para quienes quieran ver el taller del pintor tal como estaba cuando murió en 1983: una visita íntima y reveladora sobre el proceso creativo de uno de los artistas más importantes del siglo XX.

Para cerrar el día: el paseo por el frente marítimo —el Passeig Sagrera con sus palmeras y las vistas a la bahía— hasta llegar al barrio de Portixol, donde las terrazas sobre el agua tienen las mejores vistas de La Seu iluminada al atardecer.

Día 2: La Serra de Tramuntana

Por la mañana: Valldemossa

La Serra de Tramuntana es la columna vertebral de Mallorca: noventa kilómetros de cadena montañosa que recorre la costa noroeste de la isla, con cumbres que superan los 1.400 metros, vertientes que caen al mar y un paisaje de olivos milenarios, encinas y pinares que no se parece en nada al imaginario playero con que muchos asocian la isla. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2011 como paisaje cultural. El segundo día hay que dedicarlo a ella.

La salida desde Palma por la carretera de Valldemossa —la MA-1110— ya empieza a cambiar el paisaje a los pocos kilómetros: los olivares centenarios aparecen en terrazas cultivadas desde época árabe, la carretera sube entre muros de piedra seca, y los primeros pueblos de montaña tienen una escala y una factura completamente distintas a la capital.

Valldemossa es la primera parada y la más cargada de historia cultural. La Real Cartuja —fundada en el siglo XIV, desamortizada en el XIX cuando sus celdas se convirtieron en alquiler para artistas— fue el escenario del invierno de 1838 que Frédéric Chopin y George Sand pasaron en la isla. Chopin llegó enfermo de tuberculosis y Mallorca no fue especialmente acogedora —el clima húmedo agravó su enfermedad, y Sand escribió Un Invierno en Mallorca, un libro de quejas sobre el atraso local—. Pero fue también en Valldemossa donde Chopin compuso algunos de sus preludios más delicados, y la celda donde vivieron —reconvertida en museo— tiene un piano de época, los manuscritos originales y los objetos personales que hacen tangible esa estancia romántica.

El pueblo en sí, con sus casas de piedra dorada y sus calles empedradas, representa la esencia más fotogénica de la arquitectura mallorquina. Las macetas de flores en los balcones, los geranios, la piedra ocre bajo la luz mediterránea: es una combinación que funciona igual en enero que en agosto, aunque en verano el número de visitantes puede resultar agotador. Llegar temprano ayuda.

A mediodía: Deià y el almuerzo con vistas

A pocos kilómetros de Valldemossa por la carretera de cornisa está Deià, y la diferencia entre los dos pueblos resume una cosa importante sobre la Tramuntana: la variedad humana que ha atraído a lo largo del siglo XX. Robert Graves —el poeta y novelista de Yo, Claudio— vivió en Deià desde 1929 hasta su muerte en 1985, y el pueblo conserva una atmósfera bohemia y cosmopolita que el paso de décadas y el turismo no han conseguido borrar del todo. El cementerio donde está enterrado Graves, con su lápida sencilla de piedra blanca sobre el promontorio, es uno de esos lugares que los lectores del autor encuentran sin buscarlos en el callejeo del pueblo.

La Cala de Deià —accesible por un sendero de unos veinte minutos desde el pueblo— es una cala de piedra entre acantilados donde el agua es fría y clara y no hay chiringuito. Es el tipo de lugar que en agosto requiere madrugar para encontrarlo solo y que en mayo o septiembre permite el silencio completo.

El almuerzo en Deià puede hacerse en uno de los restaurantes del pueblo con vistas a la costa —Ca l'Abat o el restaurante del hotel La Residencia son referencias clásicas, con precios altos pero acordes con el entorno— o con algo más sencillo comprado en el pequeño colmado del centro. Lo importante es comer con tiempo porque Sóller queda todavía por delante.

Por la tarde: Sóller y el Port de Sóller

Sóller es otro mundo dentro de la Tramuntana: si Valldemossa y Deià son pueblos de montaña con perfil artístico e histórico, Sóller es una ciudad —pequeña, pero ciudad— que vivió su propia prosperidad comercial en el siglo XIX gracias al comercio de cítricos con Francia y que lo dejó escrito en su arquitectura modernista. La plaza principal, con su iglesia de fachada neogótica y el Banco de Sóller de estilo art nouveau, tiene una elegancia que no esperarías encontrar en un pueblo de montaña mallorquín.

El tren histórico de Sóller —que desde 1912 conecta Palma con Sóller a través de túneles y viaductos— es una de las experiencias más características de Mallorca, aunque para quien llegue en coche al pueblo la perspectiva es a la inversa: ver la estación y el tren como parte del paisaje urbano de Sóller en lugar de utilizarlo como transporte. Si se puede ajustar el horario, coger el tranvía histórico desde Sóller hasta el puerto —veinte minutos, con el tranvía bajando entre naranjos y pinares— es uno de esos pequeños placeres que la isla regala sin mucho esfuerzo.

El Port de Sóller, enclavado en una bahía circular perfectamente protegida por las montañas, tiene la calidad de un lugar que parece diseñado para el final del día: el agua de la bahía refleja la luz de la tarde, los barcos de pesca y las embarcaciones de recreo comparten el puerto, y los restaurantes del paseo marítimo sirven pescado fresco con esa tranquilidad que tienen los puertos del Mediterráneo cuando no están masificados.

La vuelta y el balance

La carretera de vuelta a Palma desde Sóller puede hacerse por el túnel de pago —que acorta el recorrido a unos 30 minutos— o por la carretera histórica de montaña, que tarda más pero pasa por los miradores sobre el valle de Sóller con las mejores vistas de todo el día. Si hay luz todavía y no hay prisa, la carretera histórica.

Dos días en Mallorca dan para ver lo esencial de la isla sin agotarse. Lo que se queda fuera —el este, las cuevas del Drac, el interior, las calas del sur— son argumentos para volver. Mallorca es de esas islas que tienen siempre una excusa más.

Lo práctico

Para el segundo día es imprescindible el coche: la Serra de Tramuntana tiene autobús desde Palma hasta Valldemossa y Sóller, pero las frecuencias son escasas y hacen difícil visitar más de un pueblo por día. El coche de alquiler permite ajustar el ritmo a lo que el día pide.

La carretera de Valldemossa a Deià —la MA-10— es de montaña, estrecha en algunos tramos, con curvas cerradas y vistas hacia el mar en los miradores. La conducción requiere atención pero no es técnicamente difícil; el tráfico en temporada alta puede ser el mayor inconveniente.

Para la Fundació Miró o el interior de la Cartuja de Valldemossa conviene reservar entrada con antelación en temporada alta. El puerto de Sóller tiene aparcamiento relativamente fácil fuera de agosto.