
Mallorca en tres días: la isla completa
Palma, la Serra de Tramuntana y el interior mallorquín: tres días para entender por qué esta isla tiene más capas de lo que su fama turística deja ver
Tres días en Mallorca permiten hacer algo que muy pocos turistas hacen: salir del circuito de la costa y el resort, alquilar un coche y adentrarse en una isla que tiene la misma riqueza en los valles interiores que en las calas del litoral. El primer día establece la base en Palma, la capital mediterránea más elegante de España. El segundo se dedica a la Serra de Tramuntana, la cadena montañosa que es Patrimonio de la Humanidad y que muchos visitantes no llegan a ver porque están demasiado cómodos en la playa. El tercero se interna por los pueblos de la llanura central y llega hasta las cuevas y las calas del este. Tres días para ver la Mallorca que la isla tiene, no la que la industria turística vende.
Día 1: Palma de Mallorca¶
La mañana: catedral, palacio y barrio antiguo
Empezar desde el Parc de la Mar, el jardín bajo la catedral, a primera hora. La Seu —la Catedral de Santa María— reflejada en el estanque del parque con la bahía al fondo es la imagen más representativa de Palma, y conviene tenerla en silencio antes de que lleguen los grupos organizados. La catedral tiene varios siglos de historia acumulada: gótica desde 1229, con la intervención de Gaudí entre 1902 y 1914 —el baldaquino de hierro forjado sobre el altar mayor, las coronas de espinas alrededor de las columnas— y con la intervención cerámica de Miquel Barceló en la Capella del Santíssim como adición del siglo XXI. Es un edificio que no se detiene.
El Palau de l'Almudaina, flanqueando la catedral, fue primero alcázar árabe y luego palacio gótico de los reyes de Aragón: la historia de Mallorca en piedra, con el patio árabe y las salas medievales conviviendo sin contradicción aparente.
El barrio antiguo que empieza detrás de la catedral —las calles del entorno de Sant Francesc, la Calatrava, el Call— tiene sus mejores activos escondidos: los patios de los palacios mallorquines, accesibles por puertas que suelen estar entreabiertas. Son patios con columnas, escalinatas barrocas, jardines de buganvillas: el Palau Vivot, el Palau Solleric, el Can Olesa. No tienen cartel de museo porque no son museos; son casas que siguen vividas y que tienen una cultura de apertura al visitante que en pocas ciudades españolas sobrevive.
A mediodía: Sa Llotja, el Born y el Mercat de l'Olivar
La bajada hacia el mar lleva a Sa Llotja, el mejor edificio gótico civil de Mallorca, con sus columnas helicoidales y sus torres en las esquinas, hoy sala de exposiciones de entrada libre. El barrio de La Lonja que la rodea es el más animado de Palma para comer: terrazas, bares de vermut, cocina mallorquina actualizada con productos de la isla.
El almuerzo más representativo de Palma: el Mercat de l'Olivar, el mercado cubierto inaugurado en 1951, con sus puestos de pescado y embutidos mallorquines y sus bares de tapas donde el pa amb oli con sobrasada es la opción más honesta. Las ensaimadas recién horneadas en los puestos de la entrada son el postre que no puede saltarse.
El Passeig des Born —el bulevar central de Palma— vale un paseo después de comer antes de la tarde.
La tarde: la Fundació Miró o Santa Catalina
La tarde admite dos registros según la energía disponible. La Fundació Pilar i Joan Miró, en el barrio de Son Abrines, conserva el taller de Miró tal como estaba en 1983: pinceles, pinturas, lienzos a medio terminar. Una visita íntima sobre el proceso creativo de uno de los artistas más importantes del siglo XX, que vivió y trabajó en Palma durante casi treinta años.
El barrio de Santa Catalina es la alternativa más contemporánea: el barrio más cool de Palma, con cafeterías de especialidad, restaurantes de nueva cocina balear y el ambiente de un barrio que vive para sí mismo. El Mercat de Santa Catalina, más pequeño pero más atmosférico que el Olivar, es el punto de referencia.
Cerrar el día en Portixol —el barrio pesquero a veinte minutos a pie del centro— para ver La Seu iluminada desde el mar al atardecer.
Día 2: La Serra de Tramuntana¶
La mañana: Valldemossa y Deià
Salida temprana desde Palma hacia Valldemossa por la MA-1110. La Serra de Tramuntana es la columna vertebral de Mallorca: noventa kilómetros de montañas que recorren la costa noroeste, con cumbres sobre los 1.400 metros y vertientes que caen al mar. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2011. No se parece en nada a la imagen playera de la isla.
Valldemossa es la primera parada. La Real Cartuja es el escenario del invierno de 1838 en que Frédéric Chopin y George Sand pasaron en la isla: la celda donde vivieron tiene el piano de época, los manuscritos de los Preludios y los objetos personales que hacen tangible esa estancia. El pueblo, con sus casas de piedra dorada y sus calles empedradas, es el más fotogénico de la Tramuntana.
Deià es la siguiente parada, a pocos kilómetros por la carretera de cornisa. Robert Graves vivió aquí desde 1929 hasta 1985, y el pueblo conserva una atmósfera bohemia que el turismo no ha borrado del todo. La Cala de Deià —veinte minutos caminando desde el pueblo— es una cala de piedra entre acantilados donde el agua es fría y clara. Merece la caminata.
A mediodía: Sóller
El almuerzo en Sóller, el pueblo del valle de los naranjales. La arquitectura modernista de principios del siglo XX —consecuencia de la prosperidad que trajo el comercio de cítricos con Francia— le da un carácter distinto al de los otros pueblos de la Serra. La plaza con la iglesia neogótica y el Banco de Sóller art nouveau es uno de los espacios urbanos más elegantes de toda la isla.
La tarde: Port de Sóller y la carretera histórica
El tranvía histórico baja desde Sóller hasta el puerto en veinte minutos entre naranjos y pinares: es el tipo de experiencia lenta que el viaje en coche no permite y que merece hacerse aunque sea una ida y vuelta.
El Port de Sóller, en su bahía circular perfectamente cerrada por las montañas, es el mejor lugar de la Tramuntana para terminar la tarde: el agua refleja la luz, los restaurantes del paseo marítimo sirven pescado fresco, y el ambiente tiene la tranquilidad de un puerto mediterráneo fuera del circuito turístico masivo.
La vuelta a Palma puede hacerse por la carretera histórica —más lenta, con miradores sobre el valle— si todavía hay luz.
Día 3: el interior y el este de Mallorca¶
La mañana: Sineu y el mercado
El tercer día es para salir de la ruta trillada y adentrarse en la Mallorca que los turistas de resort nunca ven: la llanura central —el Pla— y los pueblos del interior.
Sineu es el primer destino, y hay que calcularlo para llegar el miércoles: el mercado de Sineu es el más antiguo de Mallorca, celebrado los miércoles desde la Edad Media en la misma plaza mayor donde aún se celebra. No es un mercado de artesanía para turistas; es el mercado donde los mallorquines compran verduras de temporada, embutidos, aves de corral y ropa de trabajo. La diferencia es palpable y es parte del atractivo. El pueblo tiene también la iglesia de Santa Maria, del siglo XIII, con las leonas de piedra en la escalinata que son el símbolo de Sineu.
Manacor es la siguiente parada: la segunda ciudad de Mallorca, conocida por dos cosas aparentemente incompatibles: las perlas artificiales —la industria artesanal de perlas cultivadas que desde el siglo XIX tiene en Majorica su marca más conocida— y ser la ciudad natal de Rafael Nadal. Las fábricas de perlas permiten la visita y tienen tienda; es un ejemplo de artesanía industrial mallorquina con más historia de la que parece.
A mediodía: las Coves del Drac
Las Coves del Drac, cerca de Porto Cristo, son las cuevas más visitadas de Mallorca y una de las visitas más espectaculares de las Baleares. Cuatro cámaras de gran tamaño con estalactitas y estalagmitas de millones de años, y en el interior el lago Martel —uno de los mayores lagos subterráneos del mundo con 117 metros de longitud— donde al final de la visita guiada se celebra un pequeño concierto de música clásica en barcos iluminados que navegan sobre el agua. El efecto es efectista pero genuinamente impresionante.
La visita a las cuevas lleva una hora y media con el concierto incluido; es mejor reservar con antelación porque las sesiones tienen aforo limitado. Porto Cristo, el pueblo al que pertenecen las cuevas, tiene una cala tranquila con puerto pesquero donde comer: los restaurantes del paseo marítimo sirven arroces y pescado fresco del Mediterráneo sin las pretensiones del turismo de Palma.
La tarde: Cala d'Or o las calas del sur
Con la tarde disponible, el este y el sur de Mallorca tienen algunas de las calas más hermosas de la isla. Cala d'Or es una de las más conocidas del sureste —con sus varias calas pequeñas, sus aguas de color turquesa y su urbanización de casas blancas entre pinos— y tiene la escala justa para no resultar masificada en temporada media. Cala Mondragó, dentro del Parque Natural de Mondragó, es la alternativa más virgen: sin infraestructura turística dentro del parque, con aguas de una transparencia excepcional.
La vuelta desde el este a Palma —por la autopista del este o por la carretera interior— es de unos 70-80 kilómetros, una hora sin prisa.
Por qué Mallorca tiene más capas de lo que parece¶
La trampa de Mallorca como destino turístico es doble: por un lado, los que no han ido la reducen a resort y playa. Por otro, los que han ido la reducen a Palma y la Tramuntana, que es más sofisticado pero sigue siendo parcial.
La Mallorca del interior —los pueblos del Pla, los santuarios de montaña, los viñedos de la DO Binissalem con la uva autóctona Manto Negro, los mercados de los miércoles en Sineu y los jueves en Inca— es una isla completamente diferente que convive con la isla de playa y la isla histórica sin que las tres versiones se molesten demasiado. El Santuari de Lluc, en plena Serra de Tramuntana, es un monasterio del siglo XIII con hospedería donde es posible pasar la noche rodeado de encinas a 500 metros de altura; el Santuari de Sant Salvador, sobre Felanitx, tiene vistas que abarcan la mitad sur de la isla desde los 509 metros; los vinos de Binissalem son tintos con cuerpo y frutas maduras que los restaurantes de Palma sirven como reivindicación de la viticultura insular.
Tres días permiten ver más de Mallorca que la mayoría de quienes pasan una semana en un resort. La isla tiene suficiente para muchas semanas más.
Lo práctico¶
El coche es imprescindible para los días 2 y 3. La carretera de la Tramuntana —la MA-10— es estrecha y sinuosa; requiere atención pero no es técnicamente difícil. En temporada alta hay restricciones de tráfico en algunos tramos de la Serra y es necesario consultar antes de salir.
Para las Coves del Drac conviene reservar en su web con antelación, especialmente en verano. La Fundació Miró requiere también reserva previa en temporada alta. El mercado de Sineu solo existe los miércoles.
La temporada ideal es mayo-junio o septiembre-octubre: el Mediterráneo está suficientemente cálido para bañarse, el turismo de playa ha disminuido y los precios son más razonables que en agosto.