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Estatua de niño sentado en el paseo marítimo de Santander

Destinos · España · Cantabria

Santander en 1 día: la Bahía, La Magdalena, el Sardinero y el Casco que sobrevivió al fuego

La capital cántabra que fue destruida en 1941 y se reconstruyó con otra cara: el paseo por la bahía, el palacio en el promontorio y la playa más elegante del norte

Lectura de 9 minutos

Santander tiene una historia de destrucción y reconstrucción que explica mejor que cualquier otra cosa su aspecto actual. El 15 de febrero de 1941, un viento sur de extraordinaria intensidad —el cierzo— se cruzó con un incendio que empezó en la zona del Cabildo Catedralicio y se extendió en pocas horas por todo el centro histórico de la ciudad. El resultado fue el mayor incendio ocurrido en España en el siglo XX: entre 400 y 500 edificios destruidos, unas 10.000 personas sin hogar, la Catedral dañada gravemente, el Ayuntamiento y buena parte del centro urbano en ruinas.

Lo que vemos hoy en gran parte del centro de Santander no es arquitectura histórica: es arquitectura de los años cuarenta y cincuenta, funcional y austera, construida rápidamente para dar cobijo a una ciudad que lo había perdido todo. Esta mezcla de pasado incompleto y reconstrucción de posguerra le da a Santander un carácter particular: una ciudad que convive con su propia discontinuidad histórica de una manera que ningún otro casco histórico español tiene.

Desde Bilbao, Santander está a unos 100 kilómetros por la A-8, poco más de una hora. Es el destino más cercano del norte que tiene un carácter completamente diferente al del País Vasco: la Cantabria que empieza donde acaba el Señorío tiene sus propios códigos, su propia gastronomía y su propia identidad, aunque el Cantábrico sea el mismo.

La Bahía de Santander y el Paseo Pereda

El primer gesto del día en Santander es caminar por el Paseo Pereda, el paseo marítimo que bordea la bahía por el lado urbano. La bahía de Santander —más exactamente, la ensenada que forma la entrada de la ría entre la ciudad y la península de La Magdalena al norte— tiene una calma que el Cantábrico abierto no tiene: está protegida de los vientos del noroeste y en los días despejados tiene una luz suave que en el norte no es frecuente.

El Paseo Pereda conecta el puerto de ferrys —desde donde salen los barcos a Plymouth y Portsmouth que hacen de Santander la primera puerta de España para los viajeros británicos, lo cual no es anecdótico sino explicativo de muchas cosas de la ciudad— con el centro y con los embarcaderos de las lanchas que cruzan la bahía hacia los pueblos de la orilla opuesta. La estación marítima de Las Reginas, los jardines del Jardín de Pereda y el edificio de la Correos son los hitos del paseo en el lado del centro.

La bahía tiene una dinámica de transporte local que merece una mención: las lanchas que cruzan de Santander a Pedreña, a Somo y a Mogro son parte del sistema de transporte público de la ciudad, y hacer uno de esos trayectos —especialmente el de Somo, donde hay una excelente playa en la orilla opuesta— es una manera de ver Santander desde el agua que ningún mirador terrestre puede sustituir.

El Mercado de la Esperanza

A pocos minutos del Paseo Pereda, el Mercado de la Esperanza es el corazón gastronómico de Santander. El edificio de hierro y cristal del siglo XIX —uno de los pocos que sobrevivió al incendio de 1941, aunque fue afectado— tiene en su interior el mercado de abastos que los santanderinos llevan frecuentando desde siempre.

La planta baja de pescado y marisco es la razón principal de la visita. El marisco cántabro —las almejas de Pedreña, los percebes del Cantábrico, las nécoras y los centollos, los langostinos de Santoña— tiene la calidad que le corresponde a una región costera con aguas frías y ricas. El bocarte —la anchoa fresca, que en Cantabria es la materia prima de las anchoas de Santoña, las mejores del mundo según los entendidos— se vende aquí a precios que en el interior de España duplicarían. Una cata en el mercado antes de empezar el día es una de las mejores introducciones a la gastronomía cántabra.

Las anchoas de Santoña merecen un párrafo propio. El pueblo de Santoña, a 40 kilómetros al este de Santander, produce las anchoas en salazón que muchos consideran las mejores del mundo: el proceso artesanal de salazón, maduración y prensado que transforma el bocarte fresco en las anchoas que en el mercado de la Esperanza pueden comprarse en lata o en aceite. Una lata de buenas anchoas de Santoña es uno de los mejores regalos gastronómicos que puede traerse de Cantabria.

El Casco Antiguo y la Catedral

El Casco Antiguo de Santander es la parte más compleja de entender, precisamente por el incendio. Lo que existía antes de 1941 —un casco histórico medieval con calles estrechas y edificios de los siglos XVII y XVIII— quedó parcialmente destruido y fue reconstruido en las décadas siguientes con la arquitectura de la época: bloques de viviendas funcionales, calles ensanchadas, la regularidad racionalista de la posguerra.

Lo que sí sobrevivió —aunque gravemente dañada— fue la Catedral de Santa María de la Asunción. La Catedral tiene dos partes que corresponden a dos momentos históricos distintos: la parte superior, gótica del siglo XIV, que es la nave principal del templo; y la parte inferior, llamada Catedral del Cristo, que es en realidad la iglesia románica anterior, del siglo XII, que quedó como cripta cuando se construyó la nave superior. La superposición de los dos templos —uno dentro del otro, uno encima del otro— es arquitectónicamente fascinante y visualmente impactante.

La Catedral fue restaurada después del incendio de 1941 y las marcas de esa restauración se ven en los materiales y en algunos detalles del interior. Lo que no puede restaurarse es la continuidad histórica del barrio que la rodeaba, que el incendio borró en una noche.

El Ayuntamiento de Santander, reconstruido en los años cincuenta, preside la Plaza del Ayuntamiento, el espacio central del casco reconstruido. La arquitectura del Ayuntamiento es representativa de su época: sólida, institucional, sin el ornamento del eclecticismo decimonónico que caracterizaba al edificio anterior.

La Península de La Magdalena y el Palacio

El argumento visual más poderoso de Santander es el Palacio de La Magdalena, la residencia veraniega que la ciudad regaló al rey Alfonso XIII y a la reina Victoria Eugenia en 1913 y donde la familia real española pasó sus veranos hasta la proclamación de la República en 1931.

El Palacio está construido en el extremo de la Península de La Magdalena, el promontorio que cierra la bahía de Santander por el norte y que hoy es parque público. El edificio —diseñado por Javier González Riancho y Gonzalo Bringas en un estilo que mezcla elementos del cottage inglés con referencias regionales cántabras— está en una posición privilegiada: con el mar a tres lados, vistas sobre la bahía al sur, sobre el Cantábrico abierto al norte y sobre las playas de El Sardinero al este.

El Palacio de La Magdalena es hoy sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que celebra aquí cada verano sus cursos de formación para postgraduados. Cuando no hay eventos, el parque y el exterior del palacio son de acceso libre, y el paseo por la península —bordeando la costa rocosa, con las focas y los pingüinos del zoo pequeño que hay en los jardines— es uno de los mejores que puede darse en Santander.

La perspectiva desde la punta de la Magdalena sobre la bahía, con la ciudad al fondo y el Puerto Chico en primer plano, es la mejor postal de Santander: la ciudad que se construyó alrededor del agua, con el palacio de veraneo señalando el límite entre la bahía tranquila y el Cantábrico abierto.

La Playa del Sardinero

Al otro lado de la Península de La Magdalena, orientada al noreste, está la Playa del Sardinero: la playa aristocrática de Santander, la que desde finales del siglo XIX convirtió a la ciudad en destino de veraneo de la alta burguesía española y de la familia real.

El Sardinero tiene una arquitectura de veraneo que todavía hoy define el carácter del barrio: los chalets y las villas de estilo ecléctico del fin del siglo XIX, las residencias de verano que las familias pudientes de Madrid, Bilbao y Santander construyeron en las décadas doradas del turismo de playa aristocrático. El Gran Casino del Sardinero —inaugurado en 1916, reformado en diversas ocasiones— sigue siendo el edificio más característico del barrio, con su fachada belle époque que mira a la playa desde el paseo.

La playa del Sardinero en sí es amplia, bien cuidada y orientada de manera que recibe el oleaje del Cantábrico sin el abrigo de la bahía. En los días de temporal tiene la misma grandiosidad que cualquier playa del norte expuesta al noroeste; en los días de buen tiempo tiene la elegancia de los espacios que fueron diseñados para el ocio de calidad.

Información práctica

Desde Bilbao: La A-8 hasta Santander son unos 100 kilómetros, aproximadamente una hora. El tren de RENFE también tiene servicio directo, aunque más lento que el coche. El bus ALSA tiene frecuencias regulares.

Palacio de La Magdalena: El parque está abierto todo el año de forma gratuita. Las visitas guiadas al interior del palacio requieren reserva previa y tienen un coste reducido. En verano, cuando hay cursos de la UIMP, el acceso al interior puede ser limitado.

Mercado de la Esperanza: Abre de lunes a sábado por la mañana, con el mayor surtido de pescado entre las 8 y las 12. Los sábados es cuando más actividad tiene.

Catedral: Abre todos los días en horario de visitas (consultar la web, ya que varía por temporada). La entrada es libre, aunque se agradece una donación.

Gastronomía cántabra: Más allá de las anchoas, Cantabria tiene una cocina de producto excelente. El cocido montañés (con berza y alubias, diferente al cocido madrileño) es el plato de invierno más representativo. El sobaos pasiegos y las quesadas son los postres regionales que en cualquier confitería santanderina se encuentran frescos y buenos. El queso de nata y el queso de Cantabria son los lácteos locales de referencia.

Una nota sobre la ciudad: Santander tiene fama de ser una ciudad discreta y poco espectacular en comparación con sus vecinas. Hay algo de verdad en eso —no tiene la arquitectura histórica de Burgos, ni la monumentalidad natural de San Sebastián ni la energía urbana de Bilbao— pero tiene una calidad de vida y una relación con la bahía y con el Cantábrico que se revela caminando despacio, sin exigir demasiado. Es la ciudad del norte que más recompensa al viajero que no tiene prisa.