
Sevilla en dos días: el itinerario esencial
Cómo organizar 48 horas en la capital andaluza sin perderse lo imprescindible y sin matarse a caminar
Dos días en Sevilla son insuficientes y suficientes al mismo tiempo. Insuficientes porque la ciudad tiene más capas de las que cuarenta y ocho horas permiten explorar, y suficientes porque los monumentos y barrios que hacen a Sevilla extraordinaria están agrupados en un radio que se camina sin dificultad. Con una planificación razonable —que incluya reservar las entradas a los Reales Alcázares con antelación, lo que en temporada alta significa varias semanas— dos días permiten ver lo esencial sin la sensación de que se está corriendo de un sitio a otro.
Lo que hay que saber antes de empezar: Sevilla tiene el verano más caluroso de Europa occidental. En julio y agosto las temperaturas superan regularmente los cuarenta grados, y los horarios de visita tienen que adaptarse a esa realidad: mañanas tempranas hasta las once, refugio entre las doce y las cinco, tardes y noches. En primavera y otoño —que son las mejores estaciones para visitar la ciudad— el problema es menor, pero el sol de Sevilla hay que tomarlo en serio a cualquier hora.
Día 1: El centro monumental y Santa Cruz¶
Mañana: la Catedral y la Giralda
Empieza en la Catedral a primera hora —abre a las diez y media o antes en algunas épocas del año, consulta el horario actualizado—, antes de que lleguen los grupos organizados. La Catedral de Sevilla es el edificio gótico más grande del mundo —en volumen, no en superficie— y la tercera iglesia del mundo por dimensiones después de San Pedro en Roma y San Pablo en Londres. Sus proporciones desafían la habituación: se sabe que es muy grande, pero la primera vez que se entra y se mira hacia arriba hacia las bóvedas de treinta metros de altura es inevitable que se produzca esa respuesta física ante la escala monumental.
El sepulcro de Cristóbal Colón, en la nave sur, es uno de los monumentos funerarios más barrocos y más complejos de España: cuatro figuras alegóricas que representan los cuatro reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra sostienen el ataúd sobre sus hombros, en un gesto de procesión fúnebre petrificado que resulta extraordinariamente teatral. Independientemente de si los restos que hay dentro son realmente de Colón —debate científico e histórico que lleva décadas sin resolverse—, el monumento es excepcional.
La Giralda —el antiguo minarete almohade del siglo XII convertido en campanario cristiano en el siglo XVI— se sube por una rampa de treinta y cinco tramos que sustituyó a las escaleras para permitir que el almuédano subiera a lomos de un caballo a llamar a la oración. La rampa tiene la pendiente que permite llegar arriba sin dificultad pero con tiempo: son noventa y seis metros de ascenso. Las vistas desde arriba son las mejores de Sevilla: el Alcázar a los pies, el río hacia el sur, los tejados del barrio de Santa Cruz, la Torre del Oro y el Guadalquivir.
Media mañana: los Reales Alcázares
Desde la Catedral, cruzar a los Reales Alcázares es cuestión de metros. La entrada reservada con antelación es la diferencia entre hacer cola una hora y entrar directamente. Los Alcázares merecen al menos dos horas: las del Palacio Mudéjar de Pedro I —el palacio de 1364 con sus azulejos y sus yesería de influencia nazarí que son la mejor arquitectura andalusí del siglo XIV fuera de Granada—, los jardines que se extienden durante hectáreas detrás del palacio, y el Patio de las Doncellas o el Salón de los Embajadores para quien quiera fijar en la memoria una imagen específica de Sevilla.
Los jardines de los Alcázares, con sus naranjos, sus fuentes, sus pabellones y sus laberintos de boj, son los más frondosos y más frescos de Sevilla en los días de calor. La geometría del jardín renacentista convive con elementos medievales y con el laberinto romántico del siglo XIX en una mezcla que tiene más coherencia de la que parece cuando se camina por él.
Mediodía: el barrio de Santa Cruz
El barrio de Santa Cruz —la antigua judería de Sevilla, convertida en el barrio más pintoresco y más turístico de la ciudad— es mejor recorrerlo en las horas de menor afluencia, que en verano son las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde. A mediodía, las callejuelas estrechas y los patios con naranjos y azulejos son ya un circuito turístico que funciona sin pausa, pero tienen su mérito si se está dispuesto a compartirlo.
Los patios —las "casas de vecinos" con sus corrales interiores floridos que son la forma de vida más específicamente sevillana— son el secreto de Santa Cruz que los turistas más atentos descubren: muchos patios son de acceso libre porque forman parte de la vida de vecinos que viven alrededor. El Concurso de Patios de Sevilla, en mayo, es el momento en que los patios están más engalanados y más accesibles.
Come algo en Santa Cruz antes de la tarde, pero no en los restaurantes de las calles más turísticas. El objetivo es encontrar la barra: los bares de tapas de Sevilla tienen una tradición de tapa con la consumición que en algunas barras todavía funciona, y la calidad de la cocina sevillana informal —los boquerones fritos, las papas aliñás, el jamón de bellota cortado al momento, el cazón en adobo— es perfectamente disfrutable en un bar sin pretensiones.
Tarde: la Plaza de España y el Parque de María Luisa
La Plaza de España, construida para la Exposición Iberoamericana de 1929, es uno de los espacios arquitectónicos más teatrales de España: un semicírculo de ladrillo con azulejos y cerámica de más de doscientos metros de diámetro, con un canal bordeado de puentes de cerámica azul y los bancos de cada provincia española decorados con mosaicos de sus escenas históricas más representativas. Es barroco en el sentido más amplio —exceso de decoración, teatralidad de las proporciones, voluntad de impresionar—, pero funciona.
La tarde en la Plaza de España y el Parque de María Luisa, cuando el calor baja y la luz es más dorada, es la versión más fotogénica de la Sevilla monumental.
Noche: Triana
Cruza el río al barrio de Triana para la noche. El Puente de Isabel II —el puente de hierro de 1852 que es el más antiguo de Sevilla— lleva directamente a la Calle Betis, la calle del paseo marítimo de Triana que mira hacia la ciudad desde el otro lado del Guadalquivir. Los bares de la Calle Betis y las callejuelas del interior de Triana —la Calle San Jacinto, la Plaza del Altozano— tienen una vida nocturna menos turística que la de Santa Cruz y una identidad de barrio que se percibe desde la primera copa.
El pescaíto frito de los bares de Triana —gambas, acedías, boquerones, pijotas— es la mejor cena de inicio en Sevilla.
Día 2: Triana, el Arenal y la Macarena¶
Mañana: el mercado de Triana y la Torre del Oro
Empieza en el Mercado de Triana a primera hora —antes de las once, cuando el mercado está en plena actividad—. El mercado, instalado en las ruinas del castillo de San Jorge donde tuvo su sede la Inquisición sevillana, tiene pescaderías, carnicerías y puestos de frutas con la producción del entorno de Sevilla: aceitunas gordales, naranjas amargas, pimientos del piquillo, gambas de Sanlúcar. Los bares de la planta alta del mercado tienen desayunos y media mañana con los productos del mercado mismo.
Desde Triana, cruza el río hacia el barrio del Arenal y la Torre del Oro. La Torre del Oro —el torreón almohade del siglo XIII construido para defender el paso del río— tiene ahora un pequeño museo de náutica que no es su atractivo principal: lo que merece la parada es la vista de la torre desde el paseo fluvial, que es la imagen más reproducida de Sevilla junto con la Giralda. El paseo del Guadalquivir, por las mañanas con los rowers entrenando en el río y los paseantes con sus perros, es la versión más doméstica de la ciudad.
Media mañana: el Museo de Bellas Artes
El Museo de Bellas Artes de Sevilla, en el antiguo convento de la Merced Calzada, tiene la segunda colección de pintura española después del Prado —en número de obras de ciertos períodos, como el barroco sevillano del siglo XVII—. El convento de pintura que era Sevilla en el siglo XVII —Velázquez, Murillo, Zurbarán, Valdés Leal— está mejor representado aquí que en ningún otro lugar del mundo, y la Sala X con la cúpula decorada con trompe l'oeil y las Inmaculadas de Murillo es uno de los espacios museísticos más hermosos de España.
La colección no requiere más de hora y media si se hace una selección razonada: la sala de primitivos flamencos, la sala de Zurbarán con sus monjes blancos, las Inmaculadas y los niños de Murillo, el Valdés Leal apocalíptico. El resto puede esperar a visitas futuras.
Tarde: el barrio de la Macarena
El barrio de la Macarena —al norte del casco histórico, fuera del circuito turístico más transitado— tiene las murallas almohades mejor conservadas de Sevilla: un tramo de más de trescientos metros de la muralla del siglo XII con sus torres cuadradas y sus almenas que da al parque de la Macarena y que es visible desde la calle sin necesidad de pagar entrada. La Basílica de la Macarena, donde se venera la Virgen más famosa de la Semana Santa de Sevilla —la Esperanza Macarena, cuyo rostro lloroso es reproducido en millones de postales—, es de visita libre.
El Metropol Parasol —las "setas" del diseño de Jürgen Mayer inauguradas en 2011 en la Plaza de la Encarnación— es el edificio contemporáneo más discutido de Sevilla: una estructura de madera laminada y hormigón de seis módulos parasol de los que emerge un mirador y bajo los que hay un mercado y las ruinas romanas del yacimiento excavado durante la construcción. La polémica sobre si "encaja" con la Sevilla histórica no ha impedido que se convierta en uno de los espacios más fotografiados de la ciudad.
Noche: de tapas en el centro
La última noche en Sevilla merece un recorrido de tapas sin plan previo: salir del hotel y seguir el ruido de los bares, pedirse lo que tenga buena pinta en la barra, moverse al siguiente. El fino —el vino de jerez de manzanilla seco y frío que los sevillanos beben todo el año— es la bebida que acompaña mejor a las tapas sevillanas. Una copa de fino, unas papas aliñás y el ruido de la conversación sevillana es la forma más honesta de despedirse de la ciudad.
Información práctica¶
Reservas: Los Reales Alcázares son el único espacio que requiere reserva previa obligatoria, especialmente en Semana Santa y los meses de primavera y otoño. La Catedral también se puede reservar online. El Museo de Bellas Artes es de entrada gratuita para ciudadanos de la UE.
Transporte: Sevilla es una ciudad perfectamente caminable. El centro histórico está concentrado y las distancias entre los monumentos principales no superan los quince minutos a pie. El tranvía circula por la Avenida de la Constitución y es útil para distancias largas. Los taxis son abundantes y económicos.
Alojamiento: Los barrios más convenientes para estar a pie de los monumentos son Santa Cruz, el Centro y el Arenal. Triana, al otro lado del río, tiene opciones más tranquilas y a precios ligeramente inferiores, con el único inconveniente de cruzar el río.
Cuándo ir: Primavera y otoño son ideales. La Semana Santa y la Feria de Abril —en abril o principios de mayo— son los eventos más importantes de la ciudad, pero multiplican los precios y la afluencia. Mayo y octubre son excelentes para visitar: buen tiempo, menos turistas y precios más razonables.