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Un edificio de Triana con las balconadas cubiertas de macetas y plantas colgantes, bajo un cielo nuboso

Destinos · España · Sevilla

Sevilla en 3 días: la ciudad y la excursión que la completa

Tres jornadas para los monumentos esenciales, los barrios con carácter y un día en Córdoba o Cádiz

Lectura de 15 minutos

Tres días en Sevilla cambian la naturaleza del viaje. Con dos días se ve la ciudad en su versión más concentrada —los monumentos del centro, los barrios, el río—; con tres días se puede hacer lo que Sevilla permite mejor que casi ninguna otra ciudad española: salir a explorar el entorno. Córdoba está a cuarenta y cinco minutos en AVE. Cádiz está a hora y veinte. Las dos ciudades son excursiones de un día que añaden al viaje una dimensión que Sevilla sola no puede dar —la Mezquita-Catedral más extraordinaria del Islam occidental, o la ciudad más antigua de Europa con el Atlántico a los pies—.

El tercer día es la excursión. Los dos primeros cubren Sevilla de la misma manera que el itinerario de dos días, pero con un ritmo más abierto: sin la sensación de que hay que correr porque la ciudad no va a caber en el tiempo disponible.

Día 1: El centro monumental y Santa Cruz

Mañana: la Catedral y la Giralda

El primer día empieza antes de las diez en la Catedral de Sevilla, con la entrada reservada online y llegando antes de que los grupos organizados tomen el control de los pasillos. La Catedral es el edificio gótico más grande del mundo —en volumen interior— y la impresión que produce al entrar es física: la escala desproporcionada entre las naves de cuarenta metros de altura y la dimensión humana de quien entra no tiene equivalente en España, y tiene muy pocos en Europa. El retablo mayor —veinte metros de madera tallada y oro, con cuarenta y cuatro tablas con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, la obra de carpintería religiosa más grande del mundo— detiene a quien lo ve con la atención que merece.

El sepulcro de Cristóbal Colón, en la nave sur, tiene cuatro figuras alegóricas que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra sosteniendo el ataúd en procesión fúnebre petrificada: es barroco, teatral y completamente sevillano, independientemente del debate sin resolución sobre si los restos que contiene son auténticos.

El Patio de los Naranjos —el antiguo patio de abluciones de la mezquita almohade sobre la que se construyó la Catedral— da una pausa vegetal entre la visita al interior y la subida a la Giralda. El minarete del siglo XII, convertido en campanario cristiano en el siglo XVI con la adición de los veinte metros superiores que le dan su silueta reconocible, se sube por una rampa de treinta y cinco tramos —construida para que el muecín subiera a caballo— que tiene las vistas de la ciudad ampliándose a cada nivel. Las vistas desde la cima —los tejados de Santa Cruz a los pies, el Alcázar, el Guadalquivir con la Torre del Oro, las llanuras del Aljarafe en el horizonte— son las más completas de Sevilla.

La visita completa a la Catedral y la Giralda requiere entre hora y media y dos horas con calma.

Media mañana: los Reales Alcázares

Los Reales Alcázares, a cincuenta metros de la Catedral, requieren reserva online con días o semanas de antelación en temporada alta. Sin ella, la cola puede costar una hora; con ella, la entrada es directa. El palacio real habitado más antiguo de Europa —la familia real española lo utiliza aún en sus visitas a Sevilla— tiene en el Palacio Mudéjar del rey Pedro I la arquitectura andalusí más extraordinaria del siglo XIV fuera de la Alhambra. Los artesanos que Pedro I contrató llegaron de Granada y de Toledo, y los mocárabes, las celosías y los frisos de azulejos que construyeron tienen la misma calidad y la misma intención que el palacio nazarí, con la diferencia de que aquí el cliente era cristiano y los elementos góticos y renacentistas conviven con los islámicos sin ninguna contradicción visible.

El Salón de los Embajadores —con su cúpula semiesférica de madera dorada construida entre 1420 y 1427, considerada la obra maestra de la carpintería mudéjar española— es el espacio más extraordinario del palacio. La luz que entra por las ventanas y rebota en el oro de la madera hace que el espacio parezca arder.

Los jardines de los Alcázares —naranjos, fuentes, estanques, cipreses y el laberinto de boj— son los más frescos y más frondosos del centro de Sevilla. En los días de calor son el mejor refugio de la ciudad.

Mediodía: el barrio de Santa Cruz

El barrio de Santa Cruz —la antigua judería de Sevilla— es mejor recorrerlo entre visitas o a mediodía, cuando la afluencia es máxima pero el barrio sigue teniendo su encanto en sus calles más estrechas y en los patios que se ven desde la calle. La Plaza de Doña Elvira y la Plaza de Santa Cruz con sus fuentes y sus naranjos son los puntos más fotogénicos. El almuerzo puede ser en cualquier barra de la zona, eligiendo los bares con carta en español en lugar de en tres idiomas.

Tarde: la Plaza de España y el Parque de María Luisa

La tarde pertenece a la Plaza de España. Construida en 1929 para la Exposición Iberoamericana, el semicírculo de ladrillo con azulejos de doscientos metros de diámetro, su canal bordeado de puentes de cerámica y los cuarenta y ocho bancos de cada provincia española con sus mosaicos históricos componen el espacio arquitectónico más teatral de Sevilla. La franja entre las cinco y las siete de la tarde —cuando el sol baja y la luz es dorada— es la más fotogénica.

El Parque de María Luisa que rodea la plaza tiene palmeras, glorietas de cerámica y estanques que son el paseo más agradable del sur de Sevilla.

Noche: Triana

El primer día termina en Triana, cruzando el Puente de Isabel II hacia la Calle Betis. Los bares de Triana tienen una vida nocturna menos turística que la de Santa Cruz y una identidad de barrio que se percibe desde la primera copa. El pescaíto frito —gambas, acedías, boquerones, pijotas con la textura que solo la fritura sevillana produce— y el vino de manzanilla frío son la cena de inicio.

Día 2: Triana, el Arenal y la Macarena

Mañana: el Mercado de Triana y la Torre del Oro

El segundo día empieza en Triana a primera hora, en el Mercado de Triana antes de las once. El mercado, instalado en las ruinas del castillo de San Jorge donde tuvo su sede la Inquisición sevillana, tiene pescaderías, carnicerías y puestos de fruta con la producción del entorno: aceitunas gordales, naranjas amargas, gambas de Sanlúcar. Los bares de la planta superior sirven desayunos con los productos del mercado.

Desde Triana, cruzar el río hacia el barrio del Arenal lleva a la Torre del Oro —el torreón almohade del siglo XIII construido para defender el paso del Guadalquivir—, cuya vista desde el paseo fluvial es la imagen más reproducida de Sevilla junto con la Giralda. El paseo del Guadalquivir por las mañanas —con rowers en el río y paseantes con perros— es la versión más doméstica de la ciudad.

Media mañana: el Museo de Bellas Artes

El Museo de Bellas Artes de Sevilla, en el antiguo convento de la Merced Calzada, tiene la segunda colección de pintura española después del Prado en lo que se refiere al barroco sevillano del siglo XVII. Sevilla fue en el siglo XVII el epicentro del naturalismo español: Velázquez, Murillo y Zurbarán se formaron o trabajaron aquí, y la colección del museo los representa mejor que cualquier otro espacio del mundo. La Sala X —con su cúpula de trompe l'oeil y las Inmaculadas de Murillo— es uno de los espacios museísticos más hermosos de España. La entrada es gratuita para ciudadanos de la UE.

Tarde: el barrio de la Macarena

El barrio de la Macarena está al norte del casco histórico, fuera del circuito más transitado, y tiene la Sevilla que los turistas que se quedan en Santa Cruz no ven. El tramo de murallas almohades del siglo XII —más de trescientos metros con torres cuadradas y almenas visibles desde la calle— es el recinto amurallado mejor conservado de la ciudad. La Basílica de la Macarena, donde se venera la Virgen más célebre de la Semana Santa de Sevilla —la Esperanza Macarena, cuyo rostro lloroso aparece en millones de reproducciones—, tiene entrada libre y un museo del tesoro con los mantos de bordado en oro y los pasos procesionales que explican por qué la Semana Santa sevillana es lo que es.

El Metropol Parasol —las "setas" de la Plaza de la Encarnación, diseñadas por Jürgen Mayer e inauguradas en 2011— es el edificio contemporáneo más discutido y más fotografiado de Sevilla: una estructura de madera laminada de seis módulos parasol con mirador en lo alto y yacimiento arqueológico romano en la planta inferior.

Noche: de tapas en el centro

La noche del segundo día merece un recorrido de tapas sin plan fijo: seguir el ruido de los bares, pedir lo que tenga buena pinta en la barra, moverse al siguiente. El fino o la manzanilla fría —el vino de Jerez que los sevillanos beben todo el año— es la bebida correcta. Una copa, unas papas aliñás y el ruido de la conversación sevillana son la mejor preparación para el día de excursión que viene.

Día 3: La excursión — Córdoba o Cádiz

Opción 1: Córdoba

Córdoba está a ciento cuarenta kilómetros al noreste de Sevilla, a cuarenta y cinco minutos en el AVE desde la estación de Santa Justa. La ciudad que fue capital del califato omeya en el siglo X —cuando era la ciudad más grande de Europa occidental, con un millón de habitantes en su área metropolitana— conserva en un kilómetro cuadrado de casco histórico la concentración de arquitectura hispanomusulmana más extraordinaria del mundo.

La Mezquita-Catedral de Córdoba es el edificio que justifica el viaje por sí solo. El bosque de ochocientas cuarenta y cuatro columnas de jaspe, mármol y granito con sus arcos bicolores de ladrillo rojo y piedra blanca —construido en varias etapas entre el siglo VIII y el siglo X sobre la basílica visigoda de San Vicente— tiene una escala y una belleza que no prepara ninguna descripción anterior. En el centro de ese espacio, los reyes castellanos del siglo XVI insertaron una catedral gótica de tamaño considerable: el resultado es el único edificio del mundo donde una catedral está literalmente rodeada por una mezquita, con sus bóvedas barrocas emergiendo sobre el techo del bosque de columnas. La polémica sobre si la catedral "destruyó" la mezquita —que el propio Carlos V expresó cuando vio el resultado— no impide que el conjunto sea uno de los monumentos más fascinantes de Europa.

La visita requiere al menos dos horas para recorrer el interior con atención: el mihrab del siglo X —la hornacina orientada a La Meca con su decoración de mosaicos que el califa Al-Hakam II encargó a artesanos llegados de Bizancio—, la nave central de la catedral con su coro barroco, y los tramos del siglo VIII que son los más antiguos y los más sobrios.

La Judería de Córdoba —el barrio judío medieval que rodea la Mezquita— tiene la Sinagoga del siglo XIV, una de las tres sinagogas medievales conservadas en España, y las calles estrechas con sus patios floridos que en mayo, durante el Concurso de los Patios, se convierten en la exhibición floral más extraordinaria de España. Los patios cordobeses —con sus azulejos, sus macetas de geranios y sus fuentes de mármol— son Patrimonio de la Humanidad.

El Alcázar de los Reyes Cristianos —la fortaleza que los reyes castellanos construyeron en el siglo XIV sobre el antiguo palacio califal y que fue sede de la Inquisición durante casi tres siglos— tiene jardines con fuentes y estanques y los mosaicos romanos más importantes de Córdoba en sus salas.

Para quien quiera añadir una dimensión arqueológica, Medina Azahara —la ciudad palacial que el califa Abderramán III construyó entre 936 y 940 a ocho kilómetros de Córdoba, y que fue destruida cincuenta años después— está siendo excavada y restaurada desde hace décadas. El yacimiento —con sus terrazas, sus patios y los restos del Salón Rico, el salón de recepciones del califa— da una idea de la escala y el lujo del califato en su apogeo. El acceso es en autobús desde el centro de Córdoba (lanzadera desde el Alcázar).

El regreso a Sevilla en AVE permite estar de vuelta a las ocho o nueve de la tarde con tiempo para la noche.

Opción 2: Cádiz

Cádiz está a ciento veinte kilómetros al suroeste de Sevilla, a una hora y veinte minutos en tren desde Santa Justa. Fundada por los fenicios en torno al año 1100 a.C., es la ciudad continuamente habitada más antigua de Europa occidental —tres mil años de historia en una península de roca caliza rodeada por el Atlántico por tres de sus cuatro costados—. La luz de Cádiz es diferente a la de cualquier ciudad española: el Atlántico abierto en el horizonte, el viento del suroeste y la cal blanca de las fachadas producen una luminosidad que los pintores del siglo XIX describían como la más parecida a la luz de Nápoles.

La Catedral Nueva de Cádiz —construida entre 1722 y 1838, con su cúpula amarilla de azulejos que es el símbolo de la ciudad— domina el extremo sur de la península desde el paseo de la Victoria. La cripta tiene los restos del compositor Manuel de Falla, gaditano ilustre. La torre de la Catedral Vieja de Santa Cruz, junto a la nueva, tiene las mejores vistas de la ciudad desde arriba.

El Barrio del Pópulo —el núcleo original de la ciudad medieval, encerrado entre sus murallas del siglo XIII— es el casco más antiguo de Cádiz: calles medievales, arcos de entrada, las ruinas del teatro romano visible bajo los edificios. El Mercado Central de Abastos a primera hora de la mañana —con sus atunes, sus langostinos, sus pargos y sus doradas del Atlántico— es la mejor versión de Cádiz en uso.

Las playas de Cádiz son un atractivo que ninguna ciudad del interior puede ofrecer. La playa de La Caleta —la playa pequeña y protegida entre los dos castillos del centro, donde nadan los gaditanos desde siempre— y la playa de La Victoria —los cuatro kilómetros de arena atlántica al sur del casco histórico— son dos experiencias completamente diferentes: la primera es el mar Mediterráneo en términos de escala y temperatura, la segunda es el Atlántico abierto con olas y viento que recuerda que Portugal está a cien kilómetros al norte.

El Castillo de Santa Catalina y el Castillo de San Sebastián —las dos fortalezas del siglo XVI en los extremos de La Caleta— flanquean la playa histórica. El castillo de San Sebastián, en su islote unido a tierra por una calzada, tiene las vistas más amplias de la costa.

La Torre Tavira —la más alta de las ciento veintiséis torres vigías que los comerciantes gaditanos construyeron en el siglo XVIII para ver llegar sus barcos desde el Nuevo Mundo— tiene una cámara oscura que proyecta en tiempo real las imágenes de la ciudad sobre una pantalla cóncava en su interior: es una de las instalaciones ópticas más antiguas en uso de España y una experiencia que los niños y los adultos disfrutan en igual medida.

La gastronomía gaditana —con el atún de almadraba, el langostino de Sanlúcar, las tortillitas de camarones fritas en aceite de oliva y el pescaíto frito de los bares del mercado— es la mejor cocina marinera de Andalucía y uno de los mejores argumentos para visitar Cádiz.

El regreso a Sevilla en tren permite llegar a las ocho o nueve de la noche con tiempo para la última noche en la ciudad.

Información práctica

Reservas: Los Reales Alcázares (alcazarsevilla.org) requieren reserva con días o semanas de antelación en temporada alta. La Catedral de Sevilla (catedraldesevilla.es) puede reservarse online. La Mezquita de Córdoba (mezquita-catedraldecordoba.es) también puede reservarse; en julio y agosto las colas sin reserva son largas.

Tren a Córdoba: El AVE desde la estación de Santa Justa tarda cuarenta y cinco minutos. Hay salidas frecuentes a lo largo del día. Los billetes conviene comprarlos con antelación en Renfe para evitar sobreprecio de última hora. El regreso de última hora permite una jornada completa en Córdoba.

Tren a Cádiz: El tren de larga distancia desde Santa Justa tarda entre una hora y veinte minutos y una hora y media según el servicio. Hay salidas desde primera hora de la mañana. El billete de ida y vuelta cuesta alrededor de veinticinco euros con compra anticipada.

Córdoba vs. Cádiz: Córdoba para quien quiere la arquitectura más extraordinaria del Al-Ándalus y un día de historia concentrada; Cádiz para quien quiere la luz del Atlántico, la ciudad más antigua de Europa y la mejor cocina marinera de Andalucía. Las dos justifican el viaje; si hay que elegir, Córdoba es el complemento más obvio de Sevilla por la coherencia histórica.

Calor en verano: En julio y agosto tanto Córdoba como Sevilla superan regularmente los cuarenta grados. La excursión a Cádiz —con la brisa atlántica— es la opción más razonable en los meses de mayor calor; el Atlántico modera las temperaturas diez o doce grados respecto al interior.

Distribución de los días: Si el viaje incluye Semana Santa o Feria de Abril, el tercer día de excursión es más recomendable aún: la afluencia en Sevilla durante esos días multiplica el ruido y los precios, y salir de la ciudad por un día es una válvula de escape que muchos viajeros no consideran y que casi todos agradecen.


¿Cuatro días en Sevilla? Un cuarto día permite hacer la segunda excursión del tercer día —quien haya ido a Córdoba puede ir a Cádiz y viceversa— o explorar el Aljarafe, la comarca de colinas y pueblos blancos al oeste de Sevilla donde Sanlúcar de Barrameda, Jerez de la Frontera y el Parque Nacional de Doñana esperan en menos de una hora de coche.