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Qué ver en Nueva York: los imprescindibles de la Gran Manzana
Una ciudad que no se agota nunca, aunque uno empiece por lo esencial
Nueva York es la ciudad que todo el mundo conoce antes de llegar. La hemos visto miles de veces en el cine, en las series, en las noticias. Times Square, el Empire State, Central Park, la Estatua de la Libertad, el puente de Brooklyn: el catálogo mental de Nueva York es tan completo que la primera visita puede tener algo de reconocimiento más que de descubrimiento. Y sin embargo, la ciudad siempre supera lo que se esperaba de ella. La escala es diferente en persona. La energía no se transmite en pantalla. Y los mejores momentos son siempre los que no estaban en el plan.
Esta guía organiza lo imprescindible sin pretender abarcar todo, porque abarcar todo en Nueva York es una aspiración razonable para quien viva allí y no para quien visite. Hay que elegir, y hay que dejar tiempo para perderse.
Manhattan: la isla que lo contiene todo¶
Times Square y Midtown
Times Square es la foto más reproducida de Nueva York y también, a menudo, la experiencia más sobrevalorada si uno llega esperando autenticidad. La plaza, o más bien el cruce de calles Broadway y Séptima Avenida entre las calles 42 y 47, es un espectáculo de pantallas gigantes, vendedores de tours, personajes disfrazados de superhéroes y turistas con la cámara en alto. De noche, cuando las pantallas LED iluminan la niebla o la lluvia, tiene una cualidad hipnótica genuina. De día, en temporada alta, es una multitud que avanza despacio.
Las gradas rojas del TKTS Booth, diseñadas en 2008, son el mirador gratuito de la plaza: desde allí arriba se domina el cruce desde una perspectiva diferente, y en la planta baja se pueden comprar entradas para espectáculos de Broadway con descuentos de entre el veinte y el cincuenta por ciento. Broadway es uno de los grandes argumentos de Nueva York para quien disfruta del teatro musical: la cartelera tiene siempre una docena de producciones de primera línea en cualquier época del año.
A pocos minutos caminando están dos de los mejores edificios de Midtown. El Chrysler Building (1930) es para muchos el rascacielos más elegante de Nueva York: su cúpula de acero inoxidable en forma de rayos del sol, los gárgolas en forma de águila de Plymouth en los pisos superiores y el vestíbulo art déco —abierto a visitas gratuitas— con sus murales de techo que representan el transporte y la energía humana forman uno de los interiores más hermosos de la ciudad. El Grand Central Terminal (1913) es el otro. Su gran sala central, con el techo abovedado azul-verde decorado con constelaciones, el reloj de cuatro caras sobre el puesto de información y la luz que entra por las ventanas altas, es uno de esos espacios que resultan más grandes y más hermosos de lo que las fotos sugieren. Los trenes salen y llegan, los neoyorquinos cruzan apresuradamente, los turistas levantan la cabeza: es la sala más cinematográfica de la ciudad, y con razón ha aparecido en decenas de películas.
Central Park
Central Park no es solo un parque: es el espacio que hace habitable Manhattan. El rectángulo verde de cuatro kilómetros de largo y ochocientos metros de ancho que Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux diseñaron entre 1858 y 1876 fue el primer parque público diseñado de los Estados Unidos, y sigue siendo uno de los más estudiados e imitados del mundo. Tiene 341 hectáreas, más de cuarenta puentes y arcos, siete estanques y lagos, treinta kilómetros de senderos y una biodiversidad de aves que hace que los ornitólogos lo frecuenten en las migraciones de primavera y otoño.
Los hitos del parque que no pueden faltar: el Bow Bridge, el puente de hierro fundido sobre el Lake que aparece en tantas películas románticas ambientadas en Nueva York; la Fuente de Bethesda, con su ángel alado que ha sido escenario cinematográfico incontable; el Castillo de Belvedere, desde cuyo mirador se domina una de las mejores vistas del parque; y el área de Strawberry Fields, el memorial a John Lennon frente al edificio Dakota donde fue asesinado en 1980 y donde los fans dejan flores en el mosaico con la palabra "Imagine".
Central Park a primera hora de la mañana, con los corredores y ciclistas de siempre, es una de las experiencias más auténticamente neoyorquinas que existe.
El High Line
El High Line es un parque elevado construido sobre una línea de ferrocarril en desuso de 1934 que atravesaba los almacenes del Meatpacking District y Chelsea. Cerrada en 1980 y abandonada durante décadas, la línea fue rescatada por dos activistas de los barrios afectados, que en 1999 crearon la organización que convirtió las vías oxidadas en uno de los parques más innovadores del mundo. Inaugurado en 2009, el High Line tiene 2,3 kilómetros de longitud, once escaleras de acceso y una cubierta vegetal diseñada por la paisajista Piet Oudolf que incluye más de doscientas especies de plantas, muchas de ellas las mismas plantas silvestres que colonizaron los raíles durante el abandono.
Lo que hace especial el High Line, más allá de la experiencia del paseo, es la perspectiva que ofrece de la ciudad: Manhattan a la altura de los tejados de los edificios bajos, con vistas de la calle que desde el suelo son imposibles, y al fondo el río Hudson y Nueva Jersey. La arquitectura que lo rodea, con el Hudson Yards y sus torres de diseño reciente por un lado, y los edificios industriales reconvertidos de Chelsea por el otro, es una síntesis de la transformación urbana de Nueva York en los últimos veinte años.
El Empire State Building
El Empire State Building (1931) comparte con el Chrysler la condición de icono del art déco neoyorquino, y tiene la ventaja —que el Chrysler no tiene— de tener un observatorio abierto al público. Construido en trece meses durante la Gran Depresión en una carrera por tener el edificio más alto del mundo, alcanza los 443 metros hasta la antena original y tiene 102 plantas.
El observatorio del piso 86 ofrece la mejor vista panorámica de Manhattan desde una posición central: se ve el Downtown al sur, con el One World Trade Center al fondo; el Midtown alrededor; y hacia el norte, el rectángulo verde de Central Park con el Uptown y el Bronx más allá. En un día despejado, la visibilidad puede alcanzar los 130 kilómetros. El Empire State tiene también un observatorio en la planta 102, la cima del edificio, que añade perspectiva pero resta la magia del nivel 86 con su terraza exterior al aire libre.
El acceso puede implicar colas importantes en temporada alta. Conviene comprar las entradas con antelación y elegir la visita al atardecer, cuando la transición del día a la noche convierte Manhattan en una ciudad de luces.
Lower Manhattan y el memorial del 11-S
El sur de Manhattan concentra los orígenes históricos de la ciudad y los acontecimientos más recientes que la han marcado. Wall Street, donde los colonos holandeses construyeron el muro que dio nombre a la calle en el siglo XVII, es hoy el corazón financiero del mundo: la fachada neoclásica de la Bolsa de Nueva York, el Federal Hall donde George Washington prestó juramento como primer presidente en 1789, y el Bowling Green, el parque más antiguo de Manhattan con el Toro de Bronce —el Charging Bull de Arturo Di Modica, instalado ilegalmente en 1989 y luego tolerado como símbolo del "espíritu del capitalismo americano"— son los hitos del área.
El Memorial del 11-S ocupa el lugar exacto donde estaban las Torres Gemelas. Las dos piscinas cuadradas con cascadas que caen hacia un vacío central, cuyos bordes de bronce llevan grabados los nombres de las 2.983 víctimas, son uno de los memoriales más efectivos del mundo: la metáfora del vacío, de algo que estuvo y ya no está, es perfecta en su sencillez. El museo subterráneo conserva fragmentos estructurales de las torres, testimonios y documentos que reconstruyen el 11 de septiembre y sus consecuencias.
A pocos metros, el Oculus de Santiago Calatrava —la estación de transporte inaugurada en 2016, con sus costillas blancas de acero que se elevan sobre una claraboya central— es uno de los edificios más llamativos de la ciudad, que divide a los arquitectos y urbanistas neoyorquinos pero que impresiona a todos.
Brooklyn Bridge y DUMBO
Cruzar el puente de Brooklyn a pie es una de las experiencias más memorables que ofrece Nueva York. El puente, inaugurado en 1883 y obra maestra de ingeniería victoriana de John Augustus Roebling, tiene un paseo peatonal y ciclista elevado por encima del tráfico que ofrece vistas de 360 grados: el skyline de Manhattan hacia el oeste, la bahía de Nueva York hacia el sur, y los barrios de Brooklyn hacia el este. Las torres de piedra de estilo neogótico con sus arcos ojivales son de las estructuras más fotografiadas de la ciudad.
Al llegar al lado de Brooklyn, el barrio de DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass) ofrece la postal más icónica de la ciudad: en la intersección de Washington Street con Water Street, el arco del puente de Manhattan enmarca perfectamente el Empire State Building al fondo. La foto existe en millones de cámaras. Hacerla en persona y constatar que efectivamente funciona tan bien como en todas las fotos es uno de esos momentos de confirmación que los viajeros frecuentes reconocen con una sonrisa.
El Brooklyn Bridge Park, que se extiende a lo largo de la orilla del East River, tiene los mejores miradores del skyline de Manhattan. Al atardecer, cuando las luces de los rascacielos empiezan a encenderse sobre el río, es uno de los paisajes urbanos más impresionantes del planeta.
Los museos¶
Nueva York tiene una concentración de museos de primer nivel que pocas ciudades del mundo pueden igualar. El dilema no es encontrar un buen museo sino elegir entre demasiados.
El Metropolitan Museum of Art —el Met— es el más grande y completo: más de dos millones de obras que van desde el antiguo Egipto hasta el siglo XXI, incluyendo colecciones extraordinarias de arte europeo, arte asiático, arte americano y arte islámico. Es imposible verlo todo en una sola visita; la estrategia más satisfactoria es elegir dos o tres colecciones y dedicarles tiempo de verdad en lugar de correr por las salas.
El MoMA (Museum of Modern Art) tiene la colección de arte moderno más reconocible del mundo: La noche estrellada de Van Gogh, Las señoritas de Avignon de Picasso, Warhol, Pollock, Rothko. Su tamaño es más manejable que el Met y el recorrido cronológico permite entender la evolución del arte moderno con fluidez. La cafetería y la tienda son también de primer nivel.
El Museo Americano de Historia Natural es para todos los públicos: sus dioramas de fauna en hábitats naturales —creados a principios del siglo XX con una precisión y un detalle que los hacen más impresionantes que muchos documentales modernos— y la sección de dinosaurios, con el esqueleto de Barosaurus en el vestíbulo de entrada, son suficientes para justificar la visita. La entrada tiene un precio "sugerido" que técnicamente se puede pagar de forma parcial, aunque contribuir con el precio completo es lo que mantiene funcionando el museo.
El Guggenheim de Frank Lloyd Wright —un caracol de cemento en la Quinta Avenida cuyo interior espiral es tan interesante como las obras que exhibe— y el Whitney Museum of American Art en el Meatpacking District completan el circuito de los grandes museos. El Whitney tiene la colección de arte americano del siglo XX más importante del mundo, con Edward Hopper, Georgia O'Keeffe y la generación del expresionismo abstracto como puntos fuertes.
Barrios para perderse¶
Más allá de los circuitos turísticos, los barrios son donde se encuentra la verdad de Nueva York.
Greenwich Village y West Village tienen la escala y el carácter de un pueblo europeo transplantado a Manhattan: calles que no siguen la cuadrícula, edificios de ladrillo de cuatro pisos, árboles centenarios, el parque de Washington Square con su arco neoclásico y su mezcla constante de estudiantes de la NYU, músicos y jugadores de ajedrez. El Stonewall Inn en Christopher Street, donde en 1969 se produjeron los disturbios que dieron inicio al movimiento moderno de derechos LGBTQ+, es un monumento nacional con la historia más importante y más reciente de este barrio.
Williamsburg, en Brooklyn, es el barrio que mejor representa la transformación que ha vivido la ciudad en los últimos veinte años: de zona industrial y obrera a epicentro de la cultura hipster, con cafeterías de especialidad, tiendas vintage, galerías de arte y los murales del Bushwick Collective que han convertido las paredes del barrio vecino en uno de los mejores museos de arte urbano al aire libre del mundo.
El Bronx no aparece en muchas guías de turismo. La parte norte, donde hay un tranvía de metro elevado que da vistas únicas de los barrios, es pacífica y residencial. El Yankee Stadium es la meca del béisbol americano en su versión más imperial. Y los murales del sur del Bronx —cerca de la estación de Simpson Street, por ejemplo— son algunos de los más auténticos y expresivos de la ciudad, arte comunitario de primera generación surgido de la misma cultura hip-hop que nació en estos barrios en los años setenta.
Consejos prácticos¶
El metro de Nueva York es la forma más eficiente de moverse: llega a todos los barrios, funciona las veinticuatro horas y, aunque tiene su caos, con el mapa claro es perfectamente navegable. Las tarjetas OMNY permiten pagar sin el proceso de carga previa de la MetroCard. Evitar las horas punta —de 7:30 a 9:30 y de 17:00 a 19:00 en días laborables— hace la experiencia significativamente más cómoda.
Para ver la Estatua de la Libertad hay que reservar el ferry con meses de antelación en temporada alta. Si no se consigue entrada, el ferry gratuito a Staten Island ofrece vistas cercanas de la estatua sin coste.
Nueva York es cara, pero tiene muchísimas opciones gratuitas: los parques, el puente de Brooklyn, el High Line, el ferry de Staten Island, y la mayoría de los miradores desde Brooklyn. Elegir bien dónde gastar hace posible disfrutar de la ciudad con cualquier presupuesto.