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El torreón de la Gorda Margarita, en Tallin

Destinos · Estonia

Historia de Estonia: de las cruzadas del norte a la revolución cantada

De las cruzadas del norte a la revolución cantada de 1988: la historia que explica cada piedra del casco antiguo.

Lectura de 10 minutos

Estonia es un país de poco más de un millón trescientos mil habitantes que ha pasado ochocientos años siendo gobernado por otros. Daneses, alemanes, suecos, polacos y rusos se repartieron el territorio en distintos momentos, y la independencia real, sumando las dos veces que la ha tenido, no llega a los sesenta años.

Y sin embargo aquí hay una identidad cultural extraordinariamente sólida, una lengua que no se parece a la de ninguno de sus vecinos y una historia reciente que incluye una de las revoluciones más singulares del siglo XX: una que se hizo cantando.

Este artículo recorre esa historia por etapas, y cada una termina indicando qué se puede ver hoy sobre el terreno.

Antes de todo: una lengua distinta

Conviene empezar por aquí porque explica muchas cosas. El estonio no es una lengua indoeuropea. No tiene relación con el letón ni con el lituano, ni con el ruso, ni con el alemán ni con el sueco.

Pertenece a la familia fino-úgrica, y sus parientes son el finés —con el que tiene un parecido considerable— y, mucho más lejos, el húngaro. Esa diferencia lingüística ha sido durante siglos el principal muro identitario frente a todos los poderes que gobernaron el territorio.

Las cruzadas del norte y la conquista

Los estonios paganos

Hasta el siglo XIII, el territorio estaba habitado por tribus bálticas fino-úgricas organizadas en condados, sin Estado unificado y con una religión propia de carácter animista.

La conquista danesa y alemana

A partir de 1200, y bajo la etiqueta de cruzada, las órdenes militares alemanas y el reino de Dinamarca conquistaron el territorio en una campaña que duró décadas.

Los daneses tomaron el norte en 1219 y fundaron la ciudad que hoy es Tallin. El propio nombre lo recuerda: hay quien lo interpreta como Taani linn, la ciudad danesa. Durante siglos, en alemán y en el resto de Europa, la ciudad se llamó Reval.

Al sur se estableció la Orden Livonia, rama de la Orden Teutónica, y el conjunto del territorio pasó a formar la Livonia medieval, gobernada por una élite germano-báltica que se mantendría en el poder, con distintos amos por encima, durante casi setecientos años.

La Liga Hanseática

Tallin se integró en la Liga Hanseática y prosperó enormemente como puerto entre Rusia y Europa occidental. De esa época viene todo lo que hoy se ve en el casco antiguo: las casas de comerciantes con poleas de carga en los aleros, los edificios de los gremios, las murallas y el ayuntamiento gótico.

Es también entonces cuando se consolida la separación entre la ciudad baja, la de los comerciantes, y la ciudad alta de Toompea, la del poder político y religioso, cada una con sus murallas y sus normas.

Qué visitar hoy: todo el casco antiguo de Tallin, declarado Patrimonio de la Humanidad; la calle Pikk y sus edificios gremiales; la Gorda Margarita y el tramo de murallas del norte; la farmacia del ayuntamiento, documentada desde 1422. La ruta de un día por Tallin recorre todo esto en orden.

Suecos, rusos y siervos

Los buenos viejos tiempos suecos

Tras la desintegración del Estado livonio en el siglo XVI, el territorio pasó a manos suecas. El periodo, que se extendió desde 1561 hasta principios del siglo XVIII, se recuerda en Estonia con una expresión llamativa: los buenos viejos tiempos suecos.

No era exactamente un paraíso, pero la administración sueca introdujo mejoras en la educación, limitó algunos abusos de la nobleza y fundó la Universidad de Tartu en 1632, que sigue siendo la principal del país.

El Imperio Ruso

La Gran Guerra del Norte cambió el mapa. Rusia derrotó a Suecia y el territorio pasó al Imperio Ruso, situación que se prolongaría hasta 1918.

Pedro el Grande mandó construir en Tallin el palacio de Kadriorg a partir de 1718, dedicado a su esposa Catalina, y ese conjunto es hoy uno de los espacios más agradables de la ciudad.

Bajo dominio ruso, sin embargo, quien seguía mandando en la práctica era la nobleza germano-báltica, y la población estonia continuó en régimen de servidumbre hasta principios del siglo XIX.

Qué visitar hoy: el palacio y el parque de Kadriorg en Tallin, con su jardín de flores y su jardín japonés; la catedral luterana de Santa María en Toompea, con sus escudos nobiliarios; y la ciudad universitaria de Tartu.

El despertar nacional y las canciones

El siglo XIX

A mediados del siglo XIX, y como en buena parte de Europa, surge un movimiento de despertar nacional: se recopila el folclore, se normaliza la lengua escrita, se publican periódicos en estonio y se elabora la epopeya nacional, el Kalevipoeg.

Los festivales de la canción

Y aquí aparece el rasgo más singular de la cultura estonia. En 1869 se celebró en Tartu el primer festival nacional de la canción, una reunión masiva de coros que interpretaban repertorio en estonio.

Aquellos festivales se convirtieron en el vehículo principal de la identidad nacional y se han seguido celebrando cada pocos años hasta hoy, con decenas de miles de cantores sobre el escenario y públicos de cien mil personas o más. Están reconocidos por la Unesco como patrimonio inmaterial.

Guarda este dato, porque vuelve a ser decisivo ciento veinte años después.

Qué visitar hoy: el recinto del Festival de la Canción de Tallin, junto al mar, con su gran concha acústica.

1918: la primera independencia

Con el Imperio Ruso desmoronándose, Estonia declaró la independencia el 24 de febrero de 1918. Siguieron dos años de guerra contra bolcheviques y contra fuerzas germano-bálticas, hasta el Tratado de Paz de Tartu de 1920, por el que la Rusia soviética reconocía la independencia estonia y renunciaba a perpetuidad a cualquier reclamación sobre el territorio.

Los veinte años siguientes fueron los de la primera república: reforma agraria, expropiación de las grandes propiedades de la nobleza germano-báltica y construcción de un Estado moderno.

Qué visitar hoy: el edificio del parlamento en Toompea y el Museo Nacional de Estonia en Tartu.

El siglo XX brutal

El pacto y la primera ocupación soviética

El 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión Soviética firmaron el pacto Mólotov-Ribbentrop, con protocolos secretos que asignaban los países bálticos a la esfera soviética.

En junio de 1940 el Ejército Rojo ocupó Estonia y el país fue anexionado a la URSS. En junio de 1941 se produjo la primera gran deportación masiva a Siberia.

La ocupación nazi

Días después, Alemania invadió. Estonia pasó de una ocupación a otra en cuestión de semanas y permaneció bajo control alemán hasta 1944.

La comunidad judía estonia, pequeña —unas mil personas permanecieron en el país—, fue prácticamente exterminada, y el territorio albergó además campos donde fueron asesinados miles de judíos deportados desde otros países europeos.

La segunda ocupación soviética

En 1944 el Ejército Rojo regresó y Estonia quedó integrada en la URSS durante casi medio siglo.

En marzo de 1949 se produjo la deportación más masiva de la historia del país: en cuestión de días, alrededor de veinte mil personas —en su mayoría mujeres, niños y ancianos, porque los hombres ya habían sido deportados o habían huido— fueron cargadas en vagones y enviadas a Siberia.

Hubo también resistencia armada. Los llamados hermanos del bosque mantuvieron una guerrilla en los bosques del país durante años, sin apoyo exterior y sabiendo perfectamente cómo terminaría.

Y hubo una transformación demográfica profunda, con la llegada de población trasladada desde otras repúblicas soviéticas para trabajar en la industria, que cambió por completo la composición de ciudades enteras y cuyas consecuencias siguen siendo un asunto político vivo.

Qué visitar hoy: el museo Vabamu de las Ocupaciones y la Libertad en Tallin; el Memorial de las Víctimas del Comunismo, junto al mar, con sus muros negros donde están grabados más de veinte mil nombres; y el barrio de Kopli, cuya historia industrial y demográfica resume buena parte de este periodo.

La revolución cantada

Cómo empezó

Con las políticas de apertura de Gorbachov, a mediados de los ochenta, el margen de expresión se amplió y en Estonia se aprovechó de una manera muy característica.

En 1988, durante varias noches consecutivas del verano, cientos de miles de personas se reunieron espontáneamente en el recinto del Festival de la Canción de Tallin para cantar canciones patrióticas prohibidas. No hubo violencia, no hubo consignas, no hubo enfrentamientos. Solo gente cantando.

Aquello dio nombre a todo el proceso: la revolución cantada. Y es probablemente el ejemplo más claro que existe de cómo una tradición cultural, mantenida durante ciento veinte años, puede convertirse en herramienta política.

La Vía Báltica

El 23 de agosto de 1989, en el cincuenta aniversario del pacto Mólotov-Ribbentrop, alrededor de dos millones de personas de los tres países bálticos formaron una cadena humana ininterrumpida de unos seiscientos setenta y cinco kilómetros que unió Tallin, Riga y Vilna.

Fue una de las protestas pacíficas más impresionantes del siglo XX.

La independencia

Estonia había declarado la soberanía ya en noviembre de 1988, la primera república soviética en hacerlo, aunque aquella figura era más limitada y no rompía formalmente con Moscú. La ruptura completa la dio Lituania en marzo de 1990.

Estonia completó su proceso el 20 de agosto de 1991, en plena confusión del golpe fallido de Moscú. Es la fecha que se celebra como día de la restauración de la independencia.

Como los otros dos países bálticos, Estonia sostiene que no se independizó sino que restauró un Estado cuya anexión de 1940 fue ilegal desde el primer día, tesis respaldada por el hecho de que la mayoría de países occidentales nunca reconocieron formalmente la incorporación a la URSS.

Las últimas tropas rusas abandonaron el país en 1994.

Qué visitar hoy: el recinto del Festival de la Canción de Tallin, escenario de las noches de 1988.

Estonia hoy

El país ingresó en la Unión Europea y en la OTAN en 2004 y adoptó el euro en 2011.

En estas tres décadas ha construido algo por lo que hoy es conocida en todo el mundo: uno de los Estados más digitalizados del planeta. Prácticamente toda la administración funciona en línea, la firma digital tiene plena validez, se vota por internet y el programa de residencia electrónica permite a extranjeros crear y gestionar empresas estonias sin pisar el país.

Ese salto es visible sobre el terreno. Se paga con tarjeta o móvil en todas partes, hay conexión en cualquier rincón y la burocracia que en otros países lleva días aquí se resuelve en minutos.

Pero la historia sigue muy presente. Está en la relación cuidadosa con la comunidad rusoparlante, que ronda la cuarta parte de la población, en el debate sobre los monumentos soviéticos, en la política de defensa y en la atención con la que se mira lo que ocurre al otro lado de una frontera que está a doscientos kilómetros de la capital.

Es un país que en apenas ochocientos años ha sido danés, alemán, sueco, ruso y soviético, y que lleva solo un tercio de siglo siendo suyo. Cuando uno lo tiene presente, cada paseo por Tallin se lee de otra manera.