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Burdeos en un día: lo esencial de la capital mundial del vino
Del Miroir d'Eau a la Cité du Vin, con tiempo para una copa en Saint-Émilion
Un día en Burdeos no alcanza para todo, pero alcanza para lo suficiente. La ciudad tiene una de esas escalas que permiten moverse a pie entre los puntos esenciales sin sentir que se está corriendo, y el tramway resuelve cualquier distancia que el tiempo no permita caminar. Lo que sigue es un recorrido para quien llega por la mañana y quiere llevarse la versión más honesta de la ciudad en pocas horas.
La mañana: el corazón histórico¶
El punto de partida natural es la Place de la Bourse, el escenario más fotografiado de la ciudad y el que mejor resume lo que es Burdeos en una sola imagen. El conjunto arquitectónico del siglo XVIII —construido entre 1730 y 1755 por Jacques-Ange Gabriel, el mismo que diseñó la Place de la Concorde— tiene esa coherencia de las grandes plazas que se construyeron con un único plan: tres edificios en U abierta hacia el Garona, fachadas de piedra caliza con arcadas y columnas, y el río como fondo.
Frente a ellas, el Miroir d'Eau es la respuesta contemporánea que transforma la relación entre el conjunto histórico y el agua. Una lámina de 3.450 metros cuadrados —la más grande del mundo— que refleja las fachadas con una fidelidad que vuelve la vista casi abstracta. Cada veinte minutos el sistema de difusores genera una capa de niebla que envuelve el espacio y a quien esté dentro de él. Al atardecer, cuando la luz del oeste pone el mismo tono dorado en las fachadas y en su imagen en el agua, es uno de los escenarios urbanos más logrados de Europa. A primera hora de la mañana, cuando todavía no ha llegado el flujo de visitantes, funciona de otra manera: el reflejo es nítido y el silencio amplifica la escala del conjunto.
Desde la Bourse, el camino natural es hacia el interior del casco histórico. La Porte Cailhau, a pocos minutos caminando hacia el sur por las orillas del río, es la puerta del siglo XV que servía de entrada triunfal a la ciudad desde el río y que hoy es el monumento medieval más visible del centro. Sus 35 metros de altura, con la decoración tardogótica de pináculos y gárgolas, marcan el límite entre el bulevar fluvial moderno y las calles del barrio de Saint-Pierre que se abren detrás.
El barrio de Saint-Pierre es el Burdeos que se visita sin plan. Sus calles estrechas del siglo XVIII —la Rue des Argentiers, la Rue Neuve, la Place du Parlement con su octógono de fachadas armoniosas y la fuente central— tienen esa densidad histórica donde cada edificio es coherente con el vecino sin ser idéntico. La Place du Parlement, en particular, con sus terrazas de restaurantes y la escala perfecta del conjunto, es el espacio donde los visitantes entienden por qué la UNESCO declaró en 2007 el centro histórico de Burdeos Patrimonio de la Humanidad como "conjunto urbano del siglo XVIII más extenso de Europa".
La Rue Sainte-Catherine y el Grand Théâtre¶
Desde Saint-Pierre, la Rue Sainte-Catherine es inevitable. Con sus 1,2 kilómetros de longitud, es la calle comercial peatonal más larga de Europa, y atraviesa el corazón del casco histórico de la Place de la Victoire hasta la Place de la Comédie. No es la calle más elegante —hay muchas cadenas comerciales globales entre las fachadas del XVIII— pero la escala de los edificios a ambos lados y el flujo constante de vida que la llena desde por la mañana temprano dan una idea exacta de cómo funciona el centro de una ciudad con cultura de calle peatonal desde antes de que la expresión existiera.
Al final de la Rue Sainte-Catherine, en la Place de la Comédie, el Grand Théâtre es el edificio de referencia de toda la arquitectura bordelesa. Construido entre 1773 y 1780 por Victor Louis, con sus doce columnas corintias y el frontón coronado por las musas, fue el teatro que influyó en el diseño de la Ópera Garnier de París cincuenta años después. Merece un momento de parada: es uno de esos edificios donde la ambición de la escala y la calidad de la ejecución están a la misma altura.
Mediodía: la Cité du Vin¶
La Cité du Vin está a unos 3 kilómetros al norte del centro histórico, en el barrio de Bacalan, y vale el trayecto en tranvía. El edificio —diseñado por los arquitectos Anouk Legendre y Nicolas Desmazières de XTU Architects e inaugurado en 2016— es uno de los edificios contemporáneos más singulares del sur de Francia: una espiral asimétrica revestida de aluminio y vidrio que desde lejos parece un decantador en movimiento o una ola congelada sobre la orilla del Garona.
El interior no es un museo de vinos en el sentido convencional. Es un recorrido temático inmersivo —instalaciones audiovisuales sobre las rutas del vino en el mundo, ambientes recreados de diferentes culturas vinícolas, interactivos sobre viticultura y elaboración— que está diseñado para hacer accesible el mundo del vino sin hacerlo superficial. No requiere conocimiento previo para disfrutarlo, y tampoco decepciona a quien ya sabe.
La entrada incluye una copa de vino en la Belvedere, el espacio panorámico del octavo piso con vistas sobre el Garona, el puerto, los puentes y la ciudad desplegándose en todas las direcciones. Ver Burdeos desde arriba mientras se toma un burdeos bien frío es la síntesis perfecta de lo que la Cité pretende ser. Reserva la visita para la hora del mediodía y sal con tiempo para comer algo en la zona o volver al centro.
La tarde: Saint-Émilion o una cata en el centro¶
Con la tarde por delante, Burdeos plantea una elección que en realidad depende del tiempo disponible y del interés de quien viaja.
La opción más ambiciosa y más recomendable es tomar el tren regional desde la Gare Saint-Jean hasta Saint-Émilion: cuarenta y cinco minutos de trayecto que dejan en un pueblo medieval sobre colina caliza declarado Patrimonio de la Humanidad. Saint-Émilion justifica el desvío con independencia del vino: sus calles empedradas en pendiente —los "tertres"—, la iglesia monolítica excavada directamente en la roca caliza durante el siglo XII (la más grande de Europa en su tipo), la torre del campanario que domina el pueblo desde la colina, y esa atmósfera de lugar que lleva funcionando como capital vinícola desde la época romana. Las visitas a bodegas en el pueblo y los alrededores van desde las gratuitas que ofrecen degustación en la tienda hasta las que requieren reserva. El último tren de vuelta a Burdeos permite una estancia de dos o tres horas cómodas.
La opción más tranquila es quedarse en el centro y buscar una de las enotecas o bares de vinos del barrio de Chartrons o de las calles alrededor de la Place du Parlement para una cata guiada o simplemente una copa bien elegida. Burdeos tiene una de las densidades de enotecas por metro cuadrado más altas de Francia, y la mayoría ofrecen vinos de la región por copas a precios muy razonables. El Marché des Capucins, en la Place des Capucins, es el mercado más animado de la ciudad y el lugar donde entender la cultura gastronómica cotidiana de Burdeos: charcutería, quesos, ostras del Arcachon, y ese vino al verre de producción local que forma parte del menú del día como si fuera el pan.
Burdeos como capital mundial del vino¶
Burdeos produce alrededor de 700 millones de botellas al año con 57 denominaciones de origen diferentes. Los grandes nombres —Pomerol, Saint-Émilion, Médoc, Pauillac— son los que salieron de los mejores châteaux y que hoy se venden a precios que los ponen fuera del alcance del viajero casual. Pero eso no es lo que define la cultura vinícola de la ciudad.
Lo que define Burdeos es que el vino es el hilo conductor de todo: de la arquitectura, porque los comerciantes de vino neerlandeses y británicos que se instalaron en el barrio de Chartrons en el siglo XVII y XVIII construyeron los edificios que configuran el centro histórico con los beneficios del comercio; de la regeneración urbana, porque la Cité du Vin fue la pieza cultural con la que se ancló la transformación del antiguo puerto industrial; y de la identidad de la ciudad, que pasó de ser una capital industrial en declive a ser uno de los destinos más visitados de Francia en veinte años.
La transformación que comenzó cuando Alain Juppé asumió la alcaldía en 1995 —la limpieza de las fachadas de piedra caliza, el tramway que sustituyó al coche en los ejes principales, la rehabilitación de los seis kilómetros de muelles del Garona— es uno de los proyectos de regeneración urbana más exitosos de Europa contemporánea. En 2004, cuando Juanjo visitó Burdeos por primera vez con sus amigos, la ciudad estaba en plena transformación: el Miroir d'Eau era una novedad reciente y el tramway acababa de inaugurarse, guardando un parecido sorprendente con el de Bilbao. La lógica era la misma: dos ciudades portuarias con una historia similar encontraron soluciones parecidas a sus desafíos urbanos.
Cómo llegar y moverse¶
Desde Bilbao, el aeropuerto de Mérignac está a menos de una hora de vuelo —entre 50 y 75 minutos— y tiene conexiones directas. Desde París, el TGV desde Montparnasse hace el trayecto en dos horas y cuarto. La Gare Saint-Jean, en el sur del centro, está conectada al corazón histórico por la línea C del tramway en unos quince minutos.
Para moverse dentro de la ciudad, el tramway es la opción más cómoda. Las líneas A, B, C y D cubren el centro histórico, los muelles y los barrios principales. El trayecto entre la Place de la Bourse y la Cité du Vin se hace en menos de veinte minutos con la combinación correcta de líneas.
Para Saint-Émilion, los trenes regionales salen desde Saint-Jean con frecuencia durante el día. El trayecto es de cuarenta y cinco minutos, el pueblo está a diez minutos a pie de la estación, y la última conexión de vuelta permite una tarde completa en el pueblo sin prisa.