
Budapest y la memoria del siglo XX: Casa del Terror, Memento Park y Plaza de la Libertad
Hungría pasó del fascismo al comunismo sin cambiar de edificio: las mismas celdas, los mismos sótanos, los mismos métodos. Recorrido de un día por los lugares donde la ciudad sigue discutiendo su propio siglo XX, con horarios, transporte y las controversias que conviene conocer antes de entrar.
Una ciudad que no ha terminado de decidir cómo contarse¶
Hay ciudades donde la historia del siglo XX se visita en un museo. En Budapest está repartida por la calle, en monumentos que se contradicen entre sí a veinte metros de distancia, en estatuas que se han quitado y puesto según el régimen de turno y en fachadas que todavía conservan los impactos de bala de 1956. Es una de las cosas más interesantes que ofrece la ciudad y también una de las que más se pasa por alto en una visita corta.
El resumen del siglo húngaro cabe en un párrafo y explica por qué esto es así. Hungría perdió dos tercios de su territorio tras la Primera Guerra Mundial, entró en la Segunda del lado alemán, fue ocupada por sus propios aliados nazis en marzo de 1944, sufrió unos meses de terror fascista bajo el partido de la Cruz Flechada, fue tomada por el Ejército Rojo en 1945, vivió una dictadura estalinista, se levantó en 1956 y fue aplastada por los tanques soviéticos, pasó tres décadas de comunismo más blando y salió de todo ello en 1989. Ese recorrido está escrito en las piedras de la ciudad.
Lo que sigue es un itinerario de un día por los tres lugares principales, con la advertencia de que es una jornada emocionalmente densa y que conviene no encajarla el mismo día que un balneario o una cena de celebración.
La Casa del Terror, en el número 60 de Andrássy¶
La avenida Andrássy es la calle más elegante de Budapest, un bulevar de palacetes burgueses y embajadas declarado Patrimonio de la Humanidad. En el número 60 hay un edificio pintado en un gris azulado sombrío, coronado por un alero negro con la palabra TERROR recortada en letras invertidas, de manera que cuando el sol incide sobre él la palabra se proyecta como sombra sobre la fachada. Es un recurso arquitectónico brillante: incluso la luz funciona aquí como instrumento de memoria.
La historia del edificio es, en sí misma, la tesis del museo. Construido en 1880 como residencia privada, en 1937 empezó a ser utilizado por el partido fascista de la Cruz Flechada, que durante la ocupación nazi de 1944 lo convirtió en su sede oficial y lo rebautizó con sarcasmo como la Casa de la Fidelidad. Miles de personas fueron detenidas, interrogadas y torturadas aquí. Los sótanos se acondicionaron como celdas.
Y entonces llegó la liberación soviética de 1945. Pero el edificio no se liberó: cambió de inquilinos. La policía política comunista, primero la ÁVO y después la ÁVH, instaló aquí su cuartel general y utilizó las mismas celdas, los mismos sótanos y métodos muy parecidos. Dos regímenes ideológicamente opuestos compartiendo la misma infraestructura del horror. Esa continuidad es la lección más perturbadora del sitio.
El museo abrió en 2002 y no es un museo convencional. Es una experiencia inmersiva donde la arquitectura, la iluminación y una banda sonora compuesta expresamente van generando una opresión progresiva. La exposición arranca en la planta superior con la ocupación nazi y el ascenso de la Cruz Flechada, baja al periodo comunista y a la represión del régimen de Rákosi, y termina con el descenso a los sótanos en un ascensor de cristal lentísimo mientras por las paredes del pozo desfilan fotografías de víctimas. Abajo, las celdas se conservan tal como se usaron durante décadas.
Datos prácticos: cierra los lunes y abre el resto de la semana de diez a seis, con la taquilla cerrando media hora antes. Casi todos los textos están en húngaro, así que la audioguía en castellano no es opcional sino imprescindible, y cuesta muy poco. Calcula dos horas. Se sale agotado.
El Memento Park, donde Hungría guardó a sus estatuas¶
Cuando cayó el comunismo y el último soldado soviético abandonó el país en 1991, surgió una pregunta incómoda: qué hacer con las decenas de estatuas que el régimen había sembrado por la ciudad durante cuarenta años. Lenin en las plazas, soldados soviéticos liberadores en los parques, obreros heroicos en cada esquina.
Otros países del antiguo bloque optaron por la demolición y la fundición. Budapest eligió otra cosa. El ayuntamiento decidió reunir cuarenta y dos de esas piezas en un parque en las afueras, diseñado por el arquitecto Ákos Eleőd e inaugurado en junio de 1993. La idea era ni destruir ni celebrar, sino preservar y contextualizar. El propio Eleőd lo formuló bien: es un monumento sobre la tiranía que, precisamente por ser un espacio donde se puede hablar de ella, funciona como monumento a la democracia.
La entrada marca el tono, flanqueada por un Lenin de bronce y un Marx y Engels tallado en granito procedente del campo de concentración de Mauthausen, un detalle que hiela la sangre cuando lo descubres. El recorrido por las secciones circulares del parque es un paseo por la retórica visual del totalitarismo: soldados de mirada heroica, obreros musculosos con la herramienta en alto, alegorías de la fraternidad socialista. Fuera de su contexto original oscilan entre lo intimidante y lo involuntariamente absurdo, pero recuperan toda su capacidad perturbadora en cuanto piensas que presidían plazas y escuelas y que los niños crecían viéndolas a diario.
La pieza central son las Botas de Stalin: la réplica del pedestal donde se alzaba una estatua colosal de ocho metros del dictador. El 23 de octubre de 1956, durante la revolución, los ciudadanos de Budapest la derribaron con cuerdas y sopletes. Solo quedaron las botas ancladas al pedestal, y ese accidente se convirtió en la imagen más potente de la resistencia popular húngara.
Hay otra pieza que a un visitante español le sacude sin previo aviso: el monumento a las Brigadas Internacionales, con inscripciones que nombran Jarama, Guadalajara, Belchite y Brunete. Encontrarse la Guerra Civil española en un parque de las afueras de Budapest recuerda hasta qué punto la historia europea del siglo XX está más interconectada de lo que solemos pensar.
Para llegar: metro línea M4 hasta Kelenföld, salida Őrmező, y desde ahí los autobuses 101B, 101E o 150 hasta la parada Memento Park, todos incluidos en el abono urbano. Entre unas cosas y otras se va cerca de una hora desde el centro. El parque abre a las diez y cierra a las seis entre mayo y octubre, pero solo hasta las cuatro el resto del año, así que en invierno conviene ponerlo por la mañana. La visita se hace en hora y media.
La Plaza de la Libertad, un campo de batalla simbólico¶
Si solo tienes tiempo para una parada, que sea esta, porque es gratis, está en pleno centro a cinco minutos del Parlamento y condensa la discusión entera.
En el centro de la plaza sigue en pie un obelisco soviético, el último monumento de ese tipo que queda en el centro de Pest. Se levantó en 1945 y sobrevivió a la transición porque un acuerdo intergubernamental lo protege y porque Rusia, como sucesora de la URSS, ha insistido siempre en mantenerlo donde está. Hay una lectura muy budapestina del asunto: el monumento está justo enfrente de la embajada de Estados Unidos, y no parece casualidad.
Alrededor, la respuesta. Una estatua de Ronald Reagan caminando hacia el obelisco, colocada en 2011. Otra de George Bush padre. Y una placa que recuerda que la embajada estadounidense acogió al cardenal Mindszenty durante quince años tras la revolución de 1956, en uno de los asilos diplomáticos más largos de la historia.
Y en un lateral, el monumento más discutido de la Hungría contemporánea: el memorial a las víctimas de la ocupación alemana, instalado por el gobierno en 2014, que representa a Hungría como el arcángel Gabriel atacado por un águila imperial alemana. La lectura implícita, que Hungría fue una víctima pasiva de la ocupación, choca frontalmente con el hecho documentado de que la administración húngara colaboró de forma decisiva en las deportaciones de 1944. Historiadores, comunidades judías e Israel protestaron; el monumento se instaló de madrugada y sin inauguración oficial.
Lo interesante es lo que pasó después. Frente a él, los ciudadanos montaron un contramonumento espontáneo: fotografías, maletas, zapatos, piedras y cartas de familias que perdieron a los suyos, mantenido y renovado desde entonces. Ver los dos a la vez, el oficial y el improvisado, es probablemente la mejor lección de historia que ofrece Budapest, y no cuesta nada.
1956, que sigue escrito en las fachadas¶
La revolución de octubre de 1956 duró trece días y terminó con los tanques soviéticos entrando en la ciudad y con unos tres mil muertos y doscientos mil exiliados. No hay un gran museo dedicado a ella, pero sí rastros repartidos.
El más literal está en las propias fachadas: paseando por el centro de Pest se ven todavía muros con impactos de bala, unos restaurados como testimonio deliberado y otros simplemente nunca reparados. Una vez que aprendes a verlos, aparecen por todas partes.
El punto más simbólico es el Corvin köz, en el distrito VIII, un patio junto a un antiguo cine que fue uno de los focos principales de la resistencia armada, con un monumento a los combatientes, muchos de ellos adolescentes de barrio. Y en la plaza Kossuth, junto al Parlamento, un museo subterráneo recuerda la matanza del 25 de octubre de 1956, cuando se disparó contra una manifestación pacífica en esa misma plaza.
Un último apunte que dice mucho de lo vivo que sigue todo esto: la estatua de Imre Nagy, el primer ministro reformista ejecutado en 1958 y convertido en símbolo del 56, estuvo durante veinte años en una plazoleta cerca del Parlamento. En 2018 fue retirada de allí y trasladada a otro emplazamiento, en una decisión que generó una polémica considerable. En Budapest, las estatuas se siguen moviendo.
Cómo montar la jornada¶
Si dispones de un día completo, el orden que mejor funciona es empezar por la Casa del Terror a la hora de apertura, bajar después andando por Andrássy hasta la Plaza de la Libertad, que queda a un cuarto de hora, comer por la zona y dedicar la tarde al Memento Park. En invierno, con el parque cerrando a las cuatro, hay que invertirlo y empezar por las afueras.
Si solo tienes medio día, quédate con la Casa del Terror y la Plaza de la Libertad, que están cerca la una de la otra y cubren las dos dictaduras.
Y una advertencia final que no es menor. Este itinerario incluye la decisión, deliberada y polémica, de tratar el fascismo y el comunismo dentro del mismo relato, algo que la Casa del Terror hace de forma explícita y que ha sido criticado por buena parte de la historiografía, tanto por equiparar fenómenos distintos como por dedicar mucho más espacio al periodo comunista que a los meses de terror fascista. Merece la pena entrar sabiéndolo, porque el museo tiene una posición y no la disimula. Que un país discuta en público, y en sus plazas, cómo contar su propio siglo XX no es un defecto del destino turístico: es exactamente lo que lo hace interesante.