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Qué ver en Acre (Akko): dos ciudades sobre la misma roca
La ciudad cruzada enterrada y el barrio árabe-otomano en la superficie: guía de un Patrimonio de la Humanidad
Acre tiene algo que muy pocas ciudades del mundo pueden ofrecer: dos ciudades completas en el mismo espacio, separadas no por kilómetros sino por metros de profundidad. En la superficie, un barrio árabe-otomano que ha permanecido habitado de forma continua durante siglos, con sus mezquitas, sus bazares cubiertos y su puerto de pescadores. Bajo tierra, la ciudad cruzada del siglo XII, extraordinariamente bien conservada: salas de caballeros, refectorios, hospitales y túneles que permiten recorrer un mundo medieval que la tierra ha guardado intacto durante setecientos años.
Esta superposición convierte a Acre en uno de los destinos arqueológicos más fascinantes de Israel y del Mediterráneo, y justifica que la UNESCO la declarara Patrimonio de la Humanidad en 2001. El problema es que muchos visitantes pasan solo unas horas aquí de camino entre Haifa y el norte, y eso es insuficiente. Acre merece al menos un día completo, y hay material para dos.
La ciudad cruzada subterránea¶
El núcleo del patrimonio de Acre es el complejo subterráneo que aloja los restos del Hospitium —el gran hospicio y hospital de los Caballeros Hospitalarios— y el conjunto de salas, patios y pasillos que constituyen lo que queda del gran bastión cruzado del siglo XII. Los cruzados llegaron a Acre en 1104, la convirtieron en el principal puerto del Reino de Jerusalén, y la ciudad llegó a tener una población de treinta o cuarenta mil personas en su apogeo: una de las ciudades más grandes del mundo cristiano medieval.
Lo que puede visitarse hoy es una fracción del conjunto original, pero ya en esa fracción la escala impresiona. La Sala de los Caballeros —una sola nave de bóvedas de crucería apuntadas que se apoya sobre columnas de mármol— tiene una altura y una amplitud que hablan de una riqueza y un poder organizativo que resultan sorprendentes en plena Edad Media. El refectorio de los Hospitalarios, el criptopórtico, los almacenes: cada espacio revela la sofisticación de una orden militar que era simultáneamente una organización religiosa, un ejército permanente y la mayor red hospitalaria de su tiempo.
Las salas cruzadas estaban enterradas bajo tierra cuando Jazzar Pasha construyó sobre ellas en el siglo XVIII. Esta circunstancia —la sobreposición otomana que las tapó— es paradójicamente la razón de su conservación: lo que quedó debajo quedó protegido del deterioro. Las excavaciones arqueológicas que comenzaron en los años cincuenta han ido descubriendo progresivamente más espacio, y las visitas actuales permiten acceder a partes que hace veinte años aún estaban cubiertas.
La visita al complejo subterráneo incluye proyecciones audiovisuales y paneles explicativos que ayudan a situar cada espacio en su contexto histórico. La entrada combinada que incluye también los Baños Turcos es la opción más razonable.
Los Túneles Templarios¶
Un tramo de calle al sur del complejo de los Hospitalarios, otro fragmento de la Acre subterránea: el Túnel Templario es un pasadizo de unos cuatrocientos metros excavado por los Caballeros Templarios para conectar su fortaleza —situada donde hoy está el barrio este de la ciudad vieja— con el puerto. El túnel discurre a varios metros de profundidad bajo las calles de la ciudad árabe, con bóvedas en perfecto estado y, en algunos tramos, con el agua original del nivel freático.
Recorrerlo es uno de esos momentos en que la arqueología deja de ser intelectual y se vuelve físicamente real: estás en un pasadizo medieval que los templarios usaron durante el siglo XII y hasta la caída final de Acre en 1291, cuando los mamelucos —bajo el mando del sultán Jalil— tomaron la ciudad y expulsaron a los últimos cruzados de Tierra Santa.
La mezquita de Al-Jazzar¶
En la superficie, al salir de los complejos subterráneos, la Mezquita de Al-Jazzar domina el horizonte de la ciudad antigua. Construida en 1781-1782 por Jazzar Pasha —el gobernador otomano que resistió con éxito el asedio de Napoleón en 1799 y que le dio su nombre a la ciudad moderna— es una de las mezquitas más hermosas e importantes de Israel, y la única del país donde se conserva un pelo de la barba del profeta Mahoma, custodiado en un relicario que se expone una vez al año.
La mezquita es accesible a los no musulmanes fuera de los horarios de oración. El interior tiene esa frialdad luminosa propia de las mezquitas otomanas: mármol, porcelanas azules de Iznik en los muros, una cúpula que filtra la luz de forma impredecible. En el jardín exterior, columnas romanas y mármoles de diferentes épocas reutilizados como material de construcción hablan del pragmatismo con que los otomanos incorporaban el pasado en sus nuevas construcciones. Bajo la mezquita hay unas cisernas que Jazzar usó como almacén y donde hoy está instalado un museo del período napoleónico.
El mercado cubierto y el bazar¶
El bazar cubierto de Acre —el Khan al-Umdan y el Khan al-Shawarda, dos grandes patios comerciales del período otomano— es una de las estructuras comerciales medievales-otomanas mejor conservadas de Israel. El Khan al-Umdan ("el han de las columnas") tiene un patio interior rodeado por arcadas de columnas de granito importadas de Cesarea, con un minarete del período otomano tardío que sube desde el centro del patio.
En los callejones que rodean el bazar, el mercado árabe de Acre es genuino y funcional: no está orientado principalmente al turismo, sino a la vida cotidiana de una ciudad que tiene hoy unos cincuenta mil habitantes, en su mayoría árabes israelíes. Tiendas de especias, panaderías que venden kaak (rosquillas de sésamo), carnicerías halal, tiendas de ropa y ferreterías mezcladas con algún local de hummus y falafel para el visitante. El olor a especias, café árabe y pan recién horneado es constante.
El barrio árabe-otomano en la superficie¶
El tejido urbano de la ciudad vieja de Acre es en sí mismo uno de los patrimonios más valiosos del lugar. Las calles estrechas, las casas de piedra caliza —algunas de ellas de varios siglos de antigüedad— con sus portones de madera y sus patios interiores, los callejones que se abren en plazas inesperadas, los negocios que llevan décadas en el mismo local: todo ello forma un conjunto urbanístico de una coherencia que el turismo masivo todavía no ha destruido completamente.
En algunas zonas, especialmente en el barrio cercano al puerto, la rehabilitación de edificios ha atraído a artistas y restaurantes de calidad que han transformado casas abandonadas en galerías o locales de cocina árabe contemporánea. La convivencia entre lo tradicional y lo renovado funciona aquí con menos fricciones que en Jaffa, quizás porque Acre es una ciudad más pequeña y menos espectacular mediáticamente.
El puerto de pescadores¶
El puerto de Acre es uno de los más antiguos del Mediterráneo oriental en uso continuado. Hoy es un puerto pequeño, de escala humana, donde los barcos pesqueros atracan frente a una hilera de restaurantes de mariscos y pescado que son la oferta gastronómica más característica de la ciudad. El pescado que sirven lleva horas en el agua —en algunos casos, llega directamente de las embarcaciones al restaurante— y los precios son razonables para la calidad.
Por la tarde, cuando regresan las últimas embarcaciones, el ambiente del puerto tiene ese carácter de vida cotidiana sin fingimienos turísticos que ya escasea en muchos destinos del Mediterráneo. Los pescadores descargan, los restauranteros negocian, los gatos del puerto esperan su parte con paciencia milenaria.
Las murallas¶
Las murallas marítimas de Acre —reforzadas por Jazzar Pasha precisamente para resistir el asedio de Napoleón— pueden recorrerse en parte por paseos habilitados junto al mar. La cara que mira al Mediterráneo tiene una escala monumental que recuerda que Acre fue durante siglos la ciudad más fortificada del Levante. Desde las murallas, las vistas sobre la bahía de Haifa son excelentes, y en los días claros pueden verse los Jardines Bahá'í de Haifa trepando por la ladera del Carmelo.
Cómo llegar y consejos¶
Acre está a media hora en tren desde Haifa, con servicios frecuentes desde la estación de Haifa-Merkaz. También hay autobuses desde Haifa. En coche desde Tel Aviv, la distancia es de unos 100 kilómetros por la autopista de la costa.
Los principales complejos subterráneos cobran entrada. El tiempo mínimo razonable para ver lo esencial es de cuatro horas, aunque para hacerlo bien se necesita un día completo. Los viernes por la tarde los comercios árabes cierran antes de lo habitual. La ciudad es más tranquila entre semana que en fin de semana, cuando llegan grupos de israelíes del interior.