
Tel Aviv en 1 día: Bauhaus, mercado y playa
El Mercado de Carmel, el barrio Bauhaus Patrimonio UNESCO, Florentin y el paseo marítimo: Tel Aviv frente a Jerusalén
Hay algo que las fotos de Israel no preparan: la diferencia de temperatura emocional entre Jerusalén y Tel Aviv. Setenta kilómetros de carretera separan las dos ciudades, pero el salto que se da al bajar del tren en la estación HaHagana es de otro orden. Jerusalén pesa, es seria, obliga a pensar. Tel Aviv es desenfadada, laica, mediterránea —y orgullosa de serlo. Es una ciudad que mira al mar, no al cielo, y que celebra el presente con una intensidad que parte, probablemente, de saber que el contexto regional no siempre lo garantiza.
Un día en Tel Aviv no alcanza para todo. Alcanza para entender por qué es diferente al resto de Oriente Próximo, y eso ya es bastante.
Mañana: el Mercado de Carmel¶
El día en Tel Aviv comienza en el Shuk HaCarmel, el Mercado de Carmel, el mercado callejero más grande de la ciudad. Varias manzanas de calles cubiertas con puestos de frutas, verduras, especias en sacos y bolsas, frutos secos, aceitunas marinadas en decenas de variedades, dulces orientales, quesos frescos, pescado y todo tipo de comida preparada para llevar.
La hora de la mañana, entre las diez y el mediodía, es la mejor para el Carmel: los productos están en su punto, los vendedores están animados y el tráfico peatonal es lo suficientemente denso como para tener ambiente pero no tan masificado como al mediodía. Los viernes por la tarde, poco antes del cierre por el Shabat, los precios bajan y los vendedores malvenden lo que no quieren cargar, pero el tiempo apremia.
Lo que hay que comer aquí: el sabich, el plato que resume mejor la cocina israelí cotidiana. Pan de pita relleno de berenjena frita, huevo duro, hummus, tahini y encurtidos. No es un invento de restaurante turístico: es el desayuno o el almuerzo de muchos telavivenses desde hace décadas. Se come de pie, entre puestos, con servilleta y sin cubiertos.
El callejón de las especias que rodea el mercado permite comprar za'atar (la mezcla de tomillo, orégano y sésamo que acompaña cada desayuno israelí), sumac, baharat y cualquier especia de la cocina árabe y judía a precios muy por debajo de las tiendas turísticas. Un par de bolsas de especias es el recuerdo culinario más útil que puede llevarse de Israel.
Media mañana: el boulevard Rothschild y la Ciudad Blanca¶
A diez minutos a pie del mercado, el boulevard Rothschild es el eje de lo que la UNESCO declaró en 2003 como la Ciudad Blanca de Tel Aviv: la mayor concentración de arquitectura Bauhaus del mundo. Más de cuatro mil edificios construidos entre 1930 y 1950 por arquitectos judíos que se habían formado en la Bauhaus de Dessau con Gropius y en las escuelas de arquitectura europeas, y que huyeron a Palestina después de 1933 huyendo del nazismo.
La historia es al mismo tiempo una de las más trágicas y una de las más extrañamente fecundas del siglo XX: los mismos hombres que el régimen nazi perseguía por ser judíos eran los que habían aprendido con los maestros que ese mismo régimen clausuró en 1933. Llegaron a Tel Aviv —una ciudad en construcción, sin tradición arquitectónica local, con un clima mediterráneo muy diferente al de Centroeuropa— y aplicaron los principios que habían aprendido: fachadas blancas o en tonos claros, horizontales pronunciadas, balcones redondeados para proyectar sombra, pilotis para elevar el edificio del suelo y permitir la circulación del aire. El resultado fue coherente, a escala, y completamente propio.
El boulevard Rothschild, con su franja central arbolada de ficus centenarios y sus bancos donde los telavivenses pasan las tardes, está flanqueado por algunos de los mejores ejemplos. El número 16 tiene la Independence Hall, el modesto edificio donde David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. El interior puede visitarse tal como estaba ese día. El número 77 alberga el Centro Bauhaus, que organiza visitas guiadas por los edificios del estilo.
Pasear por el boulevard durante una hora, identificando los elementos característicos de las fachadas —las celosías de hormigón, los techos planos, los pilotis— da sentido visual a un patrimonio arquitectónico que en Europa fue en gran parte destruido por la guerra y en Tel Aviv sobrevivió.
Mediodía: hummus en Jaffa y el puerto antiguo¶
A veinte minutos a pie hacia el sur, Jaffa (Yafo en hebreo) es la ciudad que existía antes de Tel Aviv: un puerto de cuatro mil años de historia que ha visto pasar a fenicios, romanos, cruzados, otomanos y británicos. Cuando se fundó Tel Aviv en 1909 —oficialmente sobre las dunas al norte de Jaffa, con la intención deliberada de crear un espacio moderno y laico— Jaffa ya llevaba milenios siendo un puerto activo en el Mediterráneo oriental.
La ciudad vieja restaurada —callejuelas de piedra caliza, galerías de arte, restaurantes con terraza sobre el Mediterráneo— tiene la ambivalencia de los barrios históricos reconvertidos: es hermosa pero consciente de su propio encanto. Sin embargo, el puerto antiguo —pequeñas embarcaciones, barcas de pesca, la vista del skyline de Tel Aviv desde el agua— tiene una autenticidad que los pasillos turísticos no destruyen.
Para el almuerzo, Abu Hassan en la calle Ha'dolpim de Jaffa es posiblemente el hummusiya más famoso de la ciudad y uno de los más reputados de Israel. Abre solo por la mañana y al mediodía, cierra cuando se agota la producción del día. El hummus aquí es del tipo israelí: cremoso, tibio, servido con aceite de oliva y garbanzos enteros, con pan de pita recién horneado. No hay carta. Hay hummus, hummus con ful (habas guisadas) y el hummus con musabaha (garbanzos enteros calientes). Precio bajo, calidad excepcional.
La vista desde el Parque HaPisga (la Colina de la Cumbre) en Jaffa, con el skyline de Tel Aviv recortándose contra el Mediterráneo a lo lejos, es la postal más honesta del contraste entre las dos ciudades: la Jaffa de piedra del pasado y la Tel Aviv de cristal del presente, separadas por quinientos metros de paseo marítimo.
Tarde: el paseo marítimo y el barrio de Florentin¶
El Tayelet, el paseo marítimo de Tel Aviv, corre durante catorce kilómetros a lo largo de la costa mediterránea. En la tarde, con el calor moderado y el sol bajando sobre el agua, el paseo está lleno de corredores, ciclistas, familias, turistas y telavivenses que llevan toda la semana esperando este momento. La combinación del Mediterráneo, el skyline moderno y la playa de arena da a Tel Aviv una atmósfera que pocas ciudades del mundo replican.
Las playas tienen caracteres distintos: Gordon Beach y Frishman Beach son las más centrales y animadas, con chiringuitos, alquiler de tumbonas y el constante sonido del matkot, el juego israelí de palas de madera que es prácticamente omnipresente en cualquier playa del país. No hace falta saber jugarlo para que el ruido forme parte del paisaje sonoro de Tel Aviv.
Al caer la tarde, el barrio de Florentin —al sur del Carmel, entre el centro y Jaffa— es el contrapunto bohemio de la Tel Aviv ordenada del boulevard Rothschild. Más desenfadado, con edificios algo descuidados cubiertos de grafitis y murales de artistas locales e internacionales, talleres mezclados con bares y locales de música en vivo. Es el barrio del Tel Aviv joven y alternativo, donde la vida nocturna empieza temprano y la escena de arte urbano convierte las calles en galería improvisada.
La diferencia de energía¶
El contraste entre Tel Aviv y Jerusalén es, probablemente, el dato más importante que puede darse sobre Israel. No son simplemente dos ciudades distintas: son dos versiones del país que coexisten con una tensión implícita.
Jerusalén es el pasado, el peso de la historia sagrada, la vigilancia permanente de los lugares santos. Es una ciudad que no puede ser indiferente a lo que le rodea. Tel Aviv es el presente —y en algunos barrios, el futuro— que Israel construyó deliberadamente sobre las dunas de 1909 para demostrar que era posible un espacio diferente en Oriente Próximo. Un espacio laico, mediterráneo, cosmopolita, donde la vida cotidiana tiene la textura de una ciudad europea moderna con el añadido del Mediterráneo y de la cocina de Oriente Próximo.
La convivencia de estos dos registros en un país del tamaño de Cataluña —con el Shinkansen de nueva generación más rápido que muchos trenes europeos conectando las dos ciudades en menos de treinta minutos— es una de las paradojas más fascinantes del Mediterráneo oriental, y una de las razones por las que Israel sigue siendo uno de los destinos de viaje más difíciles de simplificar.
Consejos prácticos¶
Transporte. El tren de alta velocidad desde Jerusalén (estación Yitzhak Navon) a Tel Aviv (estación HaHagana) tarda menos de treinta minutos. El metro ligero y los autobuses cubren la ciudad. Caminar entre el Carmel, el boulevard Rothschild y Jaffa es perfectamente factible.
Abu Hassan. Cierra pronto (a las catorce horas o cuando se agota el hummus, lo que ocurra antes). Llegar antes de la una para garantizar sitio.
Playas. Gratuitas y abiertas. La corriente mediterránea puede ser fuerte: respetar las indicaciones del socorrista.
Bauhaus. El Centro Bauhaus del boulevard Rothschild (número 77) organiza visitas guiadas los viernes a las diez de la mañana, en inglés. No requieren reserva previa pero conviene llegar con tiempo.