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Foto de la fuente de Neptuno en Bolonia

Destinos · Italia · Norte de Italia

Qué ver en Bolonia en unas horas: la ciudad que sorprende sin avisar

Bolonia no está en la primera línea de los itinerarios italianos y esa es exactamente su ventaja. Con unas horas se ve lo esencial y casi todo el mundo sale pensando que debería haberle dedicado más.

Lectura de 9 minutos

Bolonia tiene un problema de posicionamiento. Está a mitad de camino entre Florencia y Venecia, es nudo ferroviario de media Italia y muchísima gente pasa por su estación sin salir de ella. Cuando aparece en un itinerario suele ser como parada de unas horas, encajada entre dos destinos con más caché.

Y luego pasa lo que pasa: la gente que se baja del tren descubre una ciudad universitaria viva, con un centro histórico enorme y bien conservado, con cuarenta kilómetros de pórticos que permiten cruzarla entera sin mojarse, con una gastronomía que es probablemente la mejor de Italia y con la mitad de turistas que cualquier ciudad toscana. A mí me pasó exactamente eso: llegué sin expectativas y salí con la sensación de haberme quedado corto.

Con tres o cuatro horas se ve lo esencial, porque todo está concentrado en un radio pequeño y la ciudad se camina bien.

Un aviso importante antes de nada: la torre está cerrada

Esto hay que decirlo al principio porque por internet siguen circulando guías desactualizadas y mucha gente organiza la visita alrededor de algo que no puede hacer.

La Torre degli Asinelli, la más alta de las Dos Torres, con noventa y siete metros y cuatrocientos noventa y ocho escalones, está cerrada al público desde octubre de 2023 y sigue cerrada en 2026, sin fecha de reapertura anunciada. El motivo no es la propia Asinelli sino su vecina: los sensores detectaron un deterioro creciente en la base de la Torre Garisenda, y la ciudad ha montado una operación de consolidación con pilones y cables, similar a la que salvó la torre de Pisa. La plaza de abajo está vallada. La Garisenda, por su parte, nunca ha sido visitable.

Se pueden ver las dos desde fuera, y siguen siendo el símbolo de Bolonia y una imagen extraordinaria. Pero no se sube.

La alternativa para las vistas es la Torre dell'Orologio, dentro del Palazzo d'Accursio, en la propia Piazza Maggiore. Se sube con entrada y horario reservado, los accesos salen cada veinte minutos, no hay ascensor, y desde sus terrazas se ven los tejados rojos, la plaza y San Petronio desde arriba. Conviene reservar con antelación los fines de semana y en verano.

Y si tuvieras medio día, la otra opción es el Santuario de San Luca, en lo alto de una colina a las afueras, al que se sube por un pórtico cubierto de casi cuatro kilómetros, el más largo del mundo, con seiscientos sesenta y seis arcos.

Las Dos Torres y por qué hubo cien

Aun sin subir, merece la pena entender lo que se está mirando.

En la Bolonia medieval llegó a haber entre noventa y cien torres. Tenían una función militar de vigilancia y defensa, pero sobre todo eran una demostración de estatus: cada familia poderosa construía la suya y la altura era una declaración pública de poder. Con el tiempo se fueron derribando o incorporando a otros edificios, y hoy quedan una veintena, muchas de ellas encajadas dentro de construcciones posteriores y difíciles de identificar si no te las señalan.

Las dos que siguen exentas son la Asinelli, la más alta, y la Garisenda, más baja y con una inclinación mucho más pronunciada, casi cuatro grados. La Garisenda estaba tan torcida que en el siglo XIV tuvieron que rebajarle la altura para evitar que se cayera. Dante la menciona en el canto XXXI del Infierno, comparándola con un gigante inclinándose sobre él, así que lleva más de setecientos años preocupando a la gente.

La Piazza Maggiore y San Petronio

El centro de todo es la Piazza Maggiore, una plaza grande y despejada rodeada de palacios medievales y renacentistas, que sigue funcionando como el salón de la ciudad: hay gente sentada a todas horas y proyecciones de cine al aire libre en verano.

La domina la Basílica de San Petronio, y su fachada es una de las cosas más curiosas de Italia. La parte inferior está revestida de mármol blanco y rojo, con un portal escultórico magnífico de Jacopo della Quercia, y a partir de cierta altura se corta de golpe y sigue el ladrillo desnudo. La razón es que nunca se terminó. El proyecto original la habría convertido en una iglesia más grande que San Pedro del Vaticano, y según la tradición fue precisamente el papa quien cortó los fondos y desvió los recursos a otro edificio para impedirlo. Boloña se quedó con una catedral a medias, y ese contraste entre el mármol y el ladrillo desnudo es hoy su seña de identidad.

Dentro hay una meridiana de bronce embutida en el suelo, trazada por Cassini en 1655, que con sesenta y siete metros es la línea meridiana más larga del mundo en un edificio: un rayo de sol entra por un orificio en la bóveda y marca cada mediodía el punto correspondiente al día del año. Sirvió para demostrar irregularidades en el calendario y sigue funcionando. La entrada a la basílica es gratuita.

Al lado, la Fontana del Nettuno de Giambologna, un Neptuno de bronce del siglo XVI que es el otro símbolo de la ciudad y que, según se cuenta, escandalizó lo suficiente en su momento como para que el escultor tuviera que ingeniárselas para justificar ciertas proporciones.

Los pórticos, que son Patrimonio de la Humanidad

Lo que de verdad define Bolonia y lo que uno recuerda son los pórticos. Hay unos cuarenta kilómetros solo en el centro histórico, y la UNESCO los declaró Patrimonio de la Humanidad en 2021.

No son un capricho estético. Nacieron en la Edad Media como solución a un problema muy concreto: la universidad de Bolonia, fundada en 1088 y considerada la más antigua del mundo occidental en funcionamiento continuo, atrajo a tantos estudiantes que la ciudad se quedó sin espacio. Los propietarios empezaron a ampliar los pisos superiores hacia la calle, apoyándolos en soportes, y el ayuntamiento acabó regulando la práctica y haciéndola obligatoria en las calles principales. El resultado es una ciudad en la que se puede caminar durante kilómetros protegido del sol y de la lluvia.

Caminar bajo ellos es la experiencia bolonesa por excelencia, y cambia por completo la sensación de recorrer la ciudad: la calle deja de ser un espacio abierto y se convierte en una sucesión de galerías con bóvedas pintadas, cada tramo distinto del anterior.

El Archiginnasio y el teatro anatómico

A un paso de la Piazza Maggiore está el Palazzo dell'Archiginnasio, que fue la sede central de la universidad desde el siglo XVI. Su patio y sus escaleras están cubiertos por completo de escudos heráldicos pintados y en relieve, unos seis mil, correspondientes a los estudiantes que ocuparon cargos en la institución a lo largo de los siglos. Es abrumador y es gratuito.

Dentro está el Teatro Anatómico, una sala de madera de abeto tallada en el siglo XVII donde se realizaban las disecciones públicas ante estudiantes sentados en gradas, con una mesa de mármol en el centro y dos figuras talladas conocidas como los spellati, los desollados, sosteniendo el dosel del catedrático. Fue destruido por un bombardeo en 1944 y reconstruido con las piezas originales recuperadas de los escombros. Es una de las visitas más singulares de Italia y casi nadie la conoce.

El Quadrilatero y por qué se come tan bien

Detrás de la Piazza Maggiore, en el entramado de callejones del Quadrilatero, está el mercado histórico de la ciudad, que ocupa el trazado del antiguo barrio de los gremios medievales. Puestos de pasta fresca, salumerías con jamones colgando, queserías, pescaderías y bares diminutos donde se toma un vino de pie.

Bolonia tiene tres apodos y los tres explican algo: la grassa, la gorda, por su cocina; la dotta, la docta, por su universidad; y la rossa, la roja, por el color de sus ladrillos y por su tradición política. La primera es la que más notas al pasear por aquí.

Es la ciudad de los tortellini, de las tagliatelle al ragú —que es lo que en el resto del mundo se llama boloñesa y que aquí no se sirve jamás con espaguetis—, de la mortadela auténtica y del crescentine con embutidos. Si tu parada en Bolonia incluye una comida, ya has justificado el viaje.

Cómo organizar unas horas

La estación de tren está a quince o veinte minutos andando de la Piazza Maggiore, o unos minutos en autobús. Con eso, un recorrido razonable de tres horas y media sería: bajar hasta la Piazza Maggiore por la Via dell'Indipendenza bajo los pórticos, ver San Petronio y la fuente de Neptuno, entrar en el Archiginnasio y el teatro anatómico, cruzar el Quadrilatero comiendo algo por el camino, llegar hasta las Dos Torres y volver.

Si te sobra hora y media, añade la basílica de Santo Stefano, el conjunto conocido como las Siete Iglesias: un complejo de edificios religiosos de distintas épocas encajados unos en otros, con patios y claustros intermedios, que es el rincón más bonito y más tranquilo de la ciudad.

Y si te sobra el día entero, sube a San Luca por el pórtico.

Lo que queda fuera

La Pinacoteca Nacional, con la mejor colección de pintura boloñesa. El barrio universitario de la Via Zamboni, que es donde vive la ciudad de verdad. Los canales soterrados de Bolonia, con esa ventanita de la Via Piella desde la que se ve un tramo de agua que parece Venecia y que casi nadie sabe que existe. Y las excursiones a Módena, Parma o Rávena, todas a menos de una hora en tren.

Bolonia es de esas ciudades que se ganan al visitante sin haber prometido nada. No tiene un monumento de primera línea mundial, no sale en las postales y su catedral está a medio hacer. Y sin embargo, casi todo el mundo que le dedica unas horas sale diciendo lo mismo: que volvería a dormir.