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Foto del conjunto monumental de la plaza de Pizza, con la torre inclinada en la lado derecho

Destinos · Italia · Norte de Italia

Pisa: cuánto tiempo necesitas realmente en la Piazza dei Miracoli

Casi todo el mundo llega a Pisa con una idea muy concreta en la cabeza: una torre torcida y una foto. La sorpresa es que lo mejor de la plaza es lo otro, y que con dos o tres horas basta.

Lectura de 8 minutos

Pisa es probablemente el destino de Italia con la mayor distancia entre lo que la gente espera y lo que se encuentra. La torre inclinada está en imanes de nevera, en llaveros, en camisetas y en logotipos de empresas de mudanzas que hacen el chiste fácil. Esa omnipresencia tiene una consecuencia: uno llega con una imagen mental completamente formada, la de una torre que se tuerce, y punto.

Lo que los imanes no transmiten es el contexto. La torre inclinada no está sola en una explanada: es el campanile de la catedral de Pisa y forma parte de un conjunto que incluye el Duomo, el Baptisterio y el Camposanto, todo agrupado sobre una pradera de césped en el extremo norte de la ciudad, la Piazza dei Miracoli. Y ese conjunto, con sus mármoles blancos con bandas oscuras y su coherencia de estilo románico pisano, es bastante más impresionante que la torre por su cuenta.

La pregunta práctica, entonces, es cuánto tiempo hace falta. Y la respuesta honesta es: menos del que la gente teme y algo más del que muchos le dedican.

La respuesta corta

Si solo quieres ver la plaza por fuera, pasear por el césped, mirar los cuatro edificios desde distintos ángulos y hacer la foto de rigor, con una hora y media vas sobrado.

Si además quieres entrar en la catedral y el baptisterio, calcula dos horas y media o tres.

Si quieres subir a la torre, súmale otra hora entre la espera del turno y la subida, y estás en tres horas y media o cuatro.

Y si quieres ver también el centro histórico de Pisa, que existe y no está mal, necesitas medio día largo.

La mayoría de la gente hace la primera versión, y para una parada dentro de una ruta toscana es una decisión perfectamente razonable.

Qué hay en la plaza, más allá de la torre

Merece la pena saber qué se está mirando, porque cambia la visita.

La catedral se empezó en 1063 con el botín de la victoria pisana sobre los sarracenos en Palermo, cuando Pisa era una república marítima poderosa con flota propia. Su fachada de arquerías superpuestas en mármol blanco y gris creó el estilo románico pisano, que después se extendió por toda la Toscana y hasta Cerdeña y Córcega. Dentro está el púlpito de Giovanni Pisano, el mosaico del ábside y un techo dorado. La entrada es gratuita pero requiere un pase con horario: si compras cualquier entrada de la plaza, la catedral va incluida sin franja fija; si solo quieres el Duomo, hay que pedir el pase gratuito en taquilla y las plazas del día son limitadas.

El Baptisterio es el edificio circular del extremo oeste y es el más grande de Italia, con cincuenta y cuatro metros de diámetro. Tiene una acústica legendaria: los encargados hacen una demostración cada media hora cantando unas notas y dejando que el eco, que dura varios segundos, construya un acorde completo. Es de las cosas más memorables de la plaza y muchísima gente se la pierde por quedarse fuera.

El Camposanto, el cementerio monumental que cierra el lado norte, es un claustro alargado con tierra traída supuestamente del Gólgota y con frescos medievales de gran calidad. Sufrió mucho en 1944, cuando una bomba incendió el tejado y el plomo derretido cayó sobre las pinturas; la restauración ha ido devolviendo una parte.

La torre, finalmente, tiene ocho pisos y unos cincuenta y seis metros. Se empezó en 1173 y las obras se prolongaron casi dos siglos. La inclinación no era el plan: es un error de cálculo en los cimientos, detectado ya durante la construcción, que los sucesivos arquitectos intentaron corregir con distintas estrategias, logrando esa curvatura suave, casi de plátano visto de lado, que se aprecia bien desde ciertos ángulos. Estuvo cerrada entre 1990 y 2001 mientras la estabilizaban, y la inclinación actual, en torno a los cuatro grados, es la que dejaron aquellas obras: suficiente para ser espectacular, controlada para no ser peligrosa.

¿Merece la pena subir a la torre?

Aquí va mi opinión sin rodeos: para la mayoría de la gente, no.

Lo que hace única a la torre es su forma vista desde fuera. El interior es un cilindro hueco con una escalera de caracol de unos doscientos cincuenta escalones, irregulares y desgastados por el uso, y con la particularidad desconcertante de que la inclinación se nota al caminar: en un lado de cada vuelta parece que subes más y en el otro que te caes hacia fuera. Es una sensación curiosa durante dos minutos. Arriba hay una vista de la plaza y de los tejados de Pisa que está bien, sin más, y desde la que, evidentemente, no se ve la torre.

La entrada de torre más catedral ronda los veinte euros y la combinada con todos los monumentos de la plaza, los veintisiete. Si el presupuesto es limitado, esos veinte euros rinden mucho más repartidos entre baptisterio, camposanto y museos que en la subida.

Ahora bien, si es tu único viaje a Italia y te apetece decir que has subido a la torre de Pisa, adelante: es una de esas cosas legítimamente caprichosas. Ten en cuenta dos condiciones importantes. Las reservas se abren solo unos veinte días antes de la fecha y en verano los mejores horarios se agotan en pocos días. Y no se permite el acceso a menores de ocho años, ni es recomendable para quien tenga problemas cardiovasculares o de movilidad, porque no hay ascensor ni descansillos cómodos.

La foto, que también es parte del viaje

Toda la Piazza dei Miracoli está llena de gente buscando el ángulo exacto de la perspectiva forzada, con los brazos extendidos, tumbados en el césped, dando instrucciones a sus acompañantes sobre dónde colocarse. Es un ejercicio de fotografía participativa colectiva que tiene algo de entrañable precisamente por lo absurdo y lo compartido.

Un consejo práctico y otro humano. El práctico: la perspectiva solo funciona si quien hace la foto se aleja bastante y se pone a la altura correcta, normalmente agachado, y si quien posa está mucho más cerca de la cámara que de la torre. Si el fotógrafo está cerca, no hay manera de que salga.

El humano: si vas en grupo, avisa antes de que quieres hacerla. Yo aprendí esto por las malas. Pedí la foto clásica después de un rato en la plaza, la petición se recibió con el escepticismo que un grupo de adultos reserva para lo que considera demasiado turístico, y el amigo que finalmente accedió la hizo con el entusiasmo de quien está haciendo un favor que no le han pedido. El resultado tiene mis manos a un palmo de la torre, sin perspectiva y sin encuadre. No estoy sujetándola: estoy simplemente cerca con los brazos levantados, que es bastante menos interesante. Veinte años después sigue siendo la foto que tengo de Pisa.

Cómo llegar y cómo encajar la parada

Pisa está a una hora escasa de Florencia en tren, con salidas muy frecuentes, lo que la convierte en la excursión de medio día más fácil de la Toscana. Desde la estación de Pisa Centrale hasta la plaza hay veinte o veinticinco minutos andando cruzando el Arno, un paseo agradable por el centro histórico, o unos minutos en autobús urbano.

Si vas en coche, la plaza está en el extremo norte de la ciudad y hay aparcamientos en el perímetro; el centro tiene tráfico restringido. La combinación clásica en una ruta toscana es Siena por la mañana y Pisa a mediodía, o Pisa de camino entre la costa y Florencia. Encaja bien porque no exige demasiado tiempo.

El acceso a la plaza y al césped es gratuito y no requiere entrada. Solo se paga por entrar en los monumentos.

Y el resto de Pisa

Casi nadie lo ve, y tiene su punto injusto. Pisa es una ciudad universitaria con veinte mil estudiantes, con un centro histórico a orillas del Arno, con la Piazza dei Cavalieri diseñada por Vasari, con la iglesia gótica de Santa Maria della Spina asomada al río como una joyería de mármol, y con una vida de bares y trattorias a precios que no tienen nada que ver con los de la plaza monumental.

Si tu ruta te permite comer en Pisa en vez de al lado de la torre, hazlo en el centro. Se come mejor, cuesta la mitad y de paso ves la ciudad que hay detrás de la postal.