
Arashiyama: el bosque de bambú y los templos del oeste de Kioto
El barrio montañoso donde Kioto era distinta: el bambú que suena, el jardín que roba las montañas y los templos que la mayoría no llega a ver
Hay una línea de tren que sale de Kioto hacia el oeste y que en quince minutos te deposita en otro mundo. El JR Sagano Line cruza los barrios modernos de la ciudad, atraviesa un último tramo de casas bajas, y de repente el paisaje cambia: verde intenso, montañas encima, un río a la izquierda y el olor a vegetación que no tiene nada que ver con el centro histórico. Arashiyama. El extremo occidental de Kioto, donde los emperadores venían a descansar, donde los generales fundaron templos como penitencia, y donde todavía hoy uno puede entender por qué esta ciudad fue la capital del mundo japonés durante más de mil años.
Arashiyama no es imprescindible porque tenga el mayor templo ni el más antiguo. Es imprescindible porque es lo más cercano que Kioto tiene a un lugar donde el tiempo funciona distinto. La imagen del bosque de bambú ha circulado por el mundo entero, pero la imagen no captura lo más importante: el sonido, la escala, la sensación de estar dentro de algo que es simultáneamente naturaleza y arquitectura. Ni tampoco captura los templos que quedan más al norte, los que la mayoría de turistas no llega a ver porque el bambú los detiene. Esos templos son, quizás, la mejor parte.
El bosque de bambú¶
Detrás de la puerta norte del templo Tenryu-ji, escondida de forma casi impropia detrás del complejo monacal, empieza el bosque de bambú de Arashiyama. La especie dominante es el Phyllostachys edulis, el bambú moso, la más grande de Japón: puede alcanzar veinte metros de altura y, en primavera, crecer un metro al día. Aquí los tallos alcanzan alturas que hacen que la copa del bosque quede muy por encima de la cabeza, creando un pasillo verde en el que el sol entra filtrado en rayos oblicuos que cambian de ángulo según la hora del día.
La experiencia física del bosque de bambú es difícil de preparar con fotografías. Lo primero que te sorprende no es la imagen sino el sonido: las cañas se rozan unas con otras con el viento y producen un chasquido de madera, un susurro seco, un traqueteo grave que sube y baja de intensidad según la brisa. No es un sonido de bosque normal, no es crujido de hojas ni de ramas: es algo más duro, más limpio, un sonido que no tiene equivalente fuera del bambú. El gobierno japonés lo catalogó en 1996 como uno de los "Cien Paisajes Sonoros de Japón", una lista oficial de entornos que las autoridades consideran patrimonio acústico nacional. Es una clasificación que solo Japón podría tener, y que el bosque de Arashiyama merece completamente.
El camino principal del bosque tiene unos quinientos metros de longitud y está asfaltado, lo que en temporada alta puede convertirlo en un corredor atestado de turistas que lo destruye como experiencia contemplativa. La solución es llegar muy temprano, antes de las ocho de la mañana, cuando la luz es baja y horizontal entre las cañas y los grupos de turistas no han llegado todavía. O llegar al atardecer, cuando la luz declina y el bosque se vuelve más oscuro y más propio. En ambos casos, el mismo espacio que a mediodía puede sentirse como un parque temático se transforma en algo genuino: las cañas gigantes, la penumbra verde, el sonido del viento. Es el mismo truco que Fushimi Inari con los toriis: el sitio no ha cambiado, ha cambiado la densidad humana.
Hay también una nota práctica sobre la dirección del paseo: el camino principal del bambú es relativamente corto, pero en sus extremos hay ramales secundarios que se adentran en el bosque con mucho menos tráfico. Los caminos que suben hacia Jojakko-ji y los templos del norte transcurren también entre bambú en varios tramos, con la ventaja de que casi nadie los recorre porque implican algo de pendiente.
Tenryu-ji y el paisaje prestado¶
El templo Tenryu-ji ("templo del dragón celestial") es el punto de entrada más natural a Arashiyama, y uno de los grandes templos Zen de Japón por derecho propio. Lo mandó construir en 1339 el shogun Ashikaga Takauji en circunstancias que tienen algo de atormentado: Takauji había estado enfrentado durante años al emperador Go-Daigo, cuya legitimidad disputó en una guerra civil que partió el país en dos. Cuando el emperador murió en el exilio, se dice que su fantasma aparecía en los sueños de Takauji, que decidió fundar un gran templo en su memoria para apaciguar ese espíritu inquieto. Para financiar la construcción se enviaron los primeros barcos comerciales japoneses a la China Yuan, los llamados "tenryu-ji bune", que abrieron una ruta de intercambio que duraría siglos. El templo fundado por la culpa de un hombre fue también el inicio del comercio exterior japonés.
El jardín principal, el Sogenchi, es la razón por la que Tenryu-ji lleva inscrito en el Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1994. Fue diseñado en el siglo XIV por el monje Musō Soseki, considerado el mayor maestro del jardín Zen de la historia japonesa, y es el jardín paisajístico más antiguo del Japón que se conserva en su forma original. Ha sobrevivido intacto a ocho incendios que arrasaron los edificios del templo a su alrededor. Solo las plantas y las piedras, que no arden.
Lo que hace singular a este jardín frente a los jardines Zen más conocidos (el de piedras de Ryoan-ji, por ejemplo) es que no es un jardín seco sino un jardín de estanque. Un espejo de agua refleja las piedras, los pinos podados y, al fondo, las montañas Arashiyama y Kameyama cubiertas de bosque. Y aquí está la aportación técnica que Musō Soseki introdujo por primera vez en la historia del diseño japonés: el shakkei, el "paisaje prestado".
El concepto es elegante: diseñar el jardín de tal manera que las montañas del fondo parezcan parte intencional del conjunto. No hay un muro que cierre la vista; la composición del jardín está calculada para que el ojo del visitante fluya desde las piedras del estanque hacia los pinos, desde los pinos hacia las laderas verdes, desde las laderas hacia las cimas, sin que haya un límite claro entre lo diseñado y lo natural. La montaña no está detrás del jardín: está dentro del jardín. Los bordes se disuelven. Es, en ese sentido, el opuesto filosófico de la caja de arena perfectamente delimitada de Ryoan-ji.
Sentarse en el tatami del pabellón principal y mirar el jardín durante veinte minutos produce una sensación de continuidad entre el espacio interior y el espacio exterior, entre lo humano y lo montañoso, que solo el tiempo permite apreciar. Los grupos de turistas pasan en diez minutos y salen por la puerta norte hacia el bambú. Los que se quedan un poco más se quedan para lo mejor.
El río Oi y el puente Togetsukyo¶
Antes del bambú y de los templos, antes de cualquier cosa, Arashiyama es un río. El río Oi (que aguas abajo se llama Katsura y aún más abajo Yodo) fluye entre las montañas del oeste y la ciudad de Kioto formando aquí uno de los paisajes más serenos de la región. En sus orillas la aristocracia de la época Heian construyó sus villas de verano; los emperadores retirados venían a navegar en barca y a componer poemas sobre los cerezos en primavera. La zona fue durante siglos el retiro por excelencia de la élite de Kioto.
Sobre el río Oi está el Togetsukyo, el "puente que cruza la luna", el puente más fotografiado de Arashiyama y uno de los iconos más reconocibles de Kioto. El nombre se lo puso el emperador retirado Kameyama en el siglo XIII, después de una noche de luna llena en la que dijo que la luna parecía cruzar el puente de una orilla a la otra. El puente actual es una reconstrucción de 1934 con estructura de hormigón, aunque el exterior imita escrupulosamente el aspecto de la madera tradicional. Tiene unos 155 metros de longitud y lo más hermoso es lo que enmarca desde el centro: al este, la ciudad de Kioto bajando entre arrozales; al oeste, las montañas verdes tapando el horizonte con las capas sucesivas del bosque.
En el río se alquilan barcas de remo y barcas con gondolero, una práctica que existe aquí desde la era Heian. No son un artificio turístico moderno: navegar por el Oi entre las montañas de Arashiyama y los sauces llorones de las orillas es exactamente lo que hacían hace mil años los aristócratas que fundaron este lugar como retiro. En verano, entre finales de junio y septiembre, funciona la pesca del ukai: la pesca cormorán nocturna en la que los pescadores controlan los pájaros con cuerdas, les impiden tragar el pescado con un collar y recogen las capturas de sus gargantas. Es una técnica milenaria (más de 1.300 años documentados en el Oi) que hoy funciona principalmente como espectáculo, pero que en el Japón medieval era el método más eficiente de pesca en ríos de corriente rápida.
Los templos del norte: Jojakko-ji, Nison-in y el barrio de Sagano¶
La mayoría de visitantes de Arashiyama traza el mismo circuito: estación, Togetsukyo, Tenryu-ji, bosque de bambú, foto, de vuelta. Ese circuito deja fuera algunos de los lugares más singulares de toda la zona, que están a veinte minutos a pie del bambú subiendo por los senderos del norte hacia el barrio de Sagano.
Jojakko-ji es el templo que más me sorprendió de toda Arashiyama. Está escondido en la ladera de la montaña, se sube por una escalera larga entre árboles, y cuando llegas arriba lo que encuentras es un cementerio cubierto de musgo. No un cementerio triste: uno de los lugares más hermosos del viaje. Las lápidas de piedra llevan aquí siglos, y el musgo ha crecido sobre ellas con esa tranquilidad que tiene el musgo japonés, uniforme, denso, verde-esmeralda. Los árboles forman un techo sobre las tumbas. Hay una pagoda de piedra de cinco pisos emergiendo entre las copas. El templo principal, pequeño, se asoma a un mirador con vistas de Kioto desde arriba. En otoño, cuando los arces (momiji) se vuelven rojos y naranjas, este cementerio con musgo se convierte en uno de los lugares más fotografiados del Japón otoñal, aunque en verano, menos conocido, tiene una quietud que lo hace aún más especial.
Nison-in es otro templo cercano, de la escuela Tendai, fundado en el siglo IX. Lo que lo hace singular es la combinación de sus dos Budas principales (de ahí el nombre: "ni-son", dos figuras veneradas) con una avenida de entrada que en otoño se convierte en un túnel de arces rojos. En cualquier otra estación el templo tiene pocos visitantes y un jardín posterior cuidado con detalle pero sin la espectacularidad de los templos principales.
Jozan-ji, aún más arriba, es el templo del dios de la vejez y la longevidad, y está integrado tan completamente en la ladera que parece crecer de la montaña misma. Los japoneses mayores vienen en peregrinación a rezar aquí por sus años. Pocos extranjeros llegan.
El barrio de Sagano que rodea estos templos merece también el paseo en sí mismo: calles de tierra, casas de madera antiguas con jardines que se asoman a la calle, algún taller de tofu, alguna tienda de verduras, vecinos que van y vienen sin que el turismo de Arashiyama haya llegado del todo hasta aquí. Es el Arashiyama que existía antes del bambú instagrameable.
Okochi Sanso Villa: el jardín de un actor obsesionado¶
Al final del sendero del bambú, en la ladera de la montaña por encima de los templos principales, está la Okochi Sanso Villa, un secreto conocido que la mayoría de turistas ignora porque tiene una entrada de precio elevado y no aparece en los primeros resultados de búsqueda. Lo que hay detrás de esa puerta es el jardín más personal de Arashiyama.
Denjiro Okochi fue uno de los actores más famosos del cine mudo japonés, especializado en el papel del héroe samurái. Entre 1929 y 1961 pasó treinta años construyendo este jardín en la ladera con lo que ganaba rodando películas, diseñando personalmente cada sendero, cada pabellón, cada vista. Llegaba a lo alto de la montaña, miraba la ciudad de Kioto abajo y el río Oi a la izquierda, y decidía qué árbol plantar exactamente en qué punto para enmarcar exactamente qué perspectiva. El resultado es un jardín de paseo (kaiyushiki teien) que sube y baja por la ladera con múltiples vistas de Kioto y Arashiyama, un pabellón de té con tatamis y madera oscura, una sala de meditación, un santuario personal. Todo construido a escala humana, íntimo, sin la grandilocuencia de los templos del centro.
La entrada incluye té verde matcha con wagashi (dulce de pasta de judía roja) en el pabellón, servido con calma, sin prisa. Hay muy poca gente. El jardín, en silencio, con vistas de Kioto entre los pinos, es de los momentos más tranquilos que Arashiyama ofrece.
Cómo llegar y cuándo ir¶
Arashiyama está a quince minutos en tren desde el centro de Kioto. Hay tres opciones:
La JR Sagano Line (también llamada Sagano Line en algunos mapas) desde la estación de Kyoto llega en quince minutos a Saga-Arashiyama, la estación más cómoda para el acceso al bosque de bambú y a Tenryu-ji. No usa el metro municipal, por lo que está cubierta por el JR Pass.
El Randen, el tranvía histórico de Kioto, es la opción más pintoresca: una línea de un solo vagón que serpentea por barrios residenciales desde Shijo-Omiya hasta Arashiyama en unos veinticinco minutos. El tranvía es antiguo, pequeño, completamente encantador, y pasa por encrucijadas donde parece que va a tocar las fachadas de las casas. Tiene precio aparte, no cubre el JR Pass, pero la experiencia del trayecto es parte del día.
El Hankyu Arashiyama desde Katsura es la tercera opción, útil si se viene desde el centro en la línea Hankyu Kyoto.
Para el bosque de bambú, llegar antes de las ocho de la mañana o después de las dieciséis horas marca completamente la diferencia. En agosto, el sol a las siete de la mañana entra bajo entre las cañas y la calidad de luz es incomparable. Los grupos organizados llegan entre las nueve y las once, y a partir de esa hora el sendero principal es difícilmente goloseable.
Arashiyama se puede ver bien en una tarde completa (llegada a las 14h, vuelta a las 18-19h) o en un día entero que permita explorar los templos del norte. No necesita noche propia: desde Kioto es una excursión cómoda. La combinación clásica es Arashiyama por la tarde después de Kinkaku-ji y Ryoan-ji por la mañana, que es el circuito noroeste de Kioto que ocupa perfectamente un día completo.
La única época que merece advertencia especial es el otoño (noviembre), cuando los arces del barrio se vuelven rojo y naranja: Arashiyama en otoño es uno de los espectáculos de hojas caídas (koyo) más famosos de Japón, y la afluencia se multiplica. La escena es justificadamente espectacular, pero la densidad humana también lo es. En otoño, más que en cualquier otra época, la única solución es llegar al amanecer o quedarse después del atardecer.