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Asakusa y el Senso-ji: el corazón del Tokio antiguo
El templo más visitado de Japón y el barrio histórico que lo rodea, con las calles del shogunato y los sabores del periodo Edo
Asakusa es el único barrio de Tokio donde uno puede hacerse una idea de cómo era la ciudad antes de que los bombardeos de marzo de 1945 arrasaran cuarenta y un kilómetros cuadrados de madera y barro en una sola noche. El resto de Tokio se reconstruyó desde cero en los años cincuenta y sesenta, con hormigón y acero y las prisas del milagro económico. Asakusa se salvó por estar en el margen de los incendios. Y por eso aquí siguen estando las mismas calles que en el periodo Edo, los mismos oficios, las mismas tiendas que llevan cuatro siglos vendiendo las mismas cosas.
El templo Senso-ji es el núcleo de todo. Pero Asakusa, bien recorrido, tiene mucho más.
La leyenda del templo más antiguo de Tokio¶
El Senso-ji fue fundado en el año 645 según la tradición, lo que lo convierte en el templo más antiguo de la capital. La historia de su origen es una de las más conocidas del Japón budista. En el año 628, dos hermanos pescadores, Hinokuma Hamanari y Hinokuma Takenari, sacaron en sus redes del río Sumida una pequeña estatuilla de oro de apenas cinco centímetros que representaba a Kannon, el bodhisattva de la compasión. La devolvieron al río con respeto, pensando que no debían quedársela. Siguieron pescando. La volvieron a encontrar. La devolvieron de nuevo. Repitieron la operación varias veces, hasta que entendieron que la estatua no quería ser devuelta al agua.
El jefe de su aldea, Hajino Nakatomo, se enteró del hallazgo y se convirtió al budismo. Transformó su propia casa en un pequeño templo para guardar y honrar la figurita. En el año 645, el monje Shokai Shonin, instruido en un sueño por Kannon misma, construyó sobre ese lugar el primer edificio formal del Senso-ji y se consagró a servir a la imagen.
Lo que hace singular esta historia es su final: la estatua original sigue custodiada en el templo, dicen. Pero nadie la ha visto jamás. Es un "hibutsu", imagen oculta, que no se muestra ni siquiera a los propios sacerdotes del templo. El Kannon del Senso-ji lleva trece siglos siendo venerado sin ser visible. Hay una profundidad espiritual en esa idea —la devoción hacia lo que no puede verse— que dice mucho sobre cómo el budismo japonés entiende la relación entre lo sagrado y lo humano.
La Kaminarimon: el farol que se quemó y volvió¶
La entrada al complejo del Senso-ji es la Kaminarimon, la Puerta del Trueno, y es una de las imágenes más reproducidas de Tokio en el mundo. El enorme farol de papel rojo —casi cuatro metros de altura, setecientos kilos de peso— cuelga entre las estatuas de dos dioses: Fujin, el dios del viento (a la derecha), y Raijin, el dios del trueno (a la izquierda). Esos dos son los guardianes del templo desde el siglo X, cuando se instalaron por primera vez.
La puerta actual es de 1960. La original se quemó en un incendio en 1865 y la sustituta tardó casi un siglo en llegar. Fue una donación personal de Konosuke Matsushita, el fundador de Panasonic (entonces Matsushita Electric), que había visitado el templo en busca de alivio para una enfermedad y, al recuperarse, entendió el gesto como señal de gratitud que merecía reciprocidad. El farol actual se renueva cada diez años y lo fabrican los mismos artesanos de Kioto que hacen los faroles de los templos históricos de la antigua capital.
En el reverso del farol, si uno se asoma desde el interior de la puerta, hay un dragón tallado en madera. La mayoría de visitantes no lo ven porque van mirando hacia adelante.
La Nakamise-dori: cuatro siglos de mercado¶
Cruzar la Kaminarimon significa entrar en la Nakamise-dori, la calle comercial de 250 metros que conduce al templo principal con ochenta y nueve tiendas a ambos lados. Este mercado es uno de los más antiguos de Japón. Lleva funcionando desde el siglo XVII, cuando el shogunato concedió a los vecinos de Asakusa el privilegio de instalar puestos comerciales al lado del templo a cambio de mantener limpio el recinto.
Las tiendas actuales son reconstrucciones de la posguerra —las originales ardieron en los bombardeos de 1945— pero muchas llevan el mismo nombre y el mismo producto desde hace cuatro siglos. Hay tiendas que venden solo ningyo-yaki, los pastelillos en forma de muñeco rellenos de pasta de judía dulce. Hay tiendas que venden solo abanicos pintados a mano. Hay tiendas que venden solo senbei, las galletas de arroz con decenas de variedades de condimento y forma. Hay tiendas de yukata, de kimono, de juguetes de madera del periodo Edo.
La trampa de turista es comprar aquí lo que se podría comprar en cualquier tienda de souvenirs de Tokio a menor precio. Lo que merece la pena son los productos gastronómicos genuinos: los ningyo-yaki recién hechos (se ven cocer en el molde de hierro caliente a través del escaparate), los senbei que se preparan en plancha de carbón, las galletas de sésamo negro.
El templo principal: entre el humo y la devoción¶
Después de la Nakamise-dori está la Hozomon, la segunda puerta, literalmente "puerta del tesoro" porque en su piso superior se guardan los sutras más antiguos del templo, algunos del siglo XIV. Las dos estatuas colosales de madera a sus lados llevan sandalias de paja gigantes colgadas: las waraji, de cuatro metros de longitud, tejidas a mano cada diez años por una comunidad de artesanos de la prefectura de Yamagata. Son ofrendas protectoras que representan el poder de los guardianes. La idea, en la simbología budista, es que los guardianes con sandalias tan grandes pueden ir a cualquier lugar.
Delante del pabellón principal está el gran quemador de incienso, el jokoro, y la gente se pasa el humo por la cabeza y los hombros con las manos. En la creencia popular japonesa el humo del incienso del Senso-ji cura dolencias y trae buena suerte. Es un ritual informal, de nadie, que se hace de manera completamente natural mientras los templos de incienso humean y el olor se expande por todo el patio.
El pabellón principal, el Hondo, es de 1958. El edificio que lo precedía, construido en el periodo Edo y designado tesoro nacional, fue destruido en la noche del 10 de marzo de 1945 cuando los bombarderos B-29 incendiaron más de cuarenta kilómetros cuadrados de Tokio. Esa noche murieron unas cien mil personas. Toda la madera del viejo Asakusa ardió. El templo se reconstruyó en hormigón armado después de la guerra, con la misma forma exterior pero con una estructura moderna capaz de resistir futuros incendios.
Dentro, si se sube las escaleras y se asoma al interior, está el altar de Kannon con sus brocados dorados y sus lámparas de aceite. El Kannon invisible, custodiado desde el año 628.
La pagoda y la Senso-ji como complejo¶
Junto al pabellón principal hay una pagoda de cinco pisos, la Gojunoto, de 53 metros de altura. Las pagodas japonesas son estructuras antisísmica de una sofisticación notable: el shinbashira, un pilar central de cedro que cuelga desde el tejado superior sin tocar el suelo, actúa como péndulo que absorbe la energía de los terremotos. Cuando la tierra tiembla, los pisos de la pagoda oscilan en dirección alterna y el pilar central los contrarresta. Es una solución ingeniada hace más de mil años que los ingenieros del Skytree, un kilómetro más al norte, reprodujeron en el siglo XXI para su antena de 634 metros.
El complejo del Senso-ji incluye además el santuario sintoísta de Asakusa-jinja, contiguo al templo budista. Esta convivencia (un santuario shinto dentro del recinto de un templo budista) es una muestra del fenómeno llamado shinbutsu-shugo, la fusión entre sintoísmo y budismo que funcionó durante mil años en Japón hasta que el gobierno Meiji ordenó su separación forzada en 1868. En Asakusa, como en muchos otros lugares del país, la separación fue puramente administrativa: el santuario y el templo siguen compartiendo espacio, fieles y atmósfera.
El barrio alrededor del templo¶
Asakusa tiene vida mucho más allá del recinto del Senso-ji. Los callejones al oeste y al norte del templo son los que conservan mejor el carácter del barrio histórico. La calle Denboin-dori tiene algunos de los comercios más antiguos: talleres de cerámica, de laca, de papel washi, de madera. La zona de Kappabashi, a diez minutos a pie al oeste, es la calle de las tiendas de utensilios de cocina profesional más densa del mundo: veintisiete manzanas con más de ciento setenta comercios vendiendo cuchillos japoneses (los artesanos de esta calle son descendientes directos de los talleres que forjaban katanas), ollas, cazos, moldes, y la inconfundible comida de plástico hiperrealista que llenan los escaparates de los restaurantes japoneses.
Los cuchillos de cocina japoneses (hocho) son otra cosa completamente distinta a cualquier cuchillo occidental. El acero es más duro, el filo más fino, el ángulo de afilado más agudo (entre 10 y 15 grados por lado, frente a los 20-25 grados de un cuchillo europeo). Un cocinero japonés puede mantener el mismo cuchillo durante décadas afilándolo en piedra de agua regularmente. En Kappabashi hay tiendas que llevan en la misma familia desde el periodo Edo forjando cuchillos a mano.
La zona de Nakamise, más al este, ofrece el otro extremo: el Tokio del entretenimiento tradicional con los teatros de kabuki históricos (el Asakusa Engei Hall lleva en funcionamiento desde 1913), los estudios de fotografía con kimono para recordatorios de viaje, y los puestos de Nakamise que siguen vendiendo los mismos dulces que en el siglo XVII.
Cómo visitar el Senso-ji¶
El Senso-ji está abierto siempre. No tiene horario de cierre porque el recinto exterior es público. El pabellón principal abre a las seis de la mañana (a las 6:30 en invierno). La entrada es gratuita.
Las horas de menor afluencia son muy temprano por la mañana (antes de las ocho) y a última hora de la tarde, cuando los grupos turísticos han vuelto a sus hoteles y quedan principalmente fieles locales y visitantes individuales. A mediodía, especialmente en fines de semana y festivos, el recinto puede estar muy concurrido.
Una de las actividades más populares en el Senso-ji es el omikuji: la fortuna de papel que se obtiene agitando un cilindro de madera hasta que cae un palillo numerado, buscando el cajón con ese número y sacando el papelito que contiene la fortuna. Si la fortuna es buena, se lleva. Si es mala (hay varios grados de mala fortuna, hasta el catastrófico daikyo), se ata al bastidor metálico del recinto para dejarla allí y liberarse de ella. El tira y afloja entre suerte y destino que este pequeño ritual escenifica lleva en pie aquí desde el periodo Edo.