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Kamakura: el Gran Buda, los templos zen y la antigua capital samurái a una hora de Tokio
Los templos Rinzai en silencio, el Daibutsu al aire libre desde el siglo XIII y la playa de los surfistas: el día más completo que puede hacerse desde Tokio
Hay excursiones de un día que solo dan la superficie de un sitio. Y hay excursiones de un día que te dejan marcado para siempre. Kamakura es del segundo tipo. A una hora de Tokio por la línea Yokosuka, esta ciudad costera rodeada de colinas guarda una historia que tiene poco que envidiar a Kioto, una concentración de templos zen de primera magnitud, y el Daibutsu más famoso de Japón mirando al vacío desde su jardín desde hace más de setecientos años.
Lo que convierte Kamakura en una excursión diferente a cualquier otra desde Tokio es la combinación: templos zen genuinos donde los monjes siguen practicando hoy, un buda colosal de bronce al aire libre desde que un tsunami destruyó la sala que lo cobijaba en el siglo XV, playas de surf a cinco minutos de los templos medievales, y una topografía de colinas y bosque que lo convierte todo en algo que no se parece a nada más de la región. Kioto tiene más templos, pero Kamakura tiene una escala más íntima, menos agobiante, y la ventaja de ser mucho menos visitada.
Kamakura como capital del Japón samurái¶
Para entender qué es Kamakura hay que entender qué fue. Entre 1185 y 1333, durante el período Kamakura, esta ciudad fue la capital política efectiva de Japón. El shogun militar Minamoto no Yoritomo eligió este lugar en 1180 precisamente por lo que los turistas modernos pasan por alto: la topografía. Kamakura está rodeada en tres lados por colinas que hacen difícil el acceso; el cuarto lado es el mar. Es una ciudad naturalmente defendible, un lugar donde un ejército podía controlar el acceso con relativamente pocos soldados. Y fue desde aquí, no desde el Kioto imperial, donde se tomaron las decisiones militares y políticas del Japón medieval durante casi ciento cincuenta años.
El período Kamakura también fue el período en que el budismo zen arraigó en Japón. Los monjes Eisai (1141-1215) y Dōgen (1200-1253) trajeron el zen desde China con sus variantes Rinzai y Sōtō respectivamente, y encontraron en la clase samurái de Kamakura un receptor entusiasta. La disciplina mental del zen, su práctica del kōan como herramienta para romper el pensamiento ordinario, su exaltación de la concentración y el presente, casaban perfectamente con los valores que los guerreros cultivaban. Los grandes templos zen de Kamakura son de esta época: fundaciones directas de los regentes Hōjō que gobernaban en nombre del shogun, construidas con el mismo cuidado con que los señores feudales del norte de Europa construían catedrales.
Cuando el shogunato de Kamakura cayó en 1333, la ciudad perdió su función política pero no sus templos. El budismo zen había echado raíces demasiado profundas para ser solo un ornamento del poder. Kamakura siguió siendo, y sigue siendo, uno de los grandes centros del zen japonés.
Kita-Kamakura: los templos en silencio¶
La estrategia correcta para ver Kamakura es bajarse en Kita-Kamakura ("Kamakura norte"), la estación anterior a Kamakura en la línea Yokosuka, y caminar hacia el sur recorriendo los templos del camino hasta llegar a la ciudad. Este primer tramo entre Kita-Kamakura y el centro es el más tranquilo y el más bello, y tiene dos de los mejores templos del viaje.
Engaku-ji está literalmente a dos minutos a pie de la estación de Kita-Kamakura, al otro lado de las vías del tren. Fue fundado en 1282 por el regente Hōjō Tokimune para honrar a los guerreros caídos en las dos invasiones mongolas de 1274 y 1281. Las invasiones son parte de la historia más famosa del Japón medieval: el intento de Kublai Khan de conquistar Japón dos veces, en dos flotas enormes, y los dos naufragios catastróficos provocados por los tifones que los japoneses llamaron "kamikaze", "viento divino". Cuarenta y cuatro mil soldados mongoles e inmensas flotas destruidas por el viento en dos ocasiones. El término "kamikaze" lleva desde entonces la carga de esa intervención divina en momentos de peligro máximo para Japón.
Engaku-ji fue uno de los cinco grandes templos zen de Kamakura (las Kamakura Gozan, la red formal de los cinco templos más importantes). Subir sus escaleras de piedra cubiertas de musgo produce una sensación inmediata de que el tiempo aquí funciona diferente. El recinto tiene varios pabellones de madera oscura bajo pinos centenarios, jardines con piedras y azaleas, y una de las campanas budistas más antiguas de Japón: el Ogane, fundida en 1301 y declarada Tesoro Nacional, de unos dos metros y medio de altura. El concepto del "camino de entrada" al templo zen tiene nombre en japonés: sando, y es más que un sendero. Es una preparación mental deliberada. Subes las escaleras, cruzas puertas sucesivas, el ruido del mundo exterior va quedando atrás, y cuando llegas al pabellón principal llevas ya varios minutos en silencio. No es accidental.
Kencho-ji, a pocos minutos a pie hacia el sur, es aún más antiguo y más importante dentro de la jerarquía zen de Kamakura. Fue fundado en 1253 como el primer templo zen "puro" de Japón (es decir, dedicado exclusivamente a la práctica zen, sin mezcla de otras escuelas budistas) por el regente Hōjō Tokiyori, que trajo expresamente desde China al monje Rankei Doryu como abad. Kencho-ji era el primero de los cinco templos Gozan, el más alto en la jerarquía.
La puerta principal, el Sanmon, es una estructura de dos pisos de madera oscura que obliga a alzar la vista. En el Hatto, la sala de leyes donde se predicaban los sermones, hay pintado en el techo un dragon enorme (Unryu-zu, obra del artista Koizumi Junsaku de 2003) que forma parte de la misma tradición de dragones de techo que hay en otros grandes templos zen japoneses. Dar dos palmadas bajo el dragón y escuchar cómo el eco sube y se transforma en un rumor parecido al rugido es una demostración de acústica arquitectónica intencionada. El jardín de Kencho-ji, diseñado por el monje Muso Soseki (el mismo que diseñó el Tenryu-ji de Arashiyama), tiene un estanque donde se dice que los caracteres de la palabra "corazón" (shin) en chino clásico son visibles en el contorno de la orilla.
Detrás de Kencho-ji hay un sendero que sube a las colinas. El Sendero de la Fuente (Genjiyama Hiking Course) conecta varios picos con vistas sobre Kamakura y el mar de Sagami, con pequeñas ermitas y estatuillas a lo largo del camino. Para quienes tienen más tiempo y energía, este sendero conecta hasta con el Daibutsu Trail.
Kotoku-in y el Gran Buda¶
El Kotoku-in es el templo donde está el Daibutsu, y cuando llegas al recinto y el Buda aparece entre los árboles ya se nota que esto no es una estatua normal. Es una presencia.
El Buda de bronce de Kamakura tiene 13,35 metros de altura desde su base a la cumbre de su moño, y pesa 93 toneladas. Fue fundido en 1252 por una técnica de moldeado en secciones horizontales que aún hoy son visibles si uno se acerca: las juntas entre los segmentos de bronce, los parches de reparación de los siglos. Representa a Amida Nyorai, el Buda de la Luz Infinita, la figura central de la escuela Jōdo o de la Tierra Pura, que fue la forma de budismo más popular entre las clases bajas del período Kamakura. Manos en mudra de meditación (dhyāna mudrā), ojos entornados, expresión de paz absoluta que no cambia por las condiciones meteorológicas ni por el número de turistas que lo fotografían.
La construcción fue una iniciativa notablemente popular para su época: empezó en 1243 con una primera estatua de madera que una tormenta destruyó, y el sacerdote Joko organizó una colecta nacional para fundir la actual en bronce. No fue una donación de la corte ni del shogunato: fue una suscripción popular para hacer al pueblo del Japón medieval un Buda de escala colosal.
Lo más importante de la historia del Daibutsu de Kamakura es lo que no está. Originalmente el Buda estaba protegido dentro de un gran pabellón de madera, el Daibutsu-den, similar al que protege al Gran Buda de Todai-ji en Nara. Ese pabellón fue dañado por varios tifones en el siglo XIV y finalmente destruido por completo por el tsunami provocado por el gran terremoto de Meio en 1498. El mar entró tierra adentro y arrasó las estructuras de madera. Los pilares del pabellón original siguen enterrados alrededor de la estatua: los arqueólogos los han localizado pero no se han excavado completamente. Desde 1498, hace más de quinientos años, el Buda está a la intemperie. Y esa condición de Buda sin techo, mirando al cielo con la misma serenidad que miraba desde dentro de su sala, se ha vuelto parte inseparable de su identidad.
Se puede entrar dentro de la estatua. No es metafórico: por 20 yenes adicionales se pasa por dos ventanas abiertas en los costados del torso y se puede ver el interior hueco, las juntas de la fundición, los dispositivos de refuerzo interno que se añadieron en las restauraciones del siglo XX. Es como entrar en una pequeña catedral de bronce verde que huele a metal antiguo y a tiempo detenido.
Hase-dera: los Jizo y la Kannon dorada¶
A cinco minutos a pie del Kotoku-in está Hase-dera, el templo que más me marcó de toda la visita a Kamakura. Está construido en ladera, con varios niveles enlazados por escaleras, jardines en cada terraza y el mar visible al fondo.
En el pabellón principal, en penumbra, iluminada por luz lateral desde una claraboya, está la Kannon de las once cabezas: una estatua de madera dorada de 9,18 metros de altura, la estatua de madera más grande de Japón. Fue tallada, según la tradición, en el año 721 de un único tronco de alcanforero. La leyenda cuenta que de ese mismo tronco se tallaron dos Kannon gemelas: una quedó en Hase, cerca de Nara, y la otra se echó al mar con una oración para que llegara al lugar donde fuera necesitada. Flotó quince años hasta aparecer en la playa de Kamakura, y en ese sitio se fundó el templo. Las once cabezas que la coronan representan las once formas en que esta bodhisattva de la compasión puede manifestarse para ayudar a los seres que sufren. Cuando entras y la tienes delante en la penumbra, el efecto es sobrecogedor de una manera que no se anticipa con la descripción.
Pero lo que resulta más emocionalmente impactante de Hase-dera son los Jizo. Cientos, quizás miles de pequeñas estatuas de piedra de Jizo Bosatsu, el bodhisattva que cuida de los niños, los viajeros y los difuntos mientras cruzan el río del mundo intermedio. Están en hileras por la ladera, y tienen gorritos rojos tejidos a mano, baberos, flores pequeñas, juguetes de plástico, dulces a los pies.
Las familias dejan estas estatuitas en memoria de los niños no nacidos: niños perdidos en abortos espontáneos o voluntarios, bebés nacidos sin vida, hijos que murieron muy pequeños. Es un rito budista llamado mizuko kuyō, la ofrenda a los "niños del agua", que tiene un arraigo muy profundo en Japón. Pasear entre los Jizo con sus gorritos rojos y sus ofrendas es uno de esos momentos de viaje que no se olvidan. Hay historias en cada estatuilla que uno no conoce pero que se presiente. El recinto está en silencio, incluso cuando hay gente.
El Sendero de Daibutsu¶
Para quienes tienen energía y tiempo, el Sendero de Daibutsu (Daibutsu Hiking Course) es una de las mejores opciones de caminata de toda la región de Tokio. La ruta conecta el Daibutsu con el barrio de Kita-Kamakura por un sendero de diez kilómetros que cruza las colinas detrás de la ciudad, pasando junto a varios templos secundarios menos visitados y por puntos de vista desde los que se ve el mar de Sagami entre los pinos.
El sendero no es difícil técnicamente pero implica un par de horas de caminata con algunas subidas. La recompensa es salir del circuito de templos pavimentados y entrar en el bosque real de Kamakura, donde los cedros japoneses (sugi) y los robles crecen sobre terreno volcánico y el único sonido es el de las cigarras o, según la época, el viento entre los pinos. Hay tramos donde el camino es tan estrecho que hay que ir en fila india, y otros donde se abre a miradores con vistas completas de la ciudad y la bahía.
La playa de Yuigahama: el otro Kamakura¶
Kamakura tiene también una cara completamente distinta que la mayoría de visitantes no combina con los templos pero que revela algo importante sobre la ciudad: es una ciudad de playa. La playa de Yuigahama, a veinte minutos a pie del centro, es uno de los destinos de surf más activos de la región de Tokio. En verano hay surfistas en el agua desde primera hora de la mañana hasta que oscurece.
El contraste entre el Buda del siglo XIII meditando en su jardín y los surfistas esperando olas a cien metros de los templos medievales es uno de esos accidentes culturales que Japón permite con una naturalidad que ningún otro país del mundo tiene. No es kitsch. Es simplemente que en Kamakura, históricamente, siempre ha habido guerreros que miraban al mar y monjes que meditaban en las colinas, y los dos mundos coexistían. El surfista y el templo zen son versiones distintas de la misma ciudad.
Logística completa desde Tokio¶
La manera más cómoda de ir de Tokio a Kamakura es la línea Yokosuka desde la estación de Tokio o desde Shinjuku (con la línea Shonan-Shinjuku). El trayecto dura unos 55 minutos desde Tokio y la tarifa está cubierta por el JR Pass. Los trenes son frecuentes (cada diez o quince minutos en hora punta) y el viaje es cómodo.
Una alternativa es la línea Shonan-Shinjuku que conecta Shinjuku directamente con Kamakura sin transbordo en unos 60 minutos, también cubierta por el JR Pass.
La Enoden (línea Enoshima Dentetsu), el tranvía histórico de 1902 que conecta Kamakura con Enoshima, es uno de los mejores tramos de tren de toda la excursión: pasa por zonas residenciales rozando literalmente las ventanas de las casas, discurre entre fachadas de edificios a centímetros de los vagones, y recorre la costa con vistas al mar de Sagami. No está cubierta por el JR Pass (tiene precio propio reducido) pero el trayecto merece pagarlo.
La ruta circular más completa y satisfactoria para un día completo:
- Tokio → Kita-Kamakura (línea Yokosuka): Engaku-ji y Kencho-ji por la mañana
- Kita-Kamakura → Kamakura (a pie, 30 minutos): templos secundarios del camino
- Kotoku-in (tranvía Enoden o a pie desde el centro): Gran Buda y Hase-dera
- Kamakura → Enoshima (tranvía Enoden): la pequeña isla con su santuario y sus grutas
- Enoshima → Tokio (línea Odakyu, con transbordo)
Esta ruta triangular de Tokio → Kamakura → Enoshima → Tokio es la excursión de un día más completa que puede hacerse desde la capital, y permite ver los templos zen por la mañana, el Buda al mediodía, Hase-dera a primera hora de la tarde y la isla de Enoshima a media tarde.
Si el tiempo es limitado y solo se puede hacer Kamakura, el mínimo esencial son el Kotoku-in y Hase-dera (una mañana o una tarde es suficiente). Si hay todo el día, Kita-Kamakura con sus templos zen añade una dimensión contemplativa que los grandes iconos no dan por sí solos.
Kamakura es el tipo de sitio que se puede ver en cuatro horas corriendo o en ocho horas caminando, y en ambos casos la experiencia será completamente distinta. Vale la pena tomarse las ocho.