
Kinkaku-ji: el Pabellón Dorado de Kioto
El templo zen más visitado de Japón, la novela que lo incendió y la extraña relación entre la belleza y su destrucción
Hay edificios que uno ha visto tantas veces antes de llegar que la llegada en persona parece un trámite. El Pabellón Dorado de Kioto es uno de ellos. Está en todos los calendarios, en todos los álbumes de Japón, en todas las imágenes que el mundo ha usado durante décadas para representar la idea misma de lo japonés. Uno espera, razonablemente, que verlo en vivo lo decepcione un poco, que la pantalla del teléfono o la lámina del libro sean suficientes sustitutos.
No lo son.
El Kinkaku-ji está construido en la orilla norte de un estanque de agua oscura, el Kyoko-chi, el Estanque Espejo. Cuando la mañana está en calma y la luz llega en el ángulo correcto, el edificio se duplica sobre el agua con una nitidez casi indecente: el oro encima, el oro debajo, los pinos al fondo, el cielo. Es una imagen que la fotografía capta bien pero que en persona tiene una dimensión física —la escala del silencio, el peso del lugar— que ninguna reproducción termina de resolver. Que tres millones de personas al año vengan a ver exactamente esto no hace que la imagen funcione menos. El Kinkaku-ji es uno de esos contados lugares del mundo donde la afluencia masiva de turistas no consigue vencer al sitio en sí.
Historia: de villa de retiro a templo zen¶
El edificio que hoy se ve no tiene seiscientos años. Tiene setenta. Pero los que lo contemplan desde la orilla del estanque contemplan también, de algún modo, la historia que rodea al original.
El Kinkaku-ji fue construido en 1397 como villa de retiro del shogun Ashikaga Yoshimitsu, el hombre más poderoso de Japón en el tránsito entre los siglos XIV y XV. Yoshimitsu gobernó el país con una mezcla de habilidad política y mecenazgo cultural que no tenía precedentes en la historia del shogunato. Cuando se retiró del poder, eligió el norte de Kioto, lejos del bullicio de la capital, y construyó allí Kitayama-dono, el Palacio de la Montaña del Norte, del que el pabellón dorado era la pieza central. Murió en 1408. Según sus instrucciones, la villa fue convertida en templo zen de la escuela Rinzai, y el pabellón pasó a llamarse Rokuon-ji, aunque el nombre popular, Kinkaku-ji —Templo del Pabellón Dorado— es el que ha perdurado.
Los seis siglos siguientes fueron más o menos los que caben esperar de un templo japonés: incendios, guerras, restauraciones, periodos de esplendor y de abandono. El pabellón sobrevivió, más o menos intacto, a las guerras Onin del siglo XV, a la unificación del país bajo los tres grandes señores del XVI, al largo letargo del shogunato Tokugawa. En el verano de 1950, el edificio original llevaba cinco siglos y medio en pie.
El 2 de julio de 1950, un monje novicio de veintidós años llamado Hayashi Yoken prendió fuego al pabellón. El incendio arrasó todo. Después de haberlo quemado, el novicio subió a la ladera del monte detrás del templo e intentó suicidarse. No lo consiguió. Cuando fue capturado por la policía, sus explicaciones fueron confusas, contradictorias y, según los testimonios del juicio, cargadas de una angustia que los interrogadores no sabían muy bien cómo clasificar. Habló de una obsesión con la belleza del edificio. De la imposibilidad de poseer lo que se contempla. De la urgencia de destruir precisamente aquello que se admira con mayor intensidad. Fue condenado a siete años de prisión pero liberado antes por enfermedad mental. Murió de tuberculosis en 1956.
Mishima y la novela del incendio¶
Tres años después del incendio, en 1956, Yukio Mishima publicó Kinkaku-ji —traducida al español como El pabellón de oro—, una novela escrita en primera persona desde el punto de vista de un joven novicio que quema el templo. Es ficción: Mishima cambió los detalles, inventó una psicología propia para su protagonista, transformó el caso criminal en una exploración filosófica. Pero la materia prima era real, y la pregunta central de la novela es la que el caso real plantea sin responder satisfactoriamente: ¿qué tipo de relación con la belleza puede llevar a destruirla?
Mishima no justifica el incendio ni condena al personaje de un modo sencillo. Lo que hace es algo más incómodo: habitar la lógica de esa obsesión desde dentro, rastrear el camino que lleva de la contemplación a la destrucción. El pabellón, en la novela, se convierte en el obstáculo entre el protagonista y el mundo, algo demasiado perfecto para coexistir con él. La única forma de relacionarse completamente con la belleza absoluta es poseerla; la única forma de poseerla es destruirla. La novela no dice que eso esté bien. Dice que eso es lo que pasó.
Kinkaku-ji es una de las grandes novelas japonesas del siglo XX. Leerla antes de visitar el templo cambia la visita. El edificio que se contempla desde la orilla del Estanque Espejo es una reconstrucción levantada sobre las cenizas de lo que Mishima convirtió en objeto literario; y el tema de Mishima —la relación entre la belleza y su destrucción— no es un tema ajeno al turismo masivo que hoy rodea el lugar. De algún modo extraño y lateral, el análisis del novelista sigue siendo pertinente.
La arquitectura: tres estilos en un edificio¶
El pabellón tiene tres plantas, y cada una habla un idioma arquitectónico diferente.
La primera planta es Shinden-zukuri, el estilo palaciego de la aristocracia Heian: madera natural sin tratar, paredes de yeso blanco, proporciones horizontales y reposadas. Es el lenguaje del poder civil del Japón clásico, el mismo que se usó en los grandes palacios de la época de Murasaki Shikibu.
La segunda planta es Bukke-zukuri, el estilo de las casas guerreras del medievo japonés: más compacta, más militarmente funcional, cubierta íntegramente de láminas de oro. Aquí el vocabulario es el del samurai, no el del cortesano.
La tercera planta es Karayō, el estilo zen de influencia china: ventanas en arco, tejado curvo, la solemnidad meditativa del templo budista. También cubierta en oro.
Sobre el tejado de la tercera planta hay un fénix de bronce dorado, el ave que en la mitología china y japonesa renace de sus propias cenizas. La elección, a la vista de la historia del edificio, tiene una ironía que no parece involuntaria.
El oro que se ve hoy es cinco veces más grueso que el original. En la gran restauración de 1987, se aplicaron nuevas láminas de oro —manteniendo las proporciones del diseño del siglo XIV— con un espesor considerablemente mayor al que presumiblemente tenía el edificio de Yoshimitsu. El resultado es más brillante, más definitivo, menos melancólico tal vez. Pero es lo que hay, y lo que hay sigue siendo espectacular.
La reconstrucción: el original que no lo es¶
El pabellón que existe hoy fue reconstruido en 1955, cinco años después del incendio. Es una réplica exacta del original, o tan exacta como permitían los planos y fotografías disponibles. Eso lo convierte en algo cuya naturaleza filosófica vale la pena considerar: no es el edificio de Yoshimitsu, no tiene seiscientos años, no ha sobrevivido a las guerras del Japón medieval. Es una reproducción de posguerra que ocupa el lugar donde estuvo el original.
El jardín que lo rodea, en cambio, sí tiene seiscientos años. El Estanque Espejo, las islas de piedra, los pinos cuidadosamente formados: el paisaje diseñado para el placer visual del shogun Yoshimitsu es el mismo que enmarca la reconstrucción de 1955. La reconstrucción está encuadrada por el jardín histórico. No sé si eso hace al conjunto más o menos auténtico. Sí hace al conjunto extraordinariamente bello.
La visita: los tres millones de personas¶
El Kinkaku-ji recibe alrededor de tres millones de visitantes al año. Es el lugar más visitado de Kioto, y Kioto es una de las ciudades más visitadas de Japón. En la práctica, esto significa que el camino alrededor del estanque es de sentido único, que la multitud se mueve de forma constante y que no existe ningún ángulo desde el que ver el pabellón sin que haya otras personas en el encuadre.
Esto no arruina la visita. Es una de las curiosidades del Kinkaku-ji: el lugar resiste. El oro contra el verde de los pinos, el oro reflejado en el agua oscura, la escala del conjunto y la perfección de sus proporciones son suficientemente poderosas para imponerse sobre el ruido y la aglomeración. Habrá momentos mejores —una mañana de llovizna suave, cuando los turistas son menos y las gotas en el estanque afinan los reflejos; la primera hora después de la apertura, cuando la luz es oblicua y la multitud todavía no ha llegado a su pico— pero incluso en la peor circunstancia el pabellón cumple.
Las puertas abren a las 9:00. Llegar a esa hora en temporada alta implica todavía encontrar un número manejable de personas. En los días de lluvia ligera, no intensa, la experiencia de la visita es cualitativamente diferente: los reflejos son más nítidos, el jardín más oscuro y saturado, y la multitud se reduce de forma apreciable.
Kinkaku-ji en el norte de Kioto¶
El Kinkaku-ji está en el extremo norte de Kioto, a unos treinta minutos en autobús desde el centro. La zona forma un triángulo con otros dos templos de primer orden que pueden combinarse en una mañana o en una tarde de exploración.
Ryoan-ji, a diez minutos a pie hacia el sureste, tiene el jardín de roca más famoso de Japón: quince piedras sobre arena rastrillada cuya distribución nunca permite ver las quince a la vez desde ningún punto del camino. El jardín es de 1450 y sigue desconcertando a quien intenta encontrar su lógica. La experiencia —sentarse en el porche de madera y mirar durante un rato, intentar contar las piedras— es exactamente opuesta a la del Kinkaku-ji: aquí no hay oro ni reflejo ni belleza inmediata, solo una pregunta planteada en grava.
Ninna-ji, a unos veinte minutos a pie hacia el oeste, es un complejo de templos y jardines construido en el siglo IX, con una pagoda de cinco pisos que asoma sobre los tejados y cerezos enanos —los sakura tardíos más famosos de Kioto— que florecen una semana después que el resto. Fuera de la temporada de cerezos es un lugar tranquilo, con visitantes en número humano y un jardín que merece una visita sin aglomeración.
Los tres templos —Kinkaku-ji, Ryoan-ji y Ninna-ji— forman el circuito estándar del norte de Kioto. Con tiempo suficiente, es una de las mejores mañanas posibles en la ciudad.
Información práctica¶
Cómo llegar
- Desde la Estación de Kioto, autobús número 101 o 205 hasta la parada Kinkakuji-michi: aproximadamente 30 minutos
- Desde Gion o el centro: autobús 12 o 59 desde la parada Karasuma-Imadegawa; consultar el panel de paradas en el autobús
- No hay estación de metro próxima; el autobús es la opción más directa desde cualquier punto del centro
Horarios y precios
- Apertura todos los días del año: 9:00 a 17:00 (última entrada a las 16:50)
- Entrada: 500 yenes (precio habitual; puede actualizarse)
- No hay descuentos especiales por ser temprano; la ventaja de llegar a la apertura es puramente la de los grupos
Tiempo recomendado
- El recorrido alrededor del estanque dura unos 30-40 minutos a paso normal
- Con los jardines del recinto completo: una hora cómoda
- Si se combina con Ryoan-ji y Ninna-ji: media jornada de 4-5 horas
Combinación con el norte de Kioto
- Kinkaku-ji + Ryoan-ji + Ninna-ji forman el circuito natural del norte; se pueden hacer a pie o en autobús entre ellos
- La parada de autobús de Ryoan-ji está a 10 minutos a pie del Kinkaku-ji
- El regreso al centro desde Ninna-ji: autobús 26 o 59 hasta Kyoto Eki o Shijo
Lectura recomendada
- El pabellón de oro, Yukio Mishima (Alianza Editorial) — leerla antes de la visita cambia lo que se ve desde la orilla del estanque