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Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón.

Destinos · Japón · Kansai

Kioto en 3 días: el itinerario que da tiempo a respirar

Tres jornadas para entender la antigua capital: Fushimi Inari y Gion, Kinkaku-ji y Arashiyama, y una excursión a Nara

Lectura de 16 minutos

Kioto tiene 1.600 templos budistas y 400 santuarios sintoístas. Dos días en esta ciudad se pasan corriendo; con tres, por fin, se puede bajar el ritmo. Se puede repetir un templo que mereció más tiempo. Se puede perderse en un barrio sin itinerario. Se puede esperar el atardecer en el lugar correcto. Tres días en Kioto no son suficientes para verla toda, pero son suficientes para salir habiendo estado en ella de verdad.

Este itinerario está estructurado en tres jornadas bien diferenciadas. El primer día recorre los iconos del sur y el barrio de Gion. El segundo se adentra en el noroeste —el triángulo de Kinkaku-ji, Ryoan-ji y Arashiyama— y en el eje este de Higashiyama. El tercero propone salir de Kioto hacia Nara, aunque también ofrece una alternativa para quien prefiere quedarse y profundizar en la ciudad con más calma.

La base logística es la tarjeta IC (Suica o Pasmo), que funciona en trenes JR, en el metro y en los autobuses urbanos. El bono de día ilimitado de autobús se amortiza con tres viajes y es la mejor opción para los desplazamientos dentro del centro histórico. La JR Nara Line cubre los trayectos a Fushimi Inari y, el tercer día, a Nara.

Día 1: Fushimi Inari al amanecer, Ginkaku-ji y Gion al atardecer

Antes del amanecer: Fushimi Inari

El primer día empieza antes de lo cómodo. Fushimi Inari Taisha no tiene horario —el recinto exterior es siempre accesible— y la única manera de ver el Senbon Torii sin la presencia de otros visitantes es llegar entre las seis y las siete de la mañana.

La estación de Inari en la línea JR Nara está a dos paradas de la estación de Kioto. Nada más salir de la estación, cruzando la calle, aparece el torii gigante de entrada. El santuario principal de la red dedicada a Inari —el kami del arroz, la fertilidad, el sake y la prosperidad— tiene 1.315 años, aunque los toriis empezaron a donarse en el periodo Edo, cuando comerciantes y empresas prósperas los ofrecieron como agradecimiento. Los de mayor tamaño llevan en el reverso el kanji del donante y la fecha. Son aproximadamente diez mil.

A esta hora, con la neblina de primera mañana y el olor del incienso de los altares menores flotando entre los árboles, el bermellón contra el verde del bosque es uno de los momentos del viaje que se llevan para siempre. El mirador de Yotsutsuji está a 45 minutos subiendo a buen ritmo. Desde ahí ya se ve Kioto abajo. Con tres días disponibles, quien quiera puede hacer la ruta completa hasta la cumbre (233 metros de desnivel, dos horas y media ida y vuelta): el silencio de la cima, con los sub-santuarios entre la vegetación densa y las estatuas de los zorros-kitsune en cada recodo, es un mundo aparte del tramo más turístico de la base.

Bajar a las nueve o nueve y media, cuando los primeros autobuses ya están llegando a la estación.

Mañana: Ginkaku-ji y el Camino del Filósofo

Desayuno en la zona de la estación de Kioto o en algún café cercano al barrio de Okazaki, y autobús hacia Ginkaku-ji en el extremo norte de Higashiyama.

Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata que nunca fue plateado. Lo mandó construir en 1482 el shogun Ashikaga Yoshimasa —nieto del que hizo el Pabellón Dorado— como villa de retiro, imitando el modelo del abuelo. La plata nunca llegó: las guerras de Onin habían arruinado al shogunato. Una teoría más reciente dice que el nombre viene del brillo plateado que la luna proyecta sobre el tejado oscuro en las noches de otoño. Yoshimasa fue un desastre político pero un gran patrón de las artes: su corte de Higashiyama cristalizó las formas artísticas que hoy reconocemos como "japonesas clásicas" —la ceremonia del té, el ikebana, el teatro Noh, la pintura monocroma. El jardín principal tiene el Ginshadan (el mar de arena plateada rastrillada en líneas horizontales) y el Kogetsudai (el cono de arena que representa el monte Fuji y refleja la luna). Los monjes peinan el Ginshadan cada mañana. La meticulosidad visible en esas líneas perfectas produce una sensación particular.

Del Ginkaku-ji sale el Camino del Filósofo, el Tetsugaku-no-Michi: dos kilómetros siguiendo un canal de agua, con templos pequeños escondidos a los lados y muy poca gente en comparación con los circuitos principales. Su nombre viene del filósofo Nishida Kitaro, fundador de la Escuela de Kioto y el pensador japonés más influyente del siglo XX, que lo recorría cada día meditando. En agosto hay verde espeso, cigarras y gatos dormitando en los muretes. En primavera los cuatrocientos cerezos de ambas orillas crean el túnel rosa más fotografiado de Kioto. En otoño hay arces encendidos.

Paradas en el camino: Honen-in (templo escondido al que se llega por una puerta de madera cubierta de musgo, con jardines diminutos impecables y apenas ningún turista), y Eikando, famoso por su estatua de Amida Nyorai mirando hacia atrás —el Mikaeri Amida— con la historia de la estatua que giró la cabeza para decirle a un monje "vas demasiado lento".

El camino termina en Nanzen-ji, uno de los grandes complejos zen de Kioto, con su Sanmon monumental de madera y el detalle más inesperado de toda la ciudad: el Suirokaku, el acueducto de ladrillo rojo de estilo europeo que atraviesa el recinto del templo. Se construyó en 1890 como parte del sistema de ingeniería del canal del lago Biwa. Los monjes protestaron con vehemencia cuando lo instalaron. Hoy es uno de los rincones más fotografiados de la ciudad. El contraste entre los arcos de ladrillo de reminiscencia romana y el templo zen es un anacronismo deliberado que resume perfectamente la era Meiji.

Comer en la zona de Nanzen-ji o en las callejuelas entre el templo y Higashiyama: udon en un sitio pequeño, o el teishoku del mediodía que muchos restaurantes del área ofrecen a precios razonables.

Tarde: Kiyomizu-dera y Higashiyama

Kiyomizu-dera por la tarde, cuando la calidad de la luz sobre la ciudad es mejor. El templo del agua pura, fundado en el año 778 aunque el edificio actual data de 1633, tiene su escenario de madera —el Hondo— sobresaliendo trece metros sobre la ladera del monte Otowa, sostenido por 168 pilares de zelkova ensamblados sin un solo clavo. De ese escenario viene la expresión japonesa "saltar desde el escenario de Kiyomizu": tomar una decisión drástica e irreversible. Durante el periodo Edo se contabilizaron 234 saltos reales y el 85% sobrevivió; el gobierno Meiji lo prohibió en 1872.

Las tres cascadas del manantial Otowa: longevidad, amor, éxito académico. Hay que elegir una sola. Los codiciosos no reciben nada.

La bajada por Sannen-zaka y Ninen-zaka —las pendientes de "tres años" y "dos años" de mala suerte si te caes— está bordeada de machiya de madera convertidas en tiendas de cerámica, dulces y té. Las casas están protegidas por ley desde los años setenta.

Noche: Gion

Terminar el día en Gion. La calle Hanamikoji-dori entre las seis y las ocho de la tarde, con las farolas encendidas y las machiya iluminadas desde dentro. El canal Shirakawa con sus sauces y sus farolillos reflejados en el agua. Si hay suerte y paciencia, la presencia de una maiko desplazándose hacia un ochaya: tres segundos, cruza la calle y desaparece en un taxi negro. El protocolo correcto es quedarse quieto, no gritar, no correr. Lo que se ve desde esa distancia respetuosa vale más que cualquier foto invasiva.

Cenar en Gion o en las callejuelas del entorno: un yakitori-ya de las calles laterales, cerveza fría, el sonido de los pasos en el pavimento de piedra.

Día 2: Kinkaku-ji, Ryoan-ji y Arashiyama

El segundo día recorre el noroeste de Kioto, un triángulo de tres sitios que juntos representan el espectro completo de la estética japonesa: el oro exuberante del Pabellón Dorado, el minimalismo absoluto del jardín de piedras, y el mundo natural y monástico de Arashiyama.

Mañana: Kinkaku-ji a la apertura

Kinkaku-ji abre a las nueve. Llegar en cuanto abre: la cola crece exponencialmente pasadas las diez. El Pabellón Dorado reflejado en el estanque Kyoko-chi es una imagen que se conoce antes de llegar, pero en persona no decepciona. El oro contra el verde del pino y el azul del agua sigue funcionando. El edificio que vemos es la reconstrucción de 1955 del original que quemó en 1950 un joven monje novicio obsesionado con su belleza. No importa. La novela de Mishima lo dejó inmortalizado mejor que cualquier edificio original.

Los tres pisos en tres estilos distintos —el palacio aristocrático Heian abajo, la residencia samurái en el centro, la cámara de reliquias zen arriba con el fénix de bronce dorado en el tejado— son un ejercicio de sincretismo arquitectónico que resume la cultura japonesa del siglo XIV.

Mañana: Ryoan-ji

A veinte minutos a pie de Kinkaku-ji. El jardín de las quince piedras más famoso del mundo: un rectángulo de 250 metros cuadrados de arena blanca rastrillada con quince piedras en cinco grupos, desde el que siempre hay una piedra oculta desde cualquier ángulo. Solo el iluminado puede verlas todas. Los investigadores modernos han demostrado que la distribución no es aleatoria sino que sigue proporciones matemáticas que el ojo percibe como equilibradas sin saber por qué.

Sentarse en el porche de madera durante veinte minutos intentando encontrar las quince piedras: eso es lo que hay que hacer aquí. No se consigue. Ese es exactamente el punto. El tsukubai detrás del edificio tiene la inscripción "ware tada taru wo shiru", "aprendo a estar contento con lo que tengo". Buscarlo requiere rodear el edificio, pero el pensamiento zen condensado en una figura geométrica de cuatro caracteres que comparten el mismo radical vale los cinco minutos.

Tarde: Arashiyama

Comer en la zona de Ryoan-ji o en el camino hacia la estación de Arashiyama, y la línea JR Sagano hasta el oeste de Kioto en quince minutos.

Arashiyama ha sido el retiro de emperadores y aristócratas desde el periodo Heian: aquí venían a contemplar los cerezos en primavera y los arces en otoño, y construyeron sus villas en las laderas de las montañas. Hoy llega en quince minutos de tren y merece una tarde entera.

El Tenryu-ji, uno de los grandes templos zen Rinzai y Patrimonio de la Humanidad, tiene en su jardín principal —el Sogenchi, diseñado en el siglo XIV por el monje Musō Soseki— el jardín paisajístico más antiguo de Japón que se conserva en su forma original. Ocho incendios quemaron los edificios del templo a lo largo de los siglos; el jardín sobrevivió a todos. La técnica del shakkei —el "paisaje prestado", incorporar las montañas del fondo como parte visual del diseño— se usó aquí por primera vez en Japón: el estanque, las piedras y los árboles del jardín se funden visualmente con los montes Arashiyama y Kameyama al fondo, disolviendo los límites entre lo creado y lo natural.

El bosque de bambú se entra por la puerta norte del Tenryu-ji. El corredor de cañas de Phyllostachys edulis —el bambú moso, el más grande de Japón, que puede crecer un metro al día en primavera— que se curvan arriba y crean un techo verde: el Ministerio de Medio Ambiente japonés catalogó el sonido de este bosque en 1996 como uno de los "100 paisajes sonoros de Japón", un patrimonio acústico nacional. El chasquido de las cañas, el susurro seco que cambia con el viento, tiene algo que las fotos nunca capturan.

Si queda tiempo, la Okochi Sanso Villa al final del bosque: el jardín que construyó a lo largo de treinta años un actor de cine mudo japonés, Denjiro Okochi (1898-1962), con lo que ganaba rodando películas de samuráis. La entrada incluye té verde matcha con wagashi en un pabellón con vistas. Hay muy poca gente porque la mayoría de turistas cruzan el bosque de bambú y se van. El jardín, de escala doméstica y casi obsesivamente personal, es el antídoto perfecto a los templos monumentales del día.

El puente Togetsukyo al final del día, cuando el río Katsura refleja la luz de la tarde y los barqueros rematan sus recorridos. El nombre —"el puente que cruza la luna"— se lo puso el emperador retirado Kameyama en el siglo XIII después de una noche de luna llena en la que dijo que la luna parecía cruzar el puente de orilla a orilla.

Día 3: Excursión a Nara (o un día tranquilo en Kioto)

El tercer día propone dos opciones bien diferenciadas. La excursión a Nara añade un destino diferente al de Kioto pero fácilmente accesible. La alternativa para quien prefiere quedarse en la ciudad recorre los rincones que los dos primeros días no cubrieron.

Opción A: Nara y sus ciervos sagrados

Cuarenta y cinco minutos desde la estación de Kioto en la línea JR Nara (incluida en el JR Pass). Nara fue la primera capital permanente de Japón, entre los años 710 y 794, antes de que el emperador Kanmu, cansado de la influencia política de los monjes, trasladara la corte a Heian-kyo —la actual Kioto. En esos ochenta y cuatro años Nara se consolidó como la cuna del budismo japonés y el escenario de un estallido cultural que sigue siendo visible.

Lo que te recibe en Nara son los ciervos. Más de 1.300 ciervos sika viven libres por el parque, la ciudad y los santuarios. Son mensajeros de los dioses según la tradición sintoísta: el dios Takemikazuchi llegó a Nara en el año 768 montado en un ciervo blanco para proteger la nueva capital. Desde entonces están protegidos: matar a uno era crimen capital hasta el siglo XVII, y hoy están declarados Monumento Natural Nacional. Se pasean, cruzan los pasos de cebra, y aceptan las galletas especiales —shika senbei, de harina de trigo y salvado sin azúcar— que venden señoras con puestecitos por doscientos yenes el paquete. Algunos ciervos hacen una pequeña reverencia si se inclina la cabeza ante ellos: aprendieron esa costumbre en los últimos cien años, observando a los visitantes humanos.

Los de Nara roban. No es una metáfora. Los mapas, las bolsas, los flyers de los museos, todo lo que sobresalga un poco de un bolsillo o cartera. Guardar los documentos y las pertenencias bien adentro.

Todai-ji y el Gran Buda. El Daibutsuden fue durante siglos el edificio de madera más grande del mundo. El actual, una reconstrucción de 1709, es un 30% más pequeño que el original y sigue siendo enorme: 48 metros de alto, casi 50 de fondo. Dentro, el Daibutsu: quince metros de bronce de Vairocana, el Buda cósmico, sentado en la flor de loto. Pesa 500 toneladas. En la inauguración del año 752 un monje indio dibujó los ojos para "animarlo" en presencia de diez mil monjes y representantes de Persia, India y China. Hay un agujero en una de las columnas del templo del mismo tamaño que la fosa nasal del Buda —unos treinta centímetros de diámetro—: quien pasa por él tiene garantizada la iluminación en la próxima vida. Los niños lo hacen riéndose. Los adultos corpulentos miramos y hacemos fotos.

Kasuga Taisha. El gran santuario shinto fundado en el 768, famoso por sus aproximadamente 3.000 linternas —2.000 de piedra alineadas a lo largo de los caminos de acceso bajo cedros centenarios, 1.000 de bronce colgadas de los corredores—. Se encienden solo dos veces al año, en los festivales de Setsubun (febrero) y Chugen (agosto), creando un espectáculo de 3.000 llamas simultáneas. Fuera de esas fechas el conjunto de vermellón contra el verde oscuro del bosque sigue siendo poderoso.

Opción B: Kioto tranquilo (Kiyomizudera, Toji, Higashiyama)

Para quien prefiere no salir de Kioto el tercer día, la ciudad tiene reservados los lugares más tranquilos y menos concurridos.

Kiyomizu-dera por la mañana. Si no se visitó el primer día, es la mañana perfecta. Si se visitó, la segunda visita a primera hora —antes de las ocho y media— tiene una calidad distinta a la de la tarde: el templo casi vacío, la luz lateral sobre el escenario de madera, los ciervos que a veces sube hasta esta ladera desde Higashiyama.

El Nijo-jo. El castillo-palacio que el primer shogun Tokugawa mandó construir en 1603 como declaración política frente a la corte imperial. Los suelos del ruiseñor —el uguisubari— son su detalle más conocido: el sistema de clavos y abrazaderas deliberadamente flojos del suelo de madera del palacio Ninomaru emite un sonido agudo al pisarlo, como el canto del ruiseñor. Fue diseñado así para que ningún intruso pudiera acercarse sin ser oído. En la sala Ohiroma del palacio Ninomaru, en octubre de 1867, el último shogun, Tokugawa Yoshinobu, anunció la devolución del poder al emperador Meiji. En ese suelo, ahí exactamente, terminó el Japón feudal y empezó el moderno. El castillo donde el shogunato empezó en 1603 fue también donde terminó en 1867.

El mercado del Toji. El templo Toji, el mayor de la ciudad y Patrimonio de la Humanidad, organiza un mercado de antigüedades el día 21 de cada mes (el Kobo-san) y un mercado de pulgas más pequeño el día 4 (el Garakuta). Lacas, cerámicas, textiles, bibelots de la era Meiji, objetos de uso cotidiano que tienen décadas o siglos. El mercado del 21 es el mayor de este tipo en el Kansai y vale una mañana entera.

Cómo moverse en Kioto

Los autobuses urbanos cubren todos los barrios históricos con tarifa plana dentro del centro. El bono de día ilimitado se amortiza con tres viajes. La tarjeta IC funciona en todos los transportes.

El metro tiene dos líneas y cubre el eje norte-sur (línea Karasuma) y el este-oeste (línea Tozai), pero llega a menos puntos de interés que el autobús. Para Fushimi Inari, el tren JR Nara Line desde la estación de Kioto es la opción correcta: dos paradas, sale cada veinte o treinta minutos. Para Arashiyama, la línea JR Sagano desde la estación de Kioto.

Kioto funciona a horas distintas según el barrio. Los templos y santuarios tienen su mejor momento muy temprano o al atardecer. El Nishiki Market y las calles comerciales están en plena actividad al mediodía. Gion tiene su mejor luz entre las seis y las ocho de la tarde. Planificar por franjas horarias, no solo por destinos, es la clave de un itinerario que funciona en Kioto.