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Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón.

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Qué ver en Kioto: templos, geishas y el corazón de la Japón clásica

La antigua capital imperial conserva el Japón que imaginamos antes de llegar: los mil toriis de Fushimi Inari, el Pabellón Dorado, el bambú de Arashiyama y el barrio de las geishas

Lectura de 13 minutos

Kioto tiene 1.600 templos budistas y 400 santuarios sintoístas. Eso es, aproximadamente, un sitio sagrado cada cien metros cuadrados de superficie urbana. La cifra explica muchas cosas: por qué las guías de Kioto tienen siempre listas de "los diez imprescindibles" que resultan insatisfactorias (habría que hacer diez listas de diez para empezar a cubrir lo importante), por qué uno sale de Kioto después de una semana con la sensación de no haber visto casi nada, y por qué la ciudad lleva siendo destino de peregrinación desde hace más de mil años.

Kioto fue la capital de Japón desde el año 794 hasta 1868, cuando el emperador Meiji trasladó la corte a Tokio. Durante esos mil cien años fue el centro de la cultura japonesa: aquí se desarrollaron la ceremonia del té, el teatro Noh, el kabuki, el ikebana, la pintura monocroma en tinta, el jardín zen. Aquí vivió la aristocracia imperial que dio nombre a las formas artísticas que hoy reconocemos como "japonesas". Y aquí, en las faldas de las montañas que rodean la ciudad, se construyeron los templos y santuarios que son hoy el mayor repositorio de patrimonio histórico del país.

Esta guía recorre los sitios que ninguna visita debería perderse.

Fushimi Inari: los mil toriis

Fushimi Inari es el lugar más fotografiado de Japón y, en persona, supera todas las expectativas. Es el santuario principal (el taisha) de una red de aproximadamente treinta mil santuarios de todo el país dedicados a Inari, el kami sintoísta del arroz, la fertilidad, el sake y, por extensión moderna, los negocios y la prosperidad. La fundación se remonta al año 711.

Lo que hace único a Fushimi Inari es el Senbon Torii: el túnel de toriis bermellones que sube por la ladera del monte Inari durante casi cuatro kilómetros de ascensión hasta la cumbre. Son aproximadamente diez mil toriis en total, cada uno donado por un comerciante, una empresa o un particular próspero como ofrenda de agradecimiento a Inari. La tradición de donar toriis empezó en el periodo Edo (siglos XVII-XIX), cuando los comerciantes exitosos empezaron a regalar portones al santuario. Donar un torii pequeño cuesta unos cuatrocientos mil yenes; los grandes, de los que enmarcan los tramos principales, pueden llegar a varios millones.

El color bermellón no es arbitrario. En el sintoísmo se considera un color protector que ahuyenta a los malos espíritus, y el bermellón tradicional contenía mercurio, que también actuaba como conservante para la madera. Por eso los toriis duran décadas sin podrirse. El nombre "Senbon Torii" significa literalmente "los mil toriis", aunque hay muchos más: es la denominación del tramo más famoso, donde el camino se divide en dos pasillos paralelos (uno para subir, otro para bajar) que crean el efecto de túnel más icónico.

Los zorros (kitsune) están por todas partes. Son los mensajeros de Inari y aparecen en parejas en cada sub-santuario, normalmente con algo en la boca: una llave, una joya, un rollo de sutras. En la mitología japonesa el kitsune es una criatura ambigua: mensajero divino pero también espíritu embaucador capaz de transformarse en mujer hermosa. En Fushimi Inari son benevolentes y protectores.

A mitad de la subida, en el Okusha Hohaijo, están las Omokaru-ishi: dos piedras de adivinación. Se pide un deseo, se levanta la piedra, y si pesa menos de lo esperado el deseo se cumplirá. Si pesa más, no. Llegar al mirador de Yotsutsuji (a 45 minutos caminando desde la base) a última hora de la tarde, cuando el sol entra entre los toriis en rayos oblicuos y el bermellón contrasta con el verde del bosque, es el tipo de imagen que no se olvida.

La ruta completa hasta la cumbre son 233 metros de desnivel y unas dos horas y media ida y vuelta. El mirador de Yotsutsuji, a mitad del recorrido, ya ofrece vistas sobre Kioto. El santuario está abierto siempre (sin horario), sin entrada. Llegar temprano o al atardecer, cuando hay menos gente, multiplica la experiencia.

Kinkaku-ji: el Pabellón Dorado

Kinkaku-ji es el otro gran icono de Kioto y el que más expectativas genera. La buena noticia es que las expectativas no se frustran. Ver el pabellón dorado reflejado perfecto en el estanque Kyoko-chi, el "estanque espejo", con los pinos recortados al fondo y el cielo de Kioto arriba, sigue funcionando después de haber visto la imagen mil veces.

Lo mandó construir el shogun Ashikaga Yoshimitsu en 1397 como villa de retiro. El diseño es un ejercicio de sincretismo arquitectónico: tres pisos, cada uno en un estilo diferente. La planta baja sigue el estilo de los palacios aristocráticos de la época Heian. La planta media reproduce el estilo de las residencias samurái. El piso superior es una cámara de reliquias zen, con el fénix de bronce dorado en el tejado que simboliza la regeneración. Los dos pisos superiores están cubiertos de pan de oro puro: la restauración de 1987 usó veinte kilos de oro, cinco veces más grueso que el original.

La parte que muchas guías no cuentan: el Kinkaku-ji que vemos no es el original. En la madrugada del 2 de julio de 1950, un joven monje novicio de 21 años llamado Hayashi Yoken, obsesionado con la belleza del templo hasta convertir esa obsesión en odio, lo quemó hasta los cimientos. La novela "El Pabellón de Oro" de Yukio Mishima (1956), una de las obras maestras de la literatura japonesa del siglo XX, convierte a ese joven monje en protagonista y reflexiona sobre la imposibilidad de poseer la belleza sin destruirla. El edificio actual es una reconstrucción de 1955, meticulosa. No importa. Funciona exactamente igual que el original, quizás porque el oro es tan perfecto que la historia ha perdido parte de su capacidad de importar.

Ryoan-ji: el jardín de las quince piedras

Ryoan-ji está a veinte minutos a pie de Kinkaku-ji y es su antítesis perfecta. Si Kinkaku-ji es exuberancia y oro, Ryoan-ji es el minimalismo absoluto: un rectángulo de 250 metros cuadrados de arena blanca rastrillada con quince piedras distribuidas en cinco grupos, rodeado por un muro bajo de arcilla.

El jardín se construyó probablemente a finales del siglo XV y su autor es un misterio (hay teorías que lo atribuyen al pintor Soami o al monje Tessen Soki). La particularidad famosa: desde cualquier ángulo del porche de madera desde el que se contempla, siempre hay una piedra oculta detrás de otra. Nunca se pueden ver las quince a la vez. Solo el iluminado puede verlas todas. Los investigadores modernos han demostrado que la distribución no es aleatoria sino que sigue proporciones matemáticas que el ojo percibe como equilibradas sin saber por qué.

En el reverso del edificio principal hay un tsukubai (lavabo de piedra para las abluciones antes de la ceremonia del té) con una inscripción circular: "ware tada taru wo shiru", que puede traducirse como "aprendo a estar contento con lo que tengo". Cuatro caracteres que comparten un mismo radical: el cuadrado central. Pensamiento zen condensado en una figura geométrica.

Sentarse en el porche y pasar veinte minutos mirando el jardín en silencio, intentando encontrar las quince piedras: eso es lo que merece hacer aquí. No se consigue. Ese es exactamente el punto.

Kiyomizu-dera: el templo que salta desde la montaña

Kiyomizu-dera, el "templo del agua pura", está encaramado en la ladera del monte Otowa y tiene una vista panorámica sobre Kioto que en los días más claros llega hasta las montañas del norte. Fue fundado en el año 778, aunque el edificio actual data de 1633: el tercero o cuarto que ha ocupado ese sitio, porque los templos de madera en Japón arden con regularidad. El shogun Iemitsu lo mandó reconstruir, y ese es el que llegó hasta hoy.

Lo más conocido es el escenario de madera, el Hondo: una plataforma de 190 metros cuadrados sostenida por 168 pilares de ciprés zelkova, ensamblados sin un solo clavo mediante un sistema de tenones y espigas que ha sobrevivido siglos de terremotos. Sobresale 13 metros sobre la ladera del monte Otowa. De ahí viene la expresión japonesa todavía viva "saltar desde el escenario de Kiyomizu" (Kiyomizu no butai kara tobioriru): tomar una decisión drástica e irreversible. Durante el periodo Edo se contabilizaron 234 saltos reales, y el 85% de los que saltaron sobrevivieron, porque la vegetación y la pendiente amortiguaban la caída. El gobierno Meiji prohibió la práctica en 1872.

Debajo del escenario está el manantial Otowa con sus tres cascadas: una da longevidad, otra éxito académico, la tercera amor. Hay que elegir una sola: beber de dos se considera codicia y el deseo no se concede. De las tres, codicioso. Al menos así lo dicta la tradición.

La subida al templo por las calles Sannen-zaka y Ninen-zaka (las pendientes de las "tres y dos años") está bordeada de machiya de madera reconvertidas en tiendas de dulces, té y cerámica. Los nombres tienen su amenaza: caerse en Sannen-zaka te da tres años de mala suerte; caerse en Ninen-zaka, dos. Los antiguos peregrinos subían con mucho cuidado.

Arashiyama: bambú, río y templos en las montañas

Arashiyama es la zona de montaña al oeste de Kioto, donde los emperadores y la aristocracia venían desde el periodo Heian a contemplar los cerezos en primavera y los arces en otoño. Hoy es accesible en quince minutos en tren (JR Sagano Line) y merece un día entero.

El bosque de bambú es la imagen más exportada de Arashiyama: un pasillo de cañas de Phyllostachys edulis (el bambú moso, el más grande de Japón, que puede crecer un metro al día en primavera) que se curvan arriba y crean un techo verde por el que el sol entra filtrado en rayos oblicuos. El sonido es único: un chasquido de madera, un susurro seco, un traqueteo grave que cambia con el viento. El Ministerio de Medio Ambiente japonés lo catalogó en 1996 como uno de los "100 paisajes sonoros de Japón", una lista oficial de entornos que se consideran patrimonio acústico nacional.

La entrada al bosque es gratuita y queda detrás del templo Tenryu-ji, cuyo jardín principal (el Sogenchi, diseñado en el siglo XIV por el monje Musō Soseki) es el jardín paisajístico más antiguo de Japón que se conserva en su forma original. Usó por primera vez en Japón la técnica del shakkei, "paisaje prestado": incorporar las montañas del fondo como parte visual del diseño del jardín, disolviendo los límites entre lo creado y lo natural.

El puente Togetsukyo, "el puente que cruza la luna", atraviesa el río Katsura a la entrada de Arashiyama. El nombre se lo puso el emperador retirado Kameyama en el siglo XIII, después de una noche de luna llena en la que dijo que la luna parecía cruzar el puente de orilla a orilla.

Gion: el barrio de las geishas

Gion es el hanamachi más famoso de Kioto, uno de los cinco "barrios de las flores" donde existen las geishas y donde la cultura del entretenimiento tradicional japonés lleva funcionando desde el siglo XVII. La calle Hanamikoji-dori, con sus machiya de madera oscura y las puertas de las ochaya (casas de té) entornadas, es una de las calles más hermosas de Kioto y la más representativa de esa Japón elegante y reservada que imagina el visitante antes de llegar.

Las geishas de Kioto se llaman geiko ("hija del arte") y sus aprendices son las maiko ("hija del baile"). Las maiko comienzan su aprendizaje a los quince o diecisiete años: cinco años estudiando danza, shamisen, ceremonia del té, conversación, caligrafía y etiqueta. Su kimono es distinto del de las geiko (el obi muy largo y colgante, las sandalias de plataforma okobo que producen un sonido característico al caminar). El maquillaje blanco de oshiroi, el labio inferior pintado de rojo sin tocar el superior durante el primer año de aprendizaje.

Aclaración que Kioto reclama con cada generación de visitantes: las geishas no son prostitutas. Son artistas tradicionales cuyo trabajo es amenizar cenas privadas en las ochaya con música, danza, conversación y juegos. Las ochaya funcionan con un sistema de presentación cerrado: solo se puede ser cliente si un cliente antiguo te presenta. El número de geiko y maiko en Kioto era de miles en el siglo XIX; hoy ronda las doscientas cincuenta.

Una noche verás pasar a lo lejos a una maiko saliendo de un ochaya, con su obi enorme y sus okobo sonando sobre el pavimento. Cruza la calle y desaparece en un taxi negro. Tres segundos. Nadie grita ni corre a hacerle fotos invasivas. Los que están en la calle se quedan quietos. Ese es el protocolo de Gion: la presencia de una maiko no es un espectáculo sino un acontecimiento de la vida ordinaria del barrio, y como tal se trata. Desde que el acoso fotográfico a las maiko se volvió grave con el turismo masivo, el barrio ha prohibido fotografiar en las calles privadas. Las sanciones son reales.

Nijo-jo: el castillo donde terminó el shogunato

El castillo Nijo no es un castillo de guerra sino un palacio de gobierno. Lo mandó construir Tokugawa Ieyasu en 1603, el mismo año en que fue nombrado shogun, como residencia para sus estancias en Kioto y como declaración política de poder frente a la corte imperial. Mientras el emperador vivía en el palacio imperial, el shogun tenía a pocas calles un castillo-palacio más rico y más ostentoso.

Los suelos del ruiseñor (uguisubari) son su detalle más conocido: el sistema de clavos y abrazaderas deliberadamente flojas del suelo de madera del palacio Ninomaru emite un sonido agudo al pisarlo, como el canto del ruiseñor japonés. No es un defecto: fue diseñado así para que ningún intruso pudiera acercarse a las estancias del shogun sin ser oído. Caminas de puntillas por instinto y los suelos cantan igual.

En la sala Ohiroma del palacio Ninomaru, en octubre de 1867, el último shogun, Tokugawa Yoshinobu, reunió a los daimyos y anunció la devolución del poder al emperador Meiji. En ese suelo, exactamente ahí, terminó el Japón feudal y empezó el moderno. El castillo donde el shogunato empezó en 1603 fue también donde terminó en 1867.

El Mercado Nishiki: la cocina de Kioto

El mercado Nishiki, conocido como "la cocina de Kioto" (Kioto no daidokoro), es una calle cubierta de 400 metros de longitud y cinco metros de anchura en el centro histórico, con más de cien puestos especializados en ingredientes, preparados y platos de la cocina tradicional de la ciudad.

Los tofu de Kioto son diferentes a los del resto de Japón: más suave, más sutil, con una variedad de texturas y presentaciones (yudofu, agedashi tofu, tofu con dashi de kombu) que en Kioto se han elevado a categoría gastronómica propia. Los tsukemono (verduras encurtidas) son otro elemento definitorio: las berenjenas, los nabos, los pepinos encurtidos en salvado de arroz o en salsa de miso tienen en Kioto una tradición de siglos. Los mochis de Kioto, con sus distintas formas según la temporada (los sakura mochi en primavera, los tsukimi dango en otoño), son pequeñas obras de confitería tradicional.

El mercado tiene precios más altos que los supermercados, pero los productos son de una calidad superior. Hay que llegar con el estómago vacío y picotear en los puestos.