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Qué ver en Tokio: los lugares imprescindibles
Una guía para orientarse en la ciudad más densa, extraña y fascinante del mundo
Tokio no se deja comprender a primera vista, ni a segunda. Es demasiado grande, demasiado contradictoria, demasiado propia. Sus catorce millones de habitantes —treinta y cinco si contamos el área metropolitana— viven en una ciudad que ha sido destruida dos veces en el siglo XX (por el gran terremoto de Kantō de 1923 y por los bombardeos de 1945) y reconstruida cada vez desde cero, más alta, más densa, más eficiente. El resultado es una superposición de capas temporales que conviven sin aparente contradicción: un templo del siglo VII al lado de un rascacielos de vidrio, una gelatinería del siglo XVII en la misma calle que un café temático de anime, máquinas expendedoras en mitad de parques centenarios.
La primera vez que llegué a Tokio en tren desde Kioto, la diferencia fue inmediata. Kioto te convierte en turista desde el momento en que bajas del andén. Tokio te disuelve en la multitud. Eres una mancha más en la marea humana de Shibuya o Shinjuku. Nadie te mira. Y en esa anonimia hay una libertad que pocas ciudades del mundo permiten al viajero. Esta guía no pretende agotar Tokio —nadie puede— sino señalar los puntos de entrada a una ciudad que, cuanto más se la mira, más se le encuentra.
Asakusa y el templo Senso-ji: el Tokio más antiguo¶
Asakusa es el punto de partida recomendado para casi cualquier visita a Tokio, y no es casualidad. Es el único barrio de la ciudad donde uno puede hacerse una idea de cómo era el Tokio prebélico: casas bajas de madera, calles comerciales que llevan siglos en el mismo sitio, un templo que ya existía cuando Tokio ni siquiera se llamaba Tokio.
El templo Senso-ji es el más antiguo de la ciudad, fundado en el año 645 según la leyenda, cuando dos hermanos pescadores encontraron en las aguas del río Sumida una estatuilla de oro de Kannon, el bodhisattva de la compasión. La devolvieron al río, la volvieron a encontrar, repitieron la operación varias veces hasta entender que la estatua quería quedarse con ellos. El jefe de su aldea se convirtió al budismo y transformó su casa en un pequeño templo para albergarla. Esa estatua original sigue custodiada aquí, dicen, aunque nadie la ha visto jamás: es imagen oculta, "hibutsu", y no se muestra ni siquiera a los sacerdotes del templo.
Lo primero que te recibe es la Kaminarimon, la Puerta del Trueno, con ese enorme farol de papel rojo de casi cuatro metros de altura y setecientos kilos de peso colgado entre las estatuas de los dioses del viento y del trueno. La puerta original se quemó en 1865 y no fue reconstruida hasta 1960 gracias a la donación personal del fundador de Panasonic, que dijo haber sido curado milagrosamente en este templo. Detrás está la Nakamise-dori, la calle comercial que lleva al templo principal, con más de doscientas cincuenta tiendas vendiendo dulces, abanicos, kimonos y todo lo imaginable. Este mercado lleva funcionando desde el siglo XVII, cuando el shogunato concedió a los vecinos el privilegio de vender al lado del templo a cambio de mantener limpio el recinto. Ha sobrevivido incendios, terremotos, bombardeos.
El pabellón principal actual es de 1958: el original, designado tesoro nacional, fue destruido en los bombardeos incendiarios de marzo de 1945. Delante hay un gran quemador de incienso y la gente se pasa el humo por la cabeza para atraer salud. Al lado, una pagoda de cinco pisos cuya estructura antisísmica —el shinbashira, pilar central que cuelga desde arriba como péndulo disipando la energía de los terremotos— usa el mismo principio que los ingenieros emplearon doce siglos después para diseñar el Skytree.
El Tokyo Skytree: la ciudad desde seiscientos metros¶
Cruzando el río Sumida desde Asakusa, a pocos minutos a pie, se alza la estructura más alta de Japón: seiscientos treinta y cuatro metros. El número no es casual: en japonés se puede leer como "mu-sa-shi", el nombre histórico de la provincia donde está Tokio. Un homenaje numérico que los ingenieros de Nikken Sekkei encajaron en el proyecto.
La torre se construyó porque Tokyo Tower, la antena roja de 333 metros inaugurada en 1958 a imitación de la Torre Eiffel, se había quedado pequeña. Los rascacielos modernos bloqueaban sus señales de televisión digital. La solución japonesa fue construir algo mucho más alto. El diseño tiene detalles muy propios: la base triangular asciende transformándose en círculo perfecto a media altura, en una metamorfosis geométrica que recuerda a la caligrafía. Los colores de la iluminación nocturna alternan entre el azul índigo del estilo Edo y el morado de la elegancia imperial.
Los miradores están a 350 y 450 metros. Desde el Tembo Galleria, una rampa en espiral de pared acristalada que asciende desde 445 hasta 451 metros, se ve Tokio entera desde el umbral del vértigo: el Sumida como una cinta plateada, el Palacio Imperial como una isla verde, las torres de Shinjuku y Roppongi como juguetes. En días muy despejados, el monte Fuji aparece al oeste.
Shibuya y el cruce más famoso del mundo¶
Shibuya Crossing es probablemente el cruce peatonal más fotografiado del planeta. En cada cambio de semáforo, cuando los cuatro lados se ponen en rojo simultáneamente, hasta tres mil personas cruzan en todas direcciones a la vez. Es el caos organizado en su máxima expresión, una coreografía sin coreógrafo. Para observarlo desde arriba, el Starbucks del edificio Q-Front tiene vistas directas al cruce desde el segundo piso, aunque la terraza del Shibuya Sky (en el edificio Scramble Square, a 229 metros) ofrece una perspectiva mucho más impresionante.
Shibuya es también el barrio de la moda joven, del consumo y de la juventud tokiota. Sus centros comerciales gigantes —Hikarie, 109, Parco— desfilan como monumentos al capitalismo pop, pero las calles traseras de España-zaka y la zona de Daikanyama, a diez minutos a pie, ofrecen otra Shibuya más íntima y de diseño.
En la estación de Shibuya está la estatua de Hachiko, el akita que esperó cada tarde durante nueve años al amo que ya no iba a volver. Desde 1934, cuando se instaló la primera estatua en su honor (Hachiko murió en 1935), se ha convertido en el punto de encuentro por excelencia de Tokio. Si quedas con alguien que no conoces bien, quedas en Hachiko.
Harajuku: la moda como lenguaje propio¶
A diez minutos a pie de Shibuya, Harajuku vive en un estado permanente de reinvención estética. La Takeshita-dori, una calle peatonal de cuatrocientos metros, es el epicentro de la moda juvenil japonesa desde los años ochenta. Tiendas de kawaii, crêpes monstruosas, ropa de segunda mano, disfraces, salones de estilo que parecen laboratorios. Aquí nacieron las estéticas Decora, Fairy Kei, Lolita, Gyaru y Visual Kei, esas subculturas de moda que luego circularon por todo el mundo. Lo que Harajuku le ha dado históricamente a la juventud japonesa es permiso para ser distinto en una sociedad que desde el colegio exige uniformidad.
A dos calles al sur está Omotesando, el anti-Harajuku: ancha, arbolada por zelkovas frondosas, conocida como los Campos Elíseos de Tokio. Es la mayor concentración de arquitectura comercial de autor del mundo. Pasear por aquí es un curso acelerado de arquitectura contemporánea sin pagar entrada: el Tod's de Toyo Ito con la fachada que imita ramas de árbol, el Prada de Herzog & de Meuron con rombos de cristal convexos y cóncavos, el Dior de SANAA ligero y translúcido. El edificio Omotesando Hills, de Tadao Ando, tiene una rampa interior en espiral que reproduce la pendiente de la calle exterior.
Junto a Harajuku está el santuario Meiji, dedicado al emperador Meiji y su esposa, en medio de un bosque artificial de cien años. Lo extraordinario de este bosque es que fue plantado por completo en 1920 con unos cien mil árboles donados por ciudadanos de todo Japón, más de trescientas sesenta y cinco especies distintas. La idea era que evolucionara solo hasta convertirse en un ecosistema autosuficiente. Un siglo después funciona: cae una hoja y se queda ahí hasta que se pudre y alimenta el suelo. Los jardineros apenas tocan nada.
Shinjuku: neones, jardines y el barrio que nunca duerme¶
Shinjuku es Tokio elevada a su máxima potencia. Es el nudo ferroviario más concurrido del mundo, con más de doscientas entradas y salidas de la estación, tres millones de pasajeros al día. Alrededor se desborda una superposición de identidades: el distrito gubernamental al oeste, con las dos torres gemelas del Gobierno Metropolitano de Tokio (mirador gratuito en la planta 45, vistas hasta el Fuji en días despejados); los centros comerciales gigantes en el este; y el famoso Kabukicho al norte, el barrio de entretenimiento nocturno más conocido de la ciudad.
Kabukicho brilla de neón y ruido. Los pachinkos (salas de máquinas de azar que combinan el pinball con las tragaperras) sueltan su sonido electrónico por las puertas abiertas. Rótulos verticales en kanji se apilan desde el suelo hasta el cielo en edificios donde cada planta es un bar, un restaurante o un club diferente. El Golden Gai es el contrapunto: unas doscientas pequeñas barras alineadas en seis callejones estrechos, cada una con cuatro o seis taburetes, cada una con su propia personalidad. Los propietarios llevan aquí décadas. Resistieron la burbuja de los noventa y los planes de demolición. Siguen aquí.
Al sur de la estación, el Parque Shinjuku Gyoen es el jardín de mayor extensión del centro de Tokio: 58 hectáreas con jardines franceses, ingleses y japoneses, el mejor sitio para el hanami (contemplación de los cerezos en flor) de toda la ciudad en primavera. Hay que pagar una pequeña entrada y está prohibido el alcohol, lo que mantiene un ambiente de genuina tranquilidad que escasea en Tokio.
Akihabara: Electric Town¶
Akihabara es una de esas palabras que van unidas al nombre de Japón desde que uno tiene uso de razón. Edificios enteros cubiertos de carteles de anime, tiendas de siete u ocho pisos dedicadas a manga, figuras de colección, videojuegos retro, electrónica, componentes de ordenador. Chicas disfrazadas de maid repartiendo flyers de cafés temáticos en plena calle.
El barrio nació como mercado negro de piezas de radio justo después de la guerra, cuando estudiantes de ingeniería de la vecina Universidad de Tokio y soldados desmovilizados vendían componentes para que la gente pudiera montarse aparatos de radio en casa. Las autoridades de ocupación los expulsaron a las afueras de la estación, bajo las vías elevadas, y aquel mercado improvisado se consolidó en lo que se llamó "Electric Town" en los años cincuenta. De las radios se pasó a los televisores, de ahí a los ordenadores en los ochenta (Akihabara fue el epicentro del boom del ordenador japonés), y de los ordenadores al anime y los videojuegos en los noventa.
Hoy es el centro mundial indiscutible de la cultura otaku. Entrar en una tienda como Mandarake (ocho plantas, cada una un universo distinto: Gundam, manga de segunda mano, juguetes vintage, doujinshi) es un ejercicio de inmersión cultural tan válido como visitar un templo. Requiere una disposición similar: llegar sin expectativas, dejarse sorprender, respetar los códigos.
Yanaka: el Tokio que sobrevivió¶
Yanaka es uno de esos barrios que no aparecen en las guías generalistas pero que todo el que lee en profundidad antes de viajar a Tokio acaba conociendo. Es el único barrio shitamachi —los barrios tradicionales de artesanos y comerciantes del Tokio de Edo— que se ha conservado casi intacto. No por poco: Yanaka sobrevivió al gran terremoto de Kantō de 1923, que arrasó media ciudad y mató a unas 140.000 personas, y sobrevivió también a los bombardeos del 10 de marzo de 1945, que destruyeron en una sola noche unos 41 kilómetros cuadrados de la ciudad de madera.
Aquí sigue habiendo casas de madera de una y dos alturas, calles estrechas, talleres artesanos, más de setenta templos budistas escondidos en esquinas. La calle Yanaka Ginza tiene una escalinata conocida como Yuyake Dandan, "las escaleras del atardecer", desde la que se ve la puesta de sol sobre los tejados del viejo barrio. Hay gatos por todas partes. Yanaka es conocida como el barrio de los gatos: esculturas de gatos, tiendas de gatos, gatos de verdad tumbados al sol. Dicen que se instalaron aquí por la abundancia de jardines de templos y la falta de tráfico. En el cementerio de Yanaka, entre hileras de lápidas bajo árboles centenarios, está enterrado Tokugawa Yoshinobu, el último shogun, que pidió ser enterrado con rito sintoísta y en tumba de ciudadano civil, no de señor feudal.
Ueno: museos y el parque donde fue la batalla final¶
Ueno Park fue, en 1873, el primer parque público de Japón, abierto por decreto del emperador Meiji sobre el terreno del antiguo templo Kan'ei-ji, arrasado en 1868 en la última batalla del shogunato contra el ejército imperial. Hoy alberga el Museo Nacional de Tokio, fundado en 1872 y el más grande del país, con más de 110.000 piezas: armaduras samurái, biombos pintados por la escuela Kano, katanas, cerámicas, grabados ukiyo-e, figuras haniwa protohistóricas. Para alguien con sensibilidad visual, las salas de caligrafía y de grabados de Hokusai, Hiroshige y Utamaro son una revelación. El uso del espacio vacío (ma), la economía del trazo, la manera de encajar la caligrafía dentro de la imagen: hay una cultura de la mirada aquí que no tiene equivalente en Europa.
Bajo las vías elevadas junto a la estación de Ueno está el mercado Ameyoko, nacido como mercado negro tras la Segunda Guerra Mundial (se vendían aquí caramelos americanos y productos robados a los soldados de ocupación) y convertido en un bazar permanente de puestos de pescado, marisco, bolsos, especias, zapatillas y cosmética. El Tokio ruidoso, popular y real que no sale en las postales.
Odaiba: la ciudad del futuro sobre una isla artificial¶
Odaiba tiene una historia que resume varias capas de la Tokio moderna. En 1853, cuando el comodoro Perry apareció en la bahía con su flota de "barcos negros" para forzar la apertura de Japón, el gobierno shogunal construyó a toda prisa islotes defensivos con baterías de cañones. Nunca se usaron. En los años noventa, durante la burbuja económica, el gobernador de Tokio quiso convertir esos islotes en un distrito futurista. La burbuja estalló a mitad de la construcción. El proyecto sobrevivió igual.
Hoy Odaiba es accesible por el tren automático sin conductor Yurikamome, que cruza la bahía por encima del Rainbow Bridge con vistas al skyline de Tokio. Al llegar hay que caminar por el paseo marítimo con la réplica de la Estatua de la Libertad francesa (regalo oficial de París en 1998, que la mayoría de turistas se fotografían sin entender qué hace ahí), ver el edificio de Fuji TV diseñado por Kenzo Tange en 1996 con su esfera de 32 metros suspendida entre dos torres, y al caer la noche quedarse a ver encenderse las luces del arcoíris sobre el puente. La vista de Tokio desde Odaiba por la noche es de las más hermosas de la ciudad.
El Palacio Imperial y Marunouchi¶
En el corazón financiero de Tokio, rodeado de rascacielos de vidrio y acero, el Palacio Imperial ocupa un espacio enorme —se dice que el suelo bajo el palacio vale más que toda California— rodeado de fosos con murallas ciclópeas de piedra que son los restos del castillo de Edo, la fortaleza del shogunato Tokugawa. El palacio no está abierto al público salvo en fechas muy concretas, pero el jardín este, los fosos y el parque exterior son accesibles y ofrecen el contraste más abrupto de la ciudad: silencio, agua, vegetación y piedra vieja en el centro del mayor nudo financiero de Asia.
Junto al palacio, la estación de Tokio es en sí misma una visita. Diseñada por Tatsuno Kingo a principios del siglo XX, reconstruida en 2012 después de décadas con un tejado provisional de postguerra, recuperó sus cúpulas originales de 1914. La fachada de ladrillo rojo de más de trescientos metros fue diseñada con inspiración libre en la Estación Central de Ámsterdam.
Tokio no se termina. Tiene capas para quien quiere historia imperial (Nihonbashi, kilómetro cero de todas las carreteras de Japón), capas para quien quiere arquitectura contemporánea (Roppongi Hills con la araña Maman de Louise Bourgeois, el mismo bronce que hay junto al Guggenheim de Bilbao), capas para quien quiere gastronomía (los mercados interiores del Toyosu, el sucesor de Tsukiji, siguen siendo el mejor lugar del mundo para comer sushi a las nueve de la mañana). Esta guía es solo el mapa de las primeras puertas.