
Los templos y santuarios de Kioto: guía esencial
Entre los 1.600 templos y 400 santuarios de la antigua capital, estos son los que no deben faltar y lo que hay que saber para entenderlos
Kioto tiene más lugares declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que ninguna otra ciudad de Japón: diecisiete sitios distintos distribuidos por toda la ciudad. La lista es abrumadora antes de que uno haya visto ninguno. Pero hay un principio que ayuda a orientarse: los templos de Kioto no son todos iguales. Unos tienen jardines zen de una complejidad filosófica que exige tiempo y silencio. Otros tienen arquitectura dorada que impresiona desde la entrada. Otros tienen senderos de toriis que son en sí mismos el motivo de la visita. Conocer el carácter de cada uno antes de decidir cuáles visitar evita la fatiga de templos que los viajeros más exhaustivos padecen.
Esta guía presenta los más importantes con el contexto necesario para entenderlos, no solo para verlos.
Fushimi Inari Taisha: el santuario de los zorros y los toriis¶
Fushimi Inari es el más visitado de Japón y el que más gratifica a quien llega temprano o al atardecer. El Senbon Torii (los diez mil toriis bermellones que suben por la ladera del monte Inari) es la imagen más reconocible del país, reproducida en millones de fotografías que aun así no capturan lo que es estar dentro del túnel rojo con el olor del incienso, el sonido de las cigarras y el verde oscuro del bosque a los lados.
El santuario fue fundado en el año 711 por el clan Hata (una familia de inmigrantes de origen coreano con enorme influencia en la región) y está dedicado a Inari, el kami del arroz, la fertilidad y los negocios. Los toriis son donaciones de empresarios y comerciantes: en el reverso de cada uno, pintado en negro sobre el bermellón, aparecen el nombre del donante y la fecha. Cuanto más alto se sube, más antiguos son los toriis. Los más modernos están abajo.
Los zorros (kitsune) son los mensajeros de Inari: los encontrarás en pares guardando cada sub-santuario de la ladera, con distintos objetos en la boca (la llave del granero, la joya del deseo, el rollo de los sutras). En las piedras de adivinación Omokaru-ishi del Okusha Hohaijo, a mitad del recorrido, se puede hacer la prueba de la piedra que anticipa si el deseo se cumplirá.
La ruta completa (hasta la cumbre y vuelta) lleva dos horas y media. El mirador de Yotsutsuji (45 minutos desde la base) ofrece ya buenas vistas sobre Kioto. El santuario no tiene horario ni precio de entrada.
Kinkaku-ji: el Pabellón Dorado¶
Construido en 1397 por el shogun Ashikaga Yoshimitsu como villa de retiro y convertido en templo zen Rinzai a su muerte, el Kinkaku-ji es la imagen de Kioto que más ha viajado por el mundo. Los dos pisos superiores cubiertos de pan de oro puro (veinte kilos en la restauración de 1987) se reflejan en el estanque Kyoko-chi con una perfección casi escénica.
Los tres pisos representan tres períodos arquitectónicos de Japón: la elegancia de la corte Heian (planta baja), la austeridad samurái (segundo piso) y la serenidad del zen (tercer piso). El fénix de bronce en el tejado simboliza la regeneración y la eternidad.
El Kinkaku-ji actual es una reconstrucción de 1955: el original fue incendiado en 1950 por un joven monje novicio obsesionado con su belleza. La novela de Yukio Mishima que nació de ese hecho (Kinkaku-ji, 1956) es una de las grandes obras de la literatura japonesa del siglo XX. La reconstrucción es indistinguible del original para quien no sabe la historia, pero saber la historia añade una capa de profundidad a la visita.
Entrar temprano (apertura a las 9:00) o en días de lluvia (el oro mojado tiene su propio brillo) es la mejor estrategia para este templo muy popular.
Ryoan-ji: el jardín de las quince piedras¶
El jardín seco más famoso del mundo es, físicamente, muy pequeño. Un rectángulo de 250 metros cuadrados de arena blanca rastrillada y quince piedras. El porche de madera desde el que se contempla tiene unos cincuenta metros de longitud. Lo que en el papel parece poca cosa produce en la experiencia real algo difícil de explicar: la sensación de estar delante de algo que nunca se agota completamente con la mirada.
La anomalía famosa: desde cualquier punto del porche, siempre hay una piedra oculta detrás de otra. Las quince no se pueden ver a la vez. Los maestros zen lo interpretan como metáfora de los límites de la percepción humana. Los investigadores lo han explicado como diseño deliberado con proporciones matemáticas. Las dos explicaciones coexisten bien.
El tsukubai (pileta para abluciones) detrás del edificio principal tiene una inscripción en forma de cuadrado con cuatro caracteres compartiendo el mismo radical geométrico: "ware tada taru wo shiru", "aprendo a estar contento con lo que tengo". Una frase de pensamiento zen que lleva siglos en esa piedra.
El jardín del estanque Kyoyochi, al lado del jardín de piedras, es de una belleza completamente diferente: verde, vivo, con árboles de varios siglos reflejados en el agua. Los dos juntos forman uno de los complejos de jardín más completos de Kioto.
Ginkaku-ji: el Pabellón de Plata que nunca tuvo plata¶
Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata, nunca estuvo recubierto de plata. Lo mandó construir el shogun Ashikaga Yoshimasa en 1482, imitando el Pabellón Dorado de su abuelo. Las guerras de Onin habían arruinado al shogunato y la plata nunca llegó. Una teoría alternativa dice que el nombre viene del brillo plateado que la luna proyecta sobre su tejado oscuro en noches de otoño.
Yoshimasa fue políticamente un desastre (las guerras que se desarrollaron durante su gobierno devastaron Kioto), pero culturalmente uno de los personajes más influyentes de la historia japonesa. Su corte de Higashiyama dio nombre a una era estética completa (el Higashiyama Bunka) que cristalizó las artes clásicas japonesas: la ceremonia del té, el ikebana, el teatro Noh, la arquitectura sukiya, la pintura en tinta. Yoshimasa perdió el país pero inventó la estética japonesa que el mundo reconoce como tal.
El jardín de arena plateada (el Ginshadan, rastrillado en líneas horizontales perfectas) y el cono de arena que representa el monte Fuji (el Kogetsudai, plataforma para contemplar la luna) son el símbolo del lugar. Los monjes los peinan cada mañana con rastrillos de madera. El sendero de musgo que sube hasta el mirador trasero ofrece una vista de Ginkaku-ji con Kioto al fondo.
Ginkaku-ji es el punto de partida natural del Camino del Filósofo (Tetsugaku-no-Michi): dos kilómetros que siguen un canal de agua hasta Nanzen-ji, con templos pequeños a los lados, gatos al sol y muy poca gente en comparación con los circuitos principales.
Kiyomizu-dera: el templo sobre la montaña¶
Kiyomizu-dera, "templo del agua pura", domina la ladera del monte Otowa con una plataforma de madera de 190 metros cuadrados que sobresale 13 metros sin un solo clavo: 168 pilares de zelkova ensamblados con técnica tradicional que ha sobrevivido siglos de terremotos. Fundado en el 778 y reconstruido en 1633 por el shogun Iemitsu, es Patrimonio de la Humanidad desde 1994.
Los tres manantiales de Otowa bajo el escenario dan longevidad, éxito en los estudios y suerte en el amor. Hay que elegir solo uno: beber de dos se considera codicioso. La elección, y las consecuencias imaginarias de la elección, entretienen a las colas que se forman frente a los caños.
La bajada por Sannen-zaka y Ninen-zaka, las dos calles empedradas con casas de madera (machiya) protegidas por ley desde los años setenta, es casi tan interesante como el templo mismo. Dulces, cerámicas, té matcha, el ruido de los grupos turísticos mezclado con el de los estudiantes de uniforme que vienen de excursión. La Japón de tarjeta postal y la Japón cotidiana conviviendo en el mismo espacio estrecho.
Nanzen-ji: el cuartel general del zen Rinzai¶
Nanzen-ji es uno de los complejos de templos más importantes de Japón: el cuartel general histórico de toda la escuela zen Rinzai, con un Sanmon monumental de madera de 22 metros de altura y dos pisos con vistas (desde el balcón superior, el bandido Ishikawa Goemon contempló Kioto según la leyenda y pronunció "qué vista, qué vista, qué vista", aunque el Sanmon se construyó treinta años después de la muerte de Goemon, lo cual indica que la leyenda fue añadida con posterioridad).
El detalle más inesperado de Nanzen-ji es el acueducto de ladrillo rojo que cruza el recinto del templo. Es el Suirokaku, parte del sistema de ingeniería hidráulica del canal del lago Biwa inaugurado en 1890 durante la era Meiji: un acueducto de arcos de ladrillo de estilo claramente romano que atraviesa un recinto zen del siglo XIV. Cuando se construyó provocó protestas de los monjes, que veían una intrusión brutal en el espacio sagrado. Hoy es uno de los rincones más fotografiados de Kioto. El tiempo ha disuelto la contradicción.
Nijo-jo: el castillo donde terminó el shogunato¶
Nijo no es un templo sino un castillo-palacio, pero forma parte indispensable del circuito histórico de Kioto. Mandado construir por Tokugawa Ieyasu en 1603, tiene los suelos del ruiseñor (uguisubari) que cantan al pisarlos como sistema de alarma antisabotaje, y las estancias del palacio Ninomaru decoradas por la escuela Kano con pinturas de tigres, pinos y grullas de una riqueza aplastante.
En la sala Ohiroma, en 1867, el último shogun devolvió el poder al emperador y cerró 265 años de gobierno militar. Estar de pie sobre ese suelo cantor, en ese lugar específico, con ese peso histórico: es uno de los momentos del viaje a Kioto que se quedan.
Daitoku-ji: el templo de los sub-templos¶
Daitoku-ji es uno de los complejos más extensos de Kioto, con veinticuatro sub-templos dentro de su recinto. La mayoría están cerrados al público o abren solo en períodos concretos del año, pero los que abren —Daisen-in, Koto-in, Zuiho-in— ofrecen algunos de los jardines zen más refinados de toda la ciudad.
Koto-in tiene un jardín de bambú y arces con una luz que en otoño se convierte en una explosión de rojo y naranja. Daisen-in tiene jardines en miniatura que representan paisajes completos en apenas veinte metros cuadrados: montañas, ríos, puentes, todo abstraído en piedra y arena. Daitoku-ji requiere tiempo y disposición de ánimo para ir despacio, sin prisa, sin la sensación de tener que ver el siguiente sitio.
Consejo general: el orden y las horas importan¶
En Kioto, el horario es tan importante como la elección de los sitios. Fushimi Inari a las seis de la mañana (antes de que lleguen los primeros autobuses turísticos): los toriis en silencio con la neblina de la madrugada entre los árboles. Kinkaku-ji a las nueve en punto (apertura): la cola es soportable en las primeras dos horas. Arashiyama al mediodía, cuando la luz filtra mejor entre el bambú. Gion al atardecer y al caer la noche, que es cuando el barrio cobra vida y la posibilidad de ver a una maiko en la calle es más alta.
Los templos más pequeños y menos conocidos (Honen-in, Daitoku-ji, Funda-in) compensan la menor espectacularidad con una tranquilidad que los grandes no ofrecen. Quien va a Kioto con más de dos días tiene la posibilidad de alternar los grandes iconos con estos rincones menores: la experiencia resultante es más completa y más verdadera.