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Los barrios de Tokio: una ciudad de ciudades
Cada barrio de la capital japonesa es un universo propio con personalidad, historia y ritmo diferentes
Tokio no es una ciudad. Es una federación de barrios, cada uno con su propio carácter, su propia economía, su propio tipo de habitante. El sistema de transporte, uno de los más densos y precisos del planeta, permite saltar en veinte minutos de un mundo al siguiente: del Tokio más antiguo al más futurista, del más elegante al más popular, del más ruidoso al más silencioso. La línea Yamanote, el tren circular que traza el perímetro interior de la ciudad, es la mejor introducción posible: un bucle que pasa por dieciséis barrios distintos y resume en una hora y cuarenta minutos toda la complejidad de la metrópolis.
Esta guía recorre los barrios con más personalidad propia, los que merecen un tiempo específico más allá del paso rápido entre monumentos.
Shinjuku: el nudo del mundo¶
Si Tokio es el centro del mundo, Shinjuku es el centro de Tokio. Por su estación pasan tres millones de personas al día, más que por ninguna otra estación del planeta. Tiene más de doscientas salidas, un laberinto subterráneo de pasillos y conexiones que los recién llegados recorren con cara de desorientación y que los tokiotas cruzan a velocidad de crucero sin levantar los ojos del teléfono.
Al oeste de la estación está el Shinjuku corporativo: los rascacielos del gobierno metropolitano, los bancos, las sedes de grandes corporaciones. El edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio, diseñado por Kenzo Tange en 1991 con una influencia gótica deliberada (las dos torres separadas recuerdan vagamente a Notre-Dame), tiene miradores gratuitos en la planta 45. Las vistas son espectaculares y, en días despejados de invierno, el Fuji aparece al oeste con la precisión de una xilografía de Hokusai.
Al este está el Shinjuku nocturno. El Kabukicho es el barrio de entretenimiento más famoso del país: pachinkos ruidosos, karaokes de muchos pisos, restaurantes a todas las alturas, clubes, izakayas. El Golden Gai es el contrapunto: unas doscientas barras diminutas distribuidas en seis callejones estrechos, cada una con cuatro o seis taburetes, cada una con un tema diferente (cine negro, jazz, whisky, manga), cada una con su propia historia de propietario que lleva décadas sirviendo. El Golden Gai sobrevivió la presión inmobiliaria de los noventa cuando los promotores querían demolerlo todo. Sigue ahí, un poco milagrosamente.
El Parque Shinjuku Gyoen, al sur de la estación, es el jardín más extenso del centro de Tokio. En primavera es el destino más solicitado de la ciudad para el hanami, la contemplación de los cerezos en flor. La entrada cuesta poco, el alcohol está prohibido (al contrario de en casi todos los parques japoneses en época de sakura), y el resultado es un oasis de serenidad genuina.
Shibuya: joven, global y perpetuamente en construcción¶
Shibuya es el barrio más fotografiado de Tokio. El cruce donde en cada cambio de semáforo cruzan hasta tres mil personas simultáneamente en todas las direcciones posibles se ha convertido en uno de los iconos visuales del planeta. Pero más allá del cruce, Shibuya es el centro de la cultura juvenil de Tokio y uno de los motores del comercio de moda del país.
La zona de Daikanyama, a diez minutos a pie de la estación, muestra otra cara: pequeñas tiendas de diseño, cafeterías con biblioteca, boutiques de ropa independiente, el complejo Tsutaya T-Site con su librería de diseño que ha sido reconocida como la más hermosa del mundo en varias ocasiones. El contraste entre el caos comercial de los alrededores de la estación y la calma reflexiva de Daikanyama ilustra bien la variedad interna de Shibuya.
En la estación misma está la estatua de Hachiko, el akita que esperó a su amo muerto durante nueve años sin falta cada tarde en la salida del tren. Es el punto de encuentro más conocido de la ciudad. Quedar en Hachiko es un acto universal tokiota que trasciende generaciones.
Harajuku: el laboratorio de la identidad¶
Harajuku tiene dos personalidades que se tocan sin mezclarse del todo. La Takeshita-dori, la calle peatonal estrecha que sale de la estación hacia el norte, es ruidosa, saturada, llena de adolescentes con looks imposibles, tiendas de crêpes enormes con todo tipo de rellenos imaginables, puestos de algodón de azúcar de colores fluorescentes. Es el único sitio del planeta donde nadie te mira si llevas un vestido de Lolita victorianos con diez lazos, o si llevas el pelo de tres colores, o si vas cubierto de pegatinas de gatos. Esa ausencia de juicio es el regalo de Harajuku: un espacio de permiso explícito en una ciudad donde la presión social hacia la uniformidad es constante.
La Omotesando, a dos calles al sur, es otra cosa completamente. La avenida ceremonial arbolada —trazada originalmente para conectar la estación con el santuario Meiji— se ha convertido en el mayor catálogo de arquitectura comercial de autor del mundo. El Tod's de Toyo Ito (fachada que imita ramas de zelkova), el Prada de Herzog & de Meuron (rombos de cristal convexos y cóncavos que reflejan el barrio deformado), el Dior de SANAA (transparencia japonesa casi inmaterial), el Sunny Hills de Kengo Kuma (listones de cedro trenzados sin clavos). Pasear por Omotesando de noche, con los escaparates iluminados y la gente a velocidad de escaparate, es uno de los regalos visuales gratuitos que Tokio ofrece.
Shimokitazawa: indie, bohemio, intraducible¶
Shimokitazawa no se menciona mucho en los circuitos turísticos habituales, lo cual contribuye a su encanto. Es el barrio alternativo, indie y ligeramente bohemio de Tokio: pequeños teatros independientes, salas de conciertos de música en vivo, tiendas de vinilo, cafés desordenados con estanterías de libros, ropa de segunda mano de calidad. La arquitectura es desorganizada, las calles son angostas, los edificios son bajos. Todo lo contrario de Shinjuku.
Los domingos por la tarde Shimokitazawa se llena de gente joven, de estudiantes, de músicos con instrumentos a la espalda, de personas que leen en cafés con aspecto de no tener ninguna prisa. Hay algo en este barrio que recuerda a ciertos rincones de Barcelona o Buenos Aires: esa densidad de vida cotidiana y cultura popular que los barrios turísticos nunca logran reproducir.
Yanaka: el Tokio de Edo que sobrevivió¶
Yanaka es el único barrio shitamachi que queda intacto en la ciudad. Shitamachi significa literalmente "ciudad de abajo", los barrios de artesanos y comerciantes del Tokio de Edo, y Yanaka sobrevivió tanto al gran terremoto de 1923 como a los bombardeos de 1945. Por eso aquí sigue habiendo casas de madera de una y dos plantas, calles que no se han ensanchado, talleres donde se hacen los mismos oficios que hace siglo y medio.
La calle Yanaka Ginza es el corazón comercial del barrio: pescaderías, panaderías, sitios de croquetas, una escalerita conocida como Yuyake Dandan desde la que se ve el sol ponerse sobre los tejados del viejo barrio. Hay más de setenta templos budistas distribuidos por las calles (en el siglo XVII el shogunato trasladó aquí masivamente los templos que ocupaban terrenos más céntricos), y en el cementerio de Yanaka está enterrado Tokugawa Yoshinobu, el último shogun, que pidió tumba de ciudadano civil.
Yanaka es el barrio de los gatos. Gatos de verdad, gatos en estatuas, gatos en los escaparates de las tiendas. Los felinos se instalaron aquí porque los jardines de los templos ofrecen refugio y las calles estrechas sin coches ofrecen seguridad. Los vecinos los cuidan. Los gatos, a su manera, cuidan el barrio.
Akihabara: el mundo del manga y la electrónica¶
Akihabara nació después de la guerra como mercado de componentes electrónicos y se convirtió en el centro mundial de la cultura otaku: anime, manga, videojuegos, figuras de colección, cosplay, todo el ecosistema de la cultura pop japonesa que se ha exportado al mundo entero. El barrio es un asalto visual y sonoro: edificios enteros cubiertos de carteles de personajes de anime, chicas disfrazadas de maid en la calle, tiendas de ocho pisos donde cada planta es una categoría distinta de coleccionismo.
Lo interesante de Akihabara es que su extravagancia tiene lógica histórica. En una sociedad que exige una conformidad social muy alta en el espacio público —silencio en los trenes, uniformes en los colegios, códigos de vestuario en las oficinas—, los espacios de escape tienen una función. Akihabara es un espacio de permiso colectivo para ser rarísimo, para dedicar tiempo y dinero a mundos imaginarios. El investigador Hiroki Azuma lo ha descrito como la cultura de los "animales consumidores": personas que buscan satisfacción en el consumo de elementos que activan respuestas emocionales sin mediación narrativa. Acertado o no, Akihabara es fascinante precisamente porque obliga a pensar en qué quiere la gente y por qué.
Ginza: el lujo como forma de identidad urbana¶
Ginza es el barrio más elegante de Tokio y uno de los distritos comerciales de lujo más densos del mundo. El nombre viene de "casa de la plata": aquí estuvo entre 1612 y 1800 la fábrica de moneda del shogunato. Después del gran incendio de 1872, Ginza se reconstruyó con ladrillo al estilo occidental por decisión del gobierno Meiji, que quería mostrar al mundo una calle moderna y europea. Fue el primer barrio "occidentalizado" de Japón.
Las grandes marcas internacionales tienen aquí sus flagships en edificios de diseño impresionante. Pero Ginza no es solo lujo importado: los grandes almacenes históricos Mitsukoshi (descendiente de la tienda de kimonos Echigoya, fundada en 1673, uno de los comercios más antiguos del mundo con más de trescientos cincuenta años) y Wako (con su torre del reloj de 1932, símbolo absoluto del barrio) son parte de la identidad cultural de la ciudad. Los domingos y festivos la Chuo-dori se cierra al tráfico y los tokiotas pasean por mitad de la calzada.
Ikebukuro: el Gran Nudo del Norte¶
Ikebukuro es el otro gran nudo ferroviario de Tokio (casi dos millones y medio de pasajeros al día), con el segundo tráfico de viajeros después de Shinjuku. A diferencia de Shinjuku, que tiene fama internacional, Ikebukuro funciona sobre todo para sus propios habitantes: un barrio denso y bullicioso con sus propios rascacielos (Sunshine 60, el más alto de Asia cuando se inauguró en 1978), su propio Chinatown informal, y su propia escena otaku con un sesgo interesante.
Si Akihabara es el otaku masculino —mechas, videojuegos de lucha, figuras de chicas—, Ikebukuro tiene la Otome Road, "la calle de las doncellas", el equivalente femenino. Tiendas de manga romántico, doujinshi de Boys Love, merchandising de series shōjo, butler cafés (la versión con camareros masculinos vestidos de mayordomo de los maid cafés de Akihabara). Un mercado entero dirigido a un público que en Europa ni siquiera existe como categoría comercial específica.
Roppongi: el barrio de la noche y el arte¶
Roppongi tiene fama de barrio de fiesta internacional y herencia de haber concentrado embajadas y bases aliadas después de la guerra. Pero su perfil ha cambiado. Roppongi Hills, el complejo inaugurado en 2003 por el promotor Minoru Mori después de diecisiete años convenciendo a cuatrocientos propietarios de pequeñas parcelas para venderlas, es uno de los experimentos de ciudad vertical más interesantes del Japón contemporáneo: una ciudad dentro de la ciudad con torres de oficinas, viviendas, tiendas, cines, jardines, esculturas públicas y el Mori Art Museum en las plantas más altas de su torre principal.
A la entrada del complejo está la araña gigante Maman, de Louise Bourgeois: nueve metros de fundición en bronce, patas largas y vientre lleno de huevos de mármol. La misma escultura que hay junto al Guggenheim de Bilbao. Verla aquí, en Tokio, produce el efecto desconcertante de reconocer algo familiar en el lugar más inesperado.