
Nara: los ciervos sagrados, el Gran Buda y la primera capital de Japón
A 45 minutos de Kioto y de Osaka, la ciudad donde los ciervos te roban el mapa y el Buda de bronce más grande del mundo te deja mirándolo con cara de tonto
En la jerarquía informal de las visitas imprescindibles de Japón, Nara ocupa un puesto que no debería ser necesario justificar pero que algunos itinerarios dejan fuera porque "ya hay mucho que ver en Kioto y Osaka". Es un error que se paga con arrepentimiento. Nara es la excursión más satisfactoria del viaje por Japón: a cuarenta y cinco minutos de tren de Kioto y cincuenta de Osaka, concentra el templo de madera más grande del mundo, el Buda de bronce más grande del planeta, más de 1.300 ciervos sagrados deambulando libremente por el parque, y un santuario sintoísta con tres mil linternas entre cedros centenarios. Todo esto en un perímetro que se puede recorrer a pie sin prisas en una mañana o tarde.
Pero antes de describir los monumentos conviene decir lo que realmente hace diferente a Nara de cualquier otro sitio de Japón: los ciervos. No son un accidente pintoresco ni una atracción añadida. Son el alma del lugar. Y hasta que un ciervo no te roba algo del bolsillo mientras tú le das la espalda, no has experimentado Nara correctamente.
La primera capital permanente de Japón¶
Nara fue la capital de Japón entre los años 710 y 794, el período que lleva su nombre, el Nara Jidai. Fue el primer experimento del país con una capital fija. Hasta entonces, cada nuevo emperador trasladaba la corte a una ciudad nueva al acceder al trono: una costumbre sintoísta relacionada con la impureza ritual de la muerte del soberano anterior. En el año 710, la emperatriz Genmei tomó la decisión de romper esa tradición y fundar una capital permanente modelada sobre la gran ciudad china de Chang'an, capital de la dinastía Tang: una cuadrícula perfecta con el palacio imperial al norte, una gran avenida central y barrios organizados con precisión matemática. La nueva capital se llamó Heijō-kyō.
En esos 84 años de existencia como capital, Nara fue el escenario de un estallido cultural y espiritual de primera magnitud. El budismo llegó a Japón con fuerza definitiva desde la China Tang, y la corte imperial lo adoptó con el entusiasmo de quien ha encontrado una herramienta de legitimación perfecta. Los templos se multiplicaron, los monjes chinos enseñaban en las escuelas de la capital, y el budismo pasó de ser una doctrina importada a ser el fundamento espiritual del estado. Los templos de Nara son el testimonio físico de esa transformación.
En 794, el emperador Kanmu decidió trasladar la capital a Heian-kyō, la actual Kioto. La razón documentada fue política: los grandes templos de Nara habían acumulado demasiada influencia sobre los asuntos de la corte, y Kanmu quería cortar esa dependencia empezando de cero en una ciudad sin historia monástica. Nara quedó abandonada como capital pero no como ciudad sagrada. Sus templos siguieron activos, los ciervos siguieron deambulando, y el Buda de bronce siguió sentado en su sala de madera mirando hacia el sur con la misma paciencia de la que entonces llevaba cuarenta y dos años haciendo gala.
Los ciervos sagrados: la primera cosa que pasa¶
Antes de llegar a ningún templo, antes de que el plano de Nara tenga sentido, hay ciervos. Salen a tu encuentro en la calle que lleva desde la estación al parque, se paran delante de la taquilla del tren, se tumban a la sombra de las pagodas con el aire de quien sabe que tiene preferencia sobre todo lo demás. Hay más de 1.300 ciervos sika (shika) viviendo libremente en el parque, la ciudad y los alrededores de los santuarios.
La razón de que estén aquí tiene una explicación mitológica que los japoneses toman con la misma seriedad que toman todo lo que mezcla naturaleza y divinidad. Según la tradición sintoísta, el dios Takemikazuchi, deidad del trueno y la espada, llegó a Nara en el año 768 montado en un ciervo blanco desde su santuario de Kashima (al este de Tokio), bajando por las montañas para proteger la nueva capital. El monte Mikasa, donde fundó su presencia, es el monte al este del parque que todavía hoy está considerado sagrado. Desde entonces los ciervos son mensajeros de los kami. Durante siglos, matar a uno era un crimen capital. Hoy están declarados Monumento Natural Nacional, y su protección legal refleja una continuidad cultural que tiene más de mil doscientos años.
Los ciervos de Nara son animales salvajes declarados "tesoros nacionales", lo que les da una actitud que ningún animal de zoo tiene. Aceptan que los humanos les den de comer galletas especiales (shika senbei: hechas de harina de trigo y salvado de arroz, sin azúcar para no causarles daño), disponibles en puestecitos de señoras por 200 yenes el paquete. Y aquí viene el detalle que todas las guías mencionan y que de todas formas sorprende: si uno hace una reverencia al ciervo antes de darle la galleta, algunos ciervos hacen la reverencia de vuelta. La bajada de cabeza. Es un comportamiento aprendido, observado de los visitantes humanos a lo largo de décadas, integrado en el repertorio social del animal. Es absurdo y entrañable en la misma medida.
Lo que las guías no mencionan suficientemente es que los ciervos también roban. No esperan. Si llevas algo que pueda ser comestible en un bolsillo visible —un mapa de papel, un folleto, una bolsa de plástico— y les das la espalda, habrás perdido ese objeto antes de darte cuenta. El primer ciervo de Nara que te mira a los ojos mientras te devora tranquilamente el mapa de la ciudad es una de las experiencias más surrealistas del viaje.
Todai-ji y el Gran Buda: la escala de lo imposible¶
El templo Todai-ji es el edificio de madera más grande del mundo. El Daibutsuden, la sala principal, tiene 48 metros de altura, 57 metros de anchura y unos 50 metros de profundidad, y contiene en su interior el Buda de bronce más grande del planeta.
Que ambas afirmaciones coexistan dice algo importante: el mayor edificio de madera del mundo fue construido para albergar al mayor Buda de bronce. La escala de la empresa que el emperador Shomu ordenó en el año 743 no tiene precedente en la historia japonesa de esa época. Shomu había asistido a una sucesión de catástrofes: epidemias de viruela que mataron a un tercio de la nobleza de su corte, hambrunas, una rebelión militar. Interpretó los desastres como señal de un desequilibrio espiritual del país y ordenó fundir un Buda de bronce colosal que pudiera restaurar el equilibrio. El Daibutsu de Nara no es un ejercicio de devoción ordinaria; es un acto de estado de emergencia religiosa.
El Daibutsu, el Gran Buda de Nara, representa a Vairocana, el Buda cósmico que en el budismo Kegon (la doctrina favorita de Shomu) representa al sol del universo del que todos los demás Budas son manifestaciones. Mide 14,7 metros de altura, pesa alrededor de 500 toneladas de bronce, y sus manos en mudra de protección (semui-in) y de concesión de deseos (yogan-in) están cada una a la altura de un hombre adulto de pie.
La construcción consumió, según los registros históricos, el 50% del cobre disponible en todo Japón de aquella época. En la ceremonia de inauguración del año 752, el monje indio Bodhisena dibujó los ojos del Buda para "animarlo" (kaigen, la ceremonia de apertura de ojos que da vida a una estatua budista), en presencia de diez mil monjes y de representantes llegados desde Persia, India y China. Fue el mayor acto religioso de la historia del Japón antiguo.
El Daibutsuden que vemos hoy es el tercero en ese sitio: el original fue destruido en las guerras Genpei (1181) y el segundo en las guerras Sengoku (1567). El actual fue reconstruido en 1709, y es un 30% más pequeño que el original (que tenía 86 metros de anchura). Aun así, sigue siendo el mayor edificio de madera de los que existen hoy en el mundo.
En el interior hay un detalle ritual que los japoneses esperan y los turistas extranjeros descubren con sorpresa: uno de los pilares de madera del templo tiene un agujero en la base de exactamente el mismo diámetro que la fosa nasal del Buda (unos 30 centímetros de diámetro). Según la tradición, quien logre pasar por ese agujero tendrá garantizada la iluminación en la próxima vida. Los niños japoneses lo hacen riéndose, los turistas delgados también, y el resto se queda mirando y haciendo fotos. El nombre oficial del ritual es Hashira Kuguri, y es uno de los ejercicios informales de humildad más antiguos del templo.
Delante de la entrada sur al Daibutsuden está la Nandaimon, la gran puerta sur reconstruida en 1199. Bajo su tejado de doble alero, en nichos de madera de ocho metros de altura, están los dos Nio: los guardianes colosales del templo, esculpidos en madera en 1203 por los maestros Unkei y Kaikei con un equipo de veinte ayudantes en 69 días de trabajo intensivo. Las figuras están construidas con más de 3.000 bloques de madera ensamblados con precisión milimétrica. Agyo, con la boca abierta pronunciando la sílaba "A" (principio); Ungyo, con la boca cerrada en la sílaba "Un" (final). Entre ambos representan la totalidad del universo. Las venas del cuello hinchadas, los músculos de atleta, las expresiones de furia protectora: son consideradas la cumbre de la escultura budista japonesa.
Kasuga Taisha y las tres mil linternas¶
El santuario de Kasuga Taisha está en el borde oriental del parque, donde el bosque de cedros empieza a hacerse más denso y oscuro. Fue fundado en el año 768 por el clan Fujiwara, la familia aristocrática más poderosa de Japón durante los siglos VIII al XII, como su santuario familiar. Los Fujiwara controlaban de facto la política imperial durante cuatro siglos casando sistemáticamente a sus hijas con los emperadores sucesivos, y este santuario era el centro espiritual de ese poder.
Lo que hace único a Kasuga Taisha son las linternas. Tres mil en total: aproximadamente dos mil de piedra alineadas a lo largo de los senderos de acceso bajo los cedros, y alrededor de mil de bronce colgadas en los pasillos cubiertos del santuario. Las linternas de piedra están cubiertas de musgo, integradas en el paisaje del bosque como si llevaran aquí desde antes que el santuario. Las de bronce cuelgan en hileras bajo los corredores pintados de bermellón, creando un corredor cubierto donde la luz del día llega filtrada y naranja.
Dos veces al año, durante los festivales de Setsubun (principios de febrero) y Obon (agosto), todas las linternas se encienden simultáneamente. El espectáculo de tres mil llamas en el bosque nocturno, con el bermellón del santuario y los cedros de fondo, es uno de los grandes eventos visuales de Japón. Fuera de esas fechas, el santuario en la penumbra del bosque tiene una atmósfera de quietud que no se parece a ninguno de los grandes santuarios urbanos.
Los ciervos de Nara están especialmente presentes en los alrededores de Kasuga Taisha, porque según la tradición son los descendientes simbólicos del ciervo blanco de Takemikazuchi. Aquí se les trata con una deferencia adicional, y ellos parecen saberlo.
Kofuku-ji y su pagoda¶
Antes de entrar al parque propiamente dicho, en la zona entre la estación y el Todai-ji, está Kofuku-ji, otro gran templo de la época de Nara que hoy funciona también como parte del paisaje urbano de la ciudad. Era el templo familiar del clan Fujiwara, y en su momento de máximo esplendor llegó a tener 175 edificios.
Lo que sobrevive hoy (el templo fue incendiado varias veces a lo largo de la historia) incluye una pagoda de cinco pisos que es uno de los símbolos de Nara: 50,1 metros de altura, reconstruida en 1426, fotografiable con los ciervos del parque en primer plano desde la explanada frente al estanque Sarusawa. Es la segunda pagoda más alta de Japón. El Museo Nacional de Nara, junto a Kofuku-ji, tiene una colección de escultura budista de la época Nara que pocos museos del mundo pueden igualar.
Naramachi: el barrio que no sale en los folletos¶
La mayoría de visitantes de Nara sigue el circuito Todai-ji/Kasuga Taisha/Kofuku-ji y vuelve a la estación sin conocer el barrio de Naramachi, al sur del Kofuku-ji. Es un error prescindible.
Naramachi es el barrio histórico de comerciantes de Nara del período Edo (siglos XVII al XIX), con calles empedradas estrechas, machiya de madera bien conservadas y la escala íntima de una ciudad que no perdió su tejido urbano antiguo. Las machiya de Naramachi tienen una particularidad arquitectónica llamativa: son muy estrechas en la fachada pero se extienden mucho hacia el interior, siguiendo el sistema de tasación fiscal del período Edo que gravaba en función de la anchura de la fachada y empujó a los comerciantes a construir casas largas y estrechas.
Hoy Naramachi tiene cafés artesanales instalados en machiya restauradas, talleres de artesanía tradicional (cerámica, tejidos), algún museo pequeño sobre la vida del período Edo, y restaurantes donde comer kakinoha-zushi (sushi de caballa envuelto en hojas de caqui, especialidad de Nara). Es el barrio que los kiotoenses de gusto reconocerían como pariente lejano de Gion, pero sin el turismo masivo.
Logística: desde Kioto, desde Osaka, en media jornada o día completo¶
Nara es la excursión con la logística más sencilla de todo el circuito Kansai:
Desde Kioto: dos opciones igualmente válidas.
- La línea Kintetsu Nara (tren de la compañía privada Kintetsu) desde la estación de Kioto llega en unos 45 minutos al centro de Nara (la estación Kintetsu Nara está a cinco minutos a pie del parque). Es la opción más directa. No cubre el JR Pass.
- La línea JR Nara Line desde la estación de Kioto llega también en unos 45-50 minutos, cubre el JR Pass, pero la estación JR Nara está algo más lejos del parque (unos 15 minutos a pie).
Desde Osaka: igualmente dos opciones.
- Línea Kintetsu Osaka Namba hasta Kintetsu Nara: 35-40 minutos.
- JR desde Osaka (línea Yamatoji): 50-60 minutos hasta JR Nara.
Tiempo necesario: Nara se puede hacer en media jornada perfectamente. El circuito Todai-ji / Nandaimon / Kasuga Taisha / Kofuku-ji con los ciervos por el parque requiere unas cuatro horas cómodas. Un día completo permite añadir Naramachi, el paseo hasta el borde del bosque del Kasugayama, y tener tiempo para comer con calma.
El día en el Kansai: la combinación más utilizada y justificada es Kioto por la mañana + Nara a mediodía + Osaka por la tarde-noche, todo en el mismo día. La logística funciona: Kioto → Nara (45 min) → Osaka (40 min). Kioto y Osaka se conectan en 15 minutos por Shinkansen o en 30 por el tren ordinario, y ambas tienen conexión directa con Nara. El triángulo Kioto-Nara-Osaka es la estructura logística básica del Kansai.
La única advertencia práctica necesaria es sobre los ciervos: nunca llevar en bolsillos accesibles nada de papel, cartón o plástico que pudiera confundirse con comida. Los ciervos son rápidos, silenciosos, y llevan siglos perfeccionando la técnica del robo de atención.