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Nikko: el santuario dorado del shogun y las cataratas del volcán
El mausoleo más barroco y recargado de Japón, los tres monos sabios en su granero original y el lago volcánico con las cataratas de 97 metros: a dos horas de Tokio
En Japón existe un dicho que los escolares aprenden de memoria: "Nikko wo minai uchi wa kekkō to iu na". En traducción libre: "No digas que algo es espléndido hasta que hayas visto Nikko". El juego fonético en japonés conecta el nombre de la ciudad con la palabra "suficiente", y el dicho viene a advertir: cualquier cosa que creas que es la cúspide de lo hermoso, espera a ver Nikko.
La advertencia no es exagerada. Nikko es el contrapunto más radical posible al Japón minimalista y zen que uno espera después de Kioto: aquí no hay arena rastrillada ni madera desnuda ni jardines de piedra. Hay pan de oro en cada superficie, lacas rojas y negras, tallas policromadas en verde, azul y bermellón, dragones, leones chinos, elefantes imaginados por artistas que nunca habían visto un elefante, fénix, dioses del viento y del trueno. El complejo de santuarios y templos de Nikko es la demostración de que cuando el shogunato Tokugawa quiso hacer algo verdaderamente impresionante, abandonó completamente el minimalismo japonés y construyó el equivalente asiático de Versalles.
A dos horas de Tokio. Con el JR Pass. Un día completo que cambia el registro de lo que crees que Japón puede ser.
El fondo histórico: Ieyasu, el dios que unificó Japón¶
Para entender Nikko hay que entender quién está enterrado aquí y por qué importa. Tokugawa Ieyasu (1543-1616) es una de las figuras más determinantes de la historia japonesa. Fue el tercero de los "tres grandes unificadores" del país (junto con Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi), el que completó el proceso de unificación tras décadas de guerra civil, fundó el shogunato Tokugawa en 1603 y estableció el régimen político que gobernaría Japón durante los siguientes dos siglos y medio. Bajo Ieyasu y sus sucesores Tokugawa, Japón cerró sus fronteras al mundo exterior (el sakoku), expulsó a los misioneros cristianos, desarrolló una cultura propia sin influencias externas y experimentó uno de los períodos de paz más largos de su historia.
Ieyasu murió en 1616 y fue enterrado inicialmente en Shizuoka, su tierra natal. Siguiendo sus instrucciones específicas, un año después sus restos fueron trasladados a Nikko y él fue consagrado como kami, divinidad del sintoísmo, con el título Tōshō Daigongen: "Gran Encarnación del Brillo del Este". El enshrinamiento de un líder político difunto como divinidad protectora era una práctica que existía en el budismo japonés y el sintoísmo, pero la escala a la que se realizó en Nikko no tenía precedente.
La razón de elegir Nikko era geomántica: está al norte de Edo (Tokio), y según la cosmología china el norte es la dirección desde la que provienen las calamidades. Un dios-protector enshrinado al norte podía defender eternamente a la capital y a los descendientes del shogun. Ieyasu eligió su propia ubicación como divinidad con la misma frialdad estratégica con que había ganado sus batallas.
El complejo que vemos hoy fue construido casi todo en 1634-1636 por el nieto de Ieyasu, el tercer shogun Tokugawa Iemitsu, en una operación monumental. Las cifras son verificadas por documentos históricos: trabajaron en la construcción 4,54 millones de obreros-día. Se contrataron los mejores artesanos de todo Japón: los cinco mil tallistas de las mejores escuelas del país trabajaron dieciséis meses para completar las más de 2.400 tallas que decoran el complejo. El coste, traducido a valores actuales, superaría varios cientos de miles de millones de yenes. Iemitsu quería que el santuario de su abuelo fuera tan abrumadoramente magnificente que nadie pudiera dudar de la legitimidad divina del shogunato.
La Avenida de los Cedros y el primer impacto¶
Antes de los santuarios, el bosque. El paseo desde la estación de Nikko hasta el recinto principal de los templos discurre por la Nikko Sugi Namiki, la avenida de cedros más larga del mundo según el Libro Guinness: 35 kilómetros de longitud con aproximadamente 12.000 cedros japoneses (sugi), todos plantados entre 1625 y 1648.
La historia de quién los plantó es ejemplar en su modestia. Un vasallo de los Tokugawa llamado Matsudaira Masatsuna, no particularmente rico, quería hacer una donación al recién construido santuario de su señor pero no tenía medios para igualar las ofrendas de los grandes señores feudales. Decidió en su lugar plantar árboles: años de trabajo personal, árboles plantados uno a uno a lo largo de los caminos de acceso. Cuando murió, había creado lo que hoy es considerado el monumento arbolado vivo más importante de Japón. Los cedros actuales tienen cuatrocientos años y muchos superan los cuarenta metros de altura, con troncos de un diámetro que entre dos personas no se puede abarcar. Caminar bajo ellos antes de entrar al recinto de los santuarios es ya una experiencia que prepara el cuerpo para algo importante.
Tosho-gu: el santuario que rompe todas las reglas¶
La primera reacción al ver Tosho-gu es de ligera parálisis. Si has pasado días en los templos zen de Kioto —las maderas desnudas, el vacío deliberado, la austeridad como filosofía— Tosho-gu es un choque de realidad: aquí hay pan de oro en cada esquina, lacas en rojo, negro y verde, tallas en cada superficie disponible, dragones que ascienden por columnas blancas, niños que juegan esculpidos en los paneles, fénix chinos de bronce en los tejados, leones de piedra guardando cada puerta. Es la negación completa del wabi-sabi, la estética de la imperfección y la austeridad que Japón exporta al mundo. Aquí el poder se exhibe sin disculpa.
El recorrido pasa por varios edificios que hay que ver con calma:
El Yōmeimon es la puerta más famosa del complejo y una de las estructuras más elaboradas de Japón. La llaman también Higurashi-mon, "la puerta en la que se hace de noche", porque una tradición popular dice que un hombre podía contemplarla durante todo el día sin acabar de verla: siempre habría un detalle nuevo, una talla no vista, un ángulo distinto. La estadística apoya la hipérbole: tiene 508 tallas en total, columnas blancas con relieves de dragones ascendentes y descendentes, paneles con sabios chinos y escenas de corte, animales mitológicos, inscripciones. El efecto es de saturación visual que, de alguna manera, funciona: cuanto más tiempo se le dedica, más se encuentra.
Hay un detalle en el Yōmeimon que los guías no siempre mencionan y que es uno de los más fascinantes del conjunto. Una de sus columnas está colocada deliberadamente al revés, con el dibujo del grano de la madera invertido respecto a las demás. Fue intencional. Según la tradición japonesa, un edificio absolutamente perfecto atrae la envidia de los dioses y provoca su destrucción. Los maestros artesanos dejaron conscientemente esta imperfección para proteger la obra. Es el mismo principio del wabi-sabi aplicado paradójicamente a uno de los edificios más recargados del país: la belleza protegida por un defecto deliberado. Encontrar la columna invertida y ver si uno lo habría notado sin saber que existe es uno de esos pequeños juegos que el lugar permite.
Los tres monos sabios: el original está aquí¶
En los establos sagrados del santuario (el Shinkyusha, el granero donde se mantenían los caballos blancos consagrados a los dioses), hay un friso largo con ocho escenas de la vida de un mono que representan alegóricamente las etapas de la vida humana, desde el nacimiento hasta la maternidad. Es un programa iconográfico completo y detallado que pocas guías explican en su totalidad.
La tercera de esas ocho escenas es el friso más conocido del complejo, posiblemente el más conocido de todo Nikko, y uno de los iconos más exportados de Japón: los tres monos sabios. Mizaru con las manos sobre los ojos: no veo el mal. Kikazaru con las manos sobre los oídos: no oigo el mal. Iwazaru con las manos sobre la boca: no hablo del mal.
El juego de palabras que da nombre a los tres monos es intraducible fuera del japonés: la terminación arcaica de negación "zaru" suena igual que "saru" (mono), lo que conecta el nombre de cada figura con el animal que representa. Es un recurso mnemotécnico perfecto que lleva siglos funcionando. La máxima es de origen confuciano chino (aparece en los Analectas de Confucio), pero esta representación específica con tres monos es una creación japonesa que se hizo icónica en Nikko y desde aquí circuló por el mundo.
Lo que sorprende cuando uno llega al friso es lo pequeño que es. Las estatuillas de los tres monos no tienen más de treinta o cuarenta centímetros de altura, y están integradas discretamente en uno de los paneles del friso del granero. No hay señales que digan "aquí están los tres monos": hay que buscarlas. Que uno de los símbolos más reconocibles del mundo sea un bajorrelieve discreto en un granero de caballos del siglo XVII dice algo interesante sobre cómo la iconografía viaja y se amplifica con independencia de la escala original.
El Gato Durmiente y el mausoleo de Ieyasu¶
Escondido sobre un dintel en otro de los edificios del complejo está el Nemuri-neko, el "gato durmiente", una talla diminuta que la tradición atribuye al legendario Hidari Jingoro, artista del período Edo de cuya vida existe tanto mito como hecho verificable (el nombre significa "Jingoro el zurdo", porque según la leyenda le cortaron la mano derecha por celos de un rival).
El gato está dormido, o parece dormido: tiene las patas recogidas pero dispuestas de forma que podría saltar en cualquier momento. No es descanso sino vigilancia relajada. La interpretación tradicional lo lee como símbolo del shogunato Tokugawa: la paz del buen gobierno, siempre alerta aunque aparentemente en reposo. Detrás del friso, en el otro lado del dintel, hay dos gorriones jugando: los débiles, que bajo el gobierno del gato dormido pueden vivir sin miedo. Un programa político completo condensado en una talla de quince centímetros.
Cruzando el gato dormido y subiendo 207 peldaños de piedra entre cedros milenarios, uno llega al lugar más tranquilo de todo el complejo: el mausoleo de Ieyasu. Después de la saturación visual de los santuarios, la tumba misma es sorprendentemente sobria. Una pagoda de bronce en un claro entre árboles gigantes, sin oropel. El hombre que construyó el complejo más recargado de Japón como santuario en su honor descansa en un espacio donde la arquitectura se retira ante los árboles. Allí arriba, entre cedros que tienen más años que el santuario mismo y con las cigarras como única banda sonora, la escala humana vuelve después de la escala monumental del complejo de abajo.
El lago Chuzenji y las cataratas Kegon¶
El complejo de Nikko tiene una segunda parte que la mayoría de guías menciona pero que requiere organización logística: subir a la montaña. A unos cuarenta y cinco minutos en autobús desde los santuarios, ascendiendo por una carretera con veintiocho curvas de horquilla (irohazaka), se llega al Lago Chuzenji a 1.269 metros de altitud.
El lago es de origen volcánico: se formó hace veintidós mil años cuando el volcán Nantai (2.486 metros) colapsó y bloqueó el curso del río Daiya, creando la cuenca lacustre actual. Tiene unos trece kilómetros de circunferencia, aguas frías y azuladas, y está rodeado de montaña en todos los lados. El monte Nantai, el Fuji menor de la región, es objeto de peregrinación desde el siglo VIII: el monje Shōdō Shōnin, el fundador de los templos de Nikko, escaló hasta la cumbre en el año 782 y plantó una imagen del dios del volcán. Cada verano, miles de personas siguen ese camino.
Las cataratas Kegon son lo que hace imprescindible la subida. El río Daiya abandona el lago Chuzenji cayendo por el borde de la cuenca volcánica en una cascada de 97 metros de caída libre que es, junto con las Nachi y las Fukuroda, una de las Tres Grandes Cataratas de Japón. La vista desde la plataforma del borde superior es ya impresionante, pero el ascensor (pagando entrada adicional) baja a una cámara de observación excavada en la roca frente a la catarata. Desde ahí, la caída de agua llena el campo visual, el ruido es atronador y el spray moja la cara. En otoño, cuando los arces de las laderas se vuelven rojos y naranjas alrededor de la cascada, las Kegon son probablemente la imagen más hermosa de todo el circuito de Nikko.
Una nota práctica sobre la subida: la carretera de las veintiocho curvas (irohazaka) tiene dos carriles que van en sentidos opuestos (subida por una, bajada por otra), y los autobuses circulan con frecuencia. El trayecto es espectacular, con vistas sobre el bosque que se extiende hasta el horizonte y, en días claros, con el monte Nantai sobre el lago. Pero lleva tiempo: hay que calcular al menos dos horas para la visita al lago y las cataratas, lo que significa que si se quiere combinar con los santuarios del valle es necesario un día completo bien organizado.
Logística: cómo llegar y cuánto tiempo reservar¶
Nikko admite dos formas de acceso desde Tokio:
La opción JR Pass: Shinkansen Tohoku hasta Utsunomiya (50 minutos), luego tren local de la JR Nikko Line hasta Nikko (45 minutos). El total es unos 95 minutos y ambos tramos están cubiertos por el JR Pass. Esta es la opción recomendada para quienes tienen el pase.
La opción Tobu Nikko: el tren Tobu Nikko desde la estación Asakusa de Tokio llega directamente a Nikko en entre 2 horas (el expreso Revaty Kegon, pagando suplemento) y 2 horas 40 minutos (el tren local sin suplemento). El Tobu Nikko All Area Pass incluye ida y vuelta desde Asakusa más todos los autobuses del área de Nikko (los que suben al lago Chuzenji), lo que lo hace la opción más conveniente para quien no tiene JR Pass o para quien quiere combinar lago y santuarios sin planificación complicada.
En cuanto al tiempo necesario:
- Solo los santuarios: cuatro horas son suficientes para Tosho-gu, Futarasan y Rinno-ji con calma
- Santuarios + lago y cataratas: se necesita un día completo, saliendo de Tokio antes de las nueve de la mañana y volviendo por la tarde
La única estrategia que permite ver las dos mitades de Nikko en un día cómodo es llegar temprano, dedicar la mañana a los santuarios y subir al lago después del almuerzo. En octubre-noviembre, cuando los colores otoñales cubren tanto las colinas de los santuarios como los bordes del lago Chuzenji, Nikko es uno de los espectáculos de foliage más espectaculares de Japón y la afluencia de visitantes se multiplica. Llegar entre semana y antes de las diez de la mañana es la única manera de ver el Yōmeimon sin estar rodeado de grupos.