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Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón.

Destinos · Japón · Gran Tokio

Tokio en 3 días: el itinerario completo con excursión

El Tokio histórico, el Tokio contemporáneo, y un día fuera de la ciudad hacia Kamakura o Nikko

Lectura de 15 minutos

Tres días en Tokio son suficientes para dejar de mirar el mapa con ansiedad y empezar a moverse por la ciudad con algo que ya se parece a la confianza. No a la comprensión —Tokio no se comprende así de rápido—, pero sí a esa comodidad con la escala y el ritmo que marca la diferencia entre pasar por una ciudad y haber estado en ella. Este itinerario está estructurado en tres jornadas bien diferenciadas: el primer día recorre el Tokio que sobrevivió el siglo XX, el segundo se mete en el Tokio que lo inventó, y el tercero sale de la ciudad para ver lo que queda cuando Tokio se acaba.

La base logística es la tarjeta IC —Suica o Pasmo—, que se carga en efectivo en cualquier máquina de la estación y sirve para todos los trenes, el metro y los autobuses. Sin ella, cada trayecto implica comprar ticket. Con ella, se apoya y se entra. En tres días, ese ahorro de tiempo se acumula de manera significativa.

Día 1: El Tokio histórico (Yanaka, Ueno, Asakusa)

El primer día recorre el eje norte de la ciudad Yamanote, de un barrio a otro, siguiendo el hilo de lo que quedó en pie después de que el siglo XX intentara borrar Tokio dos veces: el gran terremoto de Kantō de 1923 y los bombardeos incendiarios de marzo de 1945. Los barrios de este itinerario son los que sobrevivieron.

Mañana: Yanaka

La estación de Nippori en la línea Yamanote es la entrada al único barrio shitamachi que queda intacto en Tokio. Shitamachi significa "ciudad de abajo", los barrios de artesanos y comerciantes del Tokio de Edo, y Yanaka sobrevivió al terremoto y a los bombardeos por pura geografía: quedó en los márgenes de ambos desastres. Por eso aquí sigue habiendo casas de madera de una y dos plantas, calles que no se han ensanchado desde el periodo Edo, talleres donde se hacen los mismos oficios que hace ciento cincuenta años.

La calle Yanaka Ginza baja en pendiente con tiendas familiares pequeñas. La escalinata Yuyake Dandan al final mira hacia los tejados del barrio y, con buena luz de mañana, los tejados oscuros tienen un silencio muy particular, como si la ciudad hubiera retenido algo. El cementerio de Yanaka, grande y tranquilo, tiene hileras de lápidas bajo árboles frondosos y la tumba sobria del último shogun, Tokugawa Yoshinobu, que pidió ser enterrado como ciudadano civil y bajo rito sintoísta, no como señor feudal ni como practicante budista. Hay algo poético en eso: el hombre que devolvió el poder al emperador yace bajo el mismo rito del emperador al que se lo devolvió.

También en el cementerio duerme Natsume Sōseki, cuya cara estuvo en los billetes de mil yenes hasta 2004. Y el pintor Yokoyama Taikan, y varios políticos y escritores de la era Meiji. Es un panteón nacional sin pretensiones, perdido entre los árboles. Los gatos, que dan nombre informal al barrio, se tumban al sol en los muretes de los templos. Hay más de setenta templos budistas en Yanaka, herencia de cuando el shogunato reubicó masivamente los templos en esta zona en el siglo XVII. Una hora y media para el barrio.

Mediodía: Ueno

Ueno está a diez minutos a pie de Yanaka. El Parque de Ueno fue el primer parque público de Japón en 1873, abierto por decreto del emperador Meiji sobre el terreno del antiguo templo Kan'ei-ji, prácticamente arrasado cinco años antes en la batalla de Ueno cuando las últimas tropas leales al shogunato fueron derrotadas aquí mismo por el ejército imperial. La ironía tiene su lógica: el templo funerario de los Tokugawa se convirtió en el primer parque ciudadano del Japón moderno.

El Museo Nacional de Tokio, fundado en 1872, es el más antiguo y grande del país, con más de ciento diez mil piezas. Para alguien con sensibilidad visual, las salas de ukiyo-e son las más reveladoras: Hokusai, Hiroshige, Utamaro. La composición, el uso del espacio vacío —el ma—, la economía del trazo, la manera de encajar la caligrafía del kanji dentro de la imagen. Hay aquí una cultura de la mirada que resulta completamente diferente a la europea y que vale más tiempo del que normalmente se le dedica en el turismo acelerado. Una hora y media en las salas que más interesen.

Comer en el Ameyoko, el mercado bajo las vías elevadas junto a la estación de Ueno. Nació como mercado negro después de la guerra —aquí se vendían caramelos americanos y productos de los soldados de ocupación— y se ha mantenido hasta hoy como un bazar permanente, sorprendentemente caótico para los estándares japoneses: puestos de pescado, mariscos a precio de mercado, zapatillas, cosmética barata, especias, ropa. Yakitori de pie en una barra al aire libre con cerveza fría. El Tokio popular y ruidoso que no sale en las postales.

Tarde: Asakusa

De Ueno a Asakusa son tres paradas en la línea Ginza. La Kaminarimon por la tarde, cuando la luz es diferente a la de la mañana y los primeros buses turísticos ya se han ido. El templo Senso-ji, el más antiguo de la ciudad, fundado en el año 645. La Nakamise-dori con sus doscientas cincuenta tiendas que llevan en el mismo sitio desde el siglo XVII. El quemador de incienso frente al pabellón principal.

Cruzar el río Sumida a pie lleva hasta el pie del Tokyo Skytree, los 634 metros de la estructura más alta de Japón. El número no es casual: en japonés se puede leer como mu-sa-shi, el nombre histórico de la provincia donde está Tokio. Los miradores están a 350 y 450 metros. El Tembo Galleria, una rampa en espiral acristalada que asciende de 445 a 451 metros, produce un vértigo genuino. Reservar online los fines de semana para evitar colas.

Noche: Shinjuku

La línea Asakusa conecta directamente con Shinjuku en unos veinticinco minutos. Cena en izakaya: los callejones del Kabukicho o el Golden Gai, las barras diminutas de cuatro taburetes con décadas de historia en seis callejones estrechos. Yakitori, gyozas, karaage, cerveza helada. Subir al mirador gratuito del Gobierno Metropolitano de Tokio (planta 45, abierto hasta las once) para terminar el primer día viendo la ciudad de noche desde 202 metros.

Día 2: El Tokio contemporáneo (Shibuya, Harajuku, Omotesando, Shinjuku de día)

El segundo día es el contrapunto exacto del primero: si ayer era el Tokio que sobrevivió, hoy es el Tokio que se inventó a sí mismo en la segunda mitad del siglo XX y que en muchos sentidos ha definido la imagen que el mundo tiene de Japón.

Mañana: Santuario Meiji y Harajuku

La jornada empieza en la estación de Harajuku con el santuario Meiji antes de que la Takeshita-dori se llene. El bosque artificial de cien años —cien mil árboles donados por ciudadanos de todo Japón en 1920, más de trescientas sesenta y cinco especies distintas, diseñado para que evolucionara solo hasta ser un ecosistema autosuficiente— produce una quietud casi sobrenatural en pleno corazón de la ciudad. El cedro cruje bajo los pies en el sendero de grava. El templo al fondo, con sus patios de madera y sus tejados verde cobre.

Si es domingo, el parque Yoyogi adyacente tiene su propia liturgia matutina: grupos de taichí, familias con picnic, perros disfrazados, y los rockabillies de siempre, señores de entre cuarenta y sesenta años con tupés enormes y cazadoras de cuero bailando rock de los años cincuenta con altavoz portátil. Llevan años aquí cada domingo. En una sociedad que exige tantísima uniformidad, Yoyogi se convirtió en el sitio donde salir el domingo a ser otro.

La Takeshita-dori después: la calle peatonal de cuatrocientos metros que es el epicentro de la moda juvenil japonesa desde los ochenta. Tiendas de kawaii, crêpes con todo lo imaginable, subculturas de moda que nacieron aquí y se exportaron al mundo. Lo que Harajuku le da a la juventud japonesa es permiso explícito para ser distinto, y eso se percibe en la calle sin necesidad de contexto previo. Una crêpe con plátano y nata es el desayuno correcto aquí.

Mediodía: Omotesando

De Harajuku a la Omotesando hay dos calles. La avenida arbolada de zelkovas —trazada originalmente para conectar la estación con el santuario Meiji— se ha convertido en el mayor catálogo de arquitectura comercial de autor del mundo. El Tod's de Toyo Ito, con la fachada que imita ramas de árbol y es simultáneamente estructura portante y ornamento. El Prada de Herzog & de Meuron con sus rombos de cristal convexos y cóncavos que reflejan el barrio deformado. El Dior de SANAA, blanco y translúcido, con esa ligereza japonesa casi inmaterial. El Omotesando Hills de Tadao Ando, con su rampa interior en espiral que reproduce la pendiente de la calle exterior y el hormigón pulido impecable. Caminar despacio y parar en cada uno. En Prada los probadores tienen cortinas que cambian de opacidad al tocarlas. Entrar es gratis.

Comer en un café de las callejuelas laterales de Omotesando. Hay decenas de opciones de precio razonable escondidas a dos pasos de los flagships.

Tarde: Shibuya

De Omotesando a Shibuya a pie son quince minutos. El Shibuya Crossing a última hora de la tarde, cuando las pantallas de los edificios están en plena competición luminosa, es el Shibuya que uno imagina antes de llegar: hasta tres mil personas cruzando en todas las direcciones a la vez en cada cambio de semáforo, el caos organizado en su máxima expresión. Observar cinco minutos desde el Starbucks del Q-Front y luego bajar a cruzar. La experiencia física de verse dentro de esa marea no se puede fotografiar, hay que vivirla.

El Shibuya Sky en el Scramble Square (229 metros, reserva online recomendable) ofrece la perspectiva aérea completa del cruce y de toda la ciudad, incluyendo el Fuji en días despejados.

La zona de Daikanyama, a diez minutos a pie de Shibuya, muestra otra cara del barrio: la Tsutaya T-Site con su librería de diseño —reconocida repetidamente como una de las más hermosas del mundo—, cafeterías con biblioteca, boutiques de diseño independiente. El contraste entre el caos comercial de los alrededores de la estación y la calma reflexiva de Daikanyama ilustra bien la variedad interna de Shibuya.

Noche: Shinjuku Gyoen y Kabukicho

El Parque Shinjuku Gyoen, al sur de la estación, cierra al caer la tarde, pero la zona de Shinjuku de noche tiene su propia agenda. Los callejones del este, con sus izakayas, sus neones acumulados, sus rascacielos iluminados. La diferencia entre el Tokio de día en estos barrios y el Tokio de noche es tan marcada que merecen las dos versiones.

Cenar en el barrio de Ni-chome o en alguna izakaya de los callejones de Kabukicho. El Tokio nocturno de Shinjuku —el que se queda despierto hasta que los trenes dejan de funcionar a medianoche— es parte imprescindible de entender la ciudad.

Día 3: Excursión a Kamakura o Nikko

El tercer día merece salir de Tokio. Dos horas de radio cubren dos de los destinos más distintos posibles: Kamakura hacia el sur, antigua capital samurái con el Gran Buda al aire libre; Nikko hacia el norte, templos barrocos en bosque de cedros centenarios. Ambas se hacen con el JR Pass o comprando el billete de tren por separado.

Opción A: Kamakura

Una hora de tren desde Tokio por la línea Yokosuka. La antigua capital del shogunato samurái (1185-1333), rodeada de colinas que la hacen defendible por tres lados y abierta al mar por el cuarto, conserva en un radio pequeño una concentración de templos zen de los siglos XIII y XIV que no tiene equivalente en Japón.

Kita-Kamakura es la primera parada: bajarse un stop antes de Kamakura y caminar hacia el sur, entrando primero en Engaku-ji. El templo fue fundado en 1282 para honrar a los caídos en las invasiones mongolas —las que fueron rechazadas, según la leyenda, por los kamikaze, "vientos divinos" que hundieron la flota de Kublai Khan. La campana del siglo XIV, el Ogane, es una de las tres mayores de Japón. El silencio dentro del recinto no es silencio ordinario: las cigarras y el olor a madera mojada crean algo diferente que cuesta describir.

Kencho-ji, el primer templo zen auténtico de Japón, fundado en 1253: el Sanmon monumental de madera oscura, el Hatto con el dragón pintado en el techo —el Unryu-zu, una obra de 2003 que no tiene nada de antiguo pero funciona completamente—, los jardines zen en silencio.

El Gran Buda. La línea Enoden desde la estación de Kamakura —un tranvía de 1902 que pasa rozando las ventanas de las casas de los vecinos— lleva hasta Kotoku-in. El Daibutsu de Kamakura: trece metros y treinta y cinco centímetros de bronce, fundido en 1252, el Buda de Amida sentado a la intemperie mirando al vacío desde que el tifón del siglo XV destruyó la sala que lo cobijaba. Hace quinientos años que está así, y esa exposición a los elementos, esa pátina verdosa del bronce oxidado, le da algo que el Gran Buda cubierto de Nara no tiene de la misma manera. Se puede entrar dentro por veinte yenes: el Buda está hueco y el interior huele a metal viejo, con las juntas de fundición visibles y los parches de los siglos.

Hase-dera. A cinco minutos andando: el templo en ladera con los miles de pequeñas estatuas de Jizo, cada una con un gorrito rojo de lana tejido a mano, colocadas en memoria de los niños no nacidos. El ritual se llama mizuko kuyo, y la concentración de figuras en hilera —hay centenares, cada una con su historia de madre detrás— es uno de los momentos del viaje más difíciles de olvidar. En el pabellón principal, la Kannon de once cabezas, la estatua de madera más grande de Japón (nueve metros y dieciocho centímetros), tallada según la tradición de un único tronco en el año 721.

Por la tarde, si queda energía, combinar con Yokohama (media hora desde Kamakura): el frente portuario de Minato Mirai 21, los Red Brick Warehouses de 1911 reconvertidos, el Chinatown más grande de Japón, la Cosmo Clock 21 (112 metros) girando sobre la bahía.

Opción B: Nikko

Dos horas desde Tokio (Shinkansen Tohoku hasta Utsunomiya + tren local hasta Nikko, o limitado Spacia desde Asakusa). El santuario Tosho-gu, dedicado al shogun Tokugawa Ieyasu y construido en 1617, es la antítesis del minimalismo zen de Kioto: doscientas piezas de madera lacada en rojo, negro y oro, el Yomeimon o Puerta de la Luz del Sol con sus 508 tallas de aves, flores, figuras mitológicas y escenas de lo cotidiano. Lo que tardarías un año en terminar está en esa puerta.

Los tres monos sabios (no ver el mal, no oír el mal, no hablar el mal) están en los establos reales: el gato dormido que en realidad está vigilante, el dragón que llora (un fenómeno acústico real en el Honjido: aplaudir bajo la imagen del dragón pintado en el techo y el eco produce un sonido que parece venir de la pintura misma). Todo en medio de un bosque de cedros de cuatrocientos años.

Hay un dicho japonés: "Nikko wo minai uchi wa kekkō to iu na". No digas que algo es espléndido hasta que no hayas visto Nikko. Kekkō significa espléndido y también se pronuncia como el nombre del lugar. El juego de palabras lo aprenden en el colegio. Las expectativas altas no decepcionan.

Consejos para tres días

JR Pass. Si el viaje incluye otras ciudades —Kioto, Osaka, Hiroshima—, el JR Pass de siete días cubre los Shinkansen a Nikko o los trenes JR de la línea Yokosuka a Kamakura. Hay que comprarlo antes de salir de España y activarlo en Japón en una oficina JR.

Alojamiento. Shinjuku y Shibuya son las zonas más prácticas para tres días: acceso directo a la línea Yamanote que toca todos los barrios importantes, y a las líneas de Shinkansen para excursiones. Asakusa es la opción más característica si se prefiere vivir en el barrio histórico.

El metro vs. la Yamanote. Para los días 1 y 2, la línea Yamanote (el tren circular de la JR) y la línea Ginza del metro cubren casi todo el itinerario sin transbordos complicados. La Yamanote toca Nippori (Yanaka), Ueno, Akihabara, Harajuku, Shibuya y Shinjuku en una sola vuelta. Memorizar ese orden es la clave logística de Tokio.

El tercer día. Para Kamakura, salir antes de las nueve de la mañana para llegar a Kita-Kamakura cuando el primer tren de turistas todavía no ha llegado. Para Nikko, también salida temprana: el Tosho-gu empieza a llenarse de grupos a las diez. Los trenes a Nikko tienen varios servicios especiales además del JR: el Tobu Nikko Limited Express desde Asakusa es más directo y pintoresco.

Comida. Los konbini —7-Eleven, Lawson, FamilyMart— son la solución rápida y sorprendentemente buena para el desayuno y para el trayecto en tren. El onigiri de tuna mayo es el desayuno más tokiota posible. Para el mediodía en los barrios, cualquier ramen-ya con máquina de tickets en la entrada garantiza un cuenco excelente por menos de mil yenes. Para la cena del segundo o tercer día, reservar con antelación en algún sitio con cocinero detrás de la barra —los counters de sushi o los izakaya con carta en japonés— que son la mejor inversión gastronómica de la ciudad.